Iglesia de san Martín de Cayés

La parroquial de Cayés en una imagen del año 1917.

El aspecto actual de la iglesia parroquial de Cayés, dedicada a San Martín, lo debe todo a los años finales de la década de los años 20 del siglo pasado, cuando el párroco Manuel M. Antuña puso su empeño y dedicación a mejorar tanto el edificio como el cementerio anexo, dándole un nuevo aspecto a la construcción, tal y como podemos apreciar fijándonos en las dos fotografías con las que abro este artículo.

La iglesia en una imagen tomada por el autor en 2005.

Antes de eso, la primera noticia relacionada con este templo que localizamos en la prensa, concretamente en el periódico La Época el 28 de febrero de 1850, es la del nombramiento De Francisco Álvarez Nava como párroco de Cayés, iglesia que en 1866 recibirá la ingrata visita de los ladrones, quienes se llevaron las joyas de la iglesia, sin que la noticia aparecida en el rotativo La Esperanza el 1 de octubre de ese año, de más detalles al respecto.

La prensa será la fuente de información fundamental para seguir las sucesivas obras llevadas a cabo en la parroquial, con un primer punto de atención en el año 1915, en el cual sabemos, gracias a la Revista Asturias, que están próximas a su finalización las obras en el templo, sin que se nos proporcione información adicional, así que no podemos saber el alcance de las mismas.

Revista Asturias, 20 de junio de 1915.

Las obras más en serio parece que dieron comienzo, o al menos esa era la intención, en el año 1923, cuando el corresponsal de La Voz de Asturias, informa de la realización de «obras de alguna importancia en la iglesia parroquial de Cayés, a fin de dar cumplimiento a una cláusula testamentaria de D. Juan Álvarez Quintanal», obras a las que también contribuirán los vecinos de la parroquia con el fin de «dar más amplitud a dichas obras con lo que ganará mucho en esbeltez».

La Voz de Asturias, 2 de septiembre de 1923.

Será el diario Región el 29 de enero de 1931, quien nos dejará un listado detallado de las obras llevadas a cabo bajo la dirección del párroco Antuña, durante el quinquenio anterior. Obras que habían dado comienzo en 1925 dotando a la iglesia de un nuevo presbiterio, obra que superó ligeramente las 5.700 pts de la época, de las cuales 2.000 salieron del testamento de Juan Álvarez Quintanal, y el propio párroco aportará poco más de 2.800 pts. El resto del dinero se obtuvo por medio de limosnas y aportaciones de particulares

La Fábrica de Explosivos facilitó la madera para el techo, la bóveda, ventanas, puerta y andamios, además de pagar al carpintero. Por su parte, Cerámicas Guisasola aportó todo el ladrillo necesario y corrió con los gastos del decorado interior del nuevo presbiterio.

Cuatro años después, en 1929, se concluyeron las obras del cementerio, iniciadas un año antes, por un importe de 3.149,99 pts., sufragadas con el aporte de 50 pts por parte de cada vecino que tuviera una sepultura en propiedad en el campo santo, entre los que se encontraba Cerámicas Guisasola al adquirir una decena de sepulturas, además de aportar el ladrillo y la teja para el depósito de cadáveres y el adorno del montante del muro de cierre. El terreno para hacer la ampliación, se obtuvo por medio de una donación realizada por la esposa de Javier Cavanilles.

La Voz de Asturias, 21 de marzo de 1928.

El 16 de septiembre de 1929 se dio inicio a la obra de la torre de ladrillo y cemento, que vio su finalización el 12 de mayo de 1930, completada con la adquisición de una campana de media tonelada de peso, obras en las que de nuevo la implicación de la fábrica de Coruño fue determinante, cediendo la madera para el andamiaje, y los elementos necesarios para elevar la campana a su ubicación definitiva, junto con la colocación del pararrayos. Por su parte, Guisasola aportó otra vez ladrillos y 9.634,61 pts necesarias para cumplir con el presupuesto de la obra.

