Facetas Teatro (1996-2005): Una década a la luz de las velas

1 de mayo de 1996. Lugo de Llanera. Jira al Santufirme. Día desapacible, viento, lluvia. Imposible subir al picu. Grupo de jóvenes sentados al pie de la fuente. Así nació la idea de crear un grupo de teatro que dio en llamarse Facetas Teatro.

Como todo suceso histórico, este también tuvo sus antecedentes. En nuestro caso está en la organización de unos cursos de teatro en la Casa de Cultura de Posada, dirigidos por el dramaturgo, director y actor de Ujo, Maxi Rodríguez. Ahí está el arranque de todo.

Más tarde algunos incluso pasamos por el laboratorio teatral de Etelvino Vázquez en Lugones. De todo ello va surgiendo una inquietud por empezar una aventura que como cualquiera que se precie, comenzó por un paso pequeño.

Sin tener todavía las ideas muy claras, un grupo empieza a reunirse en un local de la ovetense calle Facetos, propiedad del padre de una de las integrantes de aquel colectivo todavía informal y que, durante un tiempo, se reúne más para hacer fiestas (algunas memorables) que para ensayar.

El primer contacto con un escenario fue muy poco esperanzador. Una suerte de actuación, por llamarla de alguna manera, en una residencia de ancianos en Ciudad Naranco, de la que algunos salimos pensando que hacer por hacer y sin ningún orden ni concierto, no era lo que queríamos. Había que dar un paso hacia algo más serio.

Cartel del debut de Facetas Teatro en 1997

Antes ya habíamos iniciado los trámites para convertirnos en asociación cultural, hasta conseguir los parabienes de la Consejería de Cultura y de Hacienda (por aquello de lograr la exención del IVA), que hacen que la fecha oficial de constitución del grupo sea la del año 1998, pero para nosotros el año de referencia siempre fue 1996.

De momento con el tema del local de ensayo resuelto, empieza la odisea de encontrar una obra para ponernos en marcha. Se trataba de buscar algo que no excediera en demasía las que considerábamos nuestras limitaciones. Por ello, nos decidimos por buscar textos no excesivamente largos y que nos parecieran asequibles.

Y el primer elegido fue el dramaturgo asturiano Alejandro Casona y su “Fablilla del secreto bien guardado”, una comedia de enredo de tintes costumbristas alrededor de un presunto tesoro. Complicaciones no tiene muchas y es de corta duración, tal vez demasiado corta.

Por eso decidimos añadirle otro montaje. Y no tuvimos mejor idea que decantarnos por un texto del teatro breve ni más ni menos que de Federico García Lorca, “Amor de don Perlimplin con Belisa en su jardín”. En una primera lectura nos pareció igualmente asequible, con tintes de comedia y que nos podía encajar.

Programa de mano de nuestra primera función en la Plaza de La Habana de Posada.

Llamémosle error de juventud ya que se trata de un texto de enorme complejidad y una intensidad dramática muy lorquiana, como muy pronto empezamos a descubrir.

En ese momento el grupo los formábamos Marco Franco, Lucas Trapaza, Sole Iglesias, Mayra Fernández, Vanessa Rodríguez, Laura Díaz y yo mismo. Esos fueron los osados concursantes que se pusieron manos a la obra (nunca mejor dicho), con mucha ilusión y mucho por aprender.

Todavía se me escapan los motivos por los que en el primer cartel anunciador de ese montaje aparezco yo como director, papel que sí adopté plenamente más adelante cuando me convertí en el más veterano del grupo.

La falta de un director hizo que todos adoptáramos esa figura para ayudarnos unos a otros lo mejor que sabíamos, hasta que recibimos la ayuda inestimable de Moisés González, en aquel entonces integrante de Teatro del Norte y hoy de su propia compañía El Callejón del Gato. Nuestro agradecimiento es imperecedero porque nuestro Perlimplin nunca habría sido lo mismo sin su ayuda, su paciencia con nosotros y su sabiduría teatral. Gracias Moisés.

El estreno

Viernes 30 de mayo de 1997, Plaza de La Habana de Posada de Llanera, estreno absoluto. Como decíamos en el programa de mano: “Los ensayos se han terminado y la historia de nuestro grupo comienza aquí y ahora. Como diría un clásico: La suerte está echada”. Y ciertamente después de meses de ensayos y muchos nervios, el veredicto del público no pudo ser mejor. Lleno absoluto y satisfacción final.

Para llegar ahí fueron muchas las personas que nos echaron una mano, de las que dejamos constancia en el programa de mano (diseñado al igual que el cartel por nuestro compañero Lucas Trapaza), pero no quiero dejar pasar la aportación especialmente importante de las madres de dos de nuestras componentes como fueron Azucena Quintanal y Aurora Vega. Un poco más adelante incidiré en su importancia.

Sole en el papel de Marcolfa y yo en el de Perlimplín en una sesión fotográfica en el local de ensayo de Teatro del Norte en Lugones.

También se tiró de parejas y amistades y ahí tuvimos, por ejemplo, a César Suárez a los mandos de luces y sonido, que también debutó con nosotros y que a lo largo de los años siguió echando una mano no poco importante. En 1999 lo nombramos miembro honorífico por su contribución al grupo,

Antes de llegar al estreno tuvimos que afrontar un problema no menor. Y es que se nos pidió que dejáramos el local que estábamos usando en Oviedo y hubo que ponerse a buscar una solución. De nuevo las familias fueron un apoyo extraordinario y esta vez llegó de la mano de Alfredo Fernández (Carreño), con la cesión de un bajo de obra en Lugo de Llanera (calle San Isidro), por donde, al ver entrar y salir de allí un grupo de chavales con cachivaches de lo más variopinto y escuchar nuestras voces mientras ensayábamos, pronto se corrió la voz de que éramos miembros de una secta. En fin.

Programa de mano de Anillos para una dama, la obra que junto con el Perlimplin más satisfacciones nos dio

Allí, en un local con sueño de cemento, totalmente sin acondicionar, con polvo, arena, paredes desnudas y sin luz, ensayábamos por las noches después de que las obligaciones estudiantiles o laborales nos lo permitían, lo que nos generó otra dificultad añadida: ¿cómo ensayar por la noche en un local que no contaba con luz eléctrica ninguna? Todavía recuerdo la cara de pasmo que nos puso a Sole y a mí un dependiente de una ferretería de Lugones cuando le pedimos consejo sobre cómo iluminar un local sin luz eléctrica. Debió de pensar que vivíamos en algún tipo de cueva o similar.

La primera opción y la que se mantuvo a lo largo del tiempo fue la de iluminarnos con velas, de ahí que siempre en todos nuestros montajes posteriores en recuerdo de aquellos momentos, siempre van a aparecen velas estuvieran o no a la vista. Eso lo completamos con un par de fluorescentes enchufados a unas baterías que nos íbamos turnando para cargarlas en nuestras casas.

Y el frío que pasamos allí tampoco se nos olvida, de ahí que termos con caldo o café caliente, mantas y toda suerte de ropa de abrigo nos acompañaran en los meses más fríos, así que cuando tocaba entrar en escena había que quitarse antes varias capas de ropa de encima para tener algo de movilidad.

Modificamos el repertorio y salimos de Llanera… y de Asturias

Gracias al trabajo generoso de Marco Franco que en aquel entonces trabajaba en una fábrica de muebles de cocina, nos dotó de una primera cámara negra formada por unos listones de pino, unas bases y unos enganches para colocar otros listones horizontes sobre los que clavar, por medio de chinchetas, unas telas negras y listo. Todo muy precario pero funcional al mismo tiempo.

Cartel de nuestra primera función en el Centro Sociocultural de Cayés.

Estructura que ya pudimos utilizar en enero de 1998 cuando volvimos a la Plaza de La Habana de Posada para estrenar un nuevo programa doble. Nos habíamos dado cuenta que no era buena idea reunir en un mismo espectáculo a Casona y a Lorca. Así que optamos por poner en pie un programa doble del asturiano sumando a la Fablilla la “Farsa del cornudo apaleado”.

También recibimos a una compañera nueva, Marta Moreno, para cubrir la ausencia de Laura que por motivos personales no nos pudo seguir acompañando. Marta se incorporó igualmente al elenco del Perlimplin.

Eso fue el 9 de enero y el 17 fuimos al escenario del Centro Social de Cayés para repetir función. Cualquiera que se haya subido alguna vez al escenario cayesino se da cuenta inmediatamente de que no es una plaza fácil.

Actuar con la primera fila prácticamente metida en el escenario y ver todas las reacciones del público en tiempo real, requiere de muy altas dosis de concentración. Era una prueba de fuego ante un auditorio lleno hasta la bandera y que siempre nos trató de forma muy generosa, a pesar de que no faltó quien quiso crearnos una rivalidad artificial con el grupo de teatro local, El Merín, colectivo a cuyos estrenos siempre fuimos con gusto y ellos hicieron lo mismo con nosotros.

Portada del primer programa de mano.

Y llega el momento de salir fuera de nuestra zona de confort. En abril de 1998 salimos por vez primera del concejo para irnos, ni más ni menos, que hasta A Veiga (Vegadeo) para participar en los Encuentros teatrales Elisa y Luis Villamil.

Ahí recibimos una buena inyección de moral toda vez que nos galardonaron con sendos premios. Uno a la mejor actriz secundaria, para Sole Iglesias, y otro al mejor vestuario, ambas por el Perlimplin. Un premio, este último, que nos hizo especial ilusión por el trabajo de las madres que vieron así recompensado, siquiera moralmente, su dedicación.

Esos encuentros a los que acudimos en varias ediciones más, nos pusieron delante de otro reto: cómo conseguir que aquel escenario tan grande no nos comiera un montaje pequeño como era el nuestro. Solución: hacernos con una cámara negra que delimitara el espacio de actuación y nos permitiera concentrar la luz donde a nosotros nos interesaba.

Ahí nos dimos cuenta de que la cámara negra que teníamos de madera era demasiado pequeña, así que empezamos a buscar la manera de hacernos con una estructura de mayor tamaño y versatilidad. La opción era recurrir al metal, y ahí entramos en nuestra particular edad del hierro, de nuevo gracias a la generosidad del por aquel entonces, marido de una de nuestras compañeras, Luis Ángel, que trabajaba en una empresa de calderería en Silvota, y que por el coste de los materiales, algo más de 15.500 pesetas, nos equipó con una estructura que ya nos abandonó hasta el final.

Imagen de Anillos para una dama en el estreno en Posada.

Con ella ganamos la posibilidad de ampliar o cerrar el espacio y sus tres metros de altura impedían que la luz se concentrara donde nosotros queríamos. Eso sí, tuvimos que renovar el surtido de telas negras y su colocación era más dificultosa, pero las ventajas fueron muchas.

Y salimos también de la región. Diciembre de 1998, con abundante nieve en los márgenes de la carretera y un frío intenso, tomamos la autopista del Huerna para debutar fuera de Asturias (fue la primera y única vez que salimos de Asturias), concretamente en la localidad leonesa de Villablino, donde nos acogió mi tía Josefa que alimentó a base de tortilla y lentejas nuestros estómagos.

Allí llevamos de nuevo el programa doble de Casona y pasamos una factura de 60.000 pesetas que tardamos, ni más ni menos, que tres años en cobrar y eso después de tener que insistir en repetidas ocasiones, e incluso tirar de familiares en la zona hasta que conseguimos que el consistorio saldara la deuda.

Buscando el norte y El jardín de nuestra infancia

1999 vino marcado por un nuevo proyecto al que titulamos “Buscando el norte. El sur también existe”, en el que reunimos siete piezas de teatro breve de los asturianos Sandro Cordero, Eladio de Pablo y Moisés González. Eran: El asesino del martillo, Me has llamado Paula, Revista del corazón, Muñecos, Las conchitas, El gato y el ratón y Educación. Piezas entre dos y cuatro personajes.

Programa de mano de Buscando el norte.

Lo decíamos en el programa de mano: “A lo largo de la hora, más o menos, que dura este montaje, veremos desde los peligros que nos pueden acechar en un parque, hasta como un señor casado se ampara en la palabrería de la LOGSE para ocultar una infidelidad, pasando por la selva en la que se ha convertido conseguir un trabajo, o el drama de los embarazos no deseados (…) El mundo es un teatro de orgullo y de error lleno de infelices que hablan de la felicidad, escribió alguien alguna vez”.

Estreno, como siempre en Posada, porque para nosotros la prioridad siempre fue estrenar en casa, en abril de 1999. Sin duda ninguna, fue la obra en la que más nos reímos durante los ensayos. Puedo asegurar que las carcajadas eran diarias, sin embargo, esa sensación no terminamos de hacerla llegar al público del todo, que sólo después de dos o tres de las piezas lograba entrar en la dinámica de la obra por nuestra falta de pericia a la hora de engranar piezas tan diferentes. De todo se aprende.

Marta ya no estuvo con nosotros en este montaje, que solo dos días después del estreno subimos de nuevo a las tablas del teatro de A Veiga, de nuevo en el marco de los encuentros teatrales. Mayra, que ya estaba estudiando en el Instituto del Teatro (ITAE), hoy Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD), para convertirse en la profesional que es hoy, también dejó el grupo tras esa actuación. Lucas Trapaza ya lo había hecho el año anterior. En el capítulo de fichajes incorporamos a Mayte Ramiro que está con nosotros hasta el final.

