Llanera y la Guardia Civil, una relación de casi siglo y medio

Si bien el Instituto Armado se funda en 1844, hay que esperar algo más de 30 años para tener la primera noticia de la relación con nuestro concejo. No es hasta mayo de 1876, cuando sabemos que el pleno municipal del 6 de mayo fija en 100 pesetas anuales la aportación del concejo para el sostenimiento de la Guardia Civil, dando así cumplimiento a una circular enviada por el Gobernador Civil, con fecha de 1 de abril. Una noticia que ya tiene 150 años de antigüedad.

Detalle del acta del pleno del 6 de mayo de 1876

El año próximo, 2027, se cumple el primer siglo y medio de presencia estable de la Benemérita en la capital municipal. Fue en el pleno del 13 de enero de 1877, cuando se informa a la corporación que el día 4 de ese mismo mes de enero, tiene el municipio concedido un puesto de la Benemérita, en lo que parece ser el arranque de la presencia estable ya en el municipio. Para ello se decide alquilar una propiedad de Manuel González Espina, a razón de 6 reales diarios a pagar por el ayuntamiento.

Por hacer un poco de historial, decir que la fecha fundacional de la Benemérita es el 28 de marzo de 1844 , como un cuerpo especial de fuerza armada de infantería y caballería, dependiente del Ministerio de la Gobernación. La tarea de poner en marcha este nuevo cuerpo a medio camino entre lo militar y lo policial, se le encarga al mariscal de campo Francisco Javier y Ezpeleta, II Duque de Ahumada, tal y como se recoge en la página web del propio instituto armado.

Desde muy pronto la Guardia Civil va a ejercer una labor de control del orden público, al parecer con bastante eficacia, a tenor del uso asiduo que hace del calabozo municipal, tanto que el ayuntamiento se ve obligado a pedir un presupuesto para la rehabilitación del mismo, la reparación de los servicios higiénicos, y para aportar dos mantas para abrigo de los detenidos. Los fondos que sean necesarios para ello saldrán de la partida de imprevistos. No se explicita la cantidad. (Acta del peno del 6 de octubre de 1877).

Detalle del acta del pleno del 6 de octubre de 1877 donde se comenta la necesidad de hacer obras en los calabozos municipales.

Lo que sí sabemos es que en 1878, el presupuesto municipal recoge una partida presupuestaria por importe de 549,50 pesetas, para el pago del alquiler de la casa cuartel. El estado del edificio en cuestión deja mucho que desear, a tenor de la queja presentada por sus ocupantes, y que llega al pleno del 24 de agosto de 1878.

Ante la situación, el consistorio demanda al propietario de la edificación, que haga las reparaciones necesarias y en caso de no realizarlas, será el ayuntamiento quien las asuma revertiendo el coste en el propietario. Para conocer el estado real del edificio, se nombra una comisión formada por el alcalde, Fernando Cortés, los concejales, José Valdés y Antonio Ruiz, auxiliados por el carpintero, Manuel Solares, y el cantero Fernando Martínez.

Un mes más tarde el informe de la comisión es contundente y califica de «inhabitable» a la Casa Cuartel, por lo que se opta por pedir al propietario, Manuel González Espina, que la cierre para proceder a su reparación. En el mismo pleno del 14 de septiembre de 1878, la corporación decide alquilar otra propiedad, esta vez a José Antonio Ablanedo, con un alza en el alquiler de 91,21 pesetas, La solución no parece ser del agrado de los munícipes, y la votación final arroja un saldo de tres votos a favor, dos en contra y, nada más y nada menos, que 10 abstenciones.

Suponemos que como solución transitoria, se alquila una propiedad a Ramona Alonso Ablanedo, opción que se mantendría poco en el tiempo, ya que en el pleno del 18 de enero de 1879, la propiedad alega contra la salida de los números de la Guardia Civil del edificio de su propiedad. Una petición denegada ante las malas condiciones de salubridad que, al parecer, presentaba el edificio.

En octubre se le comunica la rescisión del contrato y para noviembre, Ramona no había recurrido la decisión. Desconocemos la manera en la que se alojarían los miembros del destacamento de la Guardia Civil, ya que no es hasta 1881, dos años después, cuando tenemos la información acerca del acuerdo entre el ayuntamiento y José Antonio Ablanedo. Éste último recibirá una cantidad de 3.750 pesetas, a pagar por trimestres durante 6 años (pleno 5 de marzo de 1881).

Detalle del acta del pleno del 22 de marzo de 1884 .

Habida cuenta de las dificultades económicas por las que pasan las adminsitraciones locales de este periodo, no es extraño encontrar en el acta del pleno del 22 de marzo de 1884, la resolución del alcalde, Ramón Garcia Miranda y Ablanedo «Ramonín de Puga», en la que se acuerda buscar toda la información disponible sobre la presencia de la Guardia Civil en el concejo, con el fin de pedir al Estado que corra con los gastos de la Casa Cuartel «en vista de la penuria por que atrabiesa este municipio».

Y es que incluso si se necesitan refuerzos, como es el caso durante la celebración de elecciones, es el consistorio el que tiene que hacer frente a la manutención de los guardias. Eso ocurrió, por ejemplo, en 1898, obligando al consistorio a desviar el dinero que tenía previsto invertir en la construcción de una escuela en Arlós ante la falta de un terreno adecuado, para sufragar los gastos de la presencia de ocho parejas de la Guardia Civil, con motivo de la celebración de las elecciones a diputados en Cortes.

En mayo, el alcalde informa que los gastos generados por esa presencia extraordinaria de guardias en el concejo, con la misión de repartir y recoger las cédulas de los electores, son de 110 y de 100 pesetas respectivamente.

Por el periódico El Noroeste, en su edición del 8 de julio de 1898, sabemos que la fuerza de la Guardia Civil se iba a incrementar en Asturias en un total de 80 guardias de infantería y 20 de caballería. Éstos últimos prestarán servicio en Gijón, Llanera y Oviedo. El mismo medio gijonés, nos dice en agosto, que el guardia de la parroquia de Roces, Antonio Viejo, recientemente ascendido a cabo, va a ser destinado a la comandancia de Llanera.

