Los palacios del siglo XVII en Llanera (I): Villanueva

El Palacio de Villanueva en una imagen probablemente de los años 60. Archivo Ayuntamiento de Llanera.

Se trata de un edificio magnífico que cuenta con la máxima figura de protección de nuestro patrimonio, al estar catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC) desde el año 1995. Afortunadamente, las obras de consolidación de la ruina llevadas a cabo hace unos años, han venido a frenar un deterioro que parecía irreversible. Se trata de uno de los mejores ejemplos de palacio nobiliario insertado en el medio rural de toda la región y que se nos muestra magnífico aun en su estado ruinoso.

El palacio en una imagen del año 2017. Foto: Daniel Mora.

Construcción patrocinada por una familia Valdés cuya vinculación con Llanera hay que buscarla en el siglo XII, cuando García González levanta las primitivas torres de Guyame, mientras que Pedro Menéndez de Valdés recibe la encomienda del concejo de manos episcopales dos siglos más tarde. Su implicación política hará de los Valdés una de las familias relevantes de la Edad Media asturiana, aunque llegados al siglo XVII la rama de los Valdés que seguía asentada en Llanera ya no tiene el mismo esplendor.

El palacio en el año 2012. Foto propia.

La iniciativa de la construcción del palacio fue debida al impulso del matrimonio formado por Andrés de Valdés, escribano de Llanera, y María Alonso de Quirós, responsables además de la fundación del mayorazgo de Villanueva en 1620, renovado por su nieto Álvaro de Valdés Quirós y Navia Osorio en los años 1709 y 1723. El edificio fue conocido como las Torres Nuevas por contraposición a las torres antiguas en las que la familia había tenido su solar desde los siglos altomedievales.

Vista trasera del palacio en el año 2006. Foto propia.

Nos encontramos ante una edificación inscrita nuevamente dentro de postulados clasicistas, de volúmenes claros con una fachada principal de dos pisos flanqueada por sendas torres de cuatro alturas, separadas por unas sencillas líneas de imposta que se convierten en uno de los escasos elementos decorativos de la construcción, junto con los vanos y los escudos, elementos estos últimos que parece que no formaron parte del palacio hasta el siglo XVIII, otorgándosele esa iniciativa a Álvaro Valdés Quirós. Son los elementos heráldicos de las familias Valdés, Bernaldo de Quirós y Navia-Osorio.

Detalle de la fachada en 2010. Foto propia.

Se trata de un palacio de buenas dimensiones con un esquema constructivo muy similar al que veremos en el Palacio de Villabona. De nuevo volvemos a ver un portalón de entrada de buenas dimensiones, lo que permitía la entrada de carros para facilitar la descarga de su mercancía en alguna de las dos estancias comunicadas con el primer piso de las torres. Sobre la puerta de entrada al palacio tres vanos rectangulares con barandilla de madera nos dicen que ahí estaba el salón.

En las torres, rematadas con mansarda, el ritmo de los vanos es de 1-1-2-3, rectangulares los de mayor tamaño y cuadrados los más pequeños. A la altura del tercer piso el espacio entre ventanales es ocupado por los escudos nobiliarios.

Detalle de una de las torres. Foto propia.

El tono amarillento del sillarejo con el que están construidos los lienzos murales, contrasta de una forma pintoresca con los tonos claros de los sillares bien escuadrados con los que se privilegia a las esquinas y los distintos vanos. La ordenación regular de todos los elementos de la fachada principal, se vuelve cierto desorden cuando rodeamos el edificio y nos encontramos con ventanas de distintos tamaños y de distribución irregular, algunos de ellos con apariencia de no pertenecer a la fábrica primitiva.

Escudo nobiliario en una de las torres. Foto propia.

Los espacios de habitación interiores cuentan con un patio como elemento centralizador, esta vez formado por una docena de columnas de orden toscano, a cuya parte superior se accedía a través de una magnífica escalera de piedra, que se ha convertido en uno de los escasos elementos que aún se conservan en pie. Un patio ligeramente desplazado de lo que sería el centro geométrico del edificio, cerrado con un muro telón que puede hacer sospechar la presencia de una cuarta crujía, tal vez rematada con otro par de torres, lo que daría al palacio una apariencia espectacular.