Muchas bajas y tocaba remodelar el grupo, también por la ausencia temporal de Sole Iglesias, y los albores del nuevo siglo ven un grupo rejuvenecido con la llegada de Patricia Peláez, Rebeca García, Chabe Vega y Adelino García. Este último se mantuvo también hasta el 2005.

Portada del programa de mano de El jardín de nuestra infancia.

Con todos ellos ponemos en pie “El jardín de nuestra infancia” de Alberto Miralles, un drama familiar anclado diez años antes del transcurso de la acción, con más luces que sombras. Una obra de la que hicimos tres únicas funciones: Posada, Cayés y Vegadeo. Aquí contamos con la colaboración a los mandos técnicos de Marco Franco, después de lo cual deja el grupo definitivamente.

El siglo XXI

Otra vez nos encontramos con que dos de las compañeras que habían debutado con nosotros el año anterior, deciden no continuar. Fueron los casos de Patricia y de Rebeca. Celebramos el regreso de Sole y la incorporación de Javier Cachero. Con ellos y con Adelino García, Mayte Ramiro, Chabe Vega (luego sustituida por Cristina Terente) y yo sobre las tablas y César Suárez a la técnica, nos embarcamos en levantar la obra de Antonio Gala, “Anillos para una dama”. Con Cristina se sumó la ayuda de su futuro marido, Juan, quien también se involucró mucho en la parte logística del grupo.

Anillos para una dama. De izquierda a derecha Adelino (Minaya), Sole (JImena), Chabe (Constanza), Mayte (María) y Javi (obispo)

Una obra magnífica y con la que todos disfrutamos muchísimo y con la que me atrevo a decir, que alcanzamos el mayor éxito de público. Ya desde 1999 estábamos ensayando en el Centro Social de Cayés, lo que nos facilitó mucho las cosas, hasta que tuvo lugar un suceso del que doy alguna cuenta más abajo.

También fue la obra de la que más funciones llegamos a realizar, después, eso sí, de una activa política de envío de dosieres por correo a aquellos ayuntamientos que programaban teatro aficionado y de visitar personalmente a algunos de ellos.

Este montaje también fue el responsable de que empezáramos a pensar en mejorar el hasta ese momento nulo equipamiento de luces, para no depender totalmente del existente en los distintos escenarios que, en muchas ocasiones, dejaba bastante que desear, caso de A Veiga que si bien tiene un escenario magnífico y un gran patio de butacas, en cuanto a las luces, en aquellos años, se limitaban a dos o máximo tres focos en funcionamiento.

Mayte y Sole en Anillos para una dama

Nos adentramos de nuevo en un mundo del que no teníamos mucha idea, por ser suave, y un día nos plantamos Sole y yo en una empresa del polígono de ASIPO creo recordar, y salimos de allí con cuatro focos por el módico precio de 165.000 pesetas, con un pequeño descuento que nos hizo el propietario, sin duda apiadado por nuestro desconocimiento de la materia. A eso unimos después dos estructuras metálicas para poder colgarlos según nuestras necesidades que nos sumaron otras 20.000 pesetas a la factura.

Asimismo, dentro de la línea minimalista que siempre se movieron nuestros montajes, tanto por razones logísticas como por convencimiento, decidimos hacer una serie de cubos de distintas alturas pintados en negro, que nos dieron muy buen resultado estético, tanto que ya nos acompañaron en todos los montajes posteriores, gracias a la pericia de otro padre, Iglesias. Por supuesto, las velas no faltaron y esta vez lucieron espléndidas en un candelabro que está presente en buena parte de la obra.

No nos podemos olvidar de otro progenitor, fotógrafo en este caso, Ramiro, a quien debemos la imagen que utilizamos en el cartel, además de los reportajes fotográficos de Anillos y de Pareja abierta.

El 17 de marzo de 2001 estrenamos en Posada, y viajamos con la obra hasta 2004, hasta llegar a hacer hasta 16 representaciones de la misma. Cayés, Corvera, A Veiga, San Martín del Rey Aurelio, Langreo, Lugones, Navelgas, fueron algunos de los lugares en las que la llegamos a representar. Intentamos visitar una muestra de teatro aficionado en Torrelavega (Cantabria) pero no fue posible.

De nuevo el trabajo de las madres con el vestuario se vio recompensado con un nuevo galardón, otra vez en los encuentros de A Veiga. Con Anillos participamos en las Primeras Jornadas de Teatro Local que tuvieron lugar en Cayés entre el 21 y el 22 de mayo de 2002, con la participación de la Asociación de Mujeres de Llanera, que puso en pie “Pitición de mano” de Antón de la Braña; nosotros; y cerró las jornadas el Grupo Cultural El Merín con “Tiquismiquis” de Vital Aza.

Cartel de las Jrnadas de Teatro Local de 2002

Al mismo tiempo que seguíamos con Anillos, empezamos a pensar en un nuevo montaje para cumplir con nuestro ritual particular de hacer un estreno al año. Para 2002 elegimos la obra de los italianos Franca Rame y Dario Fo, “Pareja abierta”, que si bien la obra es para dos personajes, nosotros desdoblamos la pareja en tres diferentes, una por cada uno de los momentos por los que pasa la pareja protagonista. Montaje que luego cambiamos al modelo de dos parejas.

Cartel de Pareja abierta de Franca Rame y Darío Fo.

En mayo estrenamos en Posada, en mayo, en junio fuimos a Cayés, y el periplo de la obra nos llevó a Corvera, a la Residencia Covadonga de Oviedo (donde por fin algunos nos pudimos quitar el mal sabor de boca que nos habían dejado aquellas dos primeras actuaciones en residencias de mayores del siglo pasado) y a volver a Art Nalón Escena, en Sama, de donde regresamos con un segundo premio cerrando así el capítulo de cuatro galardones obtenidos a lo largo de nuestra historia.

Mientras seguíamos con Anillos y con Pareja abierta, por distintos motivos, no pudimos sacar adelante el proyecto de la Medea de Fermín Cabal, y esa crisis y la ausencia de nuevo de Sole y mi anuncio de que el siguiente montaje iba a ser el último para mí, desemboca en nuestro último espectáculo (el last dance que se dice ahora).

Pareja abierta. De izquierda a derecha: Sole, Alfredo, Adelino, Cristina, Mayte y Javi

Para ello elegimos la obra “Objetos perdidos” de Antonio Muñoz de Mesa, una obra con un humor cercano al absurdo. “Personajes que buscan. Personajes que encuentran. Desconocidos en tránsito. Todos comparten el mismo destino sin saberlo. Los detalles los diferencian. Los contornos se difuminan. Palabras que cruzan el espacio como cuchillos. Huida hacia adelante alumbrada por fluorescentes. Siniestramente surreal y obsesivamente acaramelada”. Así presentamos la obra en el programa de mano.

El telón se baja definitivamente para nosotros (Adelino, Mayte, Cristina, Javi, Alfredo y Sole a la técnica) un 23 de abril de 2005. Desde entonces, nostalgia por lo vivido.

Programa de mano de Pareja abierta. Esta vez optamos por un formato de tarjeta de visita

Anécdotas y curiosidades

Hasta ahora apenas si hago mención a las cuestiones de organización económica. Empiezo diciendo que seguramente fuimos el único grupo aficionado de la región en no contar con ni una sola peseta o euro procedente de una subvención pública, ni municipal ni regional. Algo que siempre que lo hablábamos con otros grupos como el nuestro levantaba más de una sorpresa.

Nuestra filosofía siempre fue la de ser lo más autónomos de cualquier administración que nos fuera posible. De hecho, un año que nos decidimos a pedir una subvención regional nos concedieron 10.000 pesetas, cantidad a la que renunciamos al enterarnos de que las subvenciones se cobran después de haber gastado y justificado el importe concedido, tal era nuestra ignorancia por aquellos años. Y como no disponíamos de esa cantidad decidimos devolver el importe y no volver a solicitar dinero nunca más.

Pensábamos que si la administración, la que fuera, nos contrataba y nos pagaba un caché con eso tendríamos dinero suficiente para sufragar el coste de poner en pie un montaje nuevo, como así hicimos durante toda nuestra trayectoria.

Cartel de nuestra última función.

Por otro lado, desde el principio, cuando todavía no éramos todavía un grupo formal, acordamos un sistema de cuotas de tal forma que cada miembro, mensualmente, aportaba 1.000 pesetas a la caja común, cantidad que pronto reducimos a 500 pesetas, y así seguimos hasta que el grupo ya se sostuvo económicamente.

Si antes decía que en Lugo de Llanera cuando nos trasladamos a ensayar allí había gente que pensaba que éramos una secta, en Cayés no faltó quien fuera corriendo al ayuntamiento a decir que nuestra presencia en el Centro Social, que el consistorio nos había concedido como local de ensayo, provocaba, literalmente, “alarma social” lo que acabó derivando en que sacáramos nuestras cosas de allí para trasladarlas a un espacio que nos cedieron César y Mary aquí en Posada.

Como local de ensayo conseguimos, gracias a la gestión de Adelino, que la parroquia de Rondiella nos diera acceso a los locales parroquiales anexos a la iglesia de Posada, lo que nos permitió ensayar más cómodamente al evitarnos desplazamientos en un momento en el que la mayoría de los integrantes éramos de Posada.

Crstina y Adelino en un momento de Pareja abierta.

Comento más arriba como en 2001 incorporamos a nuestro material escénico, cuatro focos. Con ellos fuimos, por ejemplo, a actuar al local de la asociación de vecinos de Granda (Gijón), un espacio incluso más pequeño que Cayés. Pues bien, empezamos a tirar cables, conectamos a los enchufes de la pared que había por allí, ponemos unas bases, y empezamos la función.

A eso de los cinco o diez minutos de empezar, saltaron los plomos y poco más y nos llevamos por delante toda la instalación del local. Y no sé si fue por eso o si fue porque se dejó de hacer teatro en un lugar totalmente inapropiado, pero el caso es que no nos volvieron a llamar nunca más para actuar allí.

En Navelgas actuamos coincidiendo con la fiesta del bateo del oro, y la función tuvo lugar en el comedor del colegio con tan mala suerte que el inicio de nuestra actuación coincidió con la final del torneo de fútbol sala que se jugaba en las instalaciones deportivas del centro, así que durante algún tiempo actuamos al compás de los aficionados futboleros del exterior.

Adelino, Sole y Mayte en Anillos para una dama.

Y siempre recordaremos a dos niñas que sentadas en la primera fila, se pasaron la obra comiendo palomitas deleitándonos tanto con el olor como con el sonido de tan apasionante aperitivo. Por no hablar de la mosca que se empeñó en posárseme en la nariz en un momento en que mi personaje debía de permanecer impertérrito.

Imbricados como estuvimos en la vida cultural del municipio, también participamos en actividades de cuentacuentos organizadas por la Casa de Cultura, e incluso fuimos al IES a dar un mini curso de teatro al alumnado con motivo de una de sus semanas culturales.

Incluso cuatro de nosotros llegamos a participar en la grabación de un corto, codirigido por un vecino de Posada, Ángel, como parte del proyecto final de un curso de audiovisuales.  Era una adaptación muy particular del cuento del argentino Jorge Luis Borjes, El Aleph.

Texto del programa de Pareja abierta.

También hubo proyectos que no salieron adelante. Uno de ellos la participación en la cabalgata de Reyes, más que nada porque no se nos ocurrían más que propuestas rompedoras que sabíamos que no iban a tener una acogida muy favorable, así que agradecimos la invitación pero no llegamos ni siquiera a presentar nuestras ideas al resto de colectivos que sí estaban totalmente implicados en el desfile.

Y lo que si nos dio pena fue que no saliera adelante la propuesta que nos llegó a plantear el director de la coral en aquel momento, Luis García Santana, de poner en escena una zarzuela completa, aportando nosotros la dirección de escena y la parte más actoral y la coral la parte musical. La marcha de Luis con dirección a su tierra canaria impidió que la idea cobrara forma.

Logotipo diseñado por Lucas Trapaza

Llanera y el socialismo, 125 años de relación

Dos claves, al menos, explican la historia del municipio a lo largo del siglo XIX a mi entender. Por un lado, el proceso industrializador, iniciado con la explotación carbonífera de Santufirme seguido por la instalación de fábricas como Cerámicas Guisasola (La Estufa), y la Fábrica de Explosivos, ambas en la parroquia de Cayés y, de la mano de todo ello, la expansión ferroviaria con los nudos de Lugo de Llanera y, sobre todo, de Villabona.

Y la segunda clave, en el ámbito político, el caciquismo, el dominio del electorado del concejo para asegurar el mantenimiento del conservadurismo con el uso de todas las malas prácticas al uso: el pucherazo electoral, la amenaza a los colonos agrarios con subidas de rentas si no votaban acorde a lo ordenado por el propietario, entrega de votos a la salida de las iglesias, presencia de fallecidos en los censos electorales o recuentos que arrojan más votos que votantes registrados.

Socialmente, podemos incluir una tercera clave: la emigración hacia América. No en vano es uno de los de mayor salida de coterráneos hacia América y el Caribe, reflejo de que la llegada de las nuevas industrias no trae con ellas una mejora sensible en el nivel de vida de la población, afectada, por otro lado, por unos niveles de analfabetismo muy importantes.