El Noroeste, 5 de agosto de 1899

Y cerramos este recorrido decimonónico, con otra noticia de El Noroeste, que nos habla de la conflictividad a la que tenían que hacer aquellos guardias civiles. En enero de 1899 el rotativo se hace eco en sus páginas de la agresión a pedradas sufrida por una pareja de guardias del puesto de Llanera, cuando conducían a varios mineros hacia la prisión provincial. A su paso por Villaperi, un numeroso grupo de mineros, que el periódico supone compañeros de los detenidos.

Los reos eran cinco vecinos de la localidad ovetense acusados de haber atropellado e intentado desarmar a una pareja de la Guardia Civil.

Herramientas y metodologías digitales para el estudio de las actas municipales: El caso de Llanera (1859-1899)

El título de esta entrada coincide con el que da nombre al Trabajo de Fin de Máster, punto final del máster en Humanidades Digitales que he cursado a través de la UNIR (Universidad Internacional de La Rioja), y que defenderé el próximo mes de octubre.

Se trata de un trabajo que une, por un lado, las herramientas tecnológicas con, por otro, la investigación en humanidades que suele tener como principal objeto de estudio corpus documentales, en mi caso las actas de las sesiones plenarias del Ayuntamiento de Llanera entre 1859 y 1899. El marco temporal viene marcado por el hecho de que las actas más antiguas conservadas en el archivo municipal, son precisamente del año 1859.

Acta del 1 de enero de 1859. Archivo Ayuntamiento de Llanera.

Con ese corpus documental, formado por un millar de documentos en números redondos, con diferentes grados de expresividad, he elaborado una base de datos abierta a la consulta por parte de todas aquellas personas interesadas, accesible y pensada como un proceso aún en desarrollo y construcción, ya que espero ir incorporando más información a las mismas, además de ampliar la base de datos para ir incorporando actas ya correspondientes al siglo XX.

A la base de datos se puede acceder a través del siguiente enlace: https://airtable.com/app4xfN8jJY5ldFPb/shrDDqKB0YdsFGYK9

Detalle de la base de datos disponible en Airtable.

En ella ofrezco información acerca de la fecha de celebración del pleno; si la sesión es ordinaria o extraordinaria o si no se ha celebrado la sesión correspondiente; los asuntos principales tratados en ellas; quién es el alcalde en ese momento; si aparecen nombrados los concejales asistentes a la reunión o no; si concurren al pleno los mayores contribuyentes y los miembros de la junta de asociados; el número de asuntos tratados en el pleno; y un apartado de comentarios para incluir información de interés sobre la sesión.

Uno de los formularios de la base de datos.

En sucesivas entradas iré desgranando las conclusiones a las que he llegado a través del estudio de los datos recogidos en esa base de datos.

Villardeveyo asolada por la difteria

En la entrada inmediatamente anterior a esta, me ocupaba de los trámites que se siguieron para la construcción de un nuevo campo santo en la parroquia de Villardeveyo, ante la saturación que estaba sufriendo el antiguo. A esa necesidad tuvo que contribuir de manera determinante la epidemia de difteria que a finales del siglo XIX vino a provocar un incremento de la mortalidad en la parroquia.

Vista de Villabona desde Veyo. Foto del autor.

Para ponernos en contexto, tal y como señala la Organización Mundial de la Salud, la difteria es una enfermedad causada por una bacteria de transmisión aérea o por contacto físico directo, que afecta principalmente a la garganta y vías respiratorias superiores, además de producir una toxina que afecta a otros órganos. Los síntomas principales son dolor de garganta, fiebre baja y glándulas inflamadas en el cuello.

Conocido el enemigo, la primera noticia de la aparición de la enfermedad en la parroquia de Villardeveyo, la encontramos en un acta del pleno municipal celebrado el 19 de septiembre de 1896. En ella se recoge el acuerdo al que llegan los concejales para la compra de una jeringuilla «para inyectar el suero Rox a los diftéricos y entregarla al Médico Municipal». La redacción sucinta del acuerdo no da la impresión de que el municipio se estuviera enfrentando a una epidemia de gran importancia.

Fragmento del acta del pleno del 19 de septiembre de 1896.

Sin embargo, el hecho de que el asunto vuelva a tratarse en varios plenos entre finales de 1898 y abril de 1899, nos dibuja otro panorama y ahí ya sí, se nos traslada la importancia que la enfermedad tiene para una parroquia que, no lo olvidemos, contaba en ese momento con una gran población tanto estable como flotante, habida cuenta del importante número de trabajadores empleados tanto en el ferrocarril como en las minas de Santofirme, lo que les convertía en potenciales focos de expansión de la enfermedad.

Después de que el ayuntamiento llevara desde el mes de agosto sin convocar ni una sola sesión plenaria, la del 10 de diciembre de 1898, se abrí precisamente con la epidemia de difteria que ya llevaba al menos dos años activa. En el pleno, presidido en ese momento por Ramón García Miranda, se dio cuenta a los concejales presentes de una comunicación del médico titular del municipio, Antonio Asúnsolo, a la vista de la extensión que estaba cogiendo la epidemia de difteria que había empezado a propagarse «y estaciona en varias parroquias de este concejo y en particular en la de Villardebeyo».

Acuerdo de la corporación para comprar desinfectante para hacer frente a la epidemia de difteria.
Pleno del 10 de diciembre de 1898.

La preocupación se deja sentir y, a pesar de la mala situación económica del municipio, los concejales acuerdan dedicar una cantidad económica, cuya cuantía no aparece recogida en el acta de la sesión, para «proporcionar medicamentos desinfectantes, con cargo al capítulo de Imprevistos por no haber consignación en el capítulo correspondiente».

La forma en la que el ayuntamiento gestionó la pandemia, provocó que en abril de 1899, concretamente el día 9, se recibiera en el consistorio una comunicación del Gobierno Civil, en la que el gobernador expresaba su sorpresa por no haber sido comunicado el brote de difteria en el concejo, teniendo en cuenta que se había extendido «hasta el punto de producir defunciones que han alcanzado al vecindario».