La Voz de Asturias, 29 de diciembre de 1929.

El 20 de junio de 1930 las obras del campanario fueron finalizadas. Sin embargo, la actividad constructiva del párroco no se detuvo ahí, sino que procedió a la compra de dos días de bueyes de terreno, con el fin de dotar a la iglesia de un campo que le diera más prestancia al edificio. Un campo delimitado con un muro en el que se abrió una zona de entrada, y cuyo coste total, cifrado en 3.008,20 pts salieron, según el diario Región, del propio bolsillo del párroco.

Aspecto actual de la torre campanario de la iglesia de Cayés. Foto del autor.

Item más. en diciembre de ese año finalizaron las obras del camino que unía la iglesia con la casa parroquial, de nuevo gracias a la inestimable ayuda de la Fábrica de Explosivos, que proporcionó la pólvora necesaria y el material para el firme, que fue transportado por los vecinos del barrio de Campiello, en sus carros. La cantidad económica de 966,50 pts restante, de nuevo fue aportada por el sacerdote.

Región, 18 de junio de 1931.

En agosto de ese año, se estaban culminando las obras de la nueva capilla del Santo Cristo con la que se dotó al templo, así como la ampliación de la sacristía, que culminarían una remodelación total del templo que habían costado más de 20.000 pts de la época, en total.

Imagen de la iglesia con el tejado colapsado en diciembre de 2003. Foto del autor.

Ya en el siglo XXI, concretamente en diciembre de 2003, la estructura de buena parte de la techumbre no aguantó más y se produjo un hundimiento, afortunadamente, en un momento en el que no había ninguna persona en su interior, que obligó a trasladar el culto durante un largo periodo de tiempo hasta que se puedo solucionar el problema y volver a abrirla al culto.

Noticias publicada en el diario Región el 29 de enero de 1931, resumiendo las obras realizadas en la iglesia parroquial de Cayés durante los cinco años anteriores.

La fundación del Club Llanera de La Habana

Don Pancho, primer presidente y fundador del Club Llanera de La Habana, con su familia en Cuba. Revista Asturias 23 de agosto de 1918.

Desde que a mediados del siglo XIX se levantaron las restricciones a la emigración y hasta los años 30 del siglo XX, la isla caribeña de Cuba fue uno de los destinos principales de la emigración de nuestros convecinos de Llanera en un volumen ciertamente considerable, ya que nuestro concejo fue uno de los de principal emigración ultramarina de toda la región. Lógicamente, los emigrantes cuando llegan a un nuevo lugar buscan el apoyo de sus compatriotas, y de ahí la formación de sociedades como el famoso Centro Asturiano de La Habana, además de asociarse por los lugares de origen, para así seguir manteniendo, en cierta medida, el contacto con el lugar de nacimiento.

El ejemplo más antiguo que tenemos de organización de los asturianos allende los mares, lo tenemos en México, país en el que la colonia asturiana en 1732, funda un colectivo con el fin de celebrar la fiesta de la Santina en la iglesia conventual de Valvanera. En Cuba, esas asociaciones, con la finalidad de ayudar a aquellos compatriotas a los que no les iban bien las cosas, dieron comienzo en 1877 con la Sociedad Asturiana de Beneficencia de La Habana. En 1892 se inaugura la sede del Centro Asturiano de La Habana.

Natural de Carbayal de Bonielles, don Pancho fue el impulsor del Club Llanera de La Habana.

Nuestros convecinos no tomarán la iniciativa de asociarse hasta que un grupo de naturales del concejo, se reúna un 8 de agosto de 1912 y tome la iniciativa de formar lo que será conocido como Club Llanera de La Habana, cuya presentación en sociedad tendría lugar el 2 de mayo del año siguiente, por medio de una jira celebrada en la finca La Lira en Arroyo Apolo. Su primer presidente y el más longevo en el cargo fue Francisco García Suárez (Carbayal de Bonielles, 1864 – La Habana, 1923), gracias a permanecer al frente de la sociedad entre los años 1912 y 1920.

