Facetas Teatro (1996-2005): Una década a la luz de las velas

1 de mayo de 1996. Lugo de Llanera. Jira al Santufirme. Día desapacible, viento, lluvia. Imposible subir al picu. Grupo de jóvenes sentados al pie de la fuente. Así nació la idea de crear un grupo de teatro que dio en llamarse Facetas Teatro.

Como todo suceso histórico, este también tuvo sus antecedentes. En nuestro caso está en la organización de unos cursos de teatro en la Casa de Cultura de Posada, dirigidos por el dramaturgo, director y actor de Ujo, Maxi Rodríguez. Ahí está el arranque de todo.

Más tarde algunos incluso pasamos por el laboratorio teatral de Etelvino Vázquez en Lugones. De todo ello va surgiendo una inquietud por empezar una aventura que como cualquiera que se precie, comenzó por un paso pequeño.

Sin tener todavía las ideas muy claras, un grupo empieza a reunirse en un local de la ovetense calle Facetos, propiedad del padre de una de las integrantes de aquel colectivo todavía informal y que, durante un tiempo, se reúne más para hacer fiestas (algunas memorables) que para ensayar.

El primer contacto con un escenario fue muy poco esperanzador. Una suerte de actuación, por llamarla de alguna manera, en una residencia de ancianos en Ciudad Naranco, de la que algunos salimos pensando que hacer por hacer y sin ningún orden ni concierto, no era lo que queríamos. Había que dar un paso hacia algo más serio.

Cartel del debut de Facetas Teatro en 1997

Antes ya habíamos iniciado los trámites para convertirnos en asociación cultural, hasta conseguir los parabienes de la Consejería de Cultura y de Hacienda (por aquello de lograr la exención del IVA), que hacen que la fecha oficial de constitución del grupo sea la del año 1998, pero para nosotros el año de referencia siempre fue 1996.

De momento con el tema del local de ensayo resuelto, empieza la odisea de encontrar una obra para ponernos en marcha. Se trataba de buscar algo que no excediera en demasía las que considerábamos nuestras limitaciones. Por ello, nos decidimos por buscar textos no excesivamente largos y que nos parecieran asequibles.

Y el primer elegido fue el dramaturgo asturiano Alejandro Casona y su “Fablilla del secreto bien guardado”, una comedia de enredo de tintes costumbristas alrededor de un presunto tesoro. Complicaciones no tiene muchas y es de corta duración, tal vez demasiado corta.

Por eso decidimos añadirle otro montaje. Y no tuvimos mejor idea que decantarnos por un texto del teatro breve ni más ni menos que de Federico García Lorca, “Amor de don Perlimplin con Belisa en su jardín”. En una primera lectura nos pareció igualmente asequible, con tintes de comedia y que nos podía encajar.

Programa de mano de nuestra primera función en la Plaza de La Habana de Posada.

Llamémosle error de juventud ya que se trata de un texto de enorme complejidad y una intensidad dramática muy lorquiana, como muy pronto empezamos a descubrir.

En ese momento el grupo los formábamos Marco Franco, Lucas Trapaza, Sole Iglesias, Mayra Fernández, Vanessa Rodríguez, Laura Díaz y yo mismo. Esos fueron los osados concursantes que se pusieron manos a la obra (nunca mejor dicho), con mucha ilusión y mucho por aprender.

Todavía se me escapan los motivos por los que en el primer cartel anunciador de ese montaje aparezco yo como director, papel que sí adopté plenamente más adelante cuando me convertí en el más veterano del grupo.

La falta de un director hizo que todos adoptáramos esa figura para ayudarnos unos a otros lo mejor que sabíamos, hasta que recibimos la ayuda inestimable de Moisés González, en aquel entonces integrante de Teatro del Norte y hoy de su propia compañía El Callejón del Gato. Nuestro agradecimiento es imperecedero porque nuestro Perlimplin nunca habría sido lo mismo sin su ayuda, su paciencia con nosotros y su sabiduría teatral. Gracias Moisés.

El estreno

Viernes 30 de mayo de 1997, Plaza de La Habana de Posada de Llanera, estreno absoluto. Como decíamos en el programa de mano: “Los ensayos se han terminado y la historia de nuestro grupo comienza aquí y ahora. Como diría un clásico: La suerte está echada”. Y ciertamente después de meses de ensayos y muchos nervios, el veredicto del público no pudo ser mejor. Lleno absoluto y satisfacción final.

Para llegar ahí fueron muchas las personas que nos echaron una mano, de las que dejamos constancia en el programa de mano (diseñado al igual que el cartel por nuestro compañero Lucas Trapaza), pero no quiero dejar pasar la aportación especialmente importante de las madres de dos de nuestras componentes como fueron Azucena Quintanal y Aurora Vega. Un poco más adelante incidiré en su importancia.

Sole en el papel de Marcolfa y yo en el de Perlimplín en una sesión fotográfica en el local de ensayo de Teatro del Norte en Lugones.

También se tiró de parejas y amistades y ahí tuvimos, por ejemplo, a César Suárez a los mandos de luces y sonido, que también debutó con nosotros y que a lo largo de los años siguió echando una mano no poco importante. En 1999 lo nombramos miembro honorífico por su contribución al grupo,

Antes de llegar al estreno tuvimos que afrontar un problema no menor. Y es que se nos pidió que dejáramos el local que estábamos usando en Oviedo y hubo que ponerse a buscar una solución. De nuevo las familias fueron un apoyo extraordinario y esta vez llegó de la mano de Alfredo Fernández (Carreño), con la cesión de un bajo de obra en Lugo de Llanera (calle San Isidro), por donde, al ver entrar y salir de allí un grupo de chavales con cachivaches de lo más variopinto y escuchar nuestras voces mientras ensayábamos, pronto se corrió la voz de que éramos miembros de una secta. En fin.

Programa de mano de Anillos para una dama, la obra que junto con el Perlimplin más satisfacciones nos dio

Allí, en un local con sueño de cemento, totalmente sin acondicionar, con polvo, arena, paredes desnudas y sin luz, ensayábamos por las noches después de que las obligaciones estudiantiles o laborales nos lo permitían, lo que nos generó otra dificultad añadida: ¿cómo ensayar por la noche en un local que no contaba con luz eléctrica ninguna? Todavía recuerdo la cara de pasmo que nos puso a Sole y a mí un dependiente de una ferretería de Lugones cuando le pedimos consejo sobre cómo iluminar un local sin luz eléctrica. Debió de pensar que vivíamos en algún tipo de cueva o similar.

La primera opción y la que se mantuvo a lo largo del tiempo fue la de iluminarnos con velas, de ahí que siempre en todos nuestros montajes posteriores en recuerdo de aquellos momentos, siempre van a aparecen velas estuvieran o no a la vista. Eso lo completamos con un par de fluorescentes enchufados a unas baterías que nos íbamos turnando para cargarlas en nuestras casas.

Y el frío que pasamos allí tampoco se nos olvida, de ahí que termos con caldo o café caliente, mantas y toda suerte de ropa de abrigo nos acompañaran en los meses más fríos, así que cuando tocaba entrar en escena había que quitarse antes varias capas de ropa de encima para tener algo de movilidad.

Modificamos el repertorio y salimos de Llanera… y de Asturias

Gracias al trabajo generoso de Marco Franco que en aquel entonces trabajaba en una fábrica de muebles de cocina, nos dotó de una primera cámara negra formada por unos listones de pino, unas bases y unos enganches para colocar otros listones horizontes sobre los que clavar, por medio de chinchetas, unas telas negras y listo. Todo muy precario pero funcional al mismo tiempo.

Cartel de nuestra primera función en el Centro Sociocultural de Cayés.

Estructura que ya pudimos utilizar en enero de 1998 cuando volvimos a la Plaza de La Habana de Posada para estrenar un nuevo programa doble. Nos habíamos dado cuenta que no era buena idea reunir en un mismo espectáculo a Casona y a Lorca. Así que optamos por poner en pie un programa doble del asturiano sumando a la Fablilla la “Farsa del cornudo apaleado”.

También recibimos a una compañera nueva, Marta Moreno, para cubrir la ausencia de Laura que por motivos personales no nos pudo seguir acompañando. Marta se incorporó igualmente al elenco del Perlimplin.

Eso fue el 9 de enero y el 17 fuimos al escenario del Centro Social de Cayés para repetir función. Cualquiera que se haya subido alguna vez al escenario cayesino se da cuenta inmediatamente de que no es una plaza fácil.

Actuar con la primera fila prácticamente metida en el escenario y ver todas las reacciones del público en tiempo real, requiere de muy altas dosis de concentración. Era una prueba de fuego ante un auditorio lleno hasta la bandera y que siempre nos trató de forma muy generosa, a pesar de que no faltó quien quiso crearnos una rivalidad artificial con el grupo de teatro local, El Merín, colectivo a cuyos estrenos siempre fuimos con gusto y ellos hicieron lo mismo con nosotros.

