El coche de la polémica

En el artículo anterior hacía referencia a la decisión tomada por el ayuntamiento presidido por Celestino Tresguerres, de dotar al consistorio de su primer vehículo oficial, y adelantaba que la compra traería consigo una polémica que se arrastraría hasta el año 1932, en el que el asunto se cerró de la manera que vamos a ver.

Una vez concluida la dictadura de Primo de Rivera en enero de 1930, uno de los cambios que vivió la situación política nacional fue el regreso a los ayuntamientos democráticos, muchos de los cuales, el de Llanera incluido, empezaron a revisar todos los acuerdos tomados durante el periodo dictatorial declarando muchos de ellos como lesivos para los intereses municipales y, en nuestro caso, la compra del Peugeot 11 hp fue uno de ellos.

Un coche que, ya durante el periodo de Tresguerres, había sido sustituido por un Fiat, del que no tenemos más detalles, por medio de un acuerdo plenario de marzo de 1929, y que para para marzo del año siguiente aún no había sido pagado en su totalidad, como demuestra el hecho de que en la sesión del 8 de marzo de 1930 la nueva corporación decide suprimir del presupuesto municipal una partida de 3.000 pts «para pago de parte del importe del automóvil Fiat del Ayuntº».

En marzo de 1930 se decide suprimir la partida de 3.000 pts para pago parcial del Fiat.

Apenas una semana más tarde, el asunto saltó a las páginas del diario gijonés El Noroeste, de tendencia republicana y próximo al Partido Reformista, en las que en la edición del día 15 se podían leer con todo detalle el coste que para el ayuntamiento había tenido el vehículo municipal. Así, se decía que el precio del Peugeot había sido de 8.500 pts, el cual se había cambiado por un Fiat «grande, dando, además, 9.000 pts.»

Un coche que a lo que parece «no quiere andar», y en el que se habían gastado 17.500 pts, una cantidad nada despreciable para las exiguas finanzas municipales, a lo que habría que añadir los costes de mantenimiento que estaban entre las 2.000 y las casi 2.500 pts, aparte de hacer frente a los plazos de pago de la compra del vehículo. Según la información contenida en El Noroeste, incluyendo algunos gastos de representación, se habría llegado a las 25.000 pts.

Información sobre los gastos ocasionados por el coche oficial publicada en El Noroeste.

El asunto volvió a llegar al salón de plenos en octubre de ese año 1930, cuando se lee íntegramente el acuerdo del 11 de diciembre de 1926 para la compra del Peugeot. Los concejales presentes acuerdan de forma unánime declarar ese acuerdo como lesivo para los intereses municipales, reservándose el derecho a acudir al tribunal contencioso para «más adelante».

Ante la situación, el consistorio decide poner el vehículo a la venta, y en la sesión del 8 de noviembre de 1930, el concejal José Rodríguez pregunta en qué estado se encuentra el asunto de la venta, recibiendo como respuesta que se está a la «espera que los peritos nombrados vengan a hacer la tasación».

Volvemos de nuevo a las páginas de El Noroeste, esta vez del 20 de febrero de 1931, para encontrarnos con la publicación de un anuncio de la alcaldía, ya regentada por el reformista Severino Coterón, y gracias al cual sabemos que el modelo de Fiat adquirido por el consistorio era un modelo de 1925 con 20 hp de potencia, alguno más que los 11 hp del Fiat de segunda mano al que vino a sustituir, con 6 cilindros, 7 asientos, descapotable y con 2 ruedas de repuesto. El anuncio señala que las ofertas tendrán que superar las 500 pts, y el vehículo se podrá examinar acudiendo a los almacenes municipales.

Anuncio de la alcaldía referente a la subasta del coche Fiat.

La subasta tuvo lugar en el mes de marzo de ese mismo año, tal y como nos informan de nuevo las páginas de El Noroeste, y al parecer, había tres propuestas encima de la mesa. Una subasta que debió de concluir con la venta del coche para chatarra, como podemos intuir de la lectura de las páginas del periódico socialista Avance del 22 de junio de 1932, en las que se informa de la decisión tomada por el ayuntamiento de satisfacer las cantidades que todavía se adeudaban por la compra del «automóvil adquirido cuando la dictadura y que fue subastado para chatarra».

Así se cerraba el asunto del primer coche oficial del Ayuntamiento de Llanera.

La Colonia Industrial, un antecedente industrial en Pruvia

Plano de la Colonia Industrial proyectada en Pruvia. Diario Región, 6 de febrero de 1931

Ya es casi un tópico que al hablar de Llanera salga a relucir la privilegiada situación geográfica en la que se encuentra, pero eso no hace menos cierta esa afirmación, que viene siendo válida desde que los primeros grupos humanos deambularon por estas tierras, y que luego los romanos convirtieron en un centro neurálgico de su red de calzadas en la región y, ya en el siglo XIX fue ratificada por los nudos ferroviarios de Lugo y de Villabona. En tiempos más cercados el cruce de autopista con autovías y carreteras nacionales, no han sino ratificar ese privilegio geográfico del que disfrutamos.

Lógicamente, los industriales también se dieron cuenta de ello como demuestra la sucesión de noticias que podemos leer fundamentalmente en el diario Región, entre los días 3 y 6 de febrero de 1931, haciéndose eco del interés de medio centenar de productores de bebidas alcohólicas, por abandonar sus ubicaciones en Oviedo para trasladarse a lo que denominaron «colonia industrial», ubicada en terrenos de Pruvia, al pie de la carretera hacia Gijón, y cuyo plano reproducimos en la imagen con la que abrimos este artículo.

Región, 3 de febrero de 1931

La iniciativa de crear esta suerte de antecedente de los polígonos industriales, partió de Sotero Pérez, a la sazón presidente de la Agremación de almacenistas de vinos y fabricantes de licores de Asturias, quien calificó el proyecto como una «necesidad imperiosa», con la idea de «expandir su radio de acción sin las trabas sistemáticas de la que es objeto». Un proyecto además, como escribe el anónimo redactor de Región «responde en todo a las necesidades de la vida industrial moderna que exige gran radio de acción economía para el desenvolvimiento de los negocios».

Con el fin de analizar la viabilidad del proyecto, la junta directiva de la asociación empresarial decide nombrar a cuatro de los asociados, Bonifacio Gutiérrez, Rafael González, Andrés Alonso y Waldo Balbuena, para que hagan estudios y gestiones para que de ahí salga un proyecto «definitivamente realizable».

Región, 4 de febrero de 1931

En las páginas del 4 de febrero, podemos leer en las páginas del mismo diario, una entrevista con el presidente de los almacenistas y productores de bebidas alcohólicas, en la que desgrana algunas de las razones que llevan a la asociación a construir esa colonia industrial en Llanera. Así, apunta hacia unos impuestos excesivos que se pagan en Oviedo: «Nos aplastan, aún no hemos salido de unos, encauzando nuestras actividades, cuando ya se establecen otros», subidas que terminan repercutiendo en el precio de sus productos al público.

Con el trasladado, el presidente de los empresarios, calcula un gran ahorro para las contabilidades empresariales, habida cuenta de que los impuestos de un año en Llanera eran una décima parte de los que se veían obligados a pagar en la capital asturiana

Para llevar adelante la construcción de la infraestructura, Sotero Pérez desvela que se encargaría de ello una sociedad catalana, que sería tanto la encargada de comprar los terrenos como de levantar los almacenes, de tal forma que «ni los fabricantes ni los almacenistas tendrán que hacer ningún desembolso previo», y el pago sería «mensual, contra letras aceptadas».

El colectivo empresarial ya se habría puesto en contacto con el Ayuntamiento de Llanera, para trasladarle la idea, y el presidente afirma en la entrevista que el alcalde les había dado toda clase de facilidades, apuntando hacia unos terrenos considerados como idóneos en la zona de Las Cabañas.

Región, 5 de febrero de 1931

Lógicamente, el periódico ovetense se puso en contacto con el regidor de la capital con el fin de pulsar su opinión al respecto. En ese momento, ocupaba el sillón de primer edil de forma interina, Antidio Mauri. Preguntado por el periódico, Mauri, también presidente de la Comisión de Hacienda del ayuntamiento, manifestó que el traslado de los industriales a Llanera no iba a tener ninguna repercusión negativa en las arcas municipales, ya que «sólo tributan por las ventas que hacen dentro del concejo; la mercancía que expenden para otros concejos no satisfacen por ella arbitrio de ninguna especie».

En La Voz de Asturias, que ese mismo día se hace eco del proyecto de los industriales ovetenses, se recogen algunas declaraciones más del alcalde accidental al respecto. Además de insistir en el hecho de que los industriales pagan por las bebidas que venden, añade que «de seguir abasteciendo a la clientela que tengan en el concejo de Oviedo, no tendrán más remedio que pagar. Los perjuicios, en todo caso, serán para ellos, que tendrá que pagar transportes».