Ello motiva que el gobernador decida que el Inspector provincial de sanidad visite el concejo para analizar el estado de la enfermedad y redacte un informe al respecto y, una vez vista la extensión de la enfermedad, convocar a la Junta Municipal de Sanidad para tomar todas las medidas necesarias para evitar la propagación de la misma.

La respuesta municipal a este requerimiento, fue la de convocar a la Junta Municipal de Sanidad para el día siguiente, 10 de abril, presidida por el alcalde y con presencia del inspector provincial, Dionisio Cuesta Olay. En esa reunión, la junta acordó facilitar toda la información disponible y colaborar en la visita que el inspector iba a hacer a la parroquia más afectada por la enfermedad.

Fragmento del acta de la Junta Municipal de Sanidad del 10 de abril de 1899.

Tal día como hoy, 14 de abril, pero de 1899, tenemos la última noticia sobre la epidemia en un acta de la Junta Municipal de Sanidad. En ella se deja constancia de la visita de Cuesta Olay a Villardeveyo, donde pudo ver como el médico municipal, Antonio Asúnsolo, «había llevado con pericia y oportunidad que reclaman siempre los síntomas funestos de la terrible enfermedad que con el nombre de difteria arrebata la vida a tantos seres inocentes que constituyen el encanto de las familias.»

Los elogios del inspector, si hacemos caso del acta del pleno, no terminaron ahí, sino que «la Junta local de sanidad cumplió con celo y energía todos los preceptos de la higiene y de la salubridad pública», para, a continuación explicar a grandes rasgos las características de la enfermedad y «los procedimientos que la ciencia aconseja en estos casos para combatir el mal y dictó las reglas necesarias para conseguir la profilaxis general y evitar la difusión, el contagio y la epidemia del mismo.»

Parte final del acta de la Junta Municipal de Sanidad del 14 de abril de 1899.

En esa sesión monotemática, el inspector insistió en la necesidad de cumplir con las normas de higiene pública «y no permitir la apertura de la escuela de la parroquia en cuestión durante seis o siete semanas después de haber desaparecido en absoluto la enfermedad», para terminar su alocución a los presentes diciendo que «después de lo expuesto nada tenía que añadir, atendiendo a que estaba cumplida en todas sus manifestaciones la higiene que incumbe al servicio público».

Como ya vimos en la entrada anterior, en ese mismo mes de abril el párroco de Villardeveyo, solicitaba al pleno municipal la concesión de un emplazamiento para levantar un nuevo cementerio parroquial.

Villardeveyo y su nuevo camposanto

En la entrada inmediatamente anterior a esta, me ocupaba del proyecto de construcción de un nuevo camposanto para Pruvia el cual, muy probablemente, nunca llegó a construirse lo que obligaría, ante la situación de saturación, a labores de saneamiento del terreno, extracción de restos antiguos y poder así seguir dando servicio a la parroquia.

Nos movíamos entonces entre los años 1895 y 1896, y unos años después, concretamente en 1899 serán los vecinos de la parroquia de Villardeveyo quienes demanden de su ayuntamiento la búsqueda de un terreno en el que abrir un nuevo cementerio habida cuenta de la necesidad existente en ese lugar.

El 29 de abril de 1899 el pleno municipal se reúne para tratar el único punto del orden del día, que no era otro que el de dar lectura de una comunicación enviada al consistorio por el gobernador civil fechada cinco días antes, en la cual se informaba del envía a la máxima autoridad de la región, de una instancia firmada por el párroco de Villardeveyo, solicitando «se le conceda el emplazamiento de un nuevo cementerio».

Detalle del acta del pleno del 29 de abril de 1899.

Leída esa comunicación por el alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, el pleno acuerda dar permiso a los vecinos de la parroquia «para que previas las formalidades legales, empiecen las obras una vez que son de urgente necesidad», como afirmaba el párroco en la instancia enviada al gobernador provincial. Es posible que el hecho de saltarse al ayuntamiento para recurrir directamente al gobernador, tuviera que ver con algún intento anterior, del que no nos ha llegado constancia, de solicitud al consistorio y que éste no hubiera atendido la petición vecinal.

Final del acta del pleno con las firmas de los concejales asistentes al mismo. No aparece la firma del alcalde.

La tramitación municipal volvió a llevar el asunto al plenario, esta vez el 2 de septiembre del mismo año de 1899, y de nuevo como único asunto a tratar por los concejales. En el mismo, será un edil, Ramón Martínez Coto, quien vuelva a poner sobre la mesa la necesidad de fijar «el emplazamiento de un nuevo cementerio católico», ya que al parecer el existente hasta ese momento «se halla completamente lleno de cadáveres y no reunir las condiciones higiénicas». Las mismas razones que habían esgrimido los vecinos de Pruvia en su petición unos años antes.

Con esa intención, una comisión municipal había recorrido la parroquia con el fin de buscar la nueva localización del equipamiento mortuorio, y se analizaron las condiciones de dos terrenos, uno «en el punto nominado Hero debajo De la Iglesia», y otro identificado como «Camperón en la hería de Barradiello, todo terreno propiedad de Don José Díaz y Díaz del Río de dicha parroquia», tal y como se puede leer en el acta del pleno.

Fragmento del acta del pleno del 2 de septiembre de 1899 donde se citan los terrenos examinados para construir el nuevo cementerio de la parroquia de Villardeveyo.

El primero de ellos, el Hero bajo la iglesia, presentaba los inconvenientes de no reunir «las circunstancias geológicas por hallarse en una situación demasiado pendiente y falta de viento Norte».

Mientras que el Camperón parecía más favorable al estar elevado al Norte, lo que favorecía que los vientos dominantes soplaran en dirección contraria al caserío, además de ser un terreno de naturaleza «silicio-calcárea y que reúne las condiciones legales para el objeto y que en sus inmediaciones no existen corrientes de aguas superficiales que puedan perjudicar a la salubridad pública».

Por todo ello, la comisión enviada sobre el terreno consideraba que esa ubicación era la mejor al reunir «unas excelentes condiciones para el objeto, tanto de capacidad como higiénicas».