Portada del primer programa de mano.

Y llega el momento de salir fuera de nuestra zona de confort. En abril de 1998 salimos por vez primera del concejo para irnos, ni más ni menos, que hasta A Veiga (Vegadeo) para participar en los Encuentros teatrales Elisa y Luis Villamil.

Ahí recibimos una buena inyección de moral toda vez que nos galardonaron con sendos premios. Uno a la mejor actriz secundaria, para Sole Iglesias, y otro al mejor vestuario, ambas por el Perlimplin. Un premio, este último, que nos hizo especial ilusión por el trabajo de las madres que vieron así recompensado, siquiera moralmente, su dedicación.

Esos encuentros a los que acudimos en varias ediciones más, nos pusieron delante de otro reto: cómo conseguir que aquel escenario tan grande no nos comiera un montaje pequeño como era el nuestro. Solución: hacernos con una cámara negra que delimitara el espacio de actuación y nos permitiera concentrar la luz donde a nosotros nos interesaba.

Ahí nos dimos cuenta de que la cámara negra que teníamos de madera era demasiado pequeña, así que empezamos a buscar la manera de hacernos con una estructura de mayor tamaño y versatilidad. La opción era recurrir al metal, y ahí entramos en nuestra particular edad del hierro, de nuevo gracias a la generosidad del por aquel entonces, marido de una de nuestras compañeras, Luis Ángel, que trabajaba en una empresa de calderería en Silvota, y que por el coste de los materiales, algo más de 15.500 pesetas, nos equipó con una estructura que ya nos abandonó hasta el final.

Imagen de Anillos para una dama en el estreno en Posada.

Con ella ganamos la posibilidad de ampliar o cerrar el espacio y sus tres metros de altura impedían que la luz se concentrara donde nosotros queríamos. Eso sí, tuvimos que renovar el surtido de telas negras y su colocación era más dificultosa, pero las ventajas fueron muchas.

Y salimos también de la región. Diciembre de 1998, con abundante nieve en los márgenes de la carretera y un frío intenso, tomamos la autopista del Huerna para debutar fuera de Asturias (fue la primera y única vez que salimos de Asturias), concretamente en la localidad leonesa de Villablino, donde nos acogió mi tía Josefa que alimentó a base de tortilla y lentejas nuestros estómagos.

Allí llevamos de nuevo el programa doble de Casona y pasamos una factura de 60.000 pesetas que tardamos, ni más ni menos, que tres años en cobrar y eso después de tener que insistir en repetidas ocasiones, e incluso tirar de familiares en la zona hasta que conseguimos que el consistorio saldara la deuda.

Buscando el norte y El jardín de nuestra infancia

1999 vino marcado por un nuevo proyecto al que titulamos “Buscando el norte. El sur también existe”, en el que reunimos siete piezas de teatro breve de los asturianos Sandro Cordero, Eladio de Pablo y Moisés González. Eran: El asesino del martillo, Me has llamado Paula, Revista del corazón, Muñecos, Las conchitas, El gato y el ratón y Educación. Piezas entre dos y cuatro personajes.

Programa de mano de Buscando el norte.

Lo decíamos en el programa de mano: “A lo largo de la hora, más o menos, que dura este montaje, veremos desde los peligros que nos pueden acechar en un parque, hasta como un señor casado se ampara en la palabrería de la LOGSE para ocultar una infidelidad, pasando por la selva en la que se ha convertido conseguir un trabajo, o el drama de los embarazos no deseados (…) El mundo es un teatro de orgullo y de error lleno de infelices que hablan de la felicidad, escribió alguien alguna vez”.

Estreno, como siempre en Posada, porque para nosotros la prioridad siempre fue estrenar en casa, en abril de 1999. Sin duda ninguna, fue la obra en la que más nos reímos durante los ensayos. Puedo asegurar que las carcajadas eran diarias, sin embargo, esa sensación no terminamos de hacerla llegar al público del todo, que sólo después de dos o tres de las piezas lograba entrar en la dinámica de la obra por nuestra falta de pericia a la hora de engranar piezas tan diferentes. De todo se aprende.

Marta ya no estuvo con nosotros en este montaje, que solo dos días después del estreno subimos de nuevo a las tablas del teatro de A Veiga, de nuevo en el marco de los encuentros teatrales. Mayra, que ya estaba estudiando en el Instituto del Teatro (ITAE), hoy Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD), para convertirse en la profesional que es hoy, también dejó el grupo tras esa actuación. Lucas Trapaza ya lo había hecho el año anterior. En el capítulo de fichajes incorporamos a Mayte Ramiro que está con nosotros hasta el final.

Muchas bajas y tocaba remodelar el grupo, también por la ausencia temporal de Sole Iglesias, y los albores del nuevo siglo ven un grupo rejuvenecido con la llegada de Patricia Peláez, Rebeca García, Chabe Vega y Adelino García. Este último se mantuvo también hasta el 2005.

Portada del programa de mano de El jardín de nuestra infancia.

Con todos ellos ponemos en pie “El jardín de nuestra infancia” de Alberto Miralles, un drama familiar anclado diez años antes del transcurso de la acción, con más luces que sombras. Una obra de la que hicimos tres únicas funciones: Posada, Cayés y Vegadeo. Aquí contamos con la colaboración a los mandos técnicos de Marco Franco, después de lo cual deja el grupo definitivamente.

El siglo XXI

Otra vez nos encontramos con que dos de las compañeras que habían debutado con nosotros el año anterior, deciden no continuar. Fueron los casos de Patricia y de Rebeca. Celebramos el regreso de Sole y la incorporación de Javier Cachero. Con ellos y con Adelino García, Mayte Ramiro, Chabe Vega (luego sustituida por Cristina Terente) y yo sobre las tablas y César Suárez a la técnica, nos embarcamos en levantar la obra de Antonio Gala, “Anillos para una dama”. Con Cristina se sumó la ayuda de su futuro marido, Juan, quien también se involucró mucho en la parte logística del grupo.

Anillos para una dama. De izquierda a derecha Adelino (Minaya), Sole (JImena), Chabe (Constanza), Mayte (María) y Javi (obispo)

Una obra magnífica y con la que todos disfrutamos muchísimo y con la que me atrevo a decir, que alcanzamos el mayor éxito de público. Ya desde 1999 estábamos ensayando en el Centro Social de Cayés, lo que nos facilitó mucho las cosas, hasta que tuvo lugar un suceso del que doy alguna cuenta más abajo.

También fue la obra de la que más funciones llegamos a realizar, después, eso sí, de una activa política de envío de dosieres por correo a aquellos ayuntamientos que programaban teatro aficionado y de visitar personalmente a algunos de ellos.

Este montaje también fue el responsable de que empezáramos a pensar en mejorar el hasta ese momento nulo equipamiento de luces, para no depender totalmente del existente en los distintos escenarios que, en muchas ocasiones, dejaba bastante que desear, caso de A Veiga que si bien tiene un escenario magnífico y un gran patio de butacas, en cuanto a las luces, en aquellos años, se limitaban a dos o máximo tres focos en funcionamiento.

Mayte y Sole en Anillos para una dama

Nos adentramos de nuevo en un mundo del que no teníamos mucha idea, por ser suave, y un día nos plantamos Sole y yo en una empresa del polígono de ASIPO creo recordar, y salimos de allí con cuatro focos por el módico precio de 165.000 pesetas, con un pequeño descuento que nos hizo el propietario, sin duda apiadado por nuestro desconocimiento de la materia. A eso unimos después dos estructuras metálicas para poder colgarlos según nuestras necesidades que nos sumaron otras 20.000 pesetas a la factura.

Asimismo, dentro de la línea minimalista que siempre se movieron nuestros montajes, tanto por razones logísticas como por convencimiento, decidimos hacer una serie de cubos de distintas alturas pintados en negro, que nos dieron muy buen resultado estético, tanto que ya nos acompañaron en todos los montajes posteriores, gracias a la pericia de otro padre, Iglesias. Por supuesto, las velas no faltaron y esta vez lucieron espléndidas en un candelabro que está presente en buena parte de la obra.

No nos podemos olvidar de otro progenitor, fotógrafo en este caso, Ramiro, a quien debemos la imagen que utilizamos en el cartel, además de los reportajes fotográficos de Anillos y de Pareja abierta.

El 17 de marzo de 2001 estrenamos en Posada, y viajamos con la obra hasta 2004, hasta llegar a hacer hasta 16 representaciones de la misma. Cayés, Corvera, A Veiga, San Martín del Rey Aurelio, Langreo, Lugones, Navelgas, fueron algunos de los lugares en las que la llegamos a representar. Intentamos visitar una muestra de teatro aficionado en Torrelavega (Cantabria) pero no fue posible.