La Voz de Asturias, 5 de febrero de 1931

A esas declaraciones del alcalde ovetense, responde Sotero Pérez de nuevo desde las páginas de Región al día siguiente, y entrando en el desglose de gastos, afirma que el Oviedo las tasas impositivas les suponen un desembolso supresión a las 8.500 pts., mientras que en Llanera se quedarían en poco más de 3.400 pts., suponiendo un ahorro anual en torno a las 5.200 pts. Ahorros que permitirían a los fabricantes de licores «amortizar sus almacenes en 5 años y a los expendedores de vinos en 10 años».

Unos almacenes cuyo coste cifra en 15.000 pts. sin contar el precio del solar, por lo que el montante final «echando muy por largo, no subiría de veinticinco mil pesetas cada uno», en palabras de Sotero Pérez, quien también desvela que la colonia se proyectaba construir sobre una superficie rectangular de 300 metros cuadrados «con comunicación directa a la carretera que va de Biedes a La Campana, la cual enlaza con la de Oviedo-Avilés, y prosigue a unirse con la de Adinero-Gijón, en el punto conocido por Pruvia».

Asimismo, se tendría que construir una vía ferroviaria de 275 metros de longitud que uniera el tendido del Ferrocarril del Norte con la colonia industrial. Una obra cuyo coste no desvela al «hallarse supeditado a los gastos de expropiación, facilidades otorgadas por la Compañía y trámites complementarios acerca de la División de Ferrocarriles».

Región, 6 de febrero de 1931

No cabe duda de que este es el antecedente, si bien fallido porque no hay constancia de que este proyecto finalmente se llevara a término, de la posterior relevancia que tendrá Pruvia en el establecimiento de empresas industriales, de servicios y de hostelería que se fueron instalando en la zona en las décadas posteriores a la Guerra Civil, si bien no de una forma tan clara y planificada como se quiso llevar a cabo en ese año de 1931.

El ayuntamiento no se libró de los cacos

Como cualquier otro vecino, faltaría más, los cacos también tenían las puertas abiertas del ayuntamiento para plantear su problemática concreta, aunque también es cierto que les gustaba más acceder al interior del edificio consistorial con nocturnidad y alevosía, para llevar a cabo sus intenciones delictivas en el interior del mismo. Así aconteció en al menos cuatro ocasiones en los años 30, una en 1931 y las otras tres en un breve intervalo de tiempo entre los meses de mayo y agosto de 1934, como así ha quedado reflejado en seis actas de sesiones plenarias del Ayuntamiento de Llanera.

Severino Coterón, a la sazón alcalde del municipio, informó a sus compañeros de corporación, en la sesión el 25 de mayo de 1931, que el sábado anterior se había producido un allanamiento de la Casa Consistorial, después de que los asaltantes accedieran al interior a través de la puerta del patio, que les permitió, a su vez, abrir la puerta del juzgado (ayuntamiento, juzgado y calabozos compartían el mismo edificio), para luego acceder a las oficinas «violentaron los cajones de la mesa de Intervención y el archivador del Sr. Secretario, abrieron los cajones de las mesas de Secretaría e intentaron abrir sin conseguirlo, la mesa del salón de sesiones», tal y como se recoge en el acta plenaria.

Fragmento del acta del 25 de mayo de 1931, en la que se informa sobre el asalto sufrido por el ayuntamiento unos días antes.

Una vez revisado parece que la acción de los amigos de lo ajeno se limitó a dejar papeles revueltos, sin que se echara nada en falta, lo que no impidió que el domingo por la mañana, al detectarse la intrusión, se diera parte a la Guardia Civil, al Juzgado y al gobernador, quien procedió al envío de varios agentes de policía.

Más fructífero para los ladrones resultó el asalto producido en la madrugada del 8 al 9 de mayo de 1934, que se saldó con un botín de 65,20 pts. Esta vez los asaltantes fueron más osados que los de tres años antes, y accedieron al consistorio por la puerta principal para luego pasearse a sus anchas por las oficinas de recaudación de las cédulas personales, de secretaría y de intervención. El alcalde informa al pleno de que están informadas del hecho la policía, la Guardia Civil y el Juzgado para poner en marcha la correspondiente investigación.

Fragmento del acta del pleno del 9 de mayo de 1934.

De nuevo en julio el ayuntamiento recibe tan indeseada visita, y esta vez es el secretario municipal quien traslada a los concejales la información acerca del allanamiento el sábado anterior. Según el informe del secretario municipal, no se nota la falta de ningún documento, aunque el hecho de que violentaran las mesas, los armarios y revolvieran el archivo, hace que se vaya a tardar un tiempo en comprobar si efectivamente falta alguna cosa o no. El funcionario pide a los concejales que «se adopten medidas de seguridad que pongan fin a estos frecuentes robos que deterioran el mobiliario y originan grandes molestias al desordenar todos los papeles».

Fragmento del acta del pleno del 6 de julio de 1934 el cual el secretario informó del último asalto sufrido por el ayuntamiento pocos días antes.

Para mantener la racha, en agosto se volvió a las andadas, concretamente el día 16. El secretario y el interventor se quejan de que el archivo quedó completamente desordenado, aunque no parece haber desaparecido ningún libro de actas o de contabilidad o de documentos relevantes. Lo que sí se llevaron los cacos fue una de las dos máquinas de escribir Continental con las que contaba el ayuntamiento, lo que supone un trastorno importante para el desarrollo de la actividad normal del consistorio.

Uno de los concejales, Benigno Cuervo, recuerda a sus compañeros que en una sesión anterior, se había tomado la decisión de «reforzar las ventanas y puertas con barras de hierro y que ya debió de haberse hecho». El alcalde afirma que se hizo el encargo al taller de los González, pero que estos aún no han cumplido con el mismo. Agustín González, también concejal, insiste en que esas barras «no deben ponerse en determinadas ventanas o huecos sino en todos, sin excepción alguna».

Fragmento del acta del pleno del 22 de agosto de 1934.

Si en los asaltos anteriores no tenemos noticia acerca de si los autores fueron detenidos o no, en este caso sí sabemos que en el mes de septiembre, estaban puestos a disposición del Juzgado de Oviedo, varios individuos acusados de ser los autores del robo de la máquina de escribir, instrumento que, además, iba a poder recuperar el ayuntamiento, junto con los «demás objetos robados», según la información ofrecida por el alcaldes a los ediles en el pleno del 12 de septiembre.

Fragmento del acta del pleno del 12 de septiembre de 1934.

Unos días después, el 26, se discute en pleno si al ayuntamiento le merece la pena personarse en la causa contra los últimos asaltantes del edificio consistorial, tomándose la decisión de no hacerlo habida cuenta de que se habían recuperado los objetos robados, y de acelerar las gestiones con el fin de colocar trancas en puertas y ventanas «y nada más para evitar gastos». Las arcas municipales no estaban para alegrías y menos que lo iban a estar.

Acta del pleno del 26 de septiembre de 1934, en el cual el ayuntamiento decide no personarse en la causa contra los asaltantes.

El teatro aficionado en Cayés en los años 20 y 30

Integrantes del Cuadro Artístico de Coruño. Región 23 de abril de 1926.

Dedicaba mi artículo anterior a contar las andanzas del Cuadro Artístico de Lugo, en una primera aproximación al teatro aficionado en nuestro concejo, en las décadas de los años 20 y 30. Esta vez fijo la atención en los entusiastas del arte de Talía en la parroquia de Cayés, concretamente del barrio de Coruño, y, en menor medida también en los de Posada, de los que hay muy pocas referencias en la prensa del momento, lo que me hace pensar, al menos de momento, que tuvo menos arraigo esta afición teatral.

La primera mención a la existencia de un grupo de teatro en el barrio obrero de Coruño, vinculado a la Fábrica de Explosivos, la encontramos en una breve información publicada en La Voz de Asturias, el 24 de febrero de 1926, en la que se explica que el domingo anterior, un grupo de jóvenes había organizado una velada teatral, no se nos dice donde aunque previsiblemente sería en el mismo local en el que la Sociedad El Recreo llevaba a cabo sus actividades, con la puesta en escena de la obra Los peligros de mentir, una «hermosa comedia» que se representó «muy a satisfacción del numeroso público que acudió a presentarla».

La Voz de Asturias, 24 de febrero de 1926.

El Salón García de Lugo de Llanera, unos días después, fue el escenario que vio una nueva representación de esa obra, dejando «una grata impresión» entre el público de Lugo, recoge la La Voz de Asturias, en una información que nos permite conocer los nombres de los integrantes del grupo. En el primer acto intervinieron Fermín González interpretando a De Gálvez; Juan Alonso (Juanito); José Pérez (don Rafael); Celso Díaz (Mateo); Pepe (Jacinto) y Francisco «El Boy» (Liana). En el segundo acto, el protagonismo fue para Valerio Quesada (Bartolo), David «Pupín» (Gazpachu); Luis Menéndez (Bastián) y Jerónimo Macías como apuntador.