Final del acta en la que se ponen de manifiesto las bondades del Camperón para acoger el nuevo cementerio de la parroquia.

¿Un nuevo cementerio para Pruvia?

En el siglo XIX se va a producir la construcción o remodelación de muchos de los cementerios de nuestro país, una vez que el espacio en el interior de las iglesias, lugar habitual de inhumación, se va colmatando hasta el punto de obligar a cerrar un buen número de ellas al culto, debido a los malos olores generados por la acumulación de cadáveres en su interior.

La normativa que regula las construcción de camposantos obligaba a buscar terrenos en los que se pudieran excavar tumbas de al menos dos metros de profundidad, alejados de viviendas, que los vientos dominantes fueran contrarios a los lugares habitados para evitar la llegada de posibles olores, y que no hubiera corrientes de agua próximos que pudieran llegar a contaminarse y generar un problema de salubridad a la población que dependía para el suministro de agua de fuentes cuyas aguas son de origen subterráneo o de corrientes de agua superficiales de distinta entidad. De ahí la importancia de evitar que un cementerio pudiera llegar a contaminar ese suministro de agua, y evitar así enfermedades infectocontagiosas como el cólera o el tifus.

Nuestro concejo no fue inmune a esa tendencia a la construcción de nuevos camposantos, como podemos ver en las actas municipales de finales del siglo XIX, en las que podemos encontrar noticias acerca de, al menos, la intención de llevar adelante esas construcciones en al menos dos de nuestras parroquias, como son Pruvia y Villardeveyo. A la primera dedicaremos este artículo y dejaremos la segunda para uno próximo.

El 21 de diciembre de 1895, el alcalde dio cuenta en el pleno municipal de una queja de los vecinos de Pruvia acerca de las malas condiciones en las que se encontraba el cementerio «por ser insuficiente y hallarse completamente saturado de materia orgánica el actual», ante lo cual el pleno decide encargar al maestro de obras Ulpiano Muñiz Zapata el levantamiento del plano de la nueva necrópolis y convocar una reunión de la Junta Local de Sanidad.

Detalle del acta de fecha 21 de diciembre de 1895.

Parece una inocentada pero no lo es, decir que el 28 de diciembre se reunió la Junta Municipal de Sanidad para tratar un único punto del orden del día: el nombramiento de una comisión que tendría la misión de buscar un nuevo emplazamiento para el cementerio de Pruvia.

Unos días antes, el 25, el plenario municipal había acordado llevar adelante esa iniciativa, y ahora se acordó formar una comisión integrada por Froilán Menéndez Prado y Rafael Álvarez García, ambos miembros de la Junta Municipal de Sanidad, para que giraran una visita a la parroquia y analizar la idoneidad de una finca situada en Los Peñones y cerciorarse especialmente «si puede darse [a] las sepulturas el máximo de profundidad que está prevenido e informarse respecto a las condiciones ecológicas e higiénicas del terreno».

Acta de la reunión de la Junta Municipal de Sanidad del 28 de diciembre de 1895.

Esa Junta de Sanidad volverá a tratar el asunto el 18 de febrero del año siguiente, con el fin de que los dos encargados de estudiar el terreno presentaran las conclusiones extraídas en su visita, conclusiones que no pudieron ser más favorables ya que los vientos reinantes eran contrarios a las viviendas más próximas, el terreno permitía dar a las sepulturas profundidad suficiente y no existían corrientes de agua susceptibles de contaminación. Por todo ello la comisión «tiene el pleno convencimiento de que el punto elegido llamado los Peñones para el emplazamiento del cementerio tiene las más excelentes condiciones para el objeto, tanto de capacidad como higiénico».

Once días después de esa sesión, el alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, popularmente conocido como Ramonín de Puga, informaba al pleno de la apertura del correspondiente expediente para seguir adelante con la tramitación administrativa que llevara a la construcción de nuevo cementerio de Pruvia, punto que fue aprobado por unanimidad por los concejales presentes, así como hacer una consignación presupuestaria en las cuentas municipales en una cantidad sin especificar, y elevar ese presupuesto al gobernador civil para que éste diera su visto bueno.

En esa sesión plenaria se informa de que la finca de Los Peñones tenía una superficie de 1.200 metros cuadrados, extensión que «permitirá dado el número de defunciones anuales que se calculan no ser necesario remober [sic] restos mortales durante un periodo de veinte años».

Acta de la sesión plenaria del 29 de febrero de 1896.

El gobernador civil fue sensible a la petición municipal, como se pone de manifiesto en el pleno del 11 de junio de 1896, en la que se afirma que el proyecto cuenta con el visto bueno del gobernador, por lo que se decide incoar un expediente de expropiación forzosa del terreno en el que está previsto levantar el nuevo cementerio, al no existir acuerdo con la propietaria del mismo y vecina de Oviedo, Amalia González de Candamo.

Como dijimos antes, se trataba de una finca de 1.200 metros cuadrados llevada en régimen de colonia entre José Casaprín y la propietaria de la misma, en la que además del espacio destinado al último descanso de los fallecidos, se tenía previsto levantar un depósito de cadáveres, una capilla y una casa para el capellán. Lamentablemente, de este asunto no ha quedado más rastro en la documentación de las actas de los plenos municipales o de la Junta de Sanidad.

La posible construcción de un nuevo cementerio en Pruvia se trató por última vez en el pleno del 11 de julio de 1896.

Un conflicto entre los vecinos de la parroquia y su párroco en 1919, y del que se hizo eco el periódico El Noroeste, nos aporta otra información importante acerca de este camposanto y que no es otra que el mismo no era propiedad De la de la iglesia, sino que la misma recaía en los vecinos al haber sido ellos quienes habían levantado el mismo, como pone de manifiesto el vecino Florentino Pardo Trabanco en la carta que aparece publicada en la edición del 31 de octubre de 1919, explicando como el cura Jesús González, quiso conceder la propiedad de una de las tumbas a un vecino de la parroquia lo que levantó las protestas de los vecinos, al considerar que el párroco estaba ejerciendo un derecho que no le correspondía, impidiendo con ello, además, que pudieran enterrarse los restos de la hija de un convecino.