Quintana en Lugo de Llanera en 1919. Revista Asturias.

Con todo ello tenemos, por un lado, la gestación de un movimiento obrero que busca un doble objetivo: la mejora de las condiciones laborales y lograr una representación política acorde a una creciente importancia numérica. 

Esas pretensiones, animadas por las ideas socialistas chocan con la pervivencia de un sector muy conservador, contrario a cualquier cambio que pueda poner en riesgo el estatu quo político, con el apoyo en la Guardia Civil como fuerza represora.

La primera agrupación

Es en la Fábrica de Explosivos de Cayés, inaugurada en 1895, donde primero cuaja el movimiento obrero en forma de organización política. Es el mes de mayo de 1901 (la Federación Socialista Asturiana se forma en el mes de febrero de ese mismo año), coincidiendo con la gira que el fundador del PSOE (partido establecido en 1879), Pablo Iglesias, hace a la zona de Llanera-Lugones, incluyendo un mitin en Cayés en lo que fue el acicate definitivo para la puesta en marcha de la primera agrupación socialista en Llanera.

Cerámicas Guisasola. Revista Asturias, 1917.

Una formación que toma carta de naturaleza en un mitin presidido por que el que es el primer secretario general de la agrupación, José Álvarez González “El Llobu”, en el que está presente el presidente de la FSA, Manuel Vigil. La primera ejecutiva queda formada por José Álvarez (presidente), Manuel Paredes (vicepresidente), Laureano de la Fuente (secretario), Manuel Martínez (contador) y José Llaneza (cuentas).

A partir de ahí, empieza a desarrollar su trabajo en defensa de los trabajadores de la fábrica, y, al año siguiente de su fundación, convoca el primer paro ante la bajada de salarios decretada por la dirección de la empresa en medio de un contexto de subida de impuestos y precios. La gota que colma el vaso es el traslado de una compañera a un puesto de menor remuneración, en castigo por acudir a una manifestación de celebración del Primero de Mayo en Oviedo.

En esta primera época del socialismo en Llanera, el siguiente punto de inflexión llega en 1915 con la fundación de la sección sindical de los mineros de Santufirme, de donde surgirá la figura emblemática para el socialismo local de Agustín González “El Dios”, obrero minero dotado de “una cultura y de una inteligencia que para sí quisieran muchos que por tales se tienen”, como le definen las páginas del periódico El Noroeste en mayo de 1918.

El trabajo incansable de Agustín González, le lleva a ser el refundador de la Sociedad de Obreros Cerámicos de Cayés en 1930 (la fundación inicial es de 1916), que agrupa a los trabajadores de La Estufa; trabaja para conseguir la organización de los campesinos en organizaciones vinculadas a la Federación de Trabajadores de la Tierra de UGT, entre otras labores a medio camino entre lo sindical y lo político.

Casa del Pueblo de La Miranda, conocida popularmente como El Centro. Archivo Histórico de Asturias

El sindicato minero es el responsable de la creación de la primera y única Casa del Pueblo, popularmente conocida como El Centro, gracias a la compra de un solar en el Alto de la Miranda, concretamente en la zona conocida como Las Cabañas, convertida desde entonces en uno de los epicentros de la actividad política en el municipio. Es el año 1918. 

En ese momento, el presidente de la sección sindical (adscrita ya al SOMA, organización fundada en 1910 por Manuel Llaneza) es Manuel Rodríguez Rodríguez y el secretario, Manuel González Menéndez.

El edificio consta de tres plantas y garaje anexo, sobre una superficie aproximada de 80 metros cuadrados. En ella se aloja, en 1927, la Cooperativa Obrera de Santofirme.

Primeros éxitos electorales, la dictadura de Primo de Rivera y los años 30

La labor realizada desde 1901, con altos y bajos, da sus frutos finalmente en las municipales de 1920. En ellas Agustín González se convierte en el primer concejal socialista, hasta que con la formación del nuevo ayuntamiento ya bajo la sombra de la dictadura primorriverista en 1924, y con Celestino González Tresguerres como nuevo alcalde, Agustín González renuncia a su acta de concejal, alegando que su militancia socialista le impedía desempeñar cargo alguno que no fuera de elección democrática.

Agustín Gonzalez. Foto archivo de la familia.

En 1930 cae la dictadura, en 1931 llega la Segunda República, momento a partir del cual el asociacionismo político socialista se dispara. Para 1933 eran ya siete las secciones agrarias adscritas a la UGT, además de la sección minera de Santufirme, la Sociedad de Obreros Cerámicos, y la sección La Polvorista vinculada a la Fábrica de Explosivos de Cayés, a las que habría que añadir las agrupaciones de Juventudes Socialistas, la primera de las cuales se forma en la parroquia de Villardeveyo en 1931. A ella se unirán, más tarde, las de Ables o San Cucufate, entre otras.

La participación de los mineros en los sucesos revolucionarios de 1934, provocan que los primeros disparos de la revolución se escuchen en Llanera, con el saldo de un minero y un guardia civil fallecidos en la noche del 5 al 6 de octubre de 1934. Al término del conflicto, Agustín González se exilia en Francia primero y en Bélgica después. Regresa gracias a la amnistía gubernamental de 1936 y, con el inicio de la Guerra Civil, se convierte en el primer alcalde socialista de Llanera, hasta que, en 1938, es apresado por las fuerzas franquistas y, posteriormente, fusilado contra la tapia del cementerio de San Esteban de las Cruces, en Oviedo.

En democracia

La que podemos llamar segunda fase en el desarrollo del socialismo en el concejo, tiene lugar tras la llegada de la democracia. La agrupación vuelve a la vida en 1977, momento a partir del cual los socialistas se vuelven a organizar, esta vez en una única agrupación, con sede en la capital municipal, y que se reúne en locales cedidos por afiliados o simpatizantes. el septiembre de 1977 cuenta con 17 afiliados que para el año siguiente ya son 52, de los cuales únicamente 7 son mujeres, según el informe redactado por Purificación Tomás después de girar visita a la agrupación, en enero de 1978. Sólo una mujer aparece en esa primera ejecutiva y es la vecina de Lugo de Llanera, Ana Luisa Martínez González, mientras que el primer secretario es Gaspar Gonzalez, también vecino de Lugo.

De forma precaria empiezan a reunirse en la antigua cuadra de casa El Pirulo, una vivienda propiedad de Ligero en el arranque de la actual calle Carrera de San Cucao, un reducido espacio existente tras el antiguo videoclub de Vítor y, de forma ya más estable, en un pequeño local en la Plaza de la Habana propiedad de Ramón el Guarnicionero, para pasar en 2005 a un bajo en la Calle Carrión de Posada de Llanera.

Casa El Pirulo en Posada de Llanera. Imagen publicada en la revista El Progreso de Asturias en 1931.

Hubo que esperar a las segundas elecciones municipales para volver a ver un alcalde socialista en la persona de Justo Suárez Prado (1983-1991), al que seguirán Rafael Areces Fernández (1991-1995), Gerardo Sanz Pérez (2015-2025) y Eva María Pérez (por dimisión de Gerardo Sanz, desde agosto de 2025), convertida en la primera mujer alcaldesa en la historia del municipio.En definitiva, son 125 años en los que Llanera pasó de ser un concejo eminentemente agrario a ver como su paisaje empezaba a cambiar, si bien lentamente, para empezar a ser un municipio de obreros mixtos, situación que prácticamente se mantiene hasta los años 80 del siglo XX, cuando el desarrollo de polígonos como los de Silvota y ASIPO, más el Parque Tecnológico, amén del desarrollo en las infraestructuras, vienen a transformar el municipio en lo que es hoy, con una economía basada en el sector servicios y con un sector primario muy residual.

Los túneles ferroviarios y el desarrollo de Llanera

Imagen de los túneles publicada por el periódico La Nueva España

Ahora que Adif anuncia una inversión de algo más de 18 millones de euros (aunque todavía no se sabe cuándo darán comienzo las obras), para renovar los túneles ferroviarios que permiten la comunicación entre las estaciones de Lugo de Llanera y Villabona, parece un buen momento para echar la vista atrás y ver la importancia que históricamente tienen para el desarrollo industrial de nuestro municipio.

Antes de llegar ahí, comentar que se trata de dos túneles gemelos de 902 y 853 metros respectivamente, y que sufren una alta intensidad de trafico con convoyes de larga y media distancia, así como transporte de mercancías, ademas de la alta velocidad (que en Asturias de momento es cualquier cosa menos eso).

Son túneles vinculados a los tramos ferroviarios destinados a unir Villabona con Gijon (1874), con Avilés (1890) y con San Juan de Nieva (1894). La gestación del núcleo ferroviario de Villabona se encuentra en la ley promulgada el 18 de febrero de 1873. El ingeniero encargado del diseño de las construcciones que darán forma al núcleo fue Salustiano González Regueral.

El conjunto de la estación está siendo objeto de una profunda remodelación para una más que necesaria modernización, pero que deja en una situación aún más precaria si cabe, al edificio histórico de la estación, que se encuentra en una situación agonizante en medio de la indiferencia general.

Imagen antigua de la estación de Villabona.

Todo ello complementado con la línea Pola de Lena-Gijón (1874) y, una década después, con la puesta en marcha de la línea Madrid-Gijón, con estación en Lugo de Llanera, que vio el paso real de Alfonso XII con motivo del viaje inaugural (aquí se puede leer un artículo sobre ello en este mismo espacio).

Una infraestructura al que podemos aplicar la frase del historiador británico, Eric Hobsbawn, cuando decía que «el ferrocarril es hijo de la mina», ya que la presencia de los yacimientos carboníferos de la propia Villabona, y también los de Ferroñes, fueron argumentos de peso para la puesta en marcha de una línea pensada igualmente, para dar salida al carbón de las cuencas asturianas hacia el mar y, por tanto, hacia la exportación.

De hecho, en el periódico madrileño El Heraldo, el 9 de abril de 1845, ya menciona un proyecto de la Compañía del Camino de Hierro del Norte de España para construir un ferrocarril con destino en el puerto de Avilés «hasta encontrarse con las minas de carbón de Ferrones [sic] y con el criadero de San Firme, continuando hacia Oviedo y después de atravesar Mieres, á lo largo del Río hasta León». Incluso, habla ya de la posibilidad de llevar la línea hasta la capital madrileña.

El Heraldo, 9 de abril de 1845

La relevancia económica para el concejo de la consolidación del ferrocarril va a ir en dos direcciones. La primera, en la posibilidad de dar salida a una mayor cantidad de mineral (hay que tener en cuenta que desde el inicio de la explotación carbonífera el mineral se trasladaba en carros tirados por bueyes) y de una forma más rápida y eficiente. Y, la segunda, por la necesidad de suministrar materiales para la construcción de la infraestructura.

Ahí entra en juego la instalación en el concejo de la conocida como Tejería Mecánica, luego Cerámicas Guisasola, que será la responsable de poner en marcha el incipiente proceso de industrialización del municipio, más tarde reforzado con la presencia de la Fábrica de Explosivos. La ubicación de ambas industrias en la parroquia de Cayés, hace de éste emplazamiento el verdadero epicentro industrializador del municipio, condición que conserva hoy en día, aunque más volcado hacia el sector servicios.

Es en 1868 cuando la Tejería Mecánica se pone en marcha, de la mano de Wenceslao Guisasola Larrosa, veterinario e industrial; Marcelino Menéndez de la Cuesta, fotógrafo; y el ingeniero del Ferrocarril del Norte, Martín, en ese momento responsable de las obras ferroviarias en la vía hacia Gijón. Al poco tiempo de arrancar la nueva sociedad, los socios se sortean entre ellos la propiedad, siendo el agraciado Wenceslao Guisasola.

Cerámicas Guisasola

La intención de la nueva empresa era la de aprovechar la riqueza arcillosa de la zona (ya conocida desde la época romana), para fabricar ladrillos para el revestimiento de los túneles que abren paso de Lugo hacia Villabona. Esa primera producción se hace de la mano de tejeros llaniscos. En 1870, se incorpora a la producción la fabricación de ladrillo refractario para la construcción de un horno en el concejo de Quirós. La necesidad de incorporar un nuevo horno para su elaboración, es el causante del sobrenombre con el que será conocida la empresa hasta su desaparición en 1979, La Estufa.

Llanera y la Guardia Civil, una relación de casi siglo y medio

Si bien el Instituto Armado se funda en 1844, hay que esperar algo más de 30 años para tener la primera noticia de la relación con nuestro concejo. No es hasta mayo de 1876, cuando sabemos que el pleno municipal del 6 de mayo fija en 100 pesetas anuales la aportación del concejo para el sostenimiento de la Guardia Civil, dando así cumplimiento a una circular enviada por el Gobernador Civil, con fecha de 1 de abril. Una noticia que ya tiene 150 años de antigüedad.

Detalle del acta del pleno del 6 de mayo de 1876

El año próximo, 2027, se cumple el primer siglo y medio de presencia estable de la Benemérita en la capital municipal. Fue en el pleno del 13 de enero de 1877, cuando se informa a la corporación que el día 4 de ese mismo mes de enero, tiene el municipio concedido un puesto de la Benemérita, en lo que parece ser el arranque de la presencia estable ya en el municipio. Para ello se decide alquilar una propiedad de Manuel González Espina, a razón de 6 reales diarios a pagar por el ayuntamiento.