La Voz de Asturias, 28 de febrero de 1926.

Animados seguramente por la buena acogida, el grupo volverá visitar el Salón García un mes después, para levantar un programa doble formado las obras El médico a palos de Moliere, y ¡Una limosna por Dios! Un grupo al que debía de dominar un gran entusiasmo, ya que apenas dos meses después, en mayo, ya estaba en disposición de presentar al público otro programa doble formado esta vez por El alcalde de Retortijo, D. Quico Polaina de las Verdes Praderas y el monólogo La buena crianza o tratado de urbanidad. Repertorio que ofrecieron a su público de Coruño en una función en su barrio de origen, y que repetirían al jueves siguiente en Lugo, en el Salón García.

La Voz de Asturias, 9 de mayo de 1926.

Un andar frenético que en algún momento y por circunstancias que desconocemos, se debió de detener, si bien no por mucho tiempo, hasta que uno de sus integrantes David, apodado Pupín, se hizo cargo del mismo pasado el Cuadro Artístico de Coruño a denominarse Cuadro Artístico Pupín, y con esa denominación lo encontramos ya en 1927, en lo que según La Voz de Asturias, era la reaparición del grupo sobre los escenarios. El grupo estaba en ese momento «organizando sus ensayos y presentarán al público un buen escogido programa», con la vista puesta en el día de san José, fecha prevista para el estreno del grupo ante el público. Un grupo formado por «expertos jóvenes obreros y esperamos de tan excelentes artistas unos grandes éxitos teatrales».

La Voz de Asturias 24 de febrero de 1927.

La reaparición tuvo lugar en la fecha prevista en el Salón La Lula, con una estructura de programa ya clásica en el grupo de dos obras teatrales y un monólogo. En este caso, se abrió la función con El miedo ridículo, obra en un acto con Fermín González (Amo de la casa), José Pérez y David «Pupín» (criados) y Ángel Lozano (viajante). Vino seguida por El que la hace la paga o ratones en trampa, con José Pérez, F. González, David «Pupín», Jerónimo Macías, José Antonio y los niños Luis M., Juan A., Ángel L., Francisco J. y Avelino Díaz. «Pupín» cerró la velada recitando el monólogo ¡Cuando el güelu lo diz…! El corresponsal de La Voz de Asturias terminaba su crónica diciendo: «Dado el buen aliciente del Cuadro Artístico, ya visto en otras ocasiones, es de esperar que tendrán un éxito resonante, y del resultado de la velada se dará a conocer a los lectores de este diario».

La Voz de Asturias, 18 de marzo de 1927.

Y así lo hizo unos días después, concretamente el 25 de marzo. De ahí sabemos que el Salón La Lula registró un lleno hasta la bandera, con los actores a la altura de las circunstancias, saldando la primera de las obras con actuaciones que «rayaron a gran altura en la interpretación de dicha obra», mientras que en la segunda todos ellos, niños incluidos, «dijeron admirablemente sus papeles, y el público, agradecido, obsequió al cuadro con muchos aplausos», mientras que el vestuario y el decorado fueron «muy elegante y adecuado», respectivamente. El recitado del monólogo final «dejó al público sin aliente de tanto reírse, recibiendo el incipiente actor calurosos aplausos».

El domingo de la Pascua de 1927, los de Cayés volvieron al Salón La Lula, esta vez para ofrecer al público el monólogo ¡Pobre melandru!, de Pachín de Melás.

Pasará prácticamente un año hasta que volvamos a tener noticias del grupo teatral cayesino, y será con motivo de una actuación conjunta que llevará a cabo junto con el cuadro artístico de la capital municipal. Ambos grupos unieron fuerzas para ofrecer un programa de monólogos asturianos el 25 de marzo de 1928, en el local de Los Chicos, cuya ubicación se nos oculta. El programa incluyó Los rapazos cantariegos, original de Pachín de Melás, interpretado por Antonio y José María; seguido por ¡Pobre melandru! a cargo de «Pupín» y de Lozano, mientras que el propio «Pupín» ponía fin a la función interpretando «La buena crianza o tratado de urbanidad en 17 minutos», que ya formaba parte del repertorio del grupo cayesino desde 1926.

La Voz de Asturias, 25 de marzo de 1928.

Una breve parada para hacer referencia al grupo teatral de Posada, integrado por jóvenes que también formaban parte del equipo de fútbol aficionado El Rápido, y que también serán responsable de la organización de alguna edición de las fiestas veraniegas de la capital municipal, lo que demuestra que se trataba de un grupo muy activo, sin bien no le darían continuidad a la afición teatral, y esa actuación conjunta con sus vecinos de Cayés es una de las dos únicas referencias que tenemos de ello.

El grupo había debutado en febrero de 1928, con la obra El médico a palos, obra que «fue un éxito grande (…) saliendo el público, que era numeroso, gratamente impresionado de la labor notable de los mismos», en una función en la que todos los actores «desempeñaron su papel a las mil maravillas; por eso queremos citarlos individualmente, por que todos tienen muy bien ganado el galardón artístico por su labor educativa».

Región 24 de febrero de 1928.

Después de esa función, el grupo de Coruño parece haber pasado por una etapa de crisis, con un primer anuncio de reaparición para marzo de 1929 en el Salón García de Lugo, reaparición que finalmente no se pudo hacer por causas ajenas a la voluntad del grupo, como explica el diario Región el 14 de marzo de 1929, fijando la fecha definitiva para una semana después. La ausencia de noticias del grupo hasta dos años más tarde, nos hace sospechar que la vuelta a las tablas se hizo esperar más de lo deseado.

Cuando los de Coruño recuperen el grupo teatral, la prensa lo tratará como si fuera un grupo de nueva creación, y se fija su primera actuación para el mes de octubre de 1931 en el local Zapaterín, en la capital municipal. Una velada que daría comienzo a las ocho y media de la noche, con un programa compuesto por textos de Pachín de Melás, como eran Arre Moricu, La herencia de Pepín, y Xuacu busca criau y na… más, junto con Un match de boxeo, de Nieva. «Dado el sugestivo programa es de esperar que obtendrán un buen lleno y nos congratulamos de que los éxitos de tan noveles actores sean coronados».

Región, 11 de octubre de 1931.

«El domingo y con un lleno insuperable, ha debutado en el salón El Zapaterín el novel Cuadro Artístico de Coruño». Así se inicia la breve crónica que incluyó Región en sus páginas unos días después del debut. En ella se nos informa de que el grupo ofrecerá el mismo programa que en Posada, en el salón de El Andaluz, en Pruvia, el domingo siguiente. Una función que no pudieron culminar con éxito, debido a que a la hora de iniciar la función, tal y como podemos leer en La Voz de Asturias del 24 de octubre de 1931, unos chavales azuzados por uno de ellos, interrumpieron la función «abusando de la educación de los jóvenes forasteros» y faltando al respecto a varias de las mujeres allí presentes, de tal forma que el anónimo cronista pide mayor presencia de las autoridades en la zona para que sucesos así no volvieran a repetirse.

Para resarcirse del mal sabor de boca, el grupo fue muy bien recibido en el salón de Amalio Prieto en Balboa (Siero), y la próxima función tenían previsto ofrecerla en la Venta del Escamplero, en el vecino concejo de Las Regueras.

La mala experiencia en Pruvia, no les hizo desistir de volver a acudir a la misma, y para febrero de 1932 tenían previsto el regreso, esta vez con un programa estrenado en el Salón Maravillas de Coruño, propiedad de Vicente Suárez, compuesto por Timidito y Francón, obra en un acto, ¡Ya me ha tocado! y La herencia, de Pachín de Melás. El mismo repertorio lo llevarán a Cancienes al mes siguiente.

Región, 13 de febrero de 1932.

La última noticia que tenemos referida a este grupo con anterioridad a la guerra civil, está fechada el 9 de abril de 1932, cuando el diario Región anuncia que para el día siguiente, el colectivo llevará a cabo una actuación en la Plaza de Abastos de Posada con un programa que se abrió con Los malditos, comedia dramática en dos actos de ambiente asturiano con la participación de Lola Menéndez, Eloína Villa y Libertad Fernández. La segunda obra iba a ser Júntate con buenos y se cerraría con Los años del tío Figuas (juguete cómico en un acto).

La función iba a ser benéfica a favor de María Luisa, hija de Manolo Belín, con el fin de recaudar fondos para la compra de un elemento ortopédico para una de sus piernas. Se pusieron a la venta localidades al precio de 50 céntimos los adultos y de 30 céntimos para los menores, que se podían adquirir en los establecimientos comerciales siguientes: Don Antonio Carús, La Venta del Gallo; Aurelio, Puente de Cayés; Peluquería Rogelio, Coruño; Casa Laureano, Posada; Viuda de Jesús, San Cucufate; Bonifacio, La Miranda; Los Ferroviarios y José Pina, Lugo de Llanera.