Menú servido en el banquete de fundación del Club Llanera de La Habana.

La forma de dar a conocer la idea de la asociación fue a través de la prensa, con la publicación de una convocatoria dirigida a todos los naturales de Llanera residentes en La Habana con el objeto de fundar un club o sociedad “que además de servirnos de lazo de unión, nos permitiera iniciar obras beneficiosas en nuestro solar nativo, que demostrase a los de allá, que los que aquí seguíamos teniendo el mismo cariño, la misma devoción, por el lugar donde vimos la luz primera”.

La primera reunión se mantuvo el 8 de agosto de 1912 y una semana más tarde quedaba configurada la directiva encargada de poner en marcha al colectivo, encabezada por Francisco García Suárez, en ese momento vicepresidente del Centro Asturiano, acompañado por José María Martínez Álvarez como vicepresidente, Luis García Suárez en el cargo de tesorero, y con José Suárez Vega en el de secretario, además de un total de 22 vocales.

Integrantes del Club Llanera de La Habana, con su presidente en el centro, en una imagen publicada en la Revista Asturias en 1915.

Para ilustrar la portada del programa de la jira con la que el Club se presentó en sociedad en mayo de 1913, se eligió una imagen del Molinón de Guyame, y el menú consistió en un total de nueve platos, incluido el postre, entre los que había una fabada aderezada con unas morcillas “hechas expresamente en Llanera, para esta jira”, tal y como se dejaba constancia en dicho programa.

Ese mismo día se llevó a cabo la bendición del estandarte del Club, bordado en Oviedo por Carmen Flores, por aquel entonces prometida del futuro presidente, Manuel Menéndez Díaz, en un acto en el que ejerció de madrina Teresa Pujol, esposa de don Pancho, mientras que su hijo Francisco ofició de portaestandarte.

Carmen Flores, autora del estandarte del Club Llanera.

El club iniciará su andadura con la nada despreciable cifra de 200 socios, y aunque sufrirá una escisión muy pronto con la fundación del Círculo Llanera, en 1923 ambas sociedad se reunificarán de nuevo en una sola. En agosto de ese año se nombra una nueva junta directiva reunificada celebra una reunión y en ella se decide nombrar a Joaquín Ablanedo presidente de la Comisión de Propaganda. Todos unidos bajo la presidencia del natural de Guyame, José María Martínez.

Reproducción de la invitación para participar en el banquete fundacional del club, para la cual se utilizó una imagen del molinón de Guyame

Dejo para próximos artículos desgranar más detalles sobre el Club Llanera de La Habana, sobre la figura de don Pancho y acerca de los proyectos, unos fallidos y otros culminados con éxito, auspiciados por nuestros coterráneos desde la distancia y que hoy son parte de la historia y del paisaje de nuestro concejo.

El vampiro de Santa Cruz

Titular en el periódico El Noroeste el 24 de abril de 1917

Hace algo más de un siglo ya, cuando un vecino de Santa Cruz saltaba tristemente a la fama periodística, al ser el autor de un crimen de los calificados como horrendos, en Avilés, y que sería recordado como el vampiro de Santa Cruz o de Avilés según se mire su lugar de procedencia o el lugar del crimen, una historia que personas mayores de la parroquia me reconocían que se la contaban sus padres de niños, y a la que nunca hicieron mucho caso al pensar que se trataba de una historia inventada por ellos con el fin de meterles miedo, pero que en realidad nunca había ocurrido algo así.

Como la realidad siempre se empeña en superar a la ficción y a la imaginación de los humanos, la historia resultaba ser cierta. Fue en 1917 cuando el suceso saltó a las páginas de los periódicos con motivo del juicio al que se enfrentó Ramón Cuervo (1891-1917), de mote Ramón de Paulo, por el asesinato en Avilés del niño, Manuel Torres Rodríguez, en Avilés, para luego beber su sangre con el fin de poner fin a una enfermedad, tuberculosis pulmonar, con la que había regresado de su estancia en la isla caribeña de Cuba.