Por hacer un poco de historial, decir que la fecha fundacional de la Benemérita es el 28 de marzo de 1844 , como un cuerpo especial de fuerza armada de infantería y caballería, dependiente del Ministerio de la Gobernación. La tarea de poner en marcha este nuevo cuerpo a medio camino entre lo militar y lo policial, se le encarga al mariscal de campo Francisco Javier y Ezpeleta, II Duque de Ahumada, tal y como se recoge en la página web del propio instituto armado.

Desde muy pronto la Guardia Civil va a ejercer una labor de control del orden público, al parecer con bastante eficacia, a tenor del uso asiduo que hace del calabozo municipal, tanto que el ayuntamiento se ve obligado a pedir un presupuesto para la rehabilitación del mismo, la reparación de los servicios higiénicos, y para aportar dos mantas para abrigo de los detenidos. Los fondos que sean necesarios para ello saldrán de la partida de imprevistos. No se explicita la cantidad. (Acta del peno del 6 de octubre de 1877).

Detalle del acta del pleno del 6 de octubre de 1877 donde se comenta la necesidad de hacer obras en los calabozos municipales.

Lo que sí sabemos es que en 1878, el presupuesto municipal recoge una partida presupuestaria por importe de 549,50 pesetas, para el pago del alquiler de la casa cuartel. El estado del edificio en cuestión deja mucho que desear, a tenor de la queja presentada por sus ocupantes, y que llega al pleno del 24 de agosto de 1878.

Ante la situación, el consistorio demanda al propietario de la edificación, que haga las reparaciones necesarias y en caso de no realizarlas, será el ayuntamiento quien las asuma revertiendo el coste en el propietario. Para conocer el estado real del edificio, se nombra una comisión formada por el alcalde, Fernando Cortés, los concejales, José Valdés y Antonio Ruiz, auxiliados por el carpintero, Manuel Solares, y el cantero Fernando Martínez.

Un mes más tarde el informe de la comisión es contundente y califica de «inhabitable» a la Casa Cuartel, por lo que se opta por pedir al propietario, Manuel González Espina, que la cierre para proceder a su reparación. En el mismo pleno del 14 de septiembre de 1878, la corporación decide alquilar otra propiedad, esta vez a José Antonio Ablanedo, con un alza en el alquiler de 91,21 pesetas, La solución no parece ser del agrado de los munícipes, y la votación final arroja un saldo de tres votos a favor, dos en contra y, nada más y nada menos, que 10 abstenciones.

Suponemos que como solución transitoria, se alquila una propiedad a Ramona Alonso Ablanedo, opción que se mantendría poco en el tiempo, ya que en el pleno del 18 de enero de 1879, la propiedad alega contra la salida de los números de la Guardia Civil del edificio de su propiedad. Una petición denegada ante las malas condiciones de salubridad que, al parecer, presentaba el edificio.

En octubre se le comunica la rescisión del contrato y para noviembre, Ramona no había recurrido la decisión. Desconocemos la manera en la que se alojarían los miembros del destacamento de la Guardia Civil, ya que no es hasta 1881, dos años después, cuando tenemos la información acerca del acuerdo entre el ayuntamiento y José Antonio Ablanedo. Éste último recibirá una cantidad de 3.750 pesetas, a pagar por trimestres durante 6 años (pleno 5 de marzo de 1881).

Detalle del acta del pleno del 22 de marzo de 1884 .

Habida cuenta de las dificultades económicas por las que pasan las adminsitraciones locales de este periodo, no es extraño encontrar en el acta del pleno del 22 de marzo de 1884, la resolución del alcalde, Ramón Garcia Miranda y Ablanedo «Ramonín de Puga», en la que se acuerda buscar toda la información disponible sobre la presencia de la Guardia Civil en el concejo, con el fin de pedir al Estado que corra con los gastos de la Casa Cuartel «en vista de la penuria por que atrabiesa este municipio».

Y es que incluso si se necesitan refuerzos, como es el caso durante la celebración de elecciones, es el consistorio el que tiene que hacer frente a la manutención de los guardias. Eso ocurrió, por ejemplo, en 1898, obligando al consistorio a desviar el dinero que tenía previsto invertir en la construcción de una escuela en Arlós ante la falta de un terreno adecuado, para sufragar los gastos de la presencia de ocho parejas de la Guardia Civil, con motivo de la celebración de las elecciones a diputados en Cortes.

En mayo, el alcalde informa que los gastos generados por esa presencia extraordinaria de guardias en el concejo, con la misión de repartir y recoger las cédulas de los electores, son de 110 y de 100 pesetas respectivamente.

Por el periódico El Noroeste, en su edición del 8 de julio de 1898, sabemos que la fuerza de la Guardia Civil se iba a incrementar en Asturias en un total de 80 guardias de infantería y 20 de caballería. Éstos últimos prestarán servicio en Gijón, Llanera y Oviedo. El mismo medio gijonés, nos dice en agosto, que el guardia de la parroquia de Roces, Antonio Viejo, recientemente ascendido a cabo, va a ser destinado a la comandancia de Llanera.

El Noroeste, 5 de agosto de 1899

Y cerramos este recorrido decimonónico, con otra noticia de El Noroeste, que nos habla de la conflictividad a la que tenían que hacer aquellos guardias civiles. En enero de 1899 el rotativo se hace eco en sus páginas de la agresión a pedradas sufrida por una pareja de guardias del puesto de Llanera, cuando conducían a varios mineros hacia la prisión provincial. A su paso por Villaperi, un numeroso grupo de mineros, que el periódico supone compañeros de los detenidos.

Los reos eran cinco vecinos de la localidad ovetense acusados de haber atropellado e intentado desarmar a una pareja de la Guardia Civil.

Herramientas y metodologías digitales para el estudio de las actas municipales: El caso de Llanera (1859-1899)

El título de esta entrada coincide con el que da nombre al Trabajo de Fin de Máster, punto final del máster en Humanidades Digitales que he cursado a través de la UNIR (Universidad Internacional de La Rioja), y que defenderé el próximo mes de octubre.

Se trata de un trabajo que une, por un lado, las herramientas tecnológicas con, por otro, la investigación en humanidades que suele tener como principal objeto de estudio corpus documentales, en mi caso las actas de las sesiones plenarias del Ayuntamiento de Llanera entre 1859 y 1899. El marco temporal viene marcado por el hecho de que las actas más antiguas conservadas en el archivo municipal, son precisamente del año 1859.

Acta del 1 de enero de 1859. Archivo Ayuntamiento de Llanera.

Con ese corpus documental, formado por un millar de documentos en números redondos, con diferentes grados de expresividad, he elaborado una base de datos abierta a la consulta por parte de todas aquellas personas interesadas, accesible y pensada como un proceso aún en desarrollo y construcción, ya que espero ir incorporando más información a las mismas, además de ampliar la base de datos para ir incorporando actas ya correspondientes al siglo XX.

A la base de datos se puede acceder a través del siguiente enlace: https://airtable.com/app4xfN8jJY5ldFPb/shrDDqKB0YdsFGYK9

Detalle de la base de datos disponible en Airtable.

En ella ofrezco información acerca de la fecha de celebración del pleno; si la sesión es ordinaria o extraordinaria o si no se ha celebrado la sesión correspondiente; los asuntos principales tratados en ellas; quién es el alcalde en ese momento; si aparecen nombrados los concejales asistentes a la reunión o no; si concurren al pleno los mayores contribuyentes y los miembros de la junta de asociados; el número de asuntos tratados en el pleno; y un apartado de comentarios para incluir información de interés sobre la sesión.

Uno de los formularios de la base de datos.

En sucesivas entradas iré desgranando las conclusiones a las que he llegado a través del estudio de los datos recogidos en esa base de datos.

La explotación de la arcilla en la parroquia de Santa Cruz de Anduerga (Llanera)

1. Introducción

Plano de la parroquia de Santa Cruz fechado en 1936. Fuente: Instituto Geográfico Nacional.

La evolución geológica del concejo de Llanera marca la existencia de importantes zonas con presencia de arcillas, susceptibles de ser utilizadas para la fabricación de distintos tipos de materiales, y de cuya explotación a lo largo de los siglos han quedado vestigios en parroquias como la de Cayés, Ables y Santa Cruz. A ellas habría que unir las de Lugo y Rondiella, en las cuales también consta la explotación de ese recurso. De todas ellas daremos algunas pinceladas en este artículo cuyo arco temporal se reduce a los primeros treinta años del siglo XX.

Los primeros en darse cuenta de las posibilidades de la explotación a gran escala de los barros existentes en Llanera, fueron los romanos como atestigua el hallazgo de un complejo de cinco hornos en la zona de el alto de La Corona, en la población de La Venta del Gallo, perteneciente a la parroquia de Cayés. 

La construcción de la autovía AS-II fue la causa del hallazgo, gracias al seguimiento arqueológico de la obra al ser considerada zona de riesgo arqueológico. La encargada de llevar a cabo esa excavación de urgencia fue la arqueóloga Otilia Requejo, quien identificó el complejo y estudió los alrededor de 10.000 fragmentos cerámicos aparecidos en la zona.

Esos hornos se dedicaron exclusivamente a la fabricación de materiales de construcción, tales como tejas tanto planas como curvas, ladrillos con diferentes finalidades, materiales para la construcción de drenajes y canalizaciones y también para edificar sistemas de calefacción, con el fin de atender las necesidades del conjunto de villas levantadas en distintas partes de Asturias, empezando por las más próximas como la de Paredes (Siero) o la de Veranes (Gijón). Todo ello a lo largo de los siglos I-III de la era, en época Flavia.

Una tradición de trabajo con el barro de la parroquia de Cayés que tendría su continuidad en la época medieval, si tomamos en cuenta la existencia del topónimo La Forniella, en un espacio hoy ocupado por el Parque Tecnológico de Asturias, documentado desde el siglo XIII. Denominación que adoptaría el terreno de juego en el que disputaba sus partidos de fútbol el Rácing de Cayés entre 1979 y 1987.[1]

En el siglo XIX y ya dentro de los nuevos parámetros de producción mecanizada devenidos del desarrollo de la revolución industrial, con el paso de una fabricación manufacturada a los nuevos sistema de producción en serie, será la Tejería Mecánica, luego Cerámicas Guisasola, la que vendrá a explotar con mayor intensidad que hasta ese momento, los recursos arcillosos tanto de la parroquia en la que se asentaba, la de Cayés, dando continuidad a una tradición antiquísima, como de parroquias vecinas, caso de la de Ables en la cual es posible visitar hoy la conocida como la charca de La Barrera, generada en el yacimiento de arcilla explotado para suministrar materia prima a la nueva fábrica. La necesidad de contar con ese material básico para su producción y la presencia en buena cantidad y con calidad suficiente, provocará el inicio de la explotación en el entorno de Santa Cruz de Anduerga.

Una parroquia caracterizada, desde el punto de vista cerámico, por mantener a lo largo de dos siglos, entre el XVIII y las primeras décadas del siglo XX, una tradición alfarera capaz de alumbrar una característica cerámica negra para dar forma a una amplia variedad de piezas utilizadas para satisfacer las necesidades cotidianas, y que viajaron fuera de las fronteras municipales hasta los importantes mercados de Avilés o de Pravia.

Sin embargo, el objeto de este breve artículo, concebido a modo de primera y superficial aproximación al tema, va a ser la explotación de las arcillas de la parroquia destinadas a satisfacer las necesidades de una incipiente industria cerámica necesitada de grandes cantidades de materia prima. Una explotación que se hacía en propiedades comunales, para lo cual el ayuntamiento convocaba las oportunas subastas, pero también a través de contratos con particulares de los cuales veremos dos ejemplos en las páginas siguientes.

A lo largo del artículo iremos viendo ejemplos de los dos sistemas utilizados por las empresas para acceder a la materia prima, que son básicamente dos. Uno el acudir a las subastas convocadas por el ayuntamiento y, el segundo, mediante la firma de contratos con particulares poseedores de terrenos en cuyo subsuelo ofrecía la posibilidad de obtener arcilla. 

Asimismo, veremos como la explotación del recurso va a tener una vertiente social importante, en tanto en cuanto suponía la creación de puestos de trabajo tanto en las labores extractivas, como en las de transporte que en zonas como Santa Cruz y en años difíciles, venían a paliar las malas condiciones de vida generales. Finalmente, cerraremos el artículo con un breve recorrido por el resto del municipio.

2. Subastas y contratos

La noticia más antigua que tenemos de la convocatoria de una subasta de arcilla en la parroquia de Santa Cruz, la encontramos en las páginas del periódico El Noroeste del 2 de julio de 1902. Concretamente en la página 3 del mismo se anuncia lo siguiente: “El día 5 de Agosto próximo, á las doce de la mañana, tendrá lugar en las Consistoriales de Llanera el remate de 500 toneladas de arcilla refractaria, cuya extracción se halla concedida para la vigente campaña forestal en el monte denominado Beyo, bajo el tipo de 1.500 pesetas”. Una subasta de la que no tenemos información para saber si resultó exitosa o si se quedó sin resolver, como veremos que sucedía en algunas ocasiones.