Región, 9 de abril de 1932.

Un robo de cine

La estación ferroviaria de Villabona fue el escenario en el que se perpetró lo que podríamos denominar un robo de película. No porque fuera especialmente llamativa la forma de llevarlo a cabo, o porque el ladrón desplegara una habilidad especial, sino simple y llanamente porque los objetos robados fueron dos películas de nombres tan sonoros como Las castigadoras de Broadway y Gallardo y calavera. A todo los hechos saltaron a las páginas de los periódicos El Noroeste y La Voz de Asturias, un 5 de febrero de 1931. Esas fuentes son las que utilizamos para dar forma a este artículo.

Titular de La Voz de Asturias, 5 de febrero de 1931.

Al principio la Compañía del Norte, empresa encargada de la explotación de la línea ferroviaria, no tenía claro si las películas se habían extraviado o si habían sido objeto de un robo, y publicó un anuncio para solicitar la devolución de las cintas si alguien sabía de su paradero. Fue el 26 de enero cuando la policía de Gijón recibió la noticia del robo de las películas, encargándose de la investigación el inspector González Casanave. A los pocos días recibió el soplo de que alguien andaba por Gijón ofreciendo la venta de las películas, lo que fue aprovechado por el inspector y otro agente, para proceder a la detención de un tal Hermógenes Castañón, de 42 años de edad, y como señala La Voz de Asturias «conocido profesional contra lo ajeno».

Después de varias declaraciones titubeantes acerca de si había tenido cómplices o no y sobre el destino de las películas, Castañón terminó confesando haber sido el único autor del robo, aprovechando que el tren se había detenido en la estación de Villabona para hacerse con los seis rollos de Las castigadoras de Broadway y los dos de Gallardo y calavera. Rollos todos ellos que había ocultado en un matorral en las proximidades de Lugo de Llanera. Asimismo, declaró que el industrial gijonés La Osa, iba a ser el destinatario de las cintas.

Programa de mano de la película Las castigadoras de Broadway.

Encaminada la policía hacia el escondite señalado por el caco, por cierto que el valor de lo robado era ni más ni menos que de 42.000 pts de la época, allí estaban únicamente los rollos de una de las películas, sin que la prensa nos informe de cual de las dos se trataba. Eso hizo que los agentes gijoneses se desplazaran en moto a Oviedo para poner el hecho en conocimiento de sus colegas de la capital asturiana al tanto del hecho.

Estos que ya debían de tener a sus sospechosos habituales, apenas si tardaron unas horas con localizar en un chigre de La Manjoya la película que faltaba, además de otra serie de objetos también procedentes de robos. Cuando la prensa nos informa de los hechos, la policía seguía investigando la posible implicación en el hecho del cuñado del ladrón confeso, trabajador del Ferrocarril del Norte, que bien le podría haber dado el soplo sobre el traslado de las películas.

La noticia en La Voz de Asturias del 5 de febrero de 1931.

En cuanto a las películas, Las castigadoras de Broadway es una comedia musical estrenada en 1929 y producida por la Warner, y era una de las primeras películas musicales que se rodaron en color, y en ella se cuenta la historia de tres chicas que intentan conseguir que un millonario patrocine su espectáculo de Broadway. En el año de su estreno fue la película más aclamada por el público norteamericano.

Por su parte, Gallardo y calavera, es igualmente una comedia, romántica en este caso, en la que un joven de la aristocracia londinense y crápula de profesión, se enamora de una chica en un viaje en tren a Biarritz, y después de las idas y venidas típicas de este tipo de argumentos, la cosa termina en boda.

Ganadería, concursos y mercados históricos en el concejo de Llanera

Foto del anuario de La Piedriquina 2020

Ya se puede encontrar en quioscos y librerías el último anuario de La Piedriquina, cuya presentación en sociedad se ha tenido que retrasar virus mediante. Vuelvo a colaborar con el mismo con un artículo que titulo de la misma manera que este artículo, que no es más que un breve resumen de lo que se puede leer en las páginas de la revista. De nuestro municipio, comparto anuario con Chema Martínez, que dedica su artículo a los lecheros y lecheras de la parroquia de San Cucufate.

En mi caso, estudio, entre mediados del siglo XIX y los años 30 del siglo XX, el desarrollo de la ganadería en el concejo, a través de los concursos y mercados de ganado cuyos orígenes también hay que buscarlos en ese siglo XIX, demostrando que la tradición de celebrar este tipo de citas ganaderas, con el fin de ayudar a los ganaderos de Llanera a mejorar su cabaña, en el municipio, es mucho más antigua de lo que se sabía hasta el momento.

Fragmento del acta del pleno del 21 de abril de 1883 en la que se aprobó la celebración del primer concurso de ganado en el concejo.

Antes de eso, ya existía una costumbre inmemorial de celebración de un mercado semanal de productos agrícolas y ganados los sábados, tal y como se deduce del acta de la sesión extraordinaria del 31 de agosto de 1872, en la que se toma la decisión de que sea el ayuntamiento quien autorice, en virtud de sus competencias administrativas, la celebración del mercado semanal “que ya en años anteriores fue concedido por la autoridad competente”, y que ahora a la vista de la conveniencia que tendría para “los intereses peculiares de los pueblos, determinó que se volviera a crear uno en Posada Capital del Concejo” y se toma como referencia el sábado, ya que en ese día “ninguno existe a una distancia considerable.” Ahí está el punto de arranque del mercado semanal de los sábados que se mantendrá hasta bien entrado el siglo XX en la capital municipal.

En abril de 1883 el pleno da luz verde a la propuesta del alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, de crear una exposición de toros sementales, aprovechando que en las cuentas municipales existía la cantidad de 250 pesetas, originalmente destinada a hacer obras en la zona del mercado semanal “estimulando de esa manera el celo de los ganaderos o criadores y fomentar el mercado de ganado que sin duda reportaría veneficios [sic] al concejo”, y se comisiona al alcalde para que redacte el necesario reglamento que regule las condiciones de participación en lo que será el primer concurso ganadero celebrado en el concejo.

Punto 4 del reglamento del concurso de 1883.

Ramón García se aplicó a la tarea y en el mes de junio ya pudo llevar al pleno, concretamente el día 9, un reglamento con 16 puntos. Las cualidades a valorar por el jurado era las siguientes, recogidas en el punto 14 del reglamento: “que el novillo ó toro debe [sic] ser de raza mansa, sano, rovusto [sic] que no tenga enfermedad ó defecto impropio para mejorar la especie, bien hecho de cabeza ligera y corta, con los hojos [sic] negros y vivos, la frente ancha, los cuernos delgados y mas bien cortos que largos y de color claro, las orejas pequeñas y delgadas, el ozico [sic] fresco, los labios gruesos, anchas las espaldas y el pecho, el lomo recto y el bientre [sic] poco abultado, remos un poco cortos y bien aplomados, la cola delgada y bien poblada de cerdas, el pelo de un solo color y bien reluciente.

Casa Trina, Lugo de Llanera. Revista Asturias 1923.

Poco después, en el mes de agosto del mismo año 1883, el ayuntamiento acuerda fechar la feria bautizada como del Santo Ángel, para los tres primeros días del mes de octubre. Para darle difusión a la cita se opta por la publicación de “edictos impresos á las parroquias de este concejo y a los de la Provincia, con cargo al presupuesto de gastos para el mercado.”

Casería de Lugo de Llanera. La imagen apareció publicada en la Revista Asturias en 1919.

Corría el año 1885, cuando el ayuntamiento decide potenciar su política de apoyo a los ganaderos locales, con la instauración de un mercado de vacuno semanal, de la misma manera que ya se venía haciendo, al menos desde 1872 como veíamos al inicio del artículo, con “el de cereales y demás géneros y lo mismo el ganado de cerda.” De nuevo la iniciativa partió del alcalde y los concejales la apoyaron con su voto afirmativo. Uno de los objetivos que se buscaban con esa iniciativa era el de aumentar los ingresos fiscales del consistorio “sin recargo á los contribuyentes vastante [sic] agobiados.” La fecha fijada para poner en marcha este mercado fue la del 6 de diciembre “haciendo ver á los habitantes de este término municipal la conveniencia del mercado para que asistan con sus ganados pues es sabido que el concejo ganaría muchísimo con un centro semanal de transacciones de ganados y cereales.”

La Plaza de La Habana de Posada. La Voz de Asturias 1927.