De nuevo el trabajo de las madres con el vestuario se vio recompensado con un nuevo galardón, otra vez en los encuentros de A Veiga. Con Anillos participamos en las Primeras Jornadas de Teatro Local que tuvieron lugar en Cayés entre el 21 y el 22 de mayo de 2002, con la participación de la Asociación de Mujeres de Llanera, que puso en pie “Pitición de mano” de Antón de la Braña; nosotros; y cerró las jornadas el Grupo Cultural El Merín con “Tiquismiquis” de Vital Aza.

Cartel de las Jrnadas de Teatro Local de 2002

Al mismo tiempo que seguíamos con Anillos, empezamos a pensar en un nuevo montaje para cumplir con nuestro ritual particular de hacer un estreno al año. Para 2002 elegimos la obra de los italianos Franca Rame y Dario Fo, “Pareja abierta”, que si bien la obra es para dos personajes, nosotros desdoblamos la pareja en tres diferentes, una por cada uno de los momentos por los que pasa la pareja protagonista. Montaje que luego cambiamos al modelo de dos parejas.

Cartel de Pareja abierta de Franca Rame y Darío Fo.

En mayo estrenamos en Posada, en mayo, en junio fuimos a Cayés, y el periplo de la obra nos llevó a Corvera, a la Residencia Covadonga de Oviedo (donde por fin algunos nos pudimos quitar el mal sabor de boca que nos habían dejado aquellas dos primeras actuaciones en residencias de mayores del siglo pasado) y a volver a Art Nalón Escena, en Sama, de donde regresamos con un segundo premio cerrando así el capítulo de cuatro galardones obtenidos a lo largo de nuestra historia.

Mientras seguíamos con Anillos y con Pareja abierta, por distintos motivos, no pudimos sacar adelante el proyecto de la Medea de Fermín Cabal, y esa crisis y la ausencia de nuevo de Sole y mi anuncio de que el siguiente montaje iba a ser el último para mí, desemboca en nuestro último espectáculo (el last dance que se dice ahora).

Pareja abierta. De izquierda a derecha: Sole, Alfredo, Adelino, Cristina, Mayte y Javi

Para ello elegimos la obra “Objetos perdidos” de Antonio Muñoz de Mesa, una obra con un humor cercano al absurdo. “Personajes que buscan. Personajes que encuentran. Desconocidos en tránsito. Todos comparten el mismo destino sin saberlo. Los detalles los diferencian. Los contornos se difuminan. Palabras que cruzan el espacio como cuchillos. Huida hacia adelante alumbrada por fluorescentes. Siniestramente surreal y obsesivamente acaramelada”. Así presentamos la obra en el programa de mano.

El telón se baja definitivamente para nosotros (Adelino, Mayte, Cristina, Javi, Alfredo y Sole a la técnica) un 23 de abril de 2005. Desde entonces, nostalgia por lo vivido.

Programa de mano de Pareja abierta. Esta vez optamos por un formato de tarjeta de visita

Anécdotas y curiosidades

Hasta ahora apenas si hago mención a las cuestiones de organización económica. Empiezo diciendo que seguramente fuimos el único grupo aficionado de la región en no contar con ni una sola peseta o euro procedente de una subvención pública, ni municipal ni regional. Algo que siempre que lo hablábamos con otros grupos como el nuestro levantaba más de una sorpresa.

Nuestra filosofía siempre fue la de ser lo más autónomos de cualquier administración que nos fuera posible. De hecho, un año que nos decidimos a pedir una subvención regional nos concedieron 10.000 pesetas, cantidad a la que renunciamos al enterarnos de que las subvenciones se cobran después de haber gastado y justificado el importe concedido, tal era nuestra ignorancia por aquellos años. Y como no disponíamos de esa cantidad decidimos devolver el importe y no volver a solicitar dinero nunca más.

Pensábamos que si la administración, la que fuera, nos contrataba y nos pagaba un caché con eso tendríamos dinero suficiente para sufragar el coste de poner en pie un montaje nuevo, como así hicimos durante toda nuestra trayectoria.

Cartel de nuestra última función.

Por otro lado, desde el principio, cuando todavía no éramos todavía un grupo formal, acordamos un sistema de cuotas de tal forma que cada miembro, mensualmente, aportaba 1.000 pesetas a la caja común, cantidad que pronto reducimos a 500 pesetas, y así seguimos hasta que el grupo ya se sostuvo económicamente.

Si antes decía que en Lugo de Llanera cuando nos trasladamos a ensayar allí había gente que pensaba que éramos una secta, en Cayés no faltó quien fuera corriendo al ayuntamiento a decir que nuestra presencia en el Centro Social, que el consistorio nos había concedido como local de ensayo, provocaba, literalmente, “alarma social” lo que acabó derivando en que sacáramos nuestras cosas de allí para trasladarlas a un espacio que nos cedieron César y Mary aquí en Posada.

Como local de ensayo conseguimos, gracias a la gestión de Adelino, que la parroquia de Rondiella nos diera acceso a los locales parroquiales anexos a la iglesia de Posada, lo que nos permitió ensayar más cómodamente al evitarnos desplazamientos en un momento en el que la mayoría de los integrantes éramos de Posada.

Crstina y Adelino en un momento de Pareja abierta.

Comento más arriba como en 2001 incorporamos a nuestro material escénico, cuatro focos. Con ellos fuimos, por ejemplo, a actuar al local de la asociación de vecinos de Granda (Gijón), un espacio incluso más pequeño que Cayés. Pues bien, empezamos a tirar cables, conectamos a los enchufes de la pared que había por allí, ponemos unas bases, y empezamos la función.

A eso de los cinco o diez minutos de empezar, saltaron los plomos y poco más y nos llevamos por delante toda la instalación del local. Y no sé si fue por eso o si fue porque se dejó de hacer teatro en un lugar totalmente inapropiado, pero el caso es que no nos volvieron a llamar nunca más para actuar allí.

En Navelgas actuamos coincidiendo con la fiesta del bateo del oro, y la función tuvo lugar en el comedor del colegio con tan mala suerte que el inicio de nuestra actuación coincidió con la final del torneo de fútbol sala que se jugaba en las instalaciones deportivas del centro, así que durante algún tiempo actuamos al compás de los aficionados futboleros del exterior.

Adelino, Sole y Mayte en Anillos para una dama.

Y siempre recordaremos a dos niñas que sentadas en la primera fila, se pasaron la obra comiendo palomitas deleitándonos tanto con el olor como con el sonido de tan apasionante aperitivo. Por no hablar de la mosca que se empeñó en posárseme en la nariz en un momento en que mi personaje debía de permanecer impertérrito.

Imbricados como estuvimos en la vida cultural del municipio, también participamos en actividades de cuentacuentos organizadas por la Casa de Cultura, e incluso fuimos al IES a dar un mini curso de teatro al alumnado con motivo de una de sus semanas culturales.

Incluso cuatro de nosotros llegamos a participar en la grabación de un corto, codirigido por un vecino de Posada, Ángel, como parte del proyecto final de un curso de audiovisuales.  Era una adaptación muy particular del cuento del argentino Jorge Luis Borjes, El Aleph.

Texto del programa de Pareja abierta.

También hubo proyectos que no salieron adelante. Uno de ellos la participación en la cabalgata de Reyes, más que nada porque no se nos ocurrían más que propuestas rompedoras que sabíamos que no iban a tener una acogida muy favorable, así que agradecimos la invitación pero no llegamos ni siquiera a presentar nuestras ideas al resto de colectivos que sí estaban totalmente implicados en el desfile.

Y lo que si nos dio pena fue que no saliera adelante la propuesta que nos llegó a plantear el director de la coral en aquel momento, Luis García Santana, de poner en escena una zarzuela completa, aportando nosotros la dirección de escena y la parte más actoral y la coral la parte musical. La marcha de Luis con dirección a su tierra canaria impidió que la idea cobrara forma.

Logotipo diseñado por Lucas Trapaza

La explotación de la arcilla en la parroquia de Santa Cruz de Anduerga (Llanera)

1. Introducción

Plano de la parroquia de Santa Cruz fechado en 1936. Fuente: Instituto Geográfico Nacional.

La evolución geológica del concejo de Llanera marca la existencia de importantes zonas con presencia de arcillas, susceptibles de ser utilizadas para la fabricación de distintos tipos de materiales, y de cuya explotación a lo largo de los siglos han quedado vestigios en parroquias como la de Cayés, Ables y Santa Cruz. A ellas habría que unir las de Lugo y Rondiella, en las cuales también consta la explotación de ese recurso. De todas ellas daremos algunas pinceladas en este artículo cuyo arco temporal se reduce a los primeros treinta años del siglo XX.

Los primeros en darse cuenta de las posibilidades de la explotación a gran escala de los barros existentes en Llanera, fueron los romanos como atestigua el hallazgo de un complejo de cinco hornos en la zona de el alto de La Corona, en la población de La Venta del Gallo, perteneciente a la parroquia de Cayés. 