Esa zona de la parroquia ubicada en el lugar de La Cruz, en las proximidades de Villayo y fronteriza con Las Regueras, ya hay constancia de la existencia de tejeras desde el siglo XVIII tradición que se mantendría hasta bien entrado el siglo XX.[2] Entre 1889 y 1890 se llevan a cabo trabajos para inventariar los montes comunales y hacer mediciones y descripciones muy detalladas, gracias a las cuales sabemos que el Monte Beyo tenía una superficie de 14,13 hectáreas “siendo toda ella del dominio público por no existir enclavada ninguna propiedad particular”. Curiosamente, a pesar de llevar la denominación de “monte”, en la descripción que se hace de su orografía, se dice que su topografía “no tiene importancia por consistir en una explanada casi horizontal sin accidentes notables”, lo cual, sin duda ninguna era una ventaja a la hora de explotar las arcillas allí presentes.

El Noroeste, 2 de julio de 1902.

Ese espacio va a ser durante años la zona sobre la cual incidan las distintas subastas promovidas por el ayuntamiento, seguramente incluso con anterioridad a la fecha de 1902 que nos da el ejemplar del periódico El Noroeste al que hacíamos referencia, toda vez que la Tejería Mecánica, a la que nos hemos referido en la introducción, ya se encontraba en funcionamiento desde el año 1868 y a buen seguro que muy pronto empezó a requerir la llegada de arcilla a sus hornos para mantener un buen nivel de producción.

Esa necesidad de material hizo que la Sociedad Hijos de Guisasola buscara asegurarse un suministro constante para no depender de las irregulares convocatorias de subastas municipales, y ofreciera a los paisanos de Santa Cruz en cuyas tierras la arcilla estaba presente, la firma de contratos de suministro, como el establecido con Francisco Álvarez el 11 de abril de 1906.[3]

Se trata de un documento sencillo, formado por cinco artículos que fijan las condiciones del mismo y los compromisos que adquiere cada una de las partes. En el primero de ellos, Francisco Álvarez se compromete a suministrar a la sociedad Hijos de Guisasola toda la arcilla que precisara siempre y cuando esa cantidad no sobrepasara las 700 toneladas, teniendo que ser él mismo quien se ocupara de trasladarla a un lugar en el que fuera posible cargarla para luego proceder a su transporte hasta la factoría cayesina. Por su parte, en el artículo segundo, Hijos de Guisasola se comprometía a pagar por cada tonelada puesta en la zona de carga, un total de 4 pesetas a liquidar cada final de mes. El otro compromiso que asumía la parte contratante era el de “la presentación de los vales que se entregan á los carreteros”.

La duración del compromiso se fija en el punto tercero, hasta el final del año en curso, para dar paso en el cuarto punto, al apartado de penalizaciones, de tal forma que si cualquiera de las partes incumplía el compromiso firmado, debería de pagar a la otra daños y perjuicios por un valor que sería estimado en su caso, por los peritos que fueran nombrados o por los testigos que intervienen en la firma del contrato, que son Inocencio Fernández, de Santa Cruz, y Juan Díaz, de Lugo de Llanera. Finalmente, el artículo quinto, señala que en cualquier momento el documento podrá ser elevado a escritura pública, cuando una de las dos partes así lo pida.

Este sería un buen ejemplo de ese procedimiento de acuerdo con particulares por parte de Guisasola. Sin embargo, no sería la firma cayesina la única en interesarse por las arcillas de Santa Cruz ni la única en firmar contratos de suministro con los paisanos, como demuestra la existencia de un “Contrato para reconocimiento y explotación de arcilla refractaria”, fechado el 26 de julio de 1926 entre Juan Sitges y Aranda, ingeniero director y apoderado de la Real Compañía Asturiana de Minas, y el vecino de Santa Cruz, José Gutiérrez, propietario de las fincas “Bravo La Sierra”, “Huerta de la roza” y “Praduco tras el molino”, propiedades en las que reconoce a la compañía minera a “efectuar en ellas, las labores que precise para reconocimiento y en su caso explotación, de la arcilla refractaria que en ellas existe”, derecho que empezaba a regir el 1 de mayo de 1927.

Al tratarse de un contrato de exploración, el acuerdo estipula que si la compañía no encuentra arcilla o si la que encuentra no fuera favorable para su explotación, se compromete a rellenar la finca en el primer caso, mientras que si se diera el segundo antes de proceder al relleno debería de consultar primero con el propietario por si a este no le interesara esa opción.

Llama la atención como dos décadas después, el precio que la Real Compañía Asturiana está dispuesta a pagar por la arcilla es inferior al que pagaba Hijos de Guisasola que recordemos era de 4 pesetas por tonelada, mientras la Real Compañía ofrecía un precio por tonelada explotada y transportada fuera de las fincas objeto del contrato, de 3,50 pesetas. Cantidad que quedaba compensada con la aportación fija que recibiría José Gutiérrez, quien se aseguraba 300 pesetas por la finca “Bravo La Sierra”, 200 por la “Huerta de la roza” y 100 por el “Praduco tras el molino”. Cantidades a percibir de forma íntegra a año vencido, por cada año que esas fincas no fueran explotadas, y como garantía se incluía la posibilidad de que si la cantidad de arcilla explotada en un año no cubriera esas cantidades, la empresa completaría en metálico la diferencia. El contrato está firmado en las instalaciones de la empresa en Arnao, y ahí o en la factoría de San Juan de Nieva, se procedería al pesado de la arcilla para fijar luego el precio a pagar al propietario de las fincas.

Plano del Monte Beto parroquia de Santa Cruz de Llanera.

Volviendo al sistema de las subastas, de nuevo en El Noroeste, esta vez del 22 de noviembre de 1903, volvemos a encontrar noticia de una puja de arcilla, de nuevo en la zona del monte comunal denominado Beyo. Esta vez el periódico recoge un anuncio de la Delegación de Hacienda, en el cual se vuelve a fijar el tipo de la subasta en 1.500 pesetas para la obtención de 500 toneladas de arcilla, es decir, a razón de tres pesetas la tonelada, de tal forma que la obtención del material estuviera finalizado el 30 de agosto de 1904.

Veremos un poco más adelante, como en 1916 un concejal del Ayuntamiento de Llanera va a pedir que la corporación autorice la extracción de un determinado volumen de arcilla, con el fin de dar unos jornales a los trabajadores de Santa Cruz, y tanto en esa parroquia como en otras partes del municipio, el trabajo en la extracción y el acarreo va a tener una cierta importancia en unas economías fundamentalmente campesinas, como así lo pone de manifiesto de nuevo Ramón Rayón, cuando da noticia de que de varias propiedades privadas del concejo, entre ellas las de  “Jacobo Campo[4] y otras más, se están extrayendo arcillas para productos refractarios, que son vendidas a buenos precios, y como se necesitan muchos carros para el transporte, en él están ocupados la mayoría de los vecinos, que mensualmente ingresan en sus casas buenas sumas de dinero, con lo cual hacen más llevadera la vida; pues no ignoráis que allí se carecía de toda industria”.[5] Haremos luego también una breve referencia a las dificultades económicas, derivadas del conflicto bélico europeo a las que tuvieron que hacer frente los vecinos de Llanera.

La Sociedad Hijos de Guisasola también concurría al sistema de subastas, en ocasiones con algún problema que otro, como así quedó reflejado en el acta de la sesión de pleno del 17 de noviembre de 1923, en la cual se dio a conocer a los concejales un oficio procedente de la Jefatura de Montes, relacionado con un depósito realizado por la sociedad, con el fin de responder a lo exigido en el contrato de subasta de arcillas procedentes del Monte Beyo tantas veces mencionado. Sin que quede claro el origen de la discrepancia, si queda claro que la empresa no puede retirar por el momento, el importe de la fianza y la corporación se da el plazo de un mes a la espera de ver la determinación que tome la Jefatura de Montes, y una vez cumplido ese plazo recurrir a dos abogados para recibir el oportuno asesoramiento.

Una explotación de un recurso sobre el cual los vecinos de la parroquia de Santa Cruz permanecían muy atentos, como demuestra la suspicacia que se levantó en la zona cuando Guillermo Guisasola Vigil, a la sazón consejero delegado de Cerámicas Guisasola, envía al Ministerio de Fomento una solicitud para explotar una mina de hierro, llamada “Fernanda”, ubicada en la zona del Monte Beyo. Esa solicitud llega al ayuntamiento desde el ministerio “a fin de que sean oídos el pueblo o pueblos propietarios del monte a que la ocupación afecta”.

A la vista de esas noticias, los vecinos enviaron una instancia al consistorio manifestando su disconformidad con la petición del representante de la empresa, tomando como fundamento de esa posición la sospecha de que “no es la explotación de hierro la que pretenden, sino más bien extraer y llevar para sus fábricas de cerámica las arcillas que en el mencionado monte existen”, y piden que en el caso de que autorización sea finalmente concedida “lo sea con la expresa condición de no llevar del mencionado monte otras materias que no sean las propias de la mina denunciada y en todo caso que se indemnicen los perjuicios que con este motivo se ocasionen”.

Instalaciones de Cerámicas Guisasola en 1917. Revista Asturias.

La Corporación decide finalmente que el alcalde envíe una carta a Guillermo Guisasola, citándole a una reunión en la parroquia de Santa Cruz, con la asistencia de una comisión municipal formada por el alcalde, Enrique Rodríguez Pérez, y los concejales Manuel García Suárez y Francisco Ablanedo Ablanedo, además del secretario municipal y un vecino de cada uno de los barrios de la parroquia. El acta municipal en este punto se cierra de la siguiente forma: “Mejor pensado se acuerda sea la reunión en esta Capital el próximo sábado cinco de Enero próximo hora quince”.[6]

La reunión tuvo que iniciarse sin la presencia del representante de Cerámicas Guisasola, y los vecinos aprovecharon para transmitir al ayuntamiento su negativa a las pretensiones de la empresa, que no vendrían más que a esquilmar el Monte Beyo de su recurso más preciado. La representación de Santa Cruz estuvo formada por José Alonso Valdés, Felipe González Valdés, Manuel Suárez Vega, Ignacio González Rodríguez, Juan Gutiérrez Gutiérrez y José Fernández Álvarez.

Una vez escuchadas las explicaciones de Guillermo Guisasola, se muestran de acuerdo con la explotación de la mina “Fernanda”, algo que ven como una oportunidad habida cuenta de que “la mayoría de la Parroquia se encuentra en situación precaria”, y los jornales que podía generar esa nueva explotación “reportará grandes beneficios a la misma”. La condición que le ponen a la empresa es el pago de 2,50 pesetas por tonelada de arcilla, un precio sensiblemente inferior a las cuatro pesetas por tonelada que pagaba la empresa en 1906, cantidad de la que había que descontar el 20% para el Estado mientras que el 80% restante tendría que ser invertido “en aquella parroquia para mejoras en la misma, como locales escuela, fuentes, arreglo de caminos, etc”.

Ante el arreglo conseguido entre vecinos y empresa, el consistorio toma la determinación de aceptar los términos del acuerdo, enviando a instancias superiores su conformidad a que le sea concedido permiso a la empresa para proceder a la explotación del Monte Beyo. Sin embargo, el concejal Manuel Díaz González, expuso su disconformidad con el acuerdo, al considerar “muy exagerado el que la parroquia de S[a]nta Cruz se aproveche del ingreso que pertenece a este Municipio por hallarse los pueblos de este Concejo muy necesitados de mejoras”.[7]

Sin embargo la cosa no debió de quedar del todo clara, si hacemos caso de la información publicada en las páginas del periódico El Noroeste el 31 de enero de 1924, al hacer la crónica de la sesión plenaria presidida por el delegado gubernativo, el señor Álvarez Bardón, este hizo una pregunta a los concejales allí reunidos interesándose por el rumbo tomado por el asunto de la explotación de arcillas en Santa Cruz por parte de Cerámicas Guisasola, después de que hubiera llegado a sus manos una denuncia contra el acuerdo de permitir esos trabajos de extracción. El concejal Manuel González, fue el encargado de explicar el asunto al delegado, y señala que la empresa asume pagar 2,50 pesetas por tonelada, además de haberse nombrado una comisión de vecinos para administrar el dinero recaudado.