Por lo que afirma Florentino en su carta, el párroco reaccionó de forma poco educada y, al parecer, respondió a los vecinos diciendo: «Me tratan ustedes como a un monterilla, y quiero decirles que el cura de Pruva no teme más que a Dios y a las moscas». Vista la situación, lo vecinos giraron visita al obispo del que obtendrían finalmente el reconocimiento de la propiedad vecinal del cementerio y solución al problema.

Carta del vecino de Pruvia Florentino Pardo Trabanco publicada en El Noroeste el 31 de octubre de 1919.

Alfonso XII y Alfonso XIII de paso por Llanera

Reproducción del libro de José Mª Canal Sánchez-Pagín.

En agosto se cumplirán 137 años del paso por nuestro concejo del entonces rey Alfonso XII, y 119 desde que su hijo, Alfonso XIII, hiciera lo propio y en ambos casos fue el ferrocarril el medio de transporte elegido para esas visitas, más bien pasos fugaces por las tierras de Llanera.

En agosto de 1884 se inauguraba la rampa de Pajares y con ello se comunicaba por vía férrea Asturias con al Meseta y con Madrid, reduciendo un viaje de 70 horas en diligencia a las 22 en un tren que podía llegar a alcanzar la velocidad de hasta 50 kilómetros por hora, una velocidad nada despreciable para la época.

Abro este artículo reproduciendo el fragmento que a este hecho dedicó el párroco José Mª Canal, en su libro «Santa María de Lugo. Una parroquia. Un santuario», editado en 1984 y que es posible encontrar en las estanterías de nuestras bibliotecas. En él recoge parte de la crónica que el periódico ovetense El Carbayón dedicó al paso por Llanera de la expedición real, la cual se detuvo en la estación de Lugo para recibir el saludo del alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, quien después de un estampido de voladores, se dirigió al rey quien «acogió el saludo con una sonrisa… El recibimiento fue brillante y respetuoso». Y eso parece haber sido todo.

El monarca vino acompañado por su mujer, Cristina de Habsburgo, y sus hijas Isabel y Eulalia, además de una amplia comitiva oficial, en la que se incluían hasta cuatro ministros.

Alfonso XIII. Foto Wikipedia.

Igualmente amplia fue la comitiva que acompañó a Alfonso XIII durante su viaje oficial a Asturias en enero de 1902, aunque esta vez la familia quedó reducida a su hermana Mercedes, y el esposo de esta, don Carlos. Después de hacer noche en Oviedo, como se explica en las páginas de El Noroeste, «varios coches conducen a la estación los equipajes de los regios expedicionarios y de sus comitivas». Cuando el rey accede a la estación se va a encontrar con «más de dos mil personas. El cuadro que ofrecen los andenes es imponente», escribe el periodista de El Noroeste.

Sin apenas saludar al alcalde de la capital asturiana, la comitiva se sube al tren, y en Lugones el tren se detendrá un corto periodo de tiempo, para dejar paso al tren mixto procedente de Gijón, para, a continuación, seguir rumbo a Villabona, donde «apenas hay una docena de personas». Nada dice el periodista acerca del paso por Lugo de Llanera, donde estaba previsto que una comisión municipal saliera a su encuentro, tal y como se había hecho con Alfonso XII, años antes.

Fragmento del acta del pleno municipal del 26 de julio de 1902. Foto del autor.

El acta del pleno municipal del 26 de julio de 1902, nos informa de la intención del pleno de enviar una comisión para recibir al monarca a su paso por Lugo de Llanera, formada por el alcalde, de nuevo, Ramón García Miranda, junto con los concejales Froilán Menéndez Prado, José González Solares, Manuel Rodríguez García, Celedonio Díaz Rodríguez y Víctor Rodríguez Ablanedo «además del resto de individuos que voluntariamente se quieran sumar al recibimiento». Queda pendiente la presentación de «la cuenta de los gastos que se han de producir».

El Noroeste, 13 de agosto de 1902.

Es bastante posible que si ya en Oviedo apenas si saludó a la corporación municipal, en este caso Alfonso XIII, pasara de largo sin detenerse hasta rendir viaje en Avilés donde se levantaron varias tribunas para acoger al público que acudió a recibir al «regio huésped», como lo define el periódico gibones, y disfrutar de «un espléndido lunch para 34 comensales que tenía preparado la corporación municipal». Después de visitar la fábrica azucarera de Villalegre, Soto de Rey y Salinas y embarcar en el Urania con destino a Santander, no sin antes dejar en Avilés «para los pobres de la parroquia mil quinientas pesetas».

El maestro sanador de Arlós

Acta del pleno del 13 de octubre de 1899.

En nuestro artículo anterior comentábamos la visita que había hecho al concejo el inspector educativo, Dimas Rojas González, en 1898 y como de su informe no habían salido muy bien paradas las escuelas del municipio por sus condiciones higiénicas, la masificación y, en algún caso, por la labor de los maestros. Todo eso se juntó en el caso de Arlós.

Probablemente, aunque en el acta del pleno en el que se leyó el informe del inspector no aparece con claridad y de la advertencia que trasladó a la corporación de vigilar más estrechamente la administración del material comprado para las escuelas, venga la causa primera del expediente que se abrió al año siguiente, 1899, al maestro de Arlós, Manuel Rodríguez Pérez. Un expediente que sería abierto por la Junta Local de Primera Enseñanza y luego remitido, como era preceptivo al gobernador.

Así el asunto llegó al pleno del 13 de octubre de 1899, presidido por el alcalde Ramón García Miranda, y en él la corporación señala que al analizar las pruebas de descargo presentadas por el docente «debe tenerse muy en cuenta que los testimonios que éste ha presentado, son amigos y llamados por él», testigos que «han declarado en cuanto al servicio y el menage [sic] de la escuela todo lo contrario á lo que la Junta Local de este concejo ha observado cuando giró la visita á dicho local escuela».

Acta del pleno del 13 de octubre de 1899.