Ramón Cuervo.

Los testimonios en su contra en el juicio, empezaron pro los de un droguero avilesino, que le vendió un frasco de cloroformo, y el de un joven de la calle Galiana, José Rodríguez, de mote Carolo, a quien Ramón había convencido de que lo acompañara a un descampado, y al que dejó marchar al considerar que el chaval «estaba algo raquítico, después de preguntarle si se hallaba enfermo», como se recoge en la información del periódico gijonés.

Sin embargo, el testimonio de mayor peso sería el de la vecina de Grandiella, María Martínez, quien aseguró haber visto al acusado irse con la víctima camino de un monte cercano, y regresar en solitario. La exhaustiva investigación policial, llevó al análisis de la materia fecal del acusado, a cargo del químico Juan Álvarez Casariego y el doctor Covián, quienes concluyeron la presencia de sangre en la misma. En ese punto de la investigación, el acusado seguía negando haber cometido crimen alguno.

Detalle del artículo aparecido en El Noroeste el 24 de abril de 1917.

De nuevo interpelado por el juez Eduardo Prada, el acusado terminó reconociendo que había utilizado una ampolla de cloroformo, con el niño Manuel Torres, a quien había localizado en la zona de La Magdalena y al que llevó con engaños al «monte Arabuya, en donde le aplicó el cloroformo, y después de efectuado, con un cortaplumas que le ocupó el Juzgado, le hizo una ó dos heridas en la yugular, donde aspiró la sangre que brotaba», nos cuenta El Noroeste.

Realizada la fechoría, regresó a la pensión en la que se alojaba para, a la mañana siguiente, salir en dirección a su casa de Santa Cruz, donde fue detenido. Durante el interrogatorio, reconoció que el motivo de su acto criminal había sido la creencia «de que con ello recobraría su salud, y que tal consejo se lo diera un negro de Sagua la Grande (Cuba)».

El Noroeste, 24 de abril de 1917.

En Santa Cruz siempre quedó la duda de si su convecino habría tenido algo que ver en la desaparición de una niña de la parroquia, acontecida unos dos años antes y vecina de la casa de Ramón, una desaparición coincidente en el tiempo con el regreso, ya enfermo, del emigrante de la isla caribeña. Unos rumores a los que desde El Noroeste «no dábamos eco atribuyéndolos á fantasías populares, pero estas van adquiriendo cuerpo, los sacamos á la luz por ser del dominio público y habérsenos asegurado que la autoridad tiene conocimiento de ello y se propone hacer indagaciones para ponerlo en claro».

También Ramón Rayón hará mención al suceso en su periódico artículo que enviaba a la Revista Asturias. En este caso para dar respuesta al corresponsal del periódico ovetense El Carbayón, quien habría insistido en «que el asesino es de Llanera y que en Avilés no hay gente de esa calaña, diré que aquí tampoco existe», y no dudaba en definir a Ramón como «una aberración de la naturaleza».

Revista Asturias, 10 de junio de 1917.

En el mes de abril permanecía en la prisión avilesa, hasta que en mayo un juez decreta su traslado a la prisión de Oviedo y ahí se pierde la pista de Ramón Cuervo. Hay quien afirma que murió en prisión y quien dice que saltó del carro en el que era trasladado a prisión.

En Villabona se mascó la tragedia

Revista Asturias, 22 de junio de 1919

La imagen que presenta hoy en día Villabona dista mucho de la que se podía ver prácticamente hasta los años 70 del siglo XX. Y es que desde que se pusieran en marcha las minas de carbón y se construyera la estación ferroviaria, con conexiones hacia Gijón primero y hacia San Juan de Nieva después, todo ello en la segunda mitad del siglo XIX, la población era tremendamente populosa y el movimiento de personas y mercancías era constante. A los dos aspectos dedicaremos nuestra atención en próximos artículos.