Veremos en el apartado 4, como en 1925 el ayuntamiento, ante las dificultades para recaudar el dinero que las empresas deberían de pagar por la explotación de la arcilla, va a fijar unas tasas en función del yacimiento. En el caso de Santa Cruz, se va a optar por fijar el precio de la tonelada en cuatro pesetas, mientras que en el resto de zonas de extracción será de 40 céntimos, una diferencia ciertamente llamativa. Siguiendo ese criterio, la corporación presidida por Celestino Tresguerres, recurrirá de nuevo al sistema de subasta dudando si permitir la extracción de 6.000 toneladas o de solo 3.000, optando finalmente por la segunda cantidad al precio de cuatro pesetas, en lo que fue la primera ocasión en la que se fijaba ese precio después de haber aprobado en pleno la ordenanza impositiva correspondiente. Aunque no se especifica el lugar de extracción el precio nos indica que iba a ser en Santa Cruz.[8]

Lógicamente para poder cobrar el canon establecido, era necesario llevar un control lo más exhaustivo posible sobre las toneladas efectivamente extraídas, y de ahí que el concejal Maximino Alonso pidiera a sus compañeros la compra de una báscula particular existente en Santa Cruz, ante el riesgo de venta a una empresa privada y la pérdida de la misma. De la propuesta del concejal se obtiene el dato importante de que el ayuntamiento, solo en Santa Cruz, obtiene “más de 15.000 pts solo de arcilla”. Tresguerres señala su voluntad de hacer lo posible por afrontar esa compra, y pide al proponente y a Eloy Álvarez, que vayan a ver la báscula y estudien su estado y las condiciones de compra.[9]

Para el mes de julio el ayuntamiento aún no había tomado ninguna decisión definitiva al respecto, y eso hace que Maximino Alonso vuelva a insistir sobre el tema, explicando a sus compañeros que la viuda de Jesús Rodríguez tenía intención de vender la báscula “y que nada mejor que la adquiera el Ayuntamiento que con ello podría fiscalizar mejor la arcilla extraída y además favorecería a los vecinos de la parroquia que la utilizarían mediante pago”, y fija en 16.000 las pesetas que ingresa el municipio por la arcilla extraída en Santa Cruz. El alcalde pide de nuevo a Maximino Alonso y a Eloy Álvarez, además de a Maximino Díaz, que examinen la báscula y pidan precio a la propietaria.[10] La compra debió de resultar exitosa ya que en una sesión posterior se habla de la existencia de una báscula municipal en Santa Cruz, como veremos ahora mismo.

El Noroeste, 22 de marzo de 1917.

De las condiciones a cumplir por parte de las industrias que concurrían a las subastas municipales de arcilla, tenemos un expresivo testimonio en el acta del pleno del 23 de abril de 1927. En esa sesión se aprueban los pliegos de subasta existentes hasta ese momento, introduciendo algunas modificaciones, empezando por el precio que pasaba de las cuatro pesetas al duro por tonelada, con una fianza de 1.000 pesetas, corriendo de cuenta del adjudicatario “todos los gastos de la subasta, impuestos y contribuciones que de ella se deriven, incluso del 10% al Estado de aprovechamientos forestales”. Asimismo, el pesado de la arcilla era obligatorio realizarlo en las básculas municipales de Santa Cruz o de Posada, y los carreteros serán multados con 25 pesetas por cada tonelada que excediera de las 4.000.[11]

El precio fijado de cinco pesetas debía de resultar una cantidad elevada para cualquier empresa, teniendo en cuenta que en 1926, como hemos visto con anterioridad, la Real Compañía Asturias de Minas firmaba un contrato con un vecino de Santa Cruz, comprometiéndose al pago de 3,50 pesetas la tonelada. Es posible que esa fuera la razón por la que la subasta convocada por el ayuntamiento para el mes de junio, quedara finalmente desierta después de que se hubiera recibido únicamente la oferta de Adolfo León, la cual no cubría el mínimo fijado en las condiciones de la subasta. El pleno acuerda por unanimidad volver a anunciar la subasta “con las mismas condiciones y facultar a la Permanente para que gestione la venta de arcilla al precio que sirve de tipo de subasta, y hasta que ésta se verifique”.[12]

Dentro del seguimiento que hace la prensa gijonesa de la vida municipal de Llanera, nos encontramos en el mes de marzo de 1931, sendas informaciones en las páginas de El Comercio y de El Noroeste, haciéndose eco de la sesión plenaria del lunes 23 de marzo, en la cual se toma la determinación de convocar una subasta, esta vez fijando el precio en 2,50 pesetas la tonelada, la mitad del precio fijado en la de 1927 y que había quedado desierta. Esta vez, la cantidad de arcilla a extraer se limitaba a 2.000 toneladas en la zona del Monte Beyo.[13]

3. Dimensión social

Además de la vertiente empresarial y municipal, la explotación de la arcilla también tenía un vertiente social, en tanto en cuanto servía para proporcionar jornales a la población de una parroquia que estaba muy necesitada de ellos en las primeras décadas del siglo XX.

Salarios bien recibidos habida cuenta de las dificultades por las que pasaba la población en general durante los años de la Primera Guerra Mundial, a pesar de tratarse España de un país neutral, posición que no libró a la nación de sufrir fuertes tensiones inflacionistas que dispararon los precios de artículos de primera necesidad. Para el caso concreto de Llanera contamos con algunas informaciones publicadas en la revista Asturias, editada en La Habana, y firmadas por Ramón Rayón, quien en esos momentos ocupaba el cargo de secretario del juzgado de Posada de Llanera.

Para el año 1916 Rayón cifra el aumento en el precio de la carne desde las 1,50 pesetas hasta las 3,50 pesetas el kilo; los garbanzos de 0,60 céntimos habían pasado a las 1,50 pesetas, las patatas  de una peseta se habían puesto en 2,25, y el quintal de carbón de 1,10 se había disparado hasta las seis pesetas. Esos precios, tal y como afirmaba Ramón Rayón, obligaban a las amas de casa a “eliminar de la cocina o despensa algunas de las más provechosas y nutritivas cosas necesarias al sustento”.[14]

Una de las parroquias en la que más se hicieron notar las dificultades de ese periodo, fue precisamente en la de Santa Cruz, una zona además de fuerte emigración, como así lo puso de manifiesto el concejal Ramón Flórez Rodríguez, en la sesión plenaria del 29 de enero de 1916, cuando pidió tramitar una petición a la Delegación de Hacienda con el fin de conseguir autorización para sacar a subasta la extracción de 4.000 metros cúbicos de arcilla al año en terrenos pertenecientes a la parroquia y “por el mayor número de años posible con el fin de facilitar trabajo a los obreros de la localidad tanto en la extracción como en los transportes”. 

El argumentario de la moción es suficientemente expresivo de la situación que atravesaba la parroquia: “Que devido [sic] a las insuficientes cosechas que recolectan como labradores los vecinos de la parroquia de Sta Cruz de Llanera, y el aumento del valor en los artículos de primera necesidad atraviesa este vecindario una situación critica y angustiosa por la cual la mayoría de la juventud se ve precisada a acudir a la emigración, quedando tan solo para las faenas agrícolas los ancianos, mujeres y niños suponiendo con tal motivo una merma alarmante las cosechas de granos y legumbres insuficientes para el consumo de esta localidad”.

Los ingresos obtenidos, una vez satisfechos los pagos oportunos a la administración estatal, el concejal propone a sus compañeros dedicarlos a “atender las demandas de este ayuntamiento respecto de casos para Escuelas, caminos vecinales, fuentes públicas, y demás servicios municipales”. La corporación acordó por unanimidad apoyar la propuesta de Ramón Flórez y enviar a la mayor brevedad posible la petición a la delegación provincial de Hacienda.[15]

Instalaciones de Cerámicas Guisasola en una imagen de 2017. Foto del autor.

Los vecinos de Santa Cruz no veían en la explotación de la arcilla únicamente una fuente de salarios en una parroquia empobrecida, sino que también la van a ver como una forma de obtener recursos para mejorar los servicios educativos. Así queda puesto de manifiesto en la instancia que varios vecinos remiten al pleno municipal, en el mes de abril de 1917 pidiendo la construcción de una escuela de niñas en la parroquia y se emplee en ello el “treinta o el cuarenta por ciento del producto líquido que se ingrese en las arcas municipales con motivo de la subasta de arcillas refractarias que tendrá lugar el día doce del actual”. La corporación en pleno acordó dedicar el 40% de lo recaudado a levantar esa escuela. La subasta se había anunciado para el día 12, por lo que en el momento de celebrarse el pleno, los concejales ya sabían cual había sido el resultado de la misma.[16] La intención del ayuntamiento era la de subastar 2.000 metros cúbicos a extraer en el Monte Beyo, por un precio de 6.000 pesetas anuales.[17]

Dos años después, en 1919, Santa Cruz contará con una nueva escuela de niños en La Báscula, aunque no sabemos si en la financiación de la misma se emplearía algún dinero procedente de esa subasta de arcilla, sí sabemos, gracias al concienzudo estudio que ha hecho de las escuelas en Llanera, Chema Martínez, que desde ese momento la enseñanza en la parroquia deja de ser mixta, para seguir las niñas en el antiguo edificio levantado en el campo de la iglesia, y pasar los niños a esa nueva ubicación, hasta que en la postguerra civil se vuelvan a reunir niños y niñas en Anduerga, en el edificio que hoy ocupa el Centro Sociocultural de la parroquia.[18]

4. El resto del concejo

Como señalábamos el principio de este artículo, Santa Cruz no era la única parroquia en la cual se explotaban las arcillas, como demuestran varios testimonios recogidos en las actas de las sesiones plenarias del Ayuntamiento de Llanera, de las cuales citaremos algunas a título de ejemplo, y por la información que dan acerca de distintos aspectos, aún saliéndonos del marco central que nos hemos fijado.

En el año 1919, los concejales José González Solares, Manuel Vega Álvarez y Víctor Rodríguez Ablanedo, interpelan al alcalde, Joaquín Palacio Muñiz, acerca de las condiciones en las que está funcionando el cable noria instalado por la Sociedad Hijos de Guisasola, y cuáles regulan la explotación de las arcillas de la parroquia de Ables. El alcalde promete darles respuesta en 15 días. Lamentablemente no sabemos cual fue la respuesta si es que la hubo, pero de este acta ya sabemos de la existencia de un cable aéreo que estará en funcionamiento durante muchos años.[19]

De la importancia económica que tenía para un concejo menguado en ingresos, la explotación de la arcilla, tenemos un testimonio muy gráfico en el acto del pleno del 4 de agosto de 1920. En ella se discute la solicitud presentada por Ruperto Menéndez Prendes, vecino de la calle ovetense Gil de Jaz nº 6, para explotar 65.495 metros cuadrados de terreno en la parroquia de Rondiella “en el Monte denominado Cantera Cebea”,[20] y extraer las arcillas existentes en la “concesión minera llamada Rosales”, para lo cual acompaña la solicitud con una memoria y un plano de la zona que desea explotar.

El secretario municipal recogió en el acta de la sesión el interés de la corporación por atender esta petición, toda vez que se considera de “grandísima importancia para los intereses de los pueblos la explotación de la arcilla que en sus montes existe”, y al carecer tanto los vecinos como el consistorio, de los medios necesarios para proceder a su explotación de una forma directa “le es muy beneficiosa dicha explotación llevada a cabo por una sociedad fuerte como la Industrial Asturiana que dispone de recursos para sufragar todos los gastos, que se origine”, eso sí “previo al abono de la indemnización por la superficie que se ocupa y que se estipule en el expediente de ocupación de terrenos que oportunamente se incoe y previo el pago legal que corresponde tanto al Estado como al municipio”. La mayoría del pleno vota a favor de la petición, mientras que tres concejales piden que la explotación se haga por el método de la subasta.

Una explotación que pronto presentó algunos problemas con el ayuntamiento, como demuestra el acuerdo tomado en el pleno del 26 de enero de 1924, de imponerle a la empresa el pago de una peseta por tonelada extraída en Rondiella, y se le pide que de el dato del volumen de arcilla obtenida para proceder al cobro de la cantidad resultante. El requerimiento municipal encuentra respuesta por parte de la Sociedad Industrial Asturiana, y reconoce haber extraído de los montes de Rondiella 1.600 toneladas de barro. Por la parte municipal se toma el acuerdo de concertar una entrevista a la que acudirán el alcalde y el primer teniente de alcalde, con el director de la factoría lugonina, para estipular “los precios de la extracción hecha y si ha de conformar por ser muy beneficiosa para este concejo, pues además de los ingresos Municipales, reporta múltiples beneficios á los trabajadores, así como a la Hacienda pública”.[21]

El acuerdo no debió de cumplirse a satisfacción del Ayuntamiento de Llanera, y en El Noroeste se recoge la determinación tomada por la administración local de reclamar a la empresa, que proceda al abono del importe estipulado por la extracción de arcillas en la proximidades de la capital municipal.[22]

Ese mismo año Jesús Rodríguez, se dirige al ayuntamiento con el fin de obtener permiso para sacar arcillas de unos terrenos propiedad de Carlota Casaprin. Los concejales observan que la instancia no está debidamente redactada, por lo que deciden dirigirse a la Jefatura de Minas para que esta estudie la solicitud y tome la decisión que estime oportuna. El acta incluye un añadido posterior al cierre de la misma, en la que se vuelve a insistir en la importancia que para el concejo tiene la explotación de esa arcilla, y se acuerda permitir a la empresa sierense seguir con la explotación en Rondiella, por un precio de 35 céntimos la tonelada “ingresando ya el importe de las mil seiscientas extraídas, previo el pago del veinte por ciento a la Hacienda cual le corresponde”.[23]

De las actas municipales se traslucen las dificultades que tenía el Ayuntamiento de Llanera para conseguir que las empresas explotadoras de la arcilla contenida en el subsuelo municipal, afrontaran el pago de los cánones establecidos. Hemos visto con anterioridad un roce con Cerámicas Guisasola a cuenta de la explotación en el Monte Beyo, situación que se reproducirá en 1925, y que obligará al pleno municipal a tomar cartas en el asunto. Así, en la sesión extraordinaria del 18 de marzo uno de los asuntos a tratar fue el hecho de que varias empresas, entre ellas la radicada en Cayés y la sierense Industrial Asturiana, “extraen arcillas en los comunes del concejo, y no parecen ingresar en arcas municipales cantidad alguna”. El pleno municipal acuerda nombrar una comisión formada por dos concejales, junto con el alcalde y el secretario, para visitar la zona de Regidorio, en la parroquia de Ables, donde Cerámicas Guisasola extraía arcilla, para conocer la situación sobre el terreno y de las averiguaciones que se hagan se dará cuenta al pleno, algo de lo que no ha quedado constancia de que se llegara a hacer.[24]

En un intento por poner orden en una situación anárquica, el ayuntamiento toma la determinación de fijar una tasa por la extracción de la materia prima en los yacimientos del concejo, fijando una tasa de cuatro pesetas por tonelada en Santa Cruz, mientras que la misma cantidad extraída en Ables, Rondiella y Lugo tendría un coste de 40 céntimos. Ignoramos los parámetros en los que se basaron en aquel momento para hacer esa valoración tan desigual.[25]

Las actas municipales también dejan constancia del interés mostrado por particulares por la explotación de las arcillas, o bien por iniciar la actividad de fabricación utilizando esa materia prima. Así, en la del 2 de abril de 1921, el vecino de Lugo de Llanera, Mariano García Asenjo pide permiso al ayuntamiento para “empezar los trabajos en una tejera de campo en los parajes de Cárcaba y Mundín”, permiso que le es concedido “dejando á saber los intereses que corresponden á la delegación de Hacienda con intervención de Jefatura de Montes”.