Después de un periodo en el que la celebración de eventos ganaderos parece haber entrado en un periodo de parón, y no será hasta 1911 cuando el consistorio vuelva sobre esa idea, y el 22 de abril de ese año se retomará la determinación de organizar un concurso de ganado vacuno, ahora ya se le denomina así y no como exposición, que tendría lugar el 25 de julio siguiente. De nuevo, se justifica la organización del concurso por el “gran beneficio para la ganadería y una ventaja para el labrador”, y para dotarlo de mayor aliciente se acuerda conceder “dos premios de 100 pesetas, dos de 50 y dos de 25 para los tres toros y tres vacas de leche mejores de agricultores del Concejo”, premios que se esperaban completar con otros que se solicitarían tanto al ministro de Fomento como al presidente de la Diputación “para el concurso nacional y provincial.”

Xatas rameras en la fiesta de Sta. Bárbara de Posada de Llanera. La foto se publicó en el diario Región en 1925.

A lo largo de la década de los años 10 se van a seguir celebrando algunas ediciones más, de las que doy cuenta en el artículo. En 1916 va a ser el Sindicato Agrario Católico de Villardeveyo, el que empiece con la organización de un mercado ganadero en la parroquia, detrás del cual estaba la figura del conde de Villabona, se dirige al ayuntamiento con el fin de pedir “permiso para reunirse una vez al mes, ó un día a la semana, con sus ganados para poder hacer transacciones en el sitio denominado Villavona [sic] de la parroquia de Villardeveyo, para poder dar impulso a la industria pecuaria de este termino municipal y los pueblos limítrofes.”


Final de la esfoyaza en La Miranda. Imagen del periódico Región en 1925

Durante el periodo de la alcaldía de Celestino Tresguerres, durante la dictadura de Primo de Rivera, se retoma la iniciativa municipal de organizar concursos ganaderos. La inauguración del concurso tuvo lugar el 20 de junio de ese año 1925, tal y como desvela el diario ovetense Región el día 18. Un concurso que dice que es organizado “por entusiastas agricultores de este concejo, y al cual concurrirán con sus mejores reses, los de las once parroquias que lo componen.” Como aliciente para los participantes “se han establecido tres importantes premios, donados por el Ayuntamiento, industriales y agricultores de este término municipal”, y a la vista de la participación que se espera “es casi seguro que el concurso constituya un franco éxito”, termina el suelto.

Vista de la parroquia de Cayés. Revista Asturias 1917.

Efectivamente, debió de ser todo un acontecimiento a tenor de la información publicada en el periódico El Noroeste, unos días después, por un entusiasta cronista, que no duda en escribir que el mercado de Llanera “si se exceptúa el de Oviedo, era el mejor de Asturias”,para ello cita como fuentes de autoridad “a personas que frecuentan los mercados.” En este caso, el volumen de transacciones habría superado las “50.000 pesetas y los ganaderos de Noreña, Balbona y del mismo Llanera, hicieron compras de importancia”, con lo que augura que la convocatoria quincenal del mercado, el primer y el tercer sábado de mes, va a tener un gran impacto entre ganaderos y tratantes. En una cita que reunía tanto vacas como cabras.

Toro ganador del concurso ganadero de Llanera del año 1926. Foto del diario Región.

Además de los concursos y los mercados, se llevaron a cabo otras iniciativas para seguir con la mejora de la condición genética de los animales del concejo, por medio de la adquisición o cesión de sementales. Algunas noticias tenemos de ello en la segunda mitad de los años 20, cuando a través de los sindicatos agrarios vayan llegando al concejo toros gracias a un programa de la Diputación que se extenderá por toda la región. Esos sementales que se entregaban a las sociedades agrarias, eran de “raza suiza” pensando en mejorar las capacidades lecheras de la cabaña ganadera.

Semental cedido al Sindicato Agrario de Bonielles. Región 1926.

Todo esto y mucho más, entre ello el reglamento completo del primer concurso ganadero de Llanera, en las páginas de La Piedriquina.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: San Miguel de Villardeveyo

Iglesia de San Miguel de Villardeveyo.

Con este artículo finalizo la serie dedicada a los expedientes de restauración de las iglesias de Llanera, una vez finalizada la Guerra Civil. En este caso le toca poner el cierre a la iglesia parroquial de San Miguel de Villardeveyo.

Del esplendor prerrománico que alguna vez tuvo, únicamente se conserva una celosía situada en la cabecera del templo y que permite fechar el templo entre los siglos IX-X, correspondiendo a este último siglo la primera mención escrita que encontramos del templo, concretamente en una donación del rey Ordoño II a la Catedral de san Salvador de Oviedo. Además de referencias medievales que sitúan su construcción durante el reinado de Alfonso III, quien ocuparía el trono entre los años 866 y 910.

Fragmento de una pieza prerrománica procedente de la parroquial de Villardeveyo, aparecida hace unos años incrustada en la pared de una vivienda durante unas obras de rehabilitación.

En los siglos XVIII y XIX aparece mencionada san Miguel de Villardeveyo por personajes de la relevancia del polígrafo gijonés, Gaspar Melchor de Jovellanos, quien conoció esta iglesia y la incluyó dentro del catálogo der iglesias prerrománicas tardías. Más tarde, en 1845, José María Cuadrado, ve en ella “rasgos de arquitectura godo-romana anterior a la bizantina, usada en Asturias durante los tres primeros siglos de la monarquía de Pelayo”. En 1848, el historiador y político, José Caveda y Nava fechó su construcción en el siglo X, y cuenta como se encontraba en un lamentable estado de conservación incluso con la techumbre derruida, y ya en ese momento señalaba que el único elemento que recordaba a la fábrica prerrománica era una ventana con celosía. 

Celosía prerrománica ubicada en la cabecera de la iglesia.

Ante la mala situación en la que estaba el templo, los vecinos de la parroquia deciden en 1850 ponerse manos a la obra, y convocar una asamblea con el fin de afrontar la restauración del templo parroquial. El acta está fechada un 17 de noviembre y los motivos que llevan a los vecinos a reunirse tienen que ver con la situación de un templo “enteramente arruinado y expuesto a que suceda algún trastorno o desgracia cuando se hallen en Misa popular”.

La necesidad de afrontar obras con urgencia, queda acreditada en la primera condición que fijan: “Que la obra se principiará inmediatamente que se hallen recursos para su planificación”. Asimismo se deduce que ya se había contactado con algunas personas de la parroquia, algo más pudientes, para ayuda de los gastos y animados “con estos auxilios”, empezaron a dar forma al proyecto.

Portada del proyecto de rehabilitación tras la Guerra Civil.

Otra de las obligaciones contraídas por los vecinos, fue la de “poner a su costa y por su cuenta y riesgo, cuantos materiales se necesiten para la fabricación de la nueva Iglesia y ponerlo en el punto donde se halle la obra”. Para organizar esa entrega tanto el párroco como el vecino, Francisco Rubín de Celis, quedaban facultados para elegir capataces en distintos puntos de la parroquia encargados de que los vecinos de la zona que tuvieran asignada, cumplieran con esa obligación. En el caso de aquellos que carecieran de carro y de ganado para el acarreo de materiales, quedaban obligados a aportar su esfuerzo personal.

Siguiendo con las condiciones pactadas por los vecinos para afrontar la reconstrucción de la iglesia, aquellos vecinos que teniendo carro no acudiera con él para ayudar en los trabajos estaría incurriendo en una multa de 10 reales por cada día de ausencia, mientras que si se tratara de una prestación personal, la multa sería de 4 reales diarios. En ambos casos, el dinero se utilizaría para el pago bien a un carretero bien a un peón, para el “pago y satisfacción á otro operario que sirva en la obra en nombre del rebelde”.


Solicitud hecha por el párroco Rufino Truébano en 1940, al obispado para afrontar las obras de rehabilitación.

En el caso de que el presupuesto asignado, que no se concreta, no llegara para cubrir la totalidad del gasto, la diferencia tendría que ser abonada por los firmantes del acuerdo y por el resto de vecinos de la parroquia, a partes iguales.

Más interesante es la quinta condición, que dice literalmente: “Que para ayuda de la planificación y fabricación de la nueva Iglesia, se aprovecharán de todos los materiales que hoy existen y tiene la antigua, la que se hechará en el suelo”. Eso nos habla del grado de deterioro que tenía el edificio existente y que las obras de reconstrucción, se iban a hacer previo derribo de algunas de sus partes. Actuación que no sabemos hasta qué punto puede haber modificado las proporciones o incluso las dimensiones de la iglesia, que volvería a sufrir, como veremos más adelante, otra reconstrucción importante tras la Guerra Civil.

Otro de los documentos contenidos en el expediente de restauración de San Miguel de Villardeveyo.

Para ejecutar las obras se especifica que “en esta parroquia hay varios Maestros, labrantes, de mampostería y carpintería”, quienes tienen unas minutas de “diez reales el labrante, ocho el mampostero, y otros ocho el carpintero”.