Solo en la explotación minera hubo periodos en los que se superaron los 300 trabajadores, a los que habría que añadir el de los empleados ferroviarios, primero en la Compañía del Norte y luego, en tiempos más próximos a nosotros, vinculados a RENFE. En consonancia con ello, el número de bares, establecimientos de ocio y tiendas de muy diverso tipo, era considerablemente superior al de los tiempos actuales, en los cuales sobreviven dos establecimientos hosteleros, uno en la propia población y otro en el Palacio del conde de San Antolín de Sotillo, a cuya arquitectura ya hemos dedicado un artículo.

Por eso no es en absoluto extraño que vividores de todos los pelajes acudieran al pueblo, especialmente en el día de cobro de los mineros, como se le ocurrió hacer a una compañía de variedades en 1919, generando un suceso que si no terminó en tragedia debió de ser por muy poco. De nuevo Ramón Rayón y sus publicaciones en la Revista Asturias, nos sirven para organizar el relato del acontecimiento.

Imagen de los años 60 de la calle principal de Villabona. Archivo Ayuntamiento de Llanera.

Atraídos por el dinero «caliente» de los mineros que lo habían recibido ese mismo día, llegó hasta Villabona una compañía de cómicos «acompañados de varias señoras de honor perdido», tal y como escribe Rayón «e inauguraron la función teatral». Y lo hicieron en todos los sentidos, estableciendo una entrada de 40 céntimos para poder acceder a la misma, y los criterios de acceso no debían de ser muy estrictos, en cuanto a la edad del público, ya que al parecer «entraron primero varios chiquillos que pagaron».

Sin embargo, con la función ya comenzada, en uno de los establecimientos públicos de la localidad cuyo nombre se nos oculta en la información, se dieron cita allí «innumerables mineros en completo estado de embriaguez, y como pretendían entrar gratis, alegando que el teatro estaba en un establecimiento público.» Lógicamente, la taquillera se opuso a tal pretensión, aunque los mineros no estaban por la labor de abonar la entrada, hasta que en un momento determinado «echaron mano a ésta y al resto de la compañía y no te digo lector lo que allí hubo: de todo menos de moralidad.»

Nos podemos imaginar el tumulto que se organizaría, no queremos ni pensar como terminaría el mobiliario del establecimiento y demás enseres, en medio del cual la compañía tuvo que salir por piernas en dirección a la estación ferroviaria, donde siguió la trifulca y «se dieron de palos, tiros y demás clases de instrumentos que integran esta clase de diversiones», saliendo los cómicos «a cincuenta por hora», una velocidad por otra parte nada desdeñable ya que era la que llegaban a alcanzar los trenes del momento.

El cronista no da cuenta de heridos o fallecidos en la trifulca, por lo que pudiera ser que todo se resolviera con magulladuras y algunos golpes. Rayón no puede evitar ironizar al final de su artículo, al recordar que entre los cómicos había una mujer «que adivinaba todo lo adivinable», y concluye preguntando al lector: «¿Qué te parece del modo de adivinar? ¿No pudo aquella señora saber lo que para ella y sus compañeros les estaba deparado, y así evitar el calvario sufrido?»

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.

Llanera y la epidemia de gripe de 1918

Ahora que nos toca vivir tiempos de reclusión, pandemia de coronavirus mediante, echamos un poco la vista atrás para ver la situación a la que se enfrentó nuestro concejo durante la pandemia de gripe de 1918, llamada «gripe española» al ser la prensa de nuestro país la única que informó del avance de la misma, pero también conocida como «el soldado de Nápoles» o el «mal de moda». En el verano de 1920, este virus gripal desapareció tal y como había venido, no sin antes dejar unos dicen que 50 y otros que 100, millones de fallecidos en todo el mundo.

Una primera noticia de la presencia de gripe en nuestro concejo, la encontramos en las páginas del periódico El Noroeste, del 10 de diciembre de 1905, en las cuales informa de la visita que hizo a Llanera Dionisio Cuesta Olay, a indicación del gobernador, para investigar un posible brote de fiebres tifoideas. Afortunadamente, la noticia no era cierta y lo único reseñable fueron algunos casos de febrículas causadas por la gripe, enfermedad que en ese momento había causado un único fallecido.