La construcción de la autovía AS-II fue la causa del hallazgo, gracias al seguimiento arqueológico de la obra al ser considerada zona de riesgo arqueológico. La encargada de llevar a cabo esa excavación de urgencia fue la arqueóloga Otilia Requejo, quien identificó el complejo y estudió los alrededor de 10.000 fragmentos cerámicos aparecidos en la zona.

Esos hornos se dedicaron exclusivamente a la fabricación de materiales de construcción, tales como tejas tanto planas como curvas, ladrillos con diferentes finalidades, materiales para la construcción de drenajes y canalizaciones y también para edificar sistemas de calefacción, con el fin de atender las necesidades del conjunto de villas levantadas en distintas partes de Asturias, empezando por las más próximas como la de Paredes (Siero) o la de Veranes (Gijón). Todo ello a lo largo de los siglos I-III de la era, en época Flavia.

Una tradición de trabajo con el barro de la parroquia de Cayés que tendría su continuidad en la época medieval, si tomamos en cuenta la existencia del topónimo La Forniella, en un espacio hoy ocupado por el Parque Tecnológico de Asturias, documentado desde el siglo XIII. Denominación que adoptaría el terreno de juego en el que disputaba sus partidos de fútbol el Rácing de Cayés entre 1979 y 1987.[1]

En el siglo XIX y ya dentro de los nuevos parámetros de producción mecanizada devenidos del desarrollo de la revolución industrial, con el paso de una fabricación manufacturada a los nuevos sistema de producción en serie, será la Tejería Mecánica, luego Cerámicas Guisasola, la que vendrá a explotar con mayor intensidad que hasta ese momento, los recursos arcillosos tanto de la parroquia en la que se asentaba, la de Cayés, dando continuidad a una tradición antiquísima, como de parroquias vecinas, caso de la de Ables en la cual es posible visitar hoy la conocida como la charca de La Barrera, generada en el yacimiento de arcilla explotado para suministrar materia prima a la nueva fábrica. La necesidad de contar con ese material básico para su producción y la presencia en buena cantidad y con calidad suficiente, provocará el inicio de la explotación en el entorno de Santa Cruz de Anduerga.

Una parroquia caracterizada, desde el punto de vista cerámico, por mantener a lo largo de dos siglos, entre el XVIII y las primeras décadas del siglo XX, una tradición alfarera capaz de alumbrar una característica cerámica negra para dar forma a una amplia variedad de piezas utilizadas para satisfacer las necesidades cotidianas, y que viajaron fuera de las fronteras municipales hasta los importantes mercados de Avilés o de Pravia.

Sin embargo, el objeto de este breve artículo, concebido a modo de primera y superficial aproximación al tema, va a ser la explotación de las arcillas de la parroquia destinadas a satisfacer las necesidades de una incipiente industria cerámica necesitada de grandes cantidades de materia prima. Una explotación que se hacía en propiedades comunales, para lo cual el ayuntamiento convocaba las oportunas subastas, pero también a través de contratos con particulares de los cuales veremos dos ejemplos en las páginas siguientes.

A lo largo del artículo iremos viendo ejemplos de los dos sistemas utilizados por las empresas para acceder a la materia prima, que son básicamente dos. Uno el acudir a las subastas convocadas por el ayuntamiento y, el segundo, mediante la firma de contratos con particulares poseedores de terrenos en cuyo subsuelo ofrecía la posibilidad de obtener arcilla. 

Asimismo, veremos como la explotación del recurso va a tener una vertiente social importante, en tanto en cuanto suponía la creación de puestos de trabajo tanto en las labores extractivas, como en las de transporte que en zonas como Santa Cruz y en años difíciles, venían a paliar las malas condiciones de vida generales. Finalmente, cerraremos el artículo con un breve recorrido por el resto del municipio.

2. Subastas y contratos

La noticia más antigua que tenemos de la convocatoria de una subasta de arcilla en la parroquia de Santa Cruz, la encontramos en las páginas del periódico El Noroeste del 2 de julio de 1902. Concretamente en la página 3 del mismo se anuncia lo siguiente: “El día 5 de Agosto próximo, á las doce de la mañana, tendrá lugar en las Consistoriales de Llanera el remate de 500 toneladas de arcilla refractaria, cuya extracción se halla concedida para la vigente campaña forestal en el monte denominado Beyo, bajo el tipo de 1.500 pesetas”. Una subasta de la que no tenemos información para saber si resultó exitosa o si se quedó sin resolver, como veremos que sucedía en algunas ocasiones.

Esa zona de la parroquia ubicada en el lugar de La Cruz, en las proximidades de Villayo y fronteriza con Las Regueras, ya hay constancia de la existencia de tejeras desde el siglo XVIII tradición que se mantendría hasta bien entrado el siglo XX.[2] Entre 1889 y 1890 se llevan a cabo trabajos para inventariar los montes comunales y hacer mediciones y descripciones muy detalladas, gracias a las cuales sabemos que el Monte Beyo tenía una superficie de 14,13 hectáreas “siendo toda ella del dominio público por no existir enclavada ninguna propiedad particular”. Curiosamente, a pesar de llevar la denominación de “monte”, en la descripción que se hace de su orografía, se dice que su topografía “no tiene importancia por consistir en una explanada casi horizontal sin accidentes notables”, lo cual, sin duda ninguna era una ventaja a la hora de explotar las arcillas allí presentes.

El Noroeste, 2 de julio de 1902.

Ese espacio va a ser durante años la zona sobre la cual incidan las distintas subastas promovidas por el ayuntamiento, seguramente incluso con anterioridad a la fecha de 1902 que nos da el ejemplar del periódico El Noroeste al que hacíamos referencia, toda vez que la Tejería Mecánica, a la que nos hemos referido en la introducción, ya se encontraba en funcionamiento desde el año 1868 y a buen seguro que muy pronto empezó a requerir la llegada de arcilla a sus hornos para mantener un buen nivel de producción.

Esa necesidad de material hizo que la Sociedad Hijos de Guisasola buscara asegurarse un suministro constante para no depender de las irregulares convocatorias de subastas municipales, y ofreciera a los paisanos de Santa Cruz en cuyas tierras la arcilla estaba presente, la firma de contratos de suministro, como el establecido con Francisco Álvarez el 11 de abril de 1906.[3]

Se trata de un documento sencillo, formado por cinco artículos que fijan las condiciones del mismo y los compromisos que adquiere cada una de las partes. En el primero de ellos, Francisco Álvarez se compromete a suministrar a la sociedad Hijos de Guisasola toda la arcilla que precisara siempre y cuando esa cantidad no sobrepasara las 700 toneladas, teniendo que ser él mismo quien se ocupara de trasladarla a un lugar en el que fuera posible cargarla para luego proceder a su transporte hasta la factoría cayesina. Por su parte, en el artículo segundo, Hijos de Guisasola se comprometía a pagar por cada tonelada puesta en la zona de carga, un total de 4 pesetas a liquidar cada final de mes. El otro compromiso que asumía la parte contratante era el de “la presentación de los vales que se entregan á los carreteros”.

La duración del compromiso se fija en el punto tercero, hasta el final del año en curso, para dar paso en el cuarto punto, al apartado de penalizaciones, de tal forma que si cualquiera de las partes incumplía el compromiso firmado, debería de pagar a la otra daños y perjuicios por un valor que sería estimado en su caso, por los peritos que fueran nombrados o por los testigos que intervienen en la firma del contrato, que son Inocencio Fernández, de Santa Cruz, y Juan Díaz, de Lugo de Llanera. Finalmente, el artículo quinto, señala que en cualquier momento el documento podrá ser elevado a escritura pública, cuando una de las dos partes así lo pida.

Este sería un buen ejemplo de ese procedimiento de acuerdo con particulares por parte de Guisasola. Sin embargo, no sería la firma cayesina la única en interesarse por las arcillas de Santa Cruz ni la única en firmar contratos de suministro con los paisanos, como demuestra la existencia de un “Contrato para reconocimiento y explotación de arcilla refractaria”, fechado el 26 de julio de 1926 entre Juan Sitges y Aranda, ingeniero director y apoderado de la Real Compañía Asturiana de Minas, y el vecino de Santa Cruz, José Gutiérrez, propietario de las fincas “Bravo La Sierra”, “Huerta de la roza” y “Praduco tras el molino”, propiedades en las que reconoce a la compañía minera a “efectuar en ellas, las labores que precise para reconocimiento y en su caso explotación, de la arcilla refractaria que en ellas existe”, derecho que empezaba a regir el 1 de mayo de 1927.

Al tratarse de un contrato de exploración, el acuerdo estipula que si la compañía no encuentra arcilla o si la que encuentra no fuera favorable para su explotación, se compromete a rellenar la finca en el primer caso, mientras que si se diera el segundo antes de proceder al relleno debería de consultar primero con el propietario por si a este no le interesara esa opción.