La misma persona, pedirá dos años después, la concesión de 20 hectáreas “de terreno en el monte comunal La Felguera y Mundín”, con el fin de “extraer productos arcillosos o tejera de campo para industrias de ladrillo y teja”. La petición no llegó a discutirse al retirarla el propio interesado sin que consten las razones para ello.[26]

Hasta aquí este breve y somero repaso a la explotación de un recurso natural del concejo, de gran importancia económica y social para el municipio y para las parroquias en las cuales estaban enclavados los yacimientos arcillosos, aunque los testimonios más expresivos de ello estén referidos a la de Santa Cruz, seguramente los vinculados a los jornales devengados tanto a trabajadores como a transportistas, eran igualmente importantes en el resto de parroquias. Sirva este artículo como un primer testimonio de ello.

Vecinos de Villayo en una imagen publicada en la Revista Asturias en 1918.

5. Bibliografía

BENITO DEL POZO, P. y CRABIFFOSSE CUESTA, F. (1998): Cerámicas Guisasola “La Estufa) 1868-1982, Ayuntamiento de Llanera, Cayés.

REQUEJO PAGES, O. (2007): Hornos de La Venta del Gallo, Cayés Llanera, en Astures y romanos en el Principado de Asturias: Nuevas aportaciones y perspectivas, RIDEA, Oviedo, pp. 114-131.

(2007): Noticia sobre el descubrimiento de los hornos romanos de La Venta del Gallo (Cayés, Llanera, Asturias), Memoria de las excavaciones arqueológicas en Asturias 1999-2002, Consejería de Infraestructuras y Política Territorial, Principado de Asturias, pp. 305-310.

RODRIGUEZ MARIBONA, J. (2014): La tejera de Villayo, La Piedriquina Anuario nº 7, Asociación Cultural y Recreativa La Piedriquina, Las Regueras, pp. 40-50.

(2015): Las tejeras de Villayo y Santa Cruz, La Piedriquina Anuario nº 8, Asociación Cultural y Recreativa La Piedriquina, Las Regueras, pp. 80-95.

6. Revistas y periódicos

Revista Asturias.

El Noroeste.

El Comercio.

7. Otras fuentes

Actas de las sesiones plenarias del Ayuntamiento de Llanera.

Registro del levantamiento del plano del monte público denominado “Cantera Cebea y Cogolla” sito en el término de Llanera. Año de 1889 á 1890.

Instituto Geográfico Nacional.

Trabajos de rectificación del catálogo de montes públicos. Monte Beyo, (1889-1890).


[1] El Rácing de Cayés se fundó en el año 1973 en su segunda época, y durante las seis primeras temporadas tuvo que disputar sus partidos en el campo de La Huelga en Posada, para pasar luego a jugar en Forniella, según la información recogida por Abel González en su libro Crónica de fútbol 1910-2005.

[2] Al lector interesado le remitimos a la lectura de sendos artículos de Julio Rodríguez Maribona, publicados en los anuarios de La Piedriquina, números 7 y 8, publicados en el mes de marzo de 2014 y 2015, respectivamente.

[3] Agradecemos a Pilar y Ángel de Casa Marulla de Santa Cruz, el habernos facilitado estos dos contratos.

[4] Con el nombre de esta persona parece haberse cometido una errata, ya que sabemos por la documentación del levantamiento del plano del Monte Beyo, en Santa Cruz, realizado entre 1889 y 1890, que en esa zona tenía una propiedad Jacoba Campo.

[5] Asturias, 21 enero 1917.

[6] Acta, 29 de diciembre de 1923.

[7] Acta, 5 de enero de 1924.

[8] Acta, 21 de noviembre de 1925.

[9] Acta, 17 de febrero de 1926.

[10] Acta, 10 de julio de 1926.

[11] Acta, 23 de abril de 1927.

[12] Acta, 18 de junio de 1927.

[13] El Comercio, 27 de marzo y El Noroeste, 28 de marzo de 1931.

[14] Asturias, 6 de agosto de 1916.

[15] Acta, 29 de enero de 1916.

[16] Acta, 17 de abril de 1917.

[17] El Noroeste, 22 de marzo de 1917.

[18] Para este asunto remito al lector a sendos artículos publicados por Chema Martínez en los números 4 y 5 de la Revista Perxuraos, correspondientes a los años 2015 y 2016, respectivamente.

[19] Acta, 28 de junio de 1919.

[20] Se trata de una zona conocida como Cevea y Cogolla en los alrededores del actual centro de testaje en el lugar de Abarrio, a las afueras de la capital municipal.

[21] El acta de esta sesión plenaria aparece sin fechar. Está recogida entre un acta del 7 de abril de 1924 y otra del 17 de mayo. 

[22] El Noroeste, 25 de junio de 1924.

[23] Acta, 17 de noviembre de 1923.

[24] Acta, 18 de marzo de 1925.

[25] Acta, 13 de mayo de 1925.

[26] Acta, 2 de junio de 1923.

Este artículo fue publicado originalmente en el nº 10 del Anuario de La Piedriquina. Marzo 2017.

Villardeveyo asolada por la difteria

En la entrada inmediatamente anterior a esta, me ocupaba de los trámites que se siguieron para la construcción de un nuevo campo santo en la parroquia de Villardeveyo, ante la saturación que estaba sufriendo el antiguo. A esa necesidad tuvo que contribuir de manera determinante la epidemia de difteria que a finales del siglo XIX vino a provocar un incremento de la mortalidad en la parroquia.

Vista de Villabona desde Veyo. Foto del autor.

Para ponernos en contexto, tal y como señala la Organización Mundial de la Salud, la difteria es una enfermedad causada por una bacteria de transmisión aérea o por contacto físico directo, que afecta principalmente a la garganta y vías respiratorias superiores, además de producir una toxina que afecta a otros órganos. Los síntomas principales son dolor de garganta, fiebre baja y glándulas inflamadas en el cuello.

Conocido el enemigo, la primera noticia de la aparición de la enfermedad en la parroquia de Villardeveyo, la encontramos en un acta del pleno municipal celebrado el 19 de septiembre de 1896. En ella se recoge el acuerdo al que llegan los concejales para la compra de una jeringuilla «para inyectar el suero Rox a los diftéricos y entregarla al Médico Municipal». La redacción sucinta del acuerdo no da la impresión de que el municipio se estuviera enfrentando a una epidemia de gran importancia.

Fragmento del acta del pleno del 19 de septiembre de 1896.

Sin embargo, el hecho de que el asunto vuelva a tratarse en varios plenos entre finales de 1898 y abril de 1899, nos dibuja otro panorama y ahí ya sí, se nos traslada la importancia que la enfermedad tiene para una parroquia que, no lo olvidemos, contaba en ese momento con una gran población tanto estable como flotante, habida cuenta del importante número de trabajadores empleados tanto en el ferrocarril como en las minas de Santofirme, lo que les convertía en potenciales focos de expansión de la enfermedad.

Después de que el ayuntamiento llevara desde el mes de agosto sin convocar ni una sola sesión plenaria, la del 10 de diciembre de 1898, se abrí precisamente con la epidemia de difteria que ya llevaba al menos dos años activa. En el pleno, presidido en ese momento por Ramón García Miranda, se dio cuenta a los concejales presentes de una comunicación del médico titular del municipio, Antonio Asúnsolo, a la vista de la extensión que estaba cogiendo la epidemia de difteria que había empezado a propagarse «y estaciona en varias parroquias de este concejo y en particular en la de Villardebeyo».

Acuerdo de la corporación para comprar desinfectante para hacer frente a la epidemia de difteria.
Pleno del 10 de diciembre de 1898.

La preocupación se deja sentir y, a pesar de la mala situación económica del municipio, los concejales acuerdan dedicar una cantidad económica, cuya cuantía no aparece recogida en el acta de la sesión, para «proporcionar medicamentos desinfectantes, con cargo al capítulo de Imprevistos por no haber consignación en el capítulo correspondiente».

La forma en la que el ayuntamiento gestionó la pandemia, provocó que en abril de 1899, concretamente el día 9, se recibiera en el consistorio una comunicación del Gobierno Civil, en la que el gobernador expresaba su sorpresa por no haber sido comunicado el brote de difteria en el concejo, teniendo en cuenta que se había extendido «hasta el punto de producir defunciones que han alcanzado al vecindario».

Ello motiva que el gobernador decida que el Inspector provincial de sanidad visite el concejo para analizar el estado de la enfermedad y redacte un informe al respecto y, una vez vista la extensión de la enfermedad, convocar a la Junta Municipal de Sanidad para tomar todas las medidas necesarias para evitar la propagación de la misma.

La respuesta municipal a este requerimiento, fue la de convocar a la Junta Municipal de Sanidad para el día siguiente, 10 de abril, presidida por el alcalde y con presencia del inspector provincial, Dionisio Cuesta Olay. En esa reunión, la junta acordó facilitar toda la información disponible y colaborar en la visita que el inspector iba a hacer a la parroquia más afectada por la enfermedad.

Fragmento del acta de la Junta Municipal de Sanidad del 10 de abril de 1899.

Tal día como hoy, 14 de abril, pero de 1899, tenemos la última noticia sobre la epidemia en un acta de la Junta Municipal de Sanidad. En ella se deja constancia de la visita de Cuesta Olay a Villardeveyo, donde pudo ver como el médico municipal, Antonio Asúnsolo, «había llevado con pericia y oportunidad que reclaman siempre los síntomas funestos de la terrible enfermedad que con el nombre de difteria arrebata la vida a tantos seres inocentes que constituyen el encanto de las familias.»

Los elogios del inspector, si hacemos caso del acta del pleno, no terminaron ahí, sino que «la Junta local de sanidad cumplió con celo y energía todos los preceptos de la higiene y de la salubridad pública», para, a continuación explicar a grandes rasgos las características de la enfermedad y «los procedimientos que la ciencia aconseja en estos casos para combatir el mal y dictó las reglas necesarias para conseguir la profilaxis general y evitar la difusión, el contagio y la epidemia del mismo.»

Parte final del acta de la Junta Municipal de Sanidad del 14 de abril de 1899.

En esa sesión monotemática, el inspector insistió en la necesidad de cumplir con las normas de higiene pública «y no permitir la apertura de la escuela de la parroquia en cuestión durante seis o siete semanas después de haber desaparecido en absoluto la enfermedad», para terminar su alocución a los presentes diciendo que «después de lo expuesto nada tenía que añadir, atendiendo a que estaba cumplida en todas sus manifestaciones la higiene que incumbe al servicio público».

Como ya vimos en la entrada anterior, en ese mismo mes de abril el párroco de Villardeveyo, solicitaba al pleno municipal la concesión de un emplazamiento para levantar un nuevo cementerio parroquial.

Villardeveyo y su nuevo camposanto

En la entrada inmediatamente anterior a esta, me ocupaba del proyecto de construcción de un nuevo camposanto para Pruvia el cual, muy probablemente, nunca llegó a construirse lo que obligaría, ante la situación de saturación, a labores de saneamiento del terreno, extracción de restos antiguos y poder así seguir dando servicio a la parroquia.

Nos movíamos entonces entre los años 1895 y 1896, y unos años después, concretamente en 1899 serán los vecinos de la parroquia de Villardeveyo quienes demanden de su ayuntamiento la búsqueda de un terreno en el que abrir un nuevo cementerio habida cuenta de la necesidad existente en ese lugar.

El 29 de abril de 1899 el pleno municipal se reúne para tratar el único punto del orden del día, que no era otro que el de dar lectura de una comunicación enviada al consistorio por el gobernador civil fechada cinco días antes, en la cual se informaba del envía a la máxima autoridad de la región, de una instancia firmada por el párroco de Villardeveyo, solicitando «se le conceda el emplazamiento de un nuevo cementerio».

Detalle del acta del pleno del 29 de abril de 1899.