Al año siguiente, abril de 1851, en Posada se firma un nuevo documento gracias al cual sabemos que el coste de las obras iba a ser de 6.360 reales, como mejor oferta recibida, un dinero que  el contratista recibirá en tres pagos, de los cuales 1.000 se entregarán al inicio de la obra, y el resto en dos pagos más según fuera avanzando la obra.

Documentadas asimismo, se encuentran las obras llevadas a cabo en 1884, durante las cuales se colocó el suelo que actualmente se puede ver en el templo, se tapiaron algunos ventanales en el muro norte, y las capillas laterales y la central, serían objeto de reforma, y la que sería la nave sur (en origen se trataría de un templo de tres naves como así lo dejó escrito Bernardo Alonso Ablanedo en 1804, en su Descripción del concejo de Llanera), terminaría por convertirse en el pórtico actual.

Presupuesto de la rehabilitación del templo en 1940.

Si los deterioros de los que tenemos noticia a lo largo del siglo XIX se debieron al paso del tiempo, los sufridos durante la Guerra Civil fueron provocados por la mano del hombre, como se acredita en el expediente 3.505 de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. Un expediente que se inicia el 31 de enero de 1940, con la pertinente petición del secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Oviedo, Rufino Truébano, solicitando ayuda económica al presidente de la Junta Provincial de Regiones Devastadas. Escrito también rubricado por el obispo de la diócesis ovetense.

En este caso, el autor del presupuesto de la obra fue el mismo que ese mismo año haría el referido a la iglesia de san Juan de Ables, es decir, el aparejador, Enrique González Arranz, por un total de 35.353,70 pts. En la memoria que acompaña a este presupuesto, Arranz explica que el templo está construido “a base de la solidez típica en esta clase de construcciones y está exenta de elementos artísticos y ornamentales, como parece fue norma en la construcción de edificios religiosos en este concejo”.

Memoria que acompañaba al presupuesto de la obra.

Asimismo, hace referencia a las obras de 1884 y señala que durante las mismas “se modificó su antigua estructura al ampliarlo bilateralmente a la nave central, sendas edificaciones para atender a las necesidades del culto, abriendo en el muro, mediante pilastras y arcos, comunicación con la nueva capilla”. Dos afirmaciones que parecen desconocer la importancia histórica y artística de la iglesia cuya restauración aspiraba a tener entre las manos, si bien es cierto que hacía ya mucho tiempo que había perdido los elementos más señeros de su origen prerrománico. 

Ejemplo de recibo de las aportaciones económicas, no siempre voluntarias, hechas por los vecinos para la restauración de la iglesia tras el conflicto civil.

En ese mismo año, añade, se “levantó la torre, sobre base rectangular y adosada a la parte anterior del edificio”, a través de la cual se accede a la portada principal de acceso a un templo con una superficie de 337,60 metros cuadrados. “Fue propósito, en parte frustrado, durante el dominio marxista, reducir a cenizas esta Iglesia, para lo cual además de incendiarla intentaron volar sus paredes y apoyos de arcos con dinamita, quedando por tanto destruida toda su cubierta y maderamen y debilitadas sus paredes”, y se mantienen intactas las “paredes del contorno y crujías interiores” a excepción de las “partes en que se provocaron las explosiones en las que se precisa hacer los refuerzos pertinentes”.

Certificado emitido por el secretario municipal accidental.

Como en expedientes que ya hemos visto, el arquitecto de la Comisión de Oviedo de Regiones devastadas, Francisco de Zuvillaga, da el visto bueno al presupuesto en septiembre de 1941, y con todos los informes favorables, el obispo remite, el 17 de octubre de ese mismo año, toda la documentación al Ministro de Justicia. El mismo obispado solicita al párroco de Villardeveyo, Manuel Fanjul Suárez, bajo el reclamo de “urge”, que responda a un cuestionario. Gracias a él sabemos que se habían iniciado las obras dirigidas por Luis López Argüelles, ayudante de minas y fábricas metalúrgicas. 

En el mismo cuestionario se contesta afirmativamente a las preguntas acerca de su estaba construidos los cimiento, levantadas las paredes, la cubierta y los pavimentos, así como si las obras se estaban ejecutando conforme al proyecto. Asimismo, se cifra en 18.670.20 pts la cantidad invertida hasta ese momento en las obras, lo que supone algo más del 50% del presupuesto total de la obra ligeramente superior a las 35.000 pts. 

Cuestionario de avance de las obras.

A la vista de esos datos económicos facilitados por el párroco, se considera que el presupuesto original está “desproporcionado”, por lo que se reduce su cuantía a 28.000 pts “cantidad por la que se propone la aprobación”, según consta en el informe emitido por el arquitecto J.M. Díaz en Gijón el 5 de julio de 1942. Unos días después, el 23 de julio, el obispo de Oviedo envía al presidente de la Junta Nacional de Reconstrucción de Templos Parroquiales, con sede en Madrid, una solicitud de subvención para ayudar al desarrollo de las obras de recuperación de la iglesia de Villardeveyo, por importe de 18.000 pts. La recaudación de fondos para financiar las obras de recuperación del tempo, se habían iniciado muy pronto, como demuestra un recibo emitido a nombre de José Álvarez Álvarez, por importe de cinco pesetas “a cuenta del segundo donativo voluntario de 25 pts para ayudar a la reconstrucción del templo de San Miguel de Villardeveyo”. El recibo está firmado por el tesorero, Luis Roza, y lleva fecha de octubre de 1939. En 2002 se volverán a hacer obras de restauración por un importe aproximado de 27.000 €, que afectaron sobre todo a la cubierta.

Información aparecida en La Nueva España sobre las obras de rehabilitación llevadas a cabo en 2002.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: San Juan de Ables

La iglesia parroquial de San Juan de Ables en una imagen del año 1916.

En el transcurso del alrededor de año y medio que el concejo de Llanera se mantuvo como retaguardia del frente de Oviedo, las iglesias del municipio van a sufrir intentos de destrucción, que les causaron daños de diversa consideración que, una vez finalizada la contienda civil, van a generar la apertura de los correspondientes expedientes de reconstrucción resueltos por la Dirección Regional de Regiones Devastadas y Reparaciones, departamento puesto en marcha por el franquismo con el fin de volver a poner en pie todos aquellos edificios destruidos durante la guerra.

Cinco de esos expedientes los hemos localizado hace ya unos cuantos años, en el Archivo General de la Administración, ubicado en la ciudad madrileña de Alcalá de Henares, todos ellos incoados en los inicios de la década de 1940. Los expedientes, unos más completos que otros, a los que hacemos referencia son los relativos a las iglesias de San Juan de Ables, Santiago de Arlós, San Nicolás de Bonielles, Santiago de Pruvia y San Miguel de Villardeveyo. A ellos dedicaremos los próximos artículos y remitimos al lector interesado en una visión de conjunto, al número 11 de la revista La Piedriquina, editado en el año 2018 en la que firmo un artículo completo sobre este mismo tema.

La parroquial de Ables en una imagen de 2005.

Se trata de un templo parroquial estilísticamente encuadrable dentro del estilo popular que se desarrolla entre los siglos XVII y XIX. La planta de la iglesia se corresponde al modelo de cruz latina, aunque al exterior está oculta por añadidos que se le han ido haciendo al edificio a lo largo del tiempo. Iglesia de buenas proporciones, con coro a los pies de la nave que se separa del altar por medio de un arco de medio punto, y presenta cubierta adintelada en contraposición a las bóvedas de cañón apreciables en los brazos del crucero que remata en una cúpula sencilla. En el aspecto exterior, destaca la espadaña con sendos huecos para acoger la campanas y un magnífico ejemplar de tejo.

Procesión en Ables en el mes de julio de 1924.

Tras la destrucción sufrida durante la Guerra Civil, el expediente de restauración se pone en marcha el 31 de enero de 1940, por medio de un documento firmado por el secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Oviedo, Rufino Truébano, y dirigido al presidente de la Junta Provincial de Regiones Devastadas, solicitando la concesión de la subvención necesaria para proceder a la reconstrucción del templo.

Portada del expediente de restauración de la parroquial de Ables.

El encargado de la redacción del proyecto y elaborar la memoria correspondiente, fue el aparejador, Enrique González Arranz. En ésta última señala que la iglesia es una edificación de “antigua construcción, manifestando aún en la actualidad y en el interior del templo, el cuidado y arte que requieren esta clase de edificaciones.” Un edificio que ocupa una superficie de 441,60 metros cuadrados, y explica las causas del estado de deterioro que se busca financiar a cargo de Regiones Devastadas: “Durante la pasada guerra se intentó destruir este edificio incendiando en su interior montones de madera a puertas cerradas, por cuyo motivo se destruyó el pavimento, la carpintería y gran parte de los techos y cubierta, siendo preciso a su reconstrucción demoler la parte que quedó calcinada: cubierta del pórtico, revestido de las paredes, etc., en la forma que se detalla en los planos y presupuesto que se adjuntan.”