Llama la atención como dos décadas después, el precio que la Real Compañía Asturiana está dispuesta a pagar por la arcilla es inferior al que pagaba Hijos de Guisasola que recordemos era de 4 pesetas por tonelada, mientras la Real Compañía ofrecía un precio por tonelada explotada y transportada fuera de las fincas objeto del contrato, de 3,50 pesetas. Cantidad que quedaba compensada con la aportación fija que recibiría José Gutiérrez, quien se aseguraba 300 pesetas por la finca “Bravo La Sierra”, 200 por la “Huerta de la roza” y 100 por el “Praduco tras el molino”. Cantidades a percibir de forma íntegra a año vencido, por cada año que esas fincas no fueran explotadas, y como garantía se incluía la posibilidad de que si la cantidad de arcilla explotada en un año no cubriera esas cantidades, la empresa completaría en metálico la diferencia. El contrato está firmado en las instalaciones de la empresa en Arnao, y ahí o en la factoría de San Juan de Nieva, se procedería al pesado de la arcilla para fijar luego el precio a pagar al propietario de las fincas.

Plano del Monte Beto parroquia de Santa Cruz de Llanera.

Volviendo al sistema de las subastas, de nuevo en El Noroeste, esta vez del 22 de noviembre de 1903, volvemos a encontrar noticia de una puja de arcilla, de nuevo en la zona del monte comunal denominado Beyo. Esta vez el periódico recoge un anuncio de la Delegación de Hacienda, en el cual se vuelve a fijar el tipo de la subasta en 1.500 pesetas para la obtención de 500 toneladas de arcilla, es decir, a razón de tres pesetas la tonelada, de tal forma que la obtención del material estuviera finalizado el 30 de agosto de 1904.

Veremos un poco más adelante, como en 1916 un concejal del Ayuntamiento de Llanera va a pedir que la corporación autorice la extracción de un determinado volumen de arcilla, con el fin de dar unos jornales a los trabajadores de Santa Cruz, y tanto en esa parroquia como en otras partes del municipio, el trabajo en la extracción y el acarreo va a tener una cierta importancia en unas economías fundamentalmente campesinas, como así lo pone de manifiesto de nuevo Ramón Rayón, cuando da noticia de que de varias propiedades privadas del concejo, entre ellas las de  “Jacobo Campo[4] y otras más, se están extrayendo arcillas para productos refractarios, que son vendidas a buenos precios, y como se necesitan muchos carros para el transporte, en él están ocupados la mayoría de los vecinos, que mensualmente ingresan en sus casas buenas sumas de dinero, con lo cual hacen más llevadera la vida; pues no ignoráis que allí se carecía de toda industria”.[5] Haremos luego también una breve referencia a las dificultades económicas, derivadas del conflicto bélico europeo a las que tuvieron que hacer frente los vecinos de Llanera.

La Sociedad Hijos de Guisasola también concurría al sistema de subastas, en ocasiones con algún problema que otro, como así quedó reflejado en el acta de la sesión de pleno del 17 de noviembre de 1923, en la cual se dio a conocer a los concejales un oficio procedente de la Jefatura de Montes, relacionado con un depósito realizado por la sociedad, con el fin de responder a lo exigido en el contrato de subasta de arcillas procedentes del Monte Beyo tantas veces mencionado. Sin que quede claro el origen de la discrepancia, si queda claro que la empresa no puede retirar por el momento, el importe de la fianza y la corporación se da el plazo de un mes a la espera de ver la determinación que tome la Jefatura de Montes, y una vez cumplido ese plazo recurrir a dos abogados para recibir el oportuno asesoramiento.

Una explotación de un recurso sobre el cual los vecinos de la parroquia de Santa Cruz permanecían muy atentos, como demuestra la suspicacia que se levantó en la zona cuando Guillermo Guisasola Vigil, a la sazón consejero delegado de Cerámicas Guisasola, envía al Ministerio de Fomento una solicitud para explotar una mina de hierro, llamada “Fernanda”, ubicada en la zona del Monte Beyo. Esa solicitud llega al ayuntamiento desde el ministerio “a fin de que sean oídos el pueblo o pueblos propietarios del monte a que la ocupación afecta”.

A la vista de esas noticias, los vecinos enviaron una instancia al consistorio manifestando su disconformidad con la petición del representante de la empresa, tomando como fundamento de esa posición la sospecha de que “no es la explotación de hierro la que pretenden, sino más bien extraer y llevar para sus fábricas de cerámica las arcillas que en el mencionado monte existen”, y piden que en el caso de que autorización sea finalmente concedida “lo sea con la expresa condición de no llevar del mencionado monte otras materias que no sean las propias de la mina denunciada y en todo caso que se indemnicen los perjuicios que con este motivo se ocasionen”.

Instalaciones de Cerámicas Guisasola en 1917. Revista Asturias.

La Corporación decide finalmente que el alcalde envíe una carta a Guillermo Guisasola, citándole a una reunión en la parroquia de Santa Cruz, con la asistencia de una comisión municipal formada por el alcalde, Enrique Rodríguez Pérez, y los concejales Manuel García Suárez y Francisco Ablanedo Ablanedo, además del secretario municipal y un vecino de cada uno de los barrios de la parroquia. El acta municipal en este punto se cierra de la siguiente forma: “Mejor pensado se acuerda sea la reunión en esta Capital el próximo sábado cinco de Enero próximo hora quince”.[6]

La reunión tuvo que iniciarse sin la presencia del representante de Cerámicas Guisasola, y los vecinos aprovecharon para transmitir al ayuntamiento su negativa a las pretensiones de la empresa, que no vendrían más que a esquilmar el Monte Beyo de su recurso más preciado. La representación de Santa Cruz estuvo formada por José Alonso Valdés, Felipe González Valdés, Manuel Suárez Vega, Ignacio González Rodríguez, Juan Gutiérrez Gutiérrez y José Fernández Álvarez.

Una vez escuchadas las explicaciones de Guillermo Guisasola, se muestran de acuerdo con la explotación de la mina “Fernanda”, algo que ven como una oportunidad habida cuenta de que “la mayoría de la Parroquia se encuentra en situación precaria”, y los jornales que podía generar esa nueva explotación “reportará grandes beneficios a la misma”. La condición que le ponen a la empresa es el pago de 2,50 pesetas por tonelada de arcilla, un precio sensiblemente inferior a las cuatro pesetas por tonelada que pagaba la empresa en 1906, cantidad de la que había que descontar el 20% para el Estado mientras que el 80% restante tendría que ser invertido “en aquella parroquia para mejoras en la misma, como locales escuela, fuentes, arreglo de caminos, etc”.

Ante el arreglo conseguido entre vecinos y empresa, el consistorio toma la determinación de aceptar los términos del acuerdo, enviando a instancias superiores su conformidad a que le sea concedido permiso a la empresa para proceder a la explotación del Monte Beyo. Sin embargo, el concejal Manuel Díaz González, expuso su disconformidad con el acuerdo, al considerar “muy exagerado el que la parroquia de S[a]nta Cruz se aproveche del ingreso que pertenece a este Municipio por hallarse los pueblos de este Concejo muy necesitados de mejoras”.[7]

Sin embargo la cosa no debió de quedar del todo clara, si hacemos caso de la información publicada en las páginas del periódico El Noroeste el 31 de enero de 1924, al hacer la crónica de la sesión plenaria presidida por el delegado gubernativo, el señor Álvarez Bardón, este hizo una pregunta a los concejales allí reunidos interesándose por el rumbo tomado por el asunto de la explotación de arcillas en Santa Cruz por parte de Cerámicas Guisasola, después de que hubiera llegado a sus manos una denuncia contra el acuerdo de permitir esos trabajos de extracción. El concejal Manuel González, fue el encargado de explicar el asunto al delegado, y señala que la empresa asume pagar 2,50 pesetas por tonelada, además de haberse nombrado una comisión de vecinos para administrar el dinero recaudado.