Y por si fuera poco el hecho de que no cuidara como tenía que ser del material escolar, su conducta también era cuando menos peculiar. Los concejales que giraron la inspección detectaron que el maestro «viaja a los mercados con muchísima frecuencia» y lo que resulta más llamativo: «que se ocupa de la medicina está bien demostrado, toda vez que ha expedido recetas con su firma como lo han visto varias personas».

Y claro está en los tiempos que corrían, no podía faltar la opinión del párroco que tampoco resultó ser favorable al maestro, vía informe y que la corporación pide que sea respetado «y atenerse en un todo á lo por él manifestado antes que al de ningún otro vecino de la referida parroquia de Arlós».

Al día siguiente, 14 de octubre, el asunto vuelve a surgir en el pleno el asunto y se nos facilita algún detalle más. El primero es que el informe municipal había sido solicitado por la Junta Provincial de Instrucción Pública; el segundo que los testigos aportados por el maestro atestiguaron que era un fiel cumplidor del horario lectivo, a pesar de que «está bien demostrado que los primeros testigos declararon la verdad y espontáneamente están bien informado pues han venido tan solo porque ven las muchas faltas en aquella escuela», tal y como se recoge literalmente en el acta plenaria.

Acta del 14 de octubre de 1899.

Otro dato nuevo que se nos ofrece es que cuando la comisión municipal visitó la escuela «ni había libros ni menage [sic] que valen la suma de cinco pesetas por más que el Señor Maestro diga otra cosa». Por otro lado, se confirma que era habitual verlo en los mercados de Avilés y de Oviedo «no solo para comprar lo que la escuela necesita sino para otros asuntos a que se dedica y entre ellos á curar enfermos, hasta el punto de expedir recetas con su firma como lo han visto algunos individuos de esta corporación».

Tampoco libraba del análisis su actitud hacia la religión especialmente hacia el precepto pascual, siendo imposible encontrar «testigo alguno que pueda afirmar si cumple o no» con esa obligación.

No conocemos el resultado final del informe, pero el hecho de que el periódico El Progreso de Asturias publicara el 15 de octubre de 1901, la noticia de que la escuela de niños de Arlós, dotada con 625 pts., se iba a cubrir por concurso de turno único y que los aspirantes tenían 30 días para hacerlos, nos hace sospechar que la investigación pudo haber concluido con la destitución de Manuel Rodríguez Pérez como maestro de la parroquia.

Acta del 14 de octubre de 1899.

Las escuelas del concejo en el siglo XIX (2)

Apertura del acta del pleno municipal del 30 de abril de 1898.

En julio del año pasado escribí un primer artículo dedicado a la situación de las escuelas en el concejo en la siglo XIX, que se puede leer pinchando aquí, y anunciaba un segundo referido al contenido de un informe elaborado por el inspector educativo, Dimas Rojas González, en el año 1898.

Este documento de especial interés para nuestro concejo, lo conocemos gracias a que se leyó en el transcurso de un pleno monográfico sobre el asunto, que se celebró el 30 de abril de ese año, cuyas actas se conservan en el archivo municipal de Llanera. En ese informe se recorre la situación de los centros educativos y del mismo se aprecia claramente el nivel de deficiencia que existía en las mismas.

El inspector quedó muy poco satisfecho de su visita a las escuelas del concejo, como aparece expresado de forma muy clara en el arranque del acta municipal: “Que tan disgustado se halla a causa del nada satisfactorio estado de la casi totalidad de las escuelas del concejo que no puede por menos de significarlo a esta Corporación en primera línea, si bien con harto sentimiento y por obligar a ello el cargo que desempeña”.

Escuelas de Sta. Cruz y de Pruvia.

Empezando por la parroquia que acoge a la capital municipal, Rondiella, el inspector encuentra «deficiencias reglamentarias en los registros» y señala la falta de asistencia de los alumnos en una escuela de grado elemental. En el caso de Arlós, un total de 79 niños y 57 niñas, de los cuales acuden regularmente 70 entre ambos sexos, comparten un espacio de apenas 17 metros cuadrados. Con razón el inspector afirma que es imposible dar clase en esas condiciones, además de encontrar malas las condiciones higiénicas con un aire viciado en el interior. Además, incidió en el aspecto legal de no estar permitida la enseñanza mixta en las escuelas elementales y en las parroquias de más de 800 habitantes, como era el caso, era obligatorio contar con una escuela de niñas. Ante la situación, el inspector decidió enviar para casa a las niñas presentes, un total de 21.

Sin embargo, entiende que “la instrucción de los niños se extiende á la que en la generalidad de las asignaturas del grado elemental y está en buen estado relativamente á las muchas faltas de asistencia”.

Fragmento del acta del 30 de abril de 1898.

En Santa Cruz, parece que el principal problema que observa Dimas Rojas, es la falta de nivel educativo, de tal forma que amenaza al maestro con la jubilación en el caso de que en próxima visita la situación no haya mejorado. Tampoco sale bien parado el docente de Pruvia, quien, en opinión del inspector, no sigue los criterios pedagógicos ni respeta el reglamento. En Lugo aprecia problemas de salubridad y masificación, además de encontrar a niños y niñas compartiendo el mismo espacio, aún habiendo una escuela específicamente para niñas. Claro que esta última tenía unas dimensiones de 3,08 m por 2,08 m. para 56 alumnos (22 niños y 31 niñas), todos ellos respirando un aire insano. Mandó marchar a los niños.

Mejor iban las cosas por Bonielles, gracias a un maestro activo y que «se esfuerza para que los niños aprendan» a pesar de que su titulación es la más básica posible. Todos sus alumnos saben leer, no todos saben escribir y muy pocos tienen conocimientos de aritmética según el inspector. Las escuelas de San Cucufate y de Ables recibirán la visita de la junta, previsiblemente la de Primera Enseñanza, por lo que se deja para esa visita la elaboración del informe sobre su situación, aunque de la primera se dice que está «en estado regular».

Fragmento del acta del 30 de abril de 1898.

En Cayés, Rojas González, encuentra que el maestro cumple «regularmente» con su cometido, mientras que en Ferroñes el docente «es trabajador y sus alumnos obtienen resultados», lo que convierte a su escuela en un centro de atracción de alumnos procedentes de otras parroquias vecinas, lo que demuestra la existencia de una cierta preocupación por parte de las familias de enviar a sus hijos a la escuela en la que podían obtener mejores aprendizajes.