Leída esa comunicación por el alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, el pleno acuerda dar permiso a los vecinos de la parroquia «para que previas las formalidades legales, empiecen las obras una vez que son de urgente necesidad», como afirmaba el párroco en la instancia enviada al gobernador provincial. Es posible que el hecho de saltarse al ayuntamiento para recurrir directamente al gobernador, tuviera que ver con algún intento anterior, del que no nos ha llegado constancia, de solicitud al consistorio y que éste no hubiera atendido la petición vecinal.

Final del acta del pleno con las firmas de los concejales asistentes al mismo. No aparece la firma del alcalde.

La tramitación municipal volvió a llevar el asunto al plenario, esta vez el 2 de septiembre del mismo año de 1899, y de nuevo como único asunto a tratar por los concejales. En el mismo, será un edil, Ramón Martínez Coto, quien vuelva a poner sobre la mesa la necesidad de fijar «el emplazamiento de un nuevo cementerio católico», ya que al parecer el existente hasta ese momento «se halla completamente lleno de cadáveres y no reunir las condiciones higiénicas». Las mismas razones que habían esgrimido los vecinos de Pruvia en su petición unos años antes.

Con esa intención, una comisión municipal había recorrido la parroquia con el fin de buscar la nueva localización del equipamiento mortuorio, y se analizaron las condiciones de dos terrenos, uno «en el punto nominado Hero debajo De la Iglesia», y otro identificado como «Camperón en la hería de Barradiello, todo terreno propiedad de Don José Díaz y Díaz del Río de dicha parroquia», tal y como se puede leer en el acta del pleno.

Fragmento del acta del pleno del 2 de septiembre de 1899 donde se citan los terrenos examinados para construir el nuevo cementerio de la parroquia de Villardeveyo.

El primero de ellos, el Hero bajo la iglesia, presentaba los inconvenientes de no reunir «las circunstancias geológicas por hallarse en una situación demasiado pendiente y falta de viento Norte».

Mientras que el Camperón parecía más favorable al estar elevado al Norte, lo que favorecía que los vientos dominantes soplaran en dirección contraria al caserío, además de ser un terreno de naturaleza «silicio-calcárea y que reúne las condiciones legales para el objeto y que en sus inmediaciones no existen corrientes de aguas superficiales que puedan perjudicar a la salubridad pública».

Por todo ello, la comisión enviada sobre el terreno consideraba que esa ubicación era la mejor al reunir «unas excelentes condiciones para el objeto, tanto de capacidad como higiénicas».

Final del acta en la que se ponen de manifiesto las bondades del Camperón para acoger el nuevo cementerio de la parroquia.

¿Un nuevo cementerio para Pruvia?

En el siglo XIX se va a producir la construcción o remodelación de muchos de los cementerios de nuestro país, una vez que el espacio en el interior de las iglesias, lugar habitual de inhumación, se va colmatando hasta el punto de obligar a cerrar un buen número de ellas al culto, debido a los malos olores generados por la acumulación de cadáveres en su interior.

La normativa que regula las construcción de camposantos obligaba a buscar terrenos en los que se pudieran excavar tumbas de al menos dos metros de profundidad, alejados de viviendas, que los vientos dominantes fueran contrarios a los lugares habitados para evitar la llegada de posibles olores, y que no hubiera corrientes de agua próximos que pudieran llegar a contaminarse y generar un problema de salubridad a la población que dependía para el suministro de agua de fuentes cuyas aguas son de origen subterráneo o de corrientes de agua superficiales de distinta entidad. De ahí la importancia de evitar que un cementerio pudiera llegar a contaminar ese suministro de agua, y evitar así enfermedades infectocontagiosas como el cólera o el tifus.

Nuestro concejo no fue inmune a esa tendencia a la construcción de nuevos camposantos, como podemos ver en las actas municipales de finales del siglo XIX, en las que podemos encontrar noticias acerca de, al menos, la intención de llevar adelante esas construcciones en al menos dos de nuestras parroquias, como son Pruvia y Villardeveyo. A la primera dedicaremos este artículo y dejaremos la segunda para uno próximo.

El 21 de diciembre de 1895, el alcalde dio cuenta en el pleno municipal de una queja de los vecinos de Pruvia acerca de las malas condiciones en las que se encontraba el cementerio «por ser insuficiente y hallarse completamente saturado de materia orgánica el actual», ante lo cual el pleno decide encargar al maestro de obras Ulpiano Muñiz Zapata el levantamiento del plano de la nueva necrópolis y convocar una reunión de la Junta Local de Sanidad.

Detalle del acta de fecha 21 de diciembre de 1895.

Parece una inocentada pero no lo es, decir que el 28 de diciembre se reunió la Junta Municipal de Sanidad para tratar un único punto del orden del día: el nombramiento de una comisión que tendría la misión de buscar un nuevo emplazamiento para el cementerio de Pruvia.

Unos días antes, el 25, el plenario municipal había acordado llevar adelante esa iniciativa, y ahora se acordó formar una comisión integrada por Froilán Menéndez Prado y Rafael Álvarez García, ambos miembros de la Junta Municipal de Sanidad, para que giraran una visita a la parroquia y analizar la idoneidad de una finca situada en Los Peñones y cerciorarse especialmente «si puede darse [a] las sepulturas el máximo de profundidad que está prevenido e informarse respecto a las condiciones ecológicas e higiénicas del terreno».

Acta de la reunión de la Junta Municipal de Sanidad del 28 de diciembre de 1895.

Esa Junta de Sanidad volverá a tratar el asunto el 18 de febrero del año siguiente, con el fin de que los dos encargados de estudiar el terreno presentaran las conclusiones extraídas en su visita, conclusiones que no pudieron ser más favorables ya que los vientos reinantes eran contrarios a las viviendas más próximas, el terreno permitía dar a las sepulturas profundidad suficiente y no existían corrientes de agua susceptibles de contaminación. Por todo ello la comisión «tiene el pleno convencimiento de que el punto elegido llamado los Peñones para el emplazamiento del cementerio tiene las más excelentes condiciones para el objeto, tanto de capacidad como higiénico».

Once días después de esa sesión, el alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, popularmente conocido como Ramonín de Puga, informaba al pleno de la apertura del correspondiente expediente para seguir adelante con la tramitación administrativa que llevara a la construcción de nuevo cementerio de Pruvia, punto que fue aprobado por unanimidad por los concejales presentes, así como hacer una consignación presupuestaria en las cuentas municipales en una cantidad sin especificar, y elevar ese presupuesto al gobernador civil para que éste diera su visto bueno.

En esa sesión plenaria se informa de que la finca de Los Peñones tenía una superficie de 1.200 metros cuadrados, extensión que «permitirá dado el número de defunciones anuales que se calculan no ser necesario remober [sic] restos mortales durante un periodo de veinte años».

Acta de la sesión plenaria del 29 de febrero de 1896.

El gobernador civil fue sensible a la petición municipal, como se pone de manifiesto en el pleno del 11 de junio de 1896, en la que se afirma que el proyecto cuenta con el visto bueno del gobernador, por lo que se decide incoar un expediente de expropiación forzosa del terreno en el que está previsto levantar el nuevo cementerio, al no existir acuerdo con la propietaria del mismo y vecina de Oviedo, Amalia González de Candamo.

Como dijimos antes, se trataba de una finca de 1.200 metros cuadrados llevada en régimen de colonia entre José Casaprín y la propietaria de la misma, en la que además del espacio destinado al último descanso de los fallecidos, se tenía previsto levantar un depósito de cadáveres, una capilla y una casa para el capellán. Lamentablemente, de este asunto no ha quedado más rastro en la documentación de las actas de los plenos municipales o de la Junta de Sanidad.

La posible construcción de un nuevo cementerio en Pruvia se trató por última vez en el pleno del 11 de julio de 1896.

Un conflicto entre los vecinos de la parroquia y su párroco en 1919, y del que se hizo eco el periódico El Noroeste, nos aporta otra información importante acerca de este camposanto y que no es otra que el mismo no era propiedad De la de la iglesia, sino que la misma recaía en los vecinos al haber sido ellos quienes habían levantado el mismo, como pone de manifiesto el vecino Florentino Pardo Trabanco en la carta que aparece publicada en la edición del 31 de octubre de 1919, explicando como el cura Jesús González, quiso conceder la propiedad de una de las tumbas a un vecino de la parroquia lo que levantó las protestas de los vecinos, al considerar que el párroco estaba ejerciendo un derecho que no le correspondía, impidiendo con ello, además, que pudieran enterrarse los restos de la hija de un convecino.

Por lo que afirma Florentino en su carta, el párroco reaccionó de forma poco educada y, al parecer, respondió a los vecinos diciendo: «Me tratan ustedes como a un monterilla, y quiero decirles que el cura de Pruva no teme más que a Dios y a las moscas». Vista la situación, lo vecinos giraron visita al obispo del que obtendrían finalmente el reconocimiento de la propiedad vecinal del cementerio y solución al problema.

Carta del vecino de Pruvia Florentino Pardo Trabanco publicada en El Noroeste el 31 de octubre de 1919.

El coche de la polémica

En el artículo anterior hacía referencia a la decisión tomada por el ayuntamiento presidido por Celestino Tresguerres, de dotar al consistorio de su primer vehículo oficial, y adelantaba que la compra traería consigo una polémica que se arrastraría hasta el año 1932, en el que el asunto se cerró de la manera que vamos a ver.

Una vez concluida la dictadura de Primo de Rivera en enero de 1930, uno de los cambios que vivió la situación política nacional fue el regreso a los ayuntamientos democráticos, muchos de los cuales, el de Llanera incluido, empezaron a revisar todos los acuerdos tomados durante el periodo dictatorial declarando muchos de ellos como lesivos para los intereses municipales y, en nuestro caso, la compra del Peugeot 11 hp fue uno de ellos.

Un coche que, ya durante el periodo de Tresguerres, había sido sustituido por un Fiat, del que no tenemos más detalles, por medio de un acuerdo plenario de marzo de 1929, y que para para marzo del año siguiente aún no había sido pagado en su totalidad, como demuestra el hecho de que en la sesión del 8 de marzo de 1930 la nueva corporación decide suprimir del presupuesto municipal una partida de 3.000 pts «para pago de parte del importe del automóvil Fiat del Ayuntº».

En marzo de 1930 se decide suprimir la partida de 3.000 pts para pago parcial del Fiat.

Apenas una semana más tarde, el asunto saltó a las páginas del diario gijonés El Noroeste, de tendencia republicana y próximo al Partido Reformista, en las que en la edición del día 15 se podían leer con todo detalle el coste que para el ayuntamiento había tenido el vehículo municipal. Así, se decía que el precio del Peugeot había sido de 8.500 pts, el cual se había cambiado por un Fiat «grande, dando, además, 9.000 pts.»

Un coche que a lo que parece «no quiere andar», y en el que se habían gastado 17.500 pts, una cantidad nada despreciable para las exiguas finanzas municipales, a lo que habría que añadir los costes de mantenimiento que estaban entre las 2.000 y las casi 2.500 pts, aparte de hacer frente a los plazos de pago de la compra del vehículo. Según la información contenida en El Noroeste, incluyendo algunos gastos de representación, se habría llegado a las 25.000 pts.

Información sobre los gastos ocasionados por el coche oficial publicada en El Noroeste.

El asunto volvió a llegar al salón de plenos en octubre de ese año 1930, cuando se lee íntegramente el acuerdo del 11 de diciembre de 1926 para la compra del Peugeot. Los concejales presentes acuerdan de forma unánime declarar ese acuerdo como lesivo para los intereses municipales, reservándose el derecho a acudir al tribunal contencioso para «más adelante».

Ante la situación, el consistorio decide poner el vehículo a la venta, y en la sesión del 8 de noviembre de 1930, el concejal José Rodríguez pregunta en qué estado se encuentra el asunto de la venta, recibiendo como respuesta que se está a la «espera que los peritos nombrados vengan a hacer la tasación».

Volvemos de nuevo a las páginas de El Noroeste, esta vez del 20 de febrero de 1931, para encontrarnos con la publicación de un anuncio de la alcaldía, ya regentada por el reformista Severino Coterón, y gracias al cual sabemos que el modelo de Fiat adquirido por el consistorio era un modelo de 1925 con 20 hp de potencia, alguno más que los 11 hp del Fiat de segunda mano al que vino a sustituir, con 6 cilindros, 7 asientos, descapotable y con 2 ruedas de repuesto. El anuncio señala que las ofertas tendrán que superar las 500 pts, y el vehículo se podrá examinar acudiendo a los almacenes municipales.

Anuncio de la alcaldía referente a la subasta del coche Fiat.

La subasta tuvo lugar en el mes de marzo de ese mismo año, tal y como nos informan de nuevo las páginas de El Noroeste, y al parecer, había tres propuestas encima de la mesa. Una subasta que debió de concluir con la venta del coche para chatarra, como podemos intuir de la lectura de las páginas del periódico socialista Avance del 22 de junio de 1932, en las que se informa de la decisión tomada por el ayuntamiento de satisfacer las cantidades que todavía se adeudaban por la compra del «automóvil adquirido cuando la dictadura y que fue subastado para chatarra».

Así se cerraba el asunto del primer coche oficial del Ayuntamiento de Llanera.