Cuando los efectos de la epidemia de gripe se dejen sentir en el concejo, se encontrará con una población que venía sufriendo unas condiciones climáticas difíciles, a las que se venían a unir las subidas de precios en los productos de primera necesidad, provocada por la Primera Guerra Mundial. Así lo pone de manifiesto Ramón Rayón, a la sazón secretario del juzgado municipal de Llanera, en varios artículos publicados en la Revista Asturias editada en La Habana con destino a la colonia asturiana de la isla, pero que también traía a Asturias noticas relacionadas con los emigrados.

Revista Asturias, 14 de marzo de 1915.

En un artículo de Rayón publicado en esa revista en marzo de 1915, ya deja constancia de que los vecinos de Llanera «estamos padeciendo un tiempo crudísimo [sic]», y teme que la constante alza de los precios pueda llegar a desembocar en descontento social entre los obreros, entre los que parece estar detectando síntomas de inquietud.

«Cuando va bien a la liebre va mal al galgo». Rayón incluye ese refrán popular en un artículo de 1916, en el que si bien parece que las cosechas se presentan bien, no se presentan tan bien los precios que el consumidor tiene que pagar, ya que «con la disculpa de la guerra, todos los artículos sin distinción de clases, han subido un ciento por ciento sobre el valor anterior». Volverá a insistir en ello en un artículo del mes de noviembre cuando escriba que a pesar de la buena cosecha «los artículos de mayor consumo se venden a precios fabulosos. Con decir que es por causa de la guerra, se sale de paso; y adelante la explotación.» Por su parte, los sueldos no habían mejorado en absoluto y como consecuencia «todos tenemos la obligación ineludible de gastar aquellos artículos bajo pena de muerte. Fiar no se fía ni al lucero del alba, y he aquí que, marchamos bien de fondos y… ¡trampa adelante!»

Revista Asturias, 1 de noviembre de 1916.

Rayón también nos deja constancia de que si 1916 se despidió con mal tiempo, el año nuevo no iba a ser menos y empezaba incluso peor, y en el mes de junio ya tenemos noticia de la aparición de una epidemia en el concejo, en este caso de viruela. La noticia la encontramos en un acta del pleno del 30 de junio de 1917, en la cual, de una manera muy escueta, se dice que la epidemia le cuesta al ayuntamiento 400 pesetas, según la minuto que el médico Federico Gil Arévalo pasó a la corporación, en concepto de vacunación general de la población contra esa enfermedad.

Acta del pleno del 30 de junio de 1917.

En 1918, finalmente la gripe llegará al concejo creando una «grave situación epidémica», tal y como se reconoce en el acta del pleno del 28 de septiembre de ese año, y ante la cual el cura de Cayés no tuvo mejor idea de que sacar la figura de san Roque en procesión, para pedir el fin de la epidemia, actuación que es criticada desde las páginas del periódico El Noroeste del 12 de noviembre.

El Noroeste, 12 de noviembre de 1918.

Una pandemia que en diciembre de ese mismo año ya había causado 204 muertos en Llanera, a tenor del recuento llevado a cabo por Ramón Rayón, y cuyos nombres, niños excluidos, dejó recogidos en un artículo en la Revista Asturias que empezaba así: «Hoy me limito  a contaros, con gran pesar de mi alma, el número de personas que a partir de veintiocho de septiembre al día de la fecha, murieron de la moda, pues así llaman a esta epidemia terrible, o “Soldado de Nápoles”; este militar hizo él sólo en un mes más víctimas que hubo en la guerra sin emplear lo que en esta se denominan “artes”. No he de consignar nada más que el nombre de las personas mayores, omitiendo el de los niños, pero el número de fallecidos fué en totalidad el de doscientos cuatro.»

Parte del listado de fallecidos por la gripe de 1918, publicado por Ramón Rayón en la Revista Asturias en el número del 23 de diciembre de 1918.