Veremos en el apartado 4, como en 1925 el ayuntamiento, ante las dificultades para recaudar el dinero que las empresas deberían de pagar por la explotación de la arcilla, va a fijar unas tasas en función del yacimiento. En el caso de Santa Cruz, se va a optar por fijar el precio de la tonelada en cuatro pesetas, mientras que en el resto de zonas de extracción será de 40 céntimos, una diferencia ciertamente llamativa. Siguiendo ese criterio, la corporación presidida por Celestino Tresguerres, recurrirá de nuevo al sistema de subasta dudando si permitir la extracción de 6.000 toneladas o de solo 3.000, optando finalmente por la segunda cantidad al precio de cuatro pesetas, en lo que fue la primera ocasión en la que se fijaba ese precio después de haber aprobado en pleno la ordenanza impositiva correspondiente. Aunque no se especifica el lugar de extracción el precio nos indica que iba a ser en Santa Cruz.[8]

Lógicamente para poder cobrar el canon establecido, era necesario llevar un control lo más exhaustivo posible sobre las toneladas efectivamente extraídas, y de ahí que el concejal Maximino Alonso pidiera a sus compañeros la compra de una báscula particular existente en Santa Cruz, ante el riesgo de venta a una empresa privada y la pérdida de la misma. De la propuesta del concejal se obtiene el dato importante de que el ayuntamiento, solo en Santa Cruz, obtiene “más de 15.000 pts solo de arcilla”. Tresguerres señala su voluntad de hacer lo posible por afrontar esa compra, y pide al proponente y a Eloy Álvarez, que vayan a ver la báscula y estudien su estado y las condiciones de compra.[9]

Para el mes de julio el ayuntamiento aún no había tomado ninguna decisión definitiva al respecto, y eso hace que Maximino Alonso vuelva a insistir sobre el tema, explicando a sus compañeros que la viuda de Jesús Rodríguez tenía intención de vender la báscula “y que nada mejor que la adquiera el Ayuntamiento que con ello podría fiscalizar mejor la arcilla extraída y además favorecería a los vecinos de la parroquia que la utilizarían mediante pago”, y fija en 16.000 las pesetas que ingresa el municipio por la arcilla extraída en Santa Cruz. El alcalde pide de nuevo a Maximino Alonso y a Eloy Álvarez, además de a Maximino Díaz, que examinen la báscula y pidan precio a la propietaria.[10] La compra debió de resultar exitosa ya que en una sesión posterior se habla de la existencia de una báscula municipal en Santa Cruz, como veremos ahora mismo.

El Noroeste, 22 de marzo de 1917.

De las condiciones a cumplir por parte de las industrias que concurrían a las subastas municipales de arcilla, tenemos un expresivo testimonio en el acta del pleno del 23 de abril de 1927. En esa sesión se aprueban los pliegos de subasta existentes hasta ese momento, introduciendo algunas modificaciones, empezando por el precio que pasaba de las cuatro pesetas al duro por tonelada, con una fianza de 1.000 pesetas, corriendo de cuenta del adjudicatario “todos los gastos de la subasta, impuestos y contribuciones que de ella se deriven, incluso del 10% al Estado de aprovechamientos forestales”. Asimismo, el pesado de la arcilla era obligatorio realizarlo en las básculas municipales de Santa Cruz o de Posada, y los carreteros serán multados con 25 pesetas por cada tonelada que excediera de las 4.000.[11]

El precio fijado de cinco pesetas debía de resultar una cantidad elevada para cualquier empresa, teniendo en cuenta que en 1926, como hemos visto con anterioridad, la Real Compañía Asturias de Minas firmaba un contrato con un vecino de Santa Cruz, comprometiéndose al pago de 3,50 pesetas la tonelada. Es posible que esa fuera la razón por la que la subasta convocada por el ayuntamiento para el mes de junio, quedara finalmente desierta después de que se hubiera recibido únicamente la oferta de Adolfo León, la cual no cubría el mínimo fijado en las condiciones de la subasta. El pleno acuerda por unanimidad volver a anunciar la subasta “con las mismas condiciones y facultar a la Permanente para que gestione la venta de arcilla al precio que sirve de tipo de subasta, y hasta que ésta se verifique”.[12]

Dentro del seguimiento que hace la prensa gijonesa de la vida municipal de Llanera, nos encontramos en el mes de marzo de 1931, sendas informaciones en las páginas de El Comercio y de El Noroeste, haciéndose eco de la sesión plenaria del lunes 23 de marzo, en la cual se toma la determinación de convocar una subasta, esta vez fijando el precio en 2,50 pesetas la tonelada, la mitad del precio fijado en la de 1927 y que había quedado desierta. Esta vez, la cantidad de arcilla a extraer se limitaba a 2.000 toneladas en la zona del Monte Beyo.[13]

3. Dimensión social

Además de la vertiente empresarial y municipal, la explotación de la arcilla también tenía un vertiente social, en tanto en cuanto servía para proporcionar jornales a la población de una parroquia que estaba muy necesitada de ellos en las primeras décadas del siglo XX.

Salarios bien recibidos habida cuenta de las dificultades por las que pasaba la población en general durante los años de la Primera Guerra Mundial, a pesar de tratarse España de un país neutral, posición que no libró a la nación de sufrir fuertes tensiones inflacionistas que dispararon los precios de artículos de primera necesidad. Para el caso concreto de Llanera contamos con algunas informaciones publicadas en la revista Asturias, editada en La Habana, y firmadas por Ramón Rayón, quien en esos momentos ocupaba el cargo de secretario del juzgado de Posada de Llanera.

Para el año 1916 Rayón cifra el aumento en el precio de la carne desde las 1,50 pesetas hasta las 3,50 pesetas el kilo; los garbanzos de 0,60 céntimos habían pasado a las 1,50 pesetas, las patatas  de una peseta se habían puesto en 2,25, y el quintal de carbón de 1,10 se había disparado hasta las seis pesetas. Esos precios, tal y como afirmaba Ramón Rayón, obligaban a las amas de casa a “eliminar de la cocina o despensa algunas de las más provechosas y nutritivas cosas necesarias al sustento”.[14]

Una de las parroquias en la que más se hicieron notar las dificultades de ese periodo, fue precisamente en la de Santa Cruz, una zona además de fuerte emigración, como así lo puso de manifiesto el concejal Ramón Flórez Rodríguez, en la sesión plenaria del 29 de enero de 1916, cuando pidió tramitar una petición a la Delegación de Hacienda con el fin de conseguir autorización para sacar a subasta la extracción de 4.000 metros cúbicos de arcilla al año en terrenos pertenecientes a la parroquia y “por el mayor número de años posible con el fin de facilitar trabajo a los obreros de la localidad tanto en la extracción como en los transportes”. 

El argumentario de la moción es suficientemente expresivo de la situación que atravesaba la parroquia: “Que devido [sic] a las insuficientes cosechas que recolectan como labradores los vecinos de la parroquia de Sta Cruz de Llanera, y el aumento del valor en los artículos de primera necesidad atraviesa este vecindario una situación critica y angustiosa por la cual la mayoría de la juventud se ve precisada a acudir a la emigración, quedando tan solo para las faenas agrícolas los ancianos, mujeres y niños suponiendo con tal motivo una merma alarmante las cosechas de granos y legumbres insuficientes para el consumo de esta localidad”.

Los ingresos obtenidos, una vez satisfechos los pagos oportunos a la administración estatal, el concejal propone a sus compañeros dedicarlos a “atender las demandas de este ayuntamiento respecto de casos para Escuelas, caminos vecinales, fuentes públicas, y demás servicios municipales”. La corporación acordó por unanimidad apoyar la propuesta de Ramón Flórez y enviar a la mayor brevedad posible la petición a la delegación provincial de Hacienda.[15]

Instalaciones de Cerámicas Guisasola en una imagen de 2017. Foto del autor.

Los vecinos de Santa Cruz no veían en la explotación de la arcilla únicamente una fuente de salarios en una parroquia empobrecida, sino que también la van a ver como una forma de obtener recursos para mejorar los servicios educativos. Así queda puesto de manifiesto en la instancia que varios vecinos remiten al pleno municipal, en el mes de abril de 1917 pidiendo la construcción de una escuela de niñas en la parroquia y se emplee en ello el “treinta o el cuarenta por ciento del producto líquido que se ingrese en las arcas municipales con motivo de la subasta de arcillas refractarias que tendrá lugar el día doce del actual”. La corporación en pleno acordó dedicar el 40% de lo recaudado a levantar esa escuela. La subasta se había anunciado para el día 12, por lo que en el momento de celebrarse el pleno, los concejales ya sabían cual había sido el resultado de la misma.[16] La intención del ayuntamiento era la de subastar 2.000 metros cúbicos a extraer en el Monte Beyo, por un precio de 6.000 pesetas anuales.[17]

Dos años después, en 1919, Santa Cruz contará con una nueva escuela de niños en La Báscula, aunque no sabemos si en la financiación de la misma se emplearía algún dinero procedente de esa subasta de arcilla, sí sabemos, gracias al concienzudo estudio que ha hecho de las escuelas en Llanera, Chema Martínez, que desde ese momento la enseñanza en la parroquia deja de ser mixta, para seguir las niñas en el antiguo edificio levantado en el campo de la iglesia, y pasar los niños a esa nueva ubicación, hasta que en la postguerra civil se vuelvan a reunir niños y niñas en Anduerga, en el edificio que hoy ocupa el Centro Sociocultural de la parroquia.[18]

4. El resto del concejo

Como señalábamos el principio de este artículo, Santa Cruz no era la única parroquia en la cual se explotaban las arcillas, como demuestran varios testimonios recogidos en las actas de las sesiones plenarias del Ayuntamiento de Llanera, de las cuales citaremos algunas a título de ejemplo, y por la información que dan acerca de distintos aspectos, aún saliéndonos del marco central que nos hemos fijado.