Presupuesto de restauración firmado por el aparejador Enrique González Arranz.

Las obras se presupuestaron en un total de 25.521,61 pesetas, para llevar a cabo una reforma integral desde el tejado (sustitución de la armadura de madera y retejado), sacristías, tribuna (incluyendo los peldaños de acceso), las vidrieras (con herrajes y pintura), y para culminar la obra pintura interior al temple con la aplicación de tres manos. El presupuesto incluía un 5%, es decir, 1.215,35 pesetas de imprevistos.

Las obras irán avanzando, como así queda reflejado en el informe del arquitecto de la Oficina Técnica de la Comisión de Oviedo, de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, José Francisco de Zuvillaga, fechado el 20 de septiembre de 1941, en el que afirma que la iglesia había sufrido “destrucción casi total”, y que en ese momento se encontraba reconstruida “en parte”, y da el visto bueno al presupuesto presentado para su reconstrucción. El 6 de octubre del mismo año, la Comisión de Oviedo, da por bueno el presupuesto, y el día 17 el Obispado de Oviedo envía el expediente al ministro de Justicia.

Informe del 20 de septiembre de 1941.

Sin embargo, la tramitación todavía se alargaría hasta el año siguiente, cuando se le solicita al párroco de Ables, Benjamín Martínez Rodríguez, cumplimentar un cuestionario, en cuyo margen se puede leer: “A devolver consignando los datos que faltan.” En el apartado de observaciones, el párroco de Ables explica que la iglesia “fue destruida quedando sólo las paredes y el campanario. Los vecinos de la parroquia pusieron la cubierta para dedicarla al culto a su espensas [sic]”. En ese momento se habían invertido 2.500 pesetas en la restauración del templo aportadas por los vecinos de la parroquia. Hablamos del 18 de enero de 1942.

Cuestionario sobre el avance de los trabajos de restauración.

Obras llevadas a cabo por Vicente Díaz, y de su puño y letra se conserva un documento justificativo por importe de esas 2.500 pesetas, fechado el 8 de julio de 1942. Dinero que se había empleado en reparar la cubierta, y repartido en 1.000 pts para pagar jornales; de sierra 500 pts; en materiales como cristales, puntas, cerraduras y bisagras, otras 500 pts; mientras que los derechos del constructor de la obra se habían llevado otras 500 pts.

Certificado del número de feligreses con los que contaba la parroquia en 1942.

A la vista de esa justificación, el obispo de Oviedo, Manuel Arce Ochotorena, envía el 23 de julio de 1942, al presidente de la Junta Nacional de reconstrucción de templos parroquiales, una solicitud de subvención por importe de 15.000 pts, y un año después, el 18 de julio de 1943, un arquitecto gijonés redacta otro informe en el cual “vistos los datos consignados en el cuestionario suscrito por el Sr. Párroco, se deduce que existe desproporción entre lo presupuestado y el coste real de las obras, razón que obliga a reducir la cantidad importe de los daños a la cifra alzada de 16.000 pts por la que se propone aprobación.”

Hasta aquí llega la información contenida en el expediente número 3579 de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. La realidad es que de una forma u otra, la iglesia fue restaurada y puesta al servicio de los feligreses de la parroquia.

La extensión del alumbrado público (II): Andorcio (Ables) y Lugo de Llanera

Fragmento del acta del pleno del 13 de agosto de 1927, en el que se pidió la llegada del alumbrado a Guyame (San Cucufate)

Cuando llegamos al año 1927, la capital municipal, Posada, además de Cayés, Ables y San Cucufate, son las poblaciones y parroquias que en mayor o menor medida, incluso polémicas mediante, cuentan con alumbrado público en lo que suponía la llegada de uno de los elementos de modernidad que, poco a poco, se iban abriendo paso en el municipio. Así, no es extraño que otras poblaciones empiecen a demandar ese nuevo adelanto tecnológico como fue el caso de Guyame, perteneciente a la parroquia de San Cucufate, cuya petición fue presentada en el pleno municipal del 13 de agosto de 1927, por el concejal de la parroquia, Eloy Álvarez, y el suplente, Leoncio López.

Ellos pidieron a sus compañeros de corporación «se de la debida protección a los vecinos del barrio de Guyame para que puedan disfrutar del fluido eléctrico al igual que los convecinos de S. Cucufate y Ables.» El resto de concejales se muestran de acuerdo con esta petición siempre y cuando «además de la petición antedicha se comprometen a realizar beneficios para que de esta manera la Sociedad Popular [Ovetense] pueda suministrar a dicho pueblo la luz eléctrica.» Carecemos de datos que nos permitan saber cuándo llegó finalmente el fluido eléctrico a esa población.

El Noroeste, 21 de marzo de 1928. Los vecinos de La Venta del Gallo llevan tiempo pidiendo el alumbrado público sin éxito.

Al año siguiente, 1928, El Noroeste incluye en sus páginas un ruego al alcalde de Llanera, Celestino G. Tresguerres, recordándole que los vecinos de La Venta del Gallo llevan ya un tiempo largo pidiendo contar con alumbrado público, una petición que para el redactor es lógico que se atienda «porque es un barrio de alguna importancia industrial y máxime teniendo en cuenta que en el límite de Lugones se halla establecido.» Tampoco tenemos constancia de cuando fue finalmente atendida esa demanda.

Región, 17 de junio de 1928. Los vecinos de Andordio (Ables) organizan una romería para festejar la llegada del alumbrado.

Si sabemos fehacientemente, gracias al diario Región del 17 de junio de 1928, que los vecinos de Andorcio, uno de los barrios de la parroquia de Ables, se disponían a celebrar, ese mismo día, domingo, a partir de las cuatro de la tarde, la llegada del fluido eléctrico suministrado por la Sociedad Popular Ovetense (SPO). Para ello, los vecinos organizaron «una romería que será amenizada por varios organillos y la música del país.» En el artículo anterior, veíamos como tanto el barrio alto como el bajo de Ables lograban la llegada de la electridad, y con la incorporación del barrio de Andorcio, la parroquia se ponía en cabeza del municipio en cuanto a la extensión de la electricidad.

Región, 7 de julio de 1928. Se pide mejor mantenimiento del alumbrado en Ables.

Una extensión que no estaba exenta de problemas, por la necesidad de hacer un buen mantenimiento de la instalación, y precisamente desde Ables, un mes después de la celebración llevada a cabo en Andorcio, llegan peticiones, a través de las páginas de Región del 7 de julio de 1928, para que el empleado municipal contratado para hacer el mantenimiento eléctrico cumpla con sus funciones, lo que nos hace sospechar que, lo mismo que vimos en su momento con el alumbrado en la capital municipal, en ese año se empezó a poner de manifiesto el descuido en el mantenimiento de la red.

Fragmento del acta del pleno del 11 de diciembre de 1930. Se acepta la oferta de dos vecinos de Cayés para hacerse cargo del mantenimiento del alumbrado eléctrico en el concejo.

Por una pregunta planteada en el pleno del 11 de diciembre de 1930, por el concejal del Partido Reformista, Severino Coterón, sabemos que el alumbrado con el que contaba el municipio a esa fecha, le costaba al ayuntamiento en torno a las 3.000 pts, por el dato facilitado por el interventor municipal. En ese mismo pleno, se trata de la oferta realizada por dos vecinos de Cayés, Benjamín González Suárez y José González, para hacerse cargo del mantenimiento y encendido de todo el alumbrado público de Llanera «poniendo por su cuenta los materiales, comprometiéndose al recambio de lámparas dentro de las veinticuatro horas en que dejen de lucir y al inmediato arreglo de averías, excepto las de los transformadores y líneas en que la fábrica no consiente toquen más que sus empleados y dejando a su servicio al actual empleado de San Cucufate hasta que vaya a cumplir con sus deberes militares, todo por la cantidad anual de mil trescientas pts.» A la vista de las condiciones, el pleno acuerda que ambos se hagan cargo del servicio a partir del día 1 de enero siguiente.

El Comercio, 14 de junio de 1929. Anuncia la próxima llegada del alumbrado a Lugo. Hubo que esperar hasta 1934.

El siguiente núcleo de población del que se empieza a hablar para recibir el fluido eléctrico será Lugo de Llanera en el año 1929. Esta vez será el diario El Comercio el 14 de junio de ese año, el que dé la noticia de que la SPO y su director e ingeniero, Julio Eguilaz, atendiendo a las peticiones que le estaban llegando desde la población, toma la decisión de «surtir de energía eléctrica el mencionado barrio.» El periódico se muestra optimista en relación a los plazos y aventura que «en fecha próxima se celebrará solemnemente la inauguración del alumbrado.»

Región, 28 de junio de 1929. La Diputación aprobó la petición de la SPO de obras para llevar la electricidad a Lugo y Villabona.