Una epidemia que además de la lógica consternación por los vecinos fallecidos, trajo también un mal momento a las maltrechas arcas municipales, que se encontraron sin capacidad para hacer frente a los gastos médicos generados, tal y como se pone de manifiesto en el pleno del 18 de enero de 1919. En ella escuetamente se dice que «con motivo de la epidemia se ocasionaron gastos y que que como no existe consignación en el presupuesto, se acuerda que se satisfagan del Capítulo de imprevistos previos justificantes que lo acrediten». Únicamente el concejal Severino Coterón Menéndez, quien llegará a ser alcalde del concejo en 1931, votó en contra de la propuesta planteada por el alcalde.

Ese mismo año la gripe volverá a reaparecer en el concejo, aunque afortunadamente de una forma más leve que el año anterior, lo que no excluyó que hubiera casas en las que «están atacados todos los individuos; y tiene que acudir algún vecino a prestar asistencia; pero sucede que aquel adquiere la enfermedad y la lleva a su domicilio», aunque los fallecimientos causados por este rebrote no parecen haber alcanzado ni de lejos, los del año anterior.

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.

Eso venía a complicar aún más la existencia a unos vecinos que estaban pasando viviendo una primavera aún peor que el invierno, climatológicamente hablando, causando retraso en las cosechas, por la presencia de «nieves, granizos, hielos, vientos y lluvias; en fin, la primavera no pudo portarse peor.» Rayón redacta este artículo en un tono pesimista: «Aquí no impera más que el dolor: todo son enfermedades, lo mismo en las personas que en los animales».

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.

Fugas de la prisión municipal

Información de la que parece ser la primera fuga de la prisión municipal. El Comercio, 17 de octubre de 1899.

Al contar Llanera con una sede judicial le correspondía igualmente, tener una dependencia en la que albergar los detenidos por la Guardia Civil, antes de ser juzgados, bien en el juzgado municipal en el caso de delitos menores, bien en el provincial, para delitos más graves, es decir, que el calabozo, seguramente no sería más que eso, era únicamente para estancias de corta duración. Se trataba de una instalación, como veremos, de construcción precaria, y con unas condiciones higiénicas francamente deficientes, como también veremos.

Con este panorama, la primera y escueta noticia que tenemos de una fuga del centro de detención del municipio, la encontramos en las páginas de El Comercio, medio que el 17 de octubre de 1899 se hacía eco de una información publicada en El Diario de Avilés, en la que se decía que Manuel Rodríguez Valdés, alias «Chorín», quien ya se había fugado en el mes de septiembre de la Audiencia de Oviedo durante el traslado desde Avilés custodiado por la Guardia Civil, había hecho lo propio de la cárcel de Llanera, lo cual suponía que había vuelto a ser detenido por la Benemérita dentro del territorio de nuestro municipio, conducido a la capital, Posada, y de ahí volvería a poner pies el polvorosa, sin que sepamos las peripecias posteriores de «Chorín».

En los años 10 del siglo XX volverán a producirse sendas fugas, que pondrán de manifiesto la precariedad del calabozo municipal. En la Revista Asturias del 26 de diciembre de 1915, gracias a la pluma del secretario judicial, Ramón Rayón, leemos que la Guardia Civil del puesto de Posada detenía a Francisco Ortega por conducir una caballería sin la correspondiente guía, siendo sospechoso de haberla robado. Los agentes pusieron a Francisco a disposición judicial internándolo en la cárcel municipal. El presunto cuatrero aprovecharía la noche para «valiéndose de uno de los pies del camastro, empezó a abrir un boquete en la pared, de la parte posterior del edificio, consiguiendo hacer un agujero, por le cual salió fácilmente, logrando así evadirse de la prisión» nos cuenta Rayón, quien también nos dice que fue el empleado municipal, Enrique Rodríguez, la persona que notó su ausencia al dirigirse por la mañana a hablar con el detenido. La Guardia Civil, sin saber en qué dirección podría haberse fugado, se puso tras la pista y ahí termina la información que tenemos del hecho.