En el año 1919, los concejales José González Solares, Manuel Vega Álvarez y Víctor Rodríguez Ablanedo, interpelan al alcalde, Joaquín Palacio Muñiz, acerca de las condiciones en las que está funcionando el cable noria instalado por la Sociedad Hijos de Guisasola, y cuáles regulan la explotación de las arcillas de la parroquia de Ables. El alcalde promete darles respuesta en 15 días. Lamentablemente no sabemos cual fue la respuesta si es que la hubo, pero de este acta ya sabemos de la existencia de un cable aéreo que estará en funcionamiento durante muchos años.[19]

De la importancia económica que tenía para un concejo menguado en ingresos, la explotación de la arcilla, tenemos un testimonio muy gráfico en el acto del pleno del 4 de agosto de 1920. En ella se discute la solicitud presentada por Ruperto Menéndez Prendes, vecino de la calle ovetense Gil de Jaz nº 6, para explotar 65.495 metros cuadrados de terreno en la parroquia de Rondiella “en el Monte denominado Cantera Cebea”,[20] y extraer las arcillas existentes en la “concesión minera llamada Rosales”, para lo cual acompaña la solicitud con una memoria y un plano de la zona que desea explotar.

El secretario municipal recogió en el acta de la sesión el interés de la corporación por atender esta petición, toda vez que se considera de “grandísima importancia para los intereses de los pueblos la explotación de la arcilla que en sus montes existe”, y al carecer tanto los vecinos como el consistorio, de los medios necesarios para proceder a su explotación de una forma directa “le es muy beneficiosa dicha explotación llevada a cabo por una sociedad fuerte como la Industrial Asturiana que dispone de recursos para sufragar todos los gastos, que se origine”, eso sí “previo al abono de la indemnización por la superficie que se ocupa y que se estipule en el expediente de ocupación de terrenos que oportunamente se incoe y previo el pago legal que corresponde tanto al Estado como al municipio”. La mayoría del pleno vota a favor de la petición, mientras que tres concejales piden que la explotación se haga por el método de la subasta.

Una explotación que pronto presentó algunos problemas con el ayuntamiento, como demuestra el acuerdo tomado en el pleno del 26 de enero de 1924, de imponerle a la empresa el pago de una peseta por tonelada extraída en Rondiella, y se le pide que de el dato del volumen de arcilla obtenida para proceder al cobro de la cantidad resultante. El requerimiento municipal encuentra respuesta por parte de la Sociedad Industrial Asturiana, y reconoce haber extraído de los montes de Rondiella 1.600 toneladas de barro. Por la parte municipal se toma el acuerdo de concertar una entrevista a la que acudirán el alcalde y el primer teniente de alcalde, con el director de la factoría lugonina, para estipular “los precios de la extracción hecha y si ha de conformar por ser muy beneficiosa para este concejo, pues además de los ingresos Municipales, reporta múltiples beneficios á los trabajadores, así como a la Hacienda pública”.[21]

El acuerdo no debió de cumplirse a satisfacción del Ayuntamiento de Llanera, y en El Noroeste se recoge la determinación tomada por la administración local de reclamar a la empresa, que proceda al abono del importe estipulado por la extracción de arcillas en la proximidades de la capital municipal.[22]

Ese mismo año Jesús Rodríguez, se dirige al ayuntamiento con el fin de obtener permiso para sacar arcillas de unos terrenos propiedad de Carlota Casaprin. Los concejales observan que la instancia no está debidamente redactada, por lo que deciden dirigirse a la Jefatura de Minas para que esta estudie la solicitud y tome la decisión que estime oportuna. El acta incluye un añadido posterior al cierre de la misma, en la que se vuelve a insistir en la importancia que para el concejo tiene la explotación de esa arcilla, y se acuerda permitir a la empresa sierense seguir con la explotación en Rondiella, por un precio de 35 céntimos la tonelada “ingresando ya el importe de las mil seiscientas extraídas, previo el pago del veinte por ciento a la Hacienda cual le corresponde”.[23]

De las actas municipales se traslucen las dificultades que tenía el Ayuntamiento de Llanera para conseguir que las empresas explotadoras de la arcilla contenida en el subsuelo municipal, afrontaran el pago de los cánones establecidos. Hemos visto con anterioridad un roce con Cerámicas Guisasola a cuenta de la explotación en el Monte Beyo, situación que se reproducirá en 1925, y que obligará al pleno municipal a tomar cartas en el asunto. Así, en la sesión extraordinaria del 18 de marzo uno de los asuntos a tratar fue el hecho de que varias empresas, entre ellas la radicada en Cayés y la sierense Industrial Asturiana, “extraen arcillas en los comunes del concejo, y no parecen ingresar en arcas municipales cantidad alguna”. El pleno municipal acuerda nombrar una comisión formada por dos concejales, junto con el alcalde y el secretario, para visitar la zona de Regidorio, en la parroquia de Ables, donde Cerámicas Guisasola extraía arcilla, para conocer la situación sobre el terreno y de las averiguaciones que se hagan se dará cuenta al pleno, algo de lo que no ha quedado constancia de que se llegara a hacer.[24]

En un intento por poner orden en una situación anárquica, el ayuntamiento toma la determinación de fijar una tasa por la extracción de la materia prima en los yacimientos del concejo, fijando una tasa de cuatro pesetas por tonelada en Santa Cruz, mientras que la misma cantidad extraída en Ables, Rondiella y Lugo tendría un coste de 40 céntimos. Ignoramos los parámetros en los que se basaron en aquel momento para hacer esa valoración tan desigual.[25]

Las actas municipales también dejan constancia del interés mostrado por particulares por la explotación de las arcillas, o bien por iniciar la actividad de fabricación utilizando esa materia prima. Así, en la del 2 de abril de 1921, el vecino de Lugo de Llanera, Mariano García Asenjo pide permiso al ayuntamiento para “empezar los trabajos en una tejera de campo en los parajes de Cárcaba y Mundín”, permiso que le es concedido “dejando á saber los intereses que corresponden á la delegación de Hacienda con intervención de Jefatura de Montes”.

La misma persona, pedirá dos años después, la concesión de 20 hectáreas “de terreno en el monte comunal La Felguera y Mundín”, con el fin de “extraer productos arcillosos o tejera de campo para industrias de ladrillo y teja”. La petición no llegó a discutirse al retirarla el propio interesado sin que consten las razones para ello.[26]

Hasta aquí este breve y somero repaso a la explotación de un recurso natural del concejo, de gran importancia económica y social para el municipio y para las parroquias en las cuales estaban enclavados los yacimientos arcillosos, aunque los testimonios más expresivos de ello estén referidos a la de Santa Cruz, seguramente los vinculados a los jornales devengados tanto a trabajadores como a transportistas, eran igualmente importantes en el resto de parroquias. Sirva este artículo como un primer testimonio de ello.

Vecinos de Villayo en una imagen publicada en la Revista Asturias en 1918.

5. Bibliografía

BENITO DEL POZO, P. y CRABIFFOSSE CUESTA, F. (1998): Cerámicas Guisasola “La Estufa) 1868-1982, Ayuntamiento de Llanera, Cayés.

REQUEJO PAGES, O. (2007): Hornos de La Venta del Gallo, Cayés Llanera, en Astures y romanos en el Principado de Asturias: Nuevas aportaciones y perspectivas, RIDEA, Oviedo, pp. 114-131.

(2007): Noticia sobre el descubrimiento de los hornos romanos de La Venta del Gallo (Cayés, Llanera, Asturias), Memoria de las excavaciones arqueológicas en Asturias 1999-2002, Consejería de Infraestructuras y Política Territorial, Principado de Asturias, pp. 305-310.

RODRIGUEZ MARIBONA, J. (2014): La tejera de Villayo, La Piedriquina Anuario nº 7, Asociación Cultural y Recreativa La Piedriquina, Las Regueras, pp. 40-50.

(2015): Las tejeras de Villayo y Santa Cruz, La Piedriquina Anuario nº 8, Asociación Cultural y Recreativa La Piedriquina, Las Regueras, pp. 80-95.

6. Revistas y periódicos

Revista Asturias.

El Noroeste.

El Comercio.

7. Otras fuentes

Actas de las sesiones plenarias del Ayuntamiento de Llanera.

Registro del levantamiento del plano del monte público denominado “Cantera Cebea y Cogolla” sito en el término de Llanera. Año de 1889 á 1890.

Instituto Geográfico Nacional.

Trabajos de rectificación del catálogo de montes públicos. Monte Beyo, (1889-1890).


[1] El Rácing de Cayés se fundó en el año 1973 en su segunda época, y durante las seis primeras temporadas tuvo que disputar sus partidos en el campo de La Huelga en Posada, para pasar luego a jugar en Forniella, según la información recogida por Abel González en su libro Crónica de fútbol 1910-2005.