La empresa empieza a hacer los trámites para lograr que Lugo cuente con electricidad, y el diario Región nos informa, el 28 de junio, que la SPO solicita a la Diputación la pertinente autorización para construir una línea alta tensión «desde Lugones a Villabona, con objeto de extender lo servicios de alumbrado y fuerza motriz a los pueblos de Lugo y Villabona.» La burocracia administrativa es como es y no será hasta finales del año siguiente, 1929, cuando la SPO reciba el visto bueno al expediente (Región, 13 de diciembre de 1929).

El Noroeste, 16 de agosto de 1934. Las fiestas de agosto sirvieron para inaugurar el tendido eléctrico en Lugo.

Tampoco eso aceleró la llegada del adelanto tecnológico a la población de Lugo, ya que todavía tendría que esperar otros cinco años para ver su anhelo cumplido. El Noreoste, el 16 de agosto de 1934, nos dice que coincidiendo con la fiesta de Nuestra Señora de La Asunción, se producirá la «inauguración del tendido eléctrico», seguramente de ahí «el entusiasmo indecible que reina, se barrunta tres días grandes para todo el mundo, particularmente para la gente bailadora y la gente menuda.» Una alegría que, como casi siempre, no fue completa ya que al año siguiente, el mismo periódico publicaba un elocuente titular: «La estación en tinieblas», seguido de una no menos incisiva apertura: «Nos referimos á la del Norte, ubicada en Lugo de Llanera. A veces ocurren cosas anormales debido exclusivamente al desdén que llega á apoderarse totalmente de los hombres flojos de espíritu, cuando en realidad, con ‘dar vuelta á la hoja’, se penetra en la normalidad de lo anormal, sin necesidad de ser ningún erudito en geometría…»

El Noroeste, 27 de enero de 1935. A pesar de que la población de Lugo ya contaba con alumbrado, este no había llegado a la estación ferroviaria.

En resumen se refiere a la ausencia de iluminación eléctrica de una estación situada a medio camino entre Lugones y Villabona, con un notable tráfico tanto de personas como de mercancías y, al parecer, iluminada únicamente por un farol de petróleo «que como mocho de la vida antigua cuelga de la pared consumiendo un artículo extranjero.» Lo mismo ocurre en la zona de almacenaje de la estación «que es más bien almacén de trastes viejos que de depósito de mercancías.» La sala de espera está igualmente a oscuras, pero eso sí decorada «con infinidad de letreros del departamento de Sanidad dando reglas para lograr la salubridad pública.»

La extensión del alumbrado público (I): Cayés, San Cucufate y Ables

En los dos artículos anteriores a este, hablábamos, respectivamente, de la llegada del alumbrado público a Posada de Llanera en el año 1923, y de la polémica generada al año siguiente en torno a su coste y si tenía que ser el ayuntamiento quien asumiera el mismo, o tenían que ser los vecinos, tal y como defendían dos concejales que terminó generando una amplia atención mediática y una polémica que se tuvo que zanjar en un pleno municipal, a favor de la continuidad del alumbrado y del pago por parte del ayuntamiento. En este tercer artículo dedicado al mismo asunto eléctrico, veremos como a lo largo de los años 20 y primeros 30, esta mejora tecnológica se irá extendiendo a otros núcleos del municipio, empezando por Cayés y pasando por Ables y San Cucao.

El Noroeste 23 de enero de 1923.

De forma lógica, el primer núcleo en recibir esa mejora tenía que ser la parroquia de Cayés, ya que, como vimos, la línea para traer el fluido hasta Posada partía de Cerámicas Guisasola, fábrica ubicada en la localidad de La Venta del Gallo, dentro de esa parroquia. Así, lo hizo saber el diario gijonés El Noroeste, el 23 de enero de 1923, cuando informa de que «hace unos días ha sido instalada la luz eléctrica en el pueblo de Cayés», a través de la Sociedad Popular Ovetense (SPO) y gracias a la generosidad de la firma Hijos de Guisasola, propietaria de la empresa cerámica. El periodista, se pregunta que ya que ha llegado a Cayés, si no será posible su extensión a la parroquia vecina de Ables.

Sin embargo, los vecinos de Ables tendrán que esperar todavía tres años para ver colmadas sus esperanzas de ver llegar el alumbrado público a sus caminos. Así nos lo hace saber La Voz de Asturias el 26 de enero de 1926, cuando informa del desarrollo a buen ritmo de los trabajos para llevar la luz eléctrica por cuenta de la SPO, con la intención de hacerla llegar también a la parroquia aledaña de San Cucufate. Por esa misma crónica, sabemos que otros territorios del concejo estaban demandando la llegada de la electricidad a ellos.

La Voz de Asturias, 26 de enero de 1926.

El hecho de que José Tartiere, conde de Santa Bárbara de Lugones, y gestor de las fábricas de explosivos de Cayés y de Lugones, entre otras muchas cosas, tuviera una propiedad en San Cucufate, fue un elemento que ayudó a la llegada de la luz a esa parroquia. Esa conclusión la extraemos de la lectura del acta del pleno municipal celebrado el 23 de mayo de 1925, y de la moción presentada por el concejal José Alonso Granda que decía lo siguiente: «Que en próxima fecha será instalada la luz eléctrica en la parroquia de San Cucufate; como la instalación ha de ir enclavada en la carretera sería muy necesario establecer seis luces públicas con las que quedaría el pueblo perfectamente adornado. Ruega al propio tiempo que la Corporación haciéndose eco del común sentir de los vecinos de San Cucufate, acuerde consignar en acta un voto de gracias para el Excmo Señor Conde de Santa Bárbara por sus felices gestiones en pro de tan importante mejora.» El resto de la corporación hizo suya la moción aprobada por unanimidad, incluyendo la instalación de seis luces públicas «teniendo en cuenta, tan luego sea un hecho imponer el tributo correspondiente a las personas que les reportan estos beneficios.»

Fragmento del acta del pleno municipal del 23 de mayo de 1925.

La obra no debió de ir tan rápida como esperaba el edil Alonso Granda, casi un año después el diario Región escribía: «La instalación de la luz eléctrica en San Cucufate toca a su fin. Pronto, dentro de muy breves días, lucirá esta en tan simpático pueblecito veraniego.» El vecindario de la parroquia quiere manifestar su agradecimiento a José Tartiere y propone bautizar con el nombre de Avenida José Tartiere la carretera principal que atraviesa el pueblo, a imagen y semejanza de lo que se había hecho en la capital municipal con Prudencio González. Esa información está fechada el 16 de mayo de 1926. Una semana después, la misma noticia, con idéntica redacción, aparecerá en el diario El Comercio. La iniciativa de bautizar al tramo de carretera con el nombre del conde de Santa Bárbara, finalmente nunca se llevará a cabo sin que por ahora, conozcamos las razones para no llevarla a cabo.

Región, 16 de mayo de 1926.

La ansiada inauguración del alumbrado tuvo lugar el sábado 30 de mayo de 1926, haciendo «realidad el suelo dorado de los vecinos de San Cucufate», tal y como escribe Región el día 1 de junio de ese mismo año. En el acto «derrochose en gusto y dinero», siendo el epicentro del festejo la explanada delante de Casa García, donde se instaló «gran número de bombillas de distintos colores, intercalándose varios focos, dando un aspecto sorprendente a la plazuela en la cual el baile y demás festejos celebrados, duraron hasta la una de la madrugada.»

Región, 1 de junio de 1926.

Luego le tocará el turno a la parroquia de Ables, donde el ayuntamiento instalará seis bombillas a petición de los vecinos, nos cuenta El Noroeste el 10 de octubre de 1926, y en marzo del año siguiente, Región mediante, sabemos que la parroquia celebró la llega del alumbrado público a la misma. La celebración se hizo por medio de una «gran romería el domingo último, que estuvo animadísima y se lanzaron a espacio multitud de cohetes.» Algo antes, la electricidad había llegado al barrio de Arriba y ahora sus convecinos del barrio de Abajo se sumaban a ella.

Región, 10 de marzo de 1927.

No acabaron ahí los actos de celebración, toda vez que en el mes de abril de 1927, los vecinos de Ables quisieron agradecer al alcalde, Celestino Tresguerres, la mejora recibida obsequiándole con un «valioso juego de café, verdadera obra de arte, y un hermoso álbum en el que constan los nombres de los vecinos que contribuyeron con su óbolo a tan merecido como justo homenaje de agradecimiento.» Fueron los vecinos Fructuoso Hevia, Vicente Díaz, Enrique Rodríguez y Fructuoso Martínez, los encargados de entregarle el regalo en su casa en el día de su onomástica. Tresguerres agradeció el gesto y «obsequió a los comisionados con pastas y licores.» (Región, 14 de abril de 1927).

Región, 14 de abril de 1927.