Revista Asturias, 11 de junio de 1916.

Más chusca sería la siguiente fuga de la que volvemos a tener noticia gracias a la crónica de Ramón Rayón, publicada en la Revista Asturias el 11 de junio de 1916. Gracias a ella sabemos que varios vecinos de la parroquia de Ables, recelosos ante dos desconocidos que transitaban a pie por ella conduciendo una novilla, decidieron pararles y, de alguna forma, conseguir que uno de ellos confesara que el animal era fruto de un robo que había cometido, ni más ni menos, que en la aldea de Agüerina, en el concejo de Belmonte, es decir, a unos 70 kilómetros de distancia.

Con esa información, los vecinos alertaron a la Guardia Civil procediendo a la detención de los dos sospechosos, Rafael Alonso Martínez, quirosano de Salcedo, quien se autoinculpó como autor de la novilla, y Francisco Pérez y Pérez, quien habría coincidido con el primero en San Cucufate, donde habrían emprendido el camino juntos al dirigirse ambos a Oviedo. Ambos fueron conducidos hasta la cárcel municipal.

Aquí dejo la palabra totalmente a Ramón Rayón y al expresivo párrafo con el que describe el momento de la fuga del ladrón de ganado: «Una vez en la cárcel de Posada, no le gustó al Rafael la topografía del pueblo ni el chalet donde lo hospedaron, pues por la noche se dedicó a trabajar y haciendo un hoyo por debajo de la puerta intermedia entre el depósito y archivo se fugó, sin que se sepa el rumbo pues no se lo comunicó ni al compañero de fatigas, según éste declaró. A la mañana siguiente el Alcalde [es posible que el término ‘alcalde’ sea una errata por ‘alcaide’ en el sentido de responsable del calabozo, dentro del tono chistoso con el que nos narra la noticia. En ese momento el alcalde era José Sala Cadamo], don Enrique Rodríguez Alonso mandó a que se enteraran de cómo habían pasado la noche, encontrándose con la celda completamente transformada y creyó al ver el terreno tan movido que se trataba de un terremoto.»

Lo simpático de la noticia no se quedó ahí, sino que a continuación, Francisco Pérez «(que no se fugó por no darle la gana)», empezó a decir que «era una persona de gran honradez e influencia», cuando la realidad era que era un mendigo de profesión, y que su detención iba a provocar serios disgustos, lo que le vale a Rayón para ironizar: «¡Acaso saldrá España de la neutralidad por tal detención!», en alusión a la postura que nuestro país había adoptado en relación con la Primera Guerra Mundial. La novilla quedó en depósito en la casa de Modesto Vázquez Rodríguez.

El Noroeste, 22 de junio de 1917.

Dentro del contexto de una huelga planteada por los trabajadores de la Fábrica de Explosivos de Cayés, un total de seis mujeres fueron detenidas en sendas redadas por números de la Benemérita, y conducidas al calabozo de Posada donde pasaron 24 horas detenidas antes de ser puestas de nuevo en libertad. Tal y como podemos leer en El Noroeste, todas ellas se quejaron con insistencia de las pésimas condiciones higiénicas existentes en un calabozo «que parece más propio para alojar animales que para pernoctar seres humanos.» Por ello, el cronista del periódico gibones no duda en pedir al alcalde que «se digne ordenar el arreglo y limpieza de dicho local.»

Extracto del acta del pleno del 3 de junio de 1922, en el que se acordó hacer obras en la cárcel municipal.

Una actuación de la que no hay constancia que el consistorio abordara hasta cinco años más tarde, algo que sabemos por el acta del pleno del 3 de junio de 1922, en la cual se acuerda «hacer una pronta reparación en la cárcel municipal, para instalar un camarote, un banco, y cerrar el recipiente para la salud de los detenidos, pues actualmente es insalubre, y se halla en pésimas condiciones el depósito.»