Finalmente, Villardeveyo da la impresión de rozar el desastre más absoluto, ya que a pesar de tener un maestro con formación superior, no había ni organización ni método, tampoco había libros para uso de los alumnos y el material disponible era muy escaso mientras que la asistencia era muy baja. Ante el inspector, el docente explica que se lleva dos meses delicado de salud, disculpa que no impide que sea amonestado por el inspector, quien termina recomendando al ayuntamiento que se lleven a cabo exámenes anuales a todos los alumnos y se vigile la administración del material para evitar abusos.

Al final de la sesión plenaria, el alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, da las gracias al inspector “por lo bien que se enteró de la enseñanza de las escuelas de este término municipal”, y se ofreció, de acuerdo con la junta local a “corregir todas las faltas y cuenta con todos los maestros que si bien hay algunos que no responden á los sacrificios que este Ayuntamiento hace por la enseñanza, sin embargo en su mayoría son celosos”, y se espera que en próximas inspecciones la imagen que se lleve el inspector de las escuelas del concejo, haya mejorado.

Fragmento del acta donde se mencionan las escuelas de Cayés, Ferroñes y Villardeveyo.

Documentos inéditos amplían la nómina de alcaldes del siglo XIX

Comunicación del alcalde al pedáneo de Lugo del 29 de julio de 1848.

Al igual que mi artículo anterior, este debe mucho a la generosidad de un vecino de nuestro concejo, a quien agradezco infinitamente que me proporcionara el conjunto de documentos, fechados entre los años 1847 y 1848, que son la base de este artículo y que permenecían inéditos hasta ahora. Se trata de alrededor de una veintena de comunicaciones enviadas por los alcaldes del municipio, Francisco Rubín de Celis y Ramón Ablanedo, al pedáneo de Lugo, Francisco Álvarez Guerra, y que fueron agrupadas de forma somera con un cordel sin guardar un orden cronológico.

Hay que tener en cuenta que estos son los documentos más antiguos relacionados con la actividad municipal, que parecen conservarse, toda vez que en el archivo municipal se conservan las actas municipales desde 1859. Documentos que nos permiten, además, añadir dos nombres más a la lista de alcaldes del concejo, como son los de Francisco Rubín de Celis y Ramón Ablanedo. Hasta ahora encabezaba la lista Antonio López Coto, quien dirigió los destinos municipales entre 1859 y 1861.

La serie de documentos se abre con dos relacionados con el nombramiento de Francisco Álvarez como alcalde de barrio de la parroquia de Lugo de Llanera, por el Gobierno Político de Oviedo, cargo que sería efectivo una vez que prestase juramento ante el alcalde el 1 de enero de 1848. Así se lo comunica Francisco Rubín, quien estaba ya al final de un mandato que previsiblemente habría dado comienzo en enero de 1846, toda vez que la primera comunicación que recibe el nuevo pedáneo de Lugo, ya está firmada por Ramón Ablanedo.

Nombramiento de Francisco Álvarez como pedáneo de Lugo.

Esa primera comunicación tiene fecha del 8 de enero de 1848, y en ella se le pide que a la salida de misa informe a los asistentes de la necesidad de, aquellos que lleven «terrenos aforados por el Ayuntamiento», cumplan con el pago de la renta o canon correspondiente, cuyo plazo «venció el último Sanmartino», con un plazo de seis días para hacerlo, pasados los cuales se procederá al cobro por la vía de apremio.

Los temas relacionados con el pago de impuestos van a ser uno de los de mayor presencia en las comunicaciones, y en ocasiones misiones desagradables relacionadas con ello. En febrero recibirá la orden del primer edil de convencer al pedáneo anterior de la necesidad de entregar en el ayuntamiento las cantidades abonadas por los vecinos de Lugo, y le insista en «que al preciso termino de veinticuatro horas ponga en poder del depositario del Concejo las cantidades que se hallan recaudadas y el resto lo verifique al tercero día».

También en febrero, el pedáneo tuvo que hablar con un tal Pedro Fernández, uno de los cobradores de tasas e impuestos con los que contaba el ayuntamiento, para recordarle la necesidad de que «haga la paga del segundo semestre y rentas del anterior dentro de segundo dia pena de apremio».

Detalle de la comunicación del 16 de septiembre de 1848.

El aviso a los vecinos a los que les tocaba presentarse para el sorteo del servicio militar, será otra de las funciones que cumplían los pedáneos, para lo cual recibían como podemos ver en la imagen superior, un listado con los jóvenes que tenían que presentarse en el ayuntamiento para la talla. Convocatoria que se publicaba en misa, y se les advertía de que de no presentarse voluntariamente, sería el alguacil el encargado de proceder a su conducción teniendo que correr los padres con los gastos que se pudieran derivar de la gestión.

La seguridad pública va a ser otro de los cometidos del alcalde de barrio, al hacerle responsable de la elaboración de un censo de armas en el que estuvieran incluidos todos los vecinos «y mas personas de casa de cualesquiera edad y estado, quien sean, sin quedar una, bajo de toda responsabilidad y se remitirá dentro de ocho dias sin quedar alguna», según la instrucción recibida en enero, no consta el día, de 1848. Asimismo, se le autoriza para tomar «cuantas medidas le dicte su celo», incluso con la formación de «patrullas por las noches (…) con los vecinos honrados», con el fin de conservar el orden público en la parroquia.

Comunicación del 22 de abril de 1848.

Otras veces se le informa de sucesos acontecidos en la parroquia, como fue el caso del incendio intencionado de una vara de hierba propiedad de Ramón Fernández, en Castañera; o se le piede un relación de «todas las personas que en esa parroquia haya entegadas ala vagancia o se hallan mal entretenidas».

Igualmente, censos de propiedad de animales para establecer las correspondientes cargas impositivas; recordar a los vecinos la obligación que tenían de proceder a la plantación de árboles en los «montes llamados del Rey»; o recibir comunicaciones de nombramientos o destituciones, como ocurrió con Francisco Carril, de Fonciello, destituido de su cargo de montero «por no saver [sic] escribir», nombrándose en su lugar a Francisco Martínez, de Silvota.