[2] Al lector interesado le remitimos a la lectura de sendos artículos de Julio Rodríguez Maribona, publicados en los anuarios de La Piedriquina, números 7 y 8, publicados en el mes de marzo de 2014 y 2015, respectivamente.

[3] Agradecemos a Pilar y Ángel de Casa Marulla de Santa Cruz, el habernos facilitado estos dos contratos.

[4] Con el nombre de esta persona parece haberse cometido una errata, ya que sabemos por la documentación del levantamiento del plano del Monte Beyo, en Santa Cruz, realizado entre 1889 y 1890, que en esa zona tenía una propiedad Jacoba Campo.

[5] Asturias, 21 enero 1917.

[6] Acta, 29 de diciembre de 1923.

[7] Acta, 5 de enero de 1924.

[8] Acta, 21 de noviembre de 1925.

[9] Acta, 17 de febrero de 1926.

[10] Acta, 10 de julio de 1926.

[11] Acta, 23 de abril de 1927.

[12] Acta, 18 de junio de 1927.

[13] El Comercio, 27 de marzo y El Noroeste, 28 de marzo de 1931.

[14] Asturias, 6 de agosto de 1916.

[15] Acta, 29 de enero de 1916.

[16] Acta, 17 de abril de 1917.

[17] El Noroeste, 22 de marzo de 1917.

[18] Para este asunto remito al lector a sendos artículos publicados por Chema Martínez en los números 4 y 5 de la Revista Perxuraos, correspondientes a los años 2015 y 2016, respectivamente.

[19] Acta, 28 de junio de 1919.

[20] Se trata de una zona conocida como Cevea y Cogolla en los alrededores del actual centro de testaje en el lugar de Abarrio, a las afueras de la capital municipal.

[21] El acta de esta sesión plenaria aparece sin fechar. Está recogida entre un acta del 7 de abril de 1924 y otra del 17 de mayo. 

[22] El Noroeste, 25 de junio de 1924.

[23] Acta, 17 de noviembre de 1923.

[24] Acta, 18 de marzo de 1925.

[25] Acta, 13 de mayo de 1925.

[26] Acta, 2 de junio de 1923.

Este artículo fue publicado originalmente en el nº 10 del Anuario de La Piedriquina. Marzo 2017.

La Colonia Industrial, un antecedente industrial en Pruvia

Plano de la Colonia Industrial proyectada en Pruvia. Diario Región, 6 de febrero de 1931

Ya es casi un tópico que al hablar de Llanera salga a relucir la privilegiada situación geográfica en la que se encuentra, pero eso no hace menos cierta esa afirmación, que viene siendo válida desde que los primeros grupos humanos deambularon por estas tierras, y que luego los romanos convirtieron en un centro neurálgico de su red de calzadas en la región y, ya en el siglo XIX fue ratificada por los nudos ferroviarios de Lugo y de Villabona. En tiempos más cercados el cruce de autopista con autovías y carreteras nacionales, no han sino ratificar ese privilegio geográfico del que disfrutamos.

Lógicamente, los industriales también se dieron cuenta de ello como demuestra la sucesión de noticias que podemos leer fundamentalmente en el diario Región, entre los días 3 y 6 de febrero de 1931, haciéndose eco del interés de medio centenar de productores de bebidas alcohólicas, por abandonar sus ubicaciones en Oviedo para trasladarse a lo que denominaron «colonia industrial», ubicada en terrenos de Pruvia, al pie de la carretera hacia Gijón, y cuyo plano reproducimos en la imagen con la que abrimos este artículo.

Región, 3 de febrero de 1931

La iniciativa de crear esta suerte de antecedente de los polígonos industriales, partió de Sotero Pérez, a la sazón presidente de la Agremación de almacenistas de vinos y fabricantes de licores de Asturias, quien calificó el proyecto como una «necesidad imperiosa», con la idea de «expandir su radio de acción sin las trabas sistemáticas de la que es objeto». Un proyecto además, como escribe el anónimo redactor de Región «responde en todo a las necesidades de la vida industrial moderna que exige gran radio de acción economía para el desenvolvimiento de los negocios».

Con el fin de analizar la viabilidad del proyecto, la junta directiva de la asociación empresarial decide nombrar a cuatro de los asociados, Bonifacio Gutiérrez, Rafael González, Andrés Alonso y Waldo Balbuena, para que hagan estudios y gestiones para que de ahí salga un proyecto «definitivamente realizable».

Región, 4 de febrero de 1931

En las páginas del 4 de febrero, podemos leer en las páginas del mismo diario, una entrevista con el presidente de los almacenistas y productores de bebidas alcohólicas, en la que desgrana algunas de las razones que llevan a la asociación a construir esa colonia industrial en Llanera. Así, apunta hacia unos impuestos excesivos que se pagan en Oviedo: «Nos aplastan, aún no hemos salido de unos, encauzando nuestras actividades, cuando ya se establecen otros», subidas que terminan repercutiendo en el precio de sus productos al público.

Con el trasladado, el presidente de los empresarios, calcula un gran ahorro para las contabilidades empresariales, habida cuenta de que los impuestos de un año en Llanera eran una décima parte de los que se veían obligados a pagar en la capital asturiana

Para llevar adelante la construcción de la infraestructura, Sotero Pérez desvela que se encargaría de ello una sociedad catalana, que sería tanto la encargada de comprar los terrenos como de levantar los almacenes, de tal forma que «ni los fabricantes ni los almacenistas tendrán que hacer ningún desembolso previo», y el pago sería «mensual, contra letras aceptadas».

El colectivo empresarial ya se habría puesto en contacto con el Ayuntamiento de Llanera, para trasladarle la idea, y el presidente afirma en la entrevista que el alcalde les había dado toda clase de facilidades, apuntando hacia unos terrenos considerados como idóneos en la zona de Las Cabañas.

Región, 5 de febrero de 1931

Lógicamente, el periódico ovetense se puso en contacto con el regidor de la capital con el fin de pulsar su opinión al respecto. En ese momento, ocupaba el sillón de primer edil de forma interina, Antidio Mauri. Preguntado por el periódico, Mauri, también presidente de la Comisión de Hacienda del ayuntamiento, manifestó que el traslado de los industriales a Llanera no iba a tener ninguna repercusión negativa en las arcas municipales, ya que «sólo tributan por las ventas que hacen dentro del concejo; la mercancía que expenden para otros concejos no satisfacen por ella arbitrio de ninguna especie».

En La Voz de Asturias, que ese mismo día se hace eco del proyecto de los industriales ovetenses, se recogen algunas declaraciones más del alcalde accidental al respecto. Además de insistir en el hecho de que los industriales pagan por las bebidas que venden, añade que «de seguir abasteciendo a la clientela que tengan en el concejo de Oviedo, no tendrán más remedio que pagar. Los perjuicios, en todo caso, serán para ellos, que tendrá que pagar transportes».

La Voz de Asturias, 5 de febrero de 1931

A esas declaraciones del alcalde ovetense, responde Sotero Pérez de nuevo desde las páginas de Región al día siguiente, y entrando en el desglose de gastos, afirma que el Oviedo las tasas impositivas les suponen un desembolso supresión a las 8.500 pts., mientras que en Llanera se quedarían en poco más de 3.400 pts., suponiendo un ahorro anual en torno a las 5.200 pts. Ahorros que permitirían a los fabricantes de licores «amortizar sus almacenes en 5 años y a los expendedores de vinos en 10 años».

Unos almacenes cuyo coste cifra en 15.000 pts. sin contar el precio del solar, por lo que el montante final «echando muy por largo, no subiría de veinticinco mil pesetas cada uno», en palabras de Sotero Pérez, quien también desvela que la colonia se proyectaba construir sobre una superficie rectangular de 300 metros cuadrados «con comunicación directa a la carretera que va de Biedes a La Campana, la cual enlaza con la de Oviedo-Avilés, y prosigue a unirse con la de Adinero-Gijón, en el punto conocido por Pruvia».

Asimismo, se tendría que construir una vía ferroviaria de 275 metros de longitud que uniera el tendido del Ferrocarril del Norte con la colonia industrial. Una obra cuyo coste no desvela al «hallarse supeditado a los gastos de expropiación, facilidades otorgadas por la Compañía y trámites complementarios acerca de la División de Ferrocarriles».

Región, 6 de febrero de 1931

No cabe duda de que este es el antecedente, si bien fallido porque no hay constancia de que este proyecto finalmente se llevara a término, de la posterior relevancia que tendrá Pruvia en el establecimiento de empresas industriales, de servicios y de hostelería que se fueron instalando en la zona en las décadas posteriores a la Guerra Civil, si bien no de una forma tan clara y planificada como se quiso llevar a cabo en ese año de 1931.