Otras veces era por relevo natural al cumplirse el periodo de permanencia en el cargo, como le ocurrió a Francisco Díaz del Río, quien después de haber «servido el año de cuarenta y cinco y cuarenta y seis», era sustituido como montero del barrio de Castañera, por José Alonso Casaprín.

Comunicación del 13 de mayo de 1848.

En definitiva se trata de un conjunto escueto de documentos, a través de los cuales nos podemos hacer una idea más clara de algunos de los aspectos que regían las vidas cotidianas de nuestros convecinos decimonónicos, además de, como ya hemos puesto de manifiesto, retrotraer el listado de alcaldes del municipio hasta el año 1846 y aportar dos nuevos nombres a la misma.

Y los vecinos de Ferroñes se organizaron para celebrar las fiestas

En el lejano año de 1893 cuando los vecinos de la parroquia de santa Eulalia de Ferroñes, dejaron por escrito su voluntad de seguir celebrando las tres fiestas que se venían organizando «desde tiempo inmemorial» en la misma. Eso no es lo excepcional, y sí lo es que se haya conservado y llegado hasta nosotros el documento en el cual el vecindario dejó por escrito la voluntad de que eso fuera así, y se distribuyeran las funciones entre el mayordomo de la iglesia y los vecinos de la parroquia.

Encabezamiento del documento por el que mayordomo y vecinos se reparten las obligaciones en la organización de las fiestas parroquiales. Reproducción del autor.

Gracias a la generosidad de un vecino de una parroquia aledaña, tuve acceso a ese documento que en este momento saco a la luz por vez primera. Está formado por cuatro páginas, de las cuales casi tres son de firmas de vecinos, un total de 60, de las cuales únicamente tres son de mujeres, lo que nos hace deducir que son viudas, ya que en el documento se señala que las firmas son una por familia, lo que también no da una idea del número de casas con las que contaba la parroquia, suponiendo que todas ellas suscribieran el documento, algo que parece perfectamente posible.

El hecho de que los vecinos y el párroco vieran la necesidad de poner por escrito las obligaciones que se contraían para poder seguir adelante con las fiestas, nos hace sospechar igualmente, que la organización de las mismas podía estar pasando por dificultades, precisamente por no estar claras las responsabilidades del mayordomo de la iglesia, por un lado, y de los vecinos, por otro, lo cual podría estar poniendo el riesgo el desarrollo de las tres festividades anuales celebradas en la parroquia desde la noche de los tiempos.

Iglesia parroquial de santa Eulalia de Ferroñes.

Esas festividades, como aparecen reflejadas en el documento, eran las de santa Eulalia «en su día, Frutos el día de San Pedro, y el Sacramento, el segundo domingo de Agosto. En este día habrá dos misas por razón de la mayor solemnidad y número de concurrencia».

Además de asegurar la continuidad de los festejos, la otra intención que lleva a la redacción de este documento, es que organización sea «a la vez menos graboso [sic] al Mayordomo que sea nombrado, y que este no pueda evadirse del compromiso adquirido sin causa justificada á conocimiento de todos los interesados». De ahí la necesidad de dejar claras las obligaciones de ambos. Así, el mayordomo se compromete a la organización de las fiestas, mientras que los vecinos se obligan a sufragarlas económicamente, con una cantidad fija por hogar, de tal forma que si una de las dos partes no cumpliera con su parte del compromiso, ambas «tendrán el derecho de demandarse los unos a los otros, esto es, el Mayordomo para que le paguen y los demás para que cumpla con su cargo, recayendo todos perjuicios sobre el culpable.»

Otra de las partes del documento. Reproducción del autor.

Con la firma del documento los vecinos se obligaban a aportar 14 reales por casa al año, pagaderas a lo largo del mes de diciembre, dinero que el mayordomo tendría que invertir en la organización de las tres fiestas anuales de la parroquia que referenciamos con anterioridad.

En el texto se señala igualmente que si algún vecino, no estuviera de acuerdo con la firma del acuerdo «ya sea porque le parezca mucho la cantidad en ella señalada o por cual quiera otra circunstancia», tendría que hacerlo «públicamente por ser público el acto de que se trata y a la vez conveniente para saber á que atenerse tanto el Mayordomo como los vecinos», lo que no deja de introducir un fuerte componente de presión social a la que sería muy difícil oponerse.

El párrafo se cierra de una forma no menos expresiva: «Y en el caso de oponerse se excluirán del número de los demás vecinos en el asunto de que se trata los que se tendrán por rebeldes y enemigos de dar culto a Dios». Casi nada.

Detalle de las firmas contenidas en el documento. Reproducción del autor.

El listado de todos los firmantes es el siguiente: José González, José Rodríguez, Manuel García, Ramón González y Díaz, Ramón Rodríguez Rodríguez, Rosendo Rodríguez, Ramón González, José García, José González, José Fernández Morán, Francisco González, Bernardo Rodríguez, Manuel Alonso, Francisco Martínez, Antonio Álvarez, Manuel García, Manuel Martínez y Díaz, Dabiz [sic] Álbarez [sic], Nemesio Martínez, Pedro González, Pedro Suárez, Francisco Suárez, José Rodríguez, Juan García, Ramón González, Ramón (…), José Rodríguez Espina, José García Monte, José Martínez, Manuel Menéndez, María Rodríguez, Agustín Álvarez, Bernardo Martínez, Pedro Rodríguez, Ramón Martínez y Díaz, Francisco Martínez, José (…), Vicente Díaz, José Quintana, Manuel García y Díaz, Ramona Menéndez, José González, Ramón Álvarez y Suárez, José Illanes, Fernando Solís, Josefa Sánchez, José González, Manuel Lorenzo, Ramón García, Emilio Martínez, Juan Suárez, Josefa Álvarez, Celestino Martínez, Faustino González, Segunda (…), José Díaz Braña, José Álvarez Guerra, Francisco Rodríguez, Juan Martínez del Mozo, Bernardo Losa.