La capilla estaba dedicada a Ntra. Sñra. de Villanueva. Foto propia.

La importancia dada a la fachada principal se remarca con la construcción de la capilla dedicada a Nuestra Señora de Villanueva, adosada a la torre oeste del conjunto. Una capilla a la que María Alonso de Quirós debía de tener un cariño importante y en su testamento de 1620 dice: “tenemos devoción de reedificar la nuestra hermita de nuestra Señora de Villanueva, que nos tenemos en el lugar de Villanueva, y que en ella se digan las dichas treinta y seis misas”. Contó con capellanía dedicada a san Pedro y san Andrés.

Otro de los escudos nobiliarios que se pueden ver en una de las torres. Foto propia.

Desde el punto de vista constructivo, la capilla es de planta rectangular originalmente cubierta con una bóveda que no se ha conservado, con sendos contrafuertes de buen desarrollo al exterior. Lo que sí se mantiene es el arco de triunfo, formado por dovelas pétreas bien escuadradas, apoyado en sendos capiteles moldurados a su vez sustentados en pilares adosados a las paredes de la capilla. De lo conservado, se observa que los muros contaban con una línea de imposta corrida a la altura de los capiteles del arco de triunfo visible también al exterior. En el frente además de la puerta de acceso, se colocan tres vanos para permitir la iluminación interior.

Arco en el interior de la capilla. Foto propia.

Desde el segundo piso de la torre se podía acceder directamente a una pequeña tribuna, como demuestra la existencia de una puerta hoy tapiada, y los arranques de las vigas de madera que sostendrían esa estructura. Se completa la edificación con una espadaña y una sacristía adosada a la zona del altar.

Patio interior del palacio en una foto de 1985.

El que en su día fuera uno de los mejores palacios del siglo XVII de toda la región, se ha convertido en una sombra de esplendores pasados, de tiempos en los que todo el pueblo de Villanueva se congregaba en su finca para celebrar la fiesta de su patrona.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: San Miguel de Villardeveyo

Iglesia de San Miguel de Villardeveyo.

Con este artículo finalizo la serie dedicada a los expedientes de restauración de las iglesias de Llanera, una vez finalizada la Guerra Civil. En este caso le toca poner el cierre a la iglesia parroquial de San Miguel de Villardeveyo.

Del esplendor prerrománico que alguna vez tuvo, únicamente se conserva una celosía situada en la cabecera del templo y que permite fechar el templo entre los siglos IX-X, correspondiendo a este último siglo la primera mención escrita que encontramos del templo, concretamente en una donación del rey Ordoño II a la Catedral de san Salvador de Oviedo. Además de referencias medievales que sitúan su construcción durante el reinado de Alfonso III, quien ocuparía el trono entre los años 866 y 910.

Fragmento de una pieza prerrománica procedente de la parroquial de Villardeveyo, aparecida hace unos años incrustada en la pared de una vivienda durante unas obras de rehabilitación.

En los siglos XVIII y XIX aparece mencionada san Miguel de Villardeveyo por personajes de la relevancia del polígrafo gijonés, Gaspar Melchor de Jovellanos, quien conoció esta iglesia y la incluyó dentro del catálogo der iglesias prerrománicas tardías. Más tarde, en 1845, José María Cuadrado, ve en ella “rasgos de arquitectura godo-romana anterior a la bizantina, usada en Asturias durante los tres primeros siglos de la monarquía de Pelayo”. En 1848, el historiador y político, José Caveda y Nava fechó su construcción en el siglo X, y cuenta como se encontraba en un lamentable estado de conservación incluso con la techumbre derruida, y ya en ese momento señalaba que el único elemento que recordaba a la fábrica prerrománica era una ventana con celosía. 

Celosía prerrománica ubicada en la cabecera de la iglesia.

Ante la mala situación en la que estaba el templo, los vecinos de la parroquia deciden en 1850 ponerse manos a la obra, y convocar una asamblea con el fin de afrontar la restauración del templo parroquial. El acta está fechada un 17 de noviembre y los motivos que llevan a los vecinos a reunirse tienen que ver con la situación de un templo “enteramente arruinado y expuesto a que suceda algún trastorno o desgracia cuando se hallen en Misa popular”.

La necesidad de afrontar obras con urgencia, queda acreditada en la primera condición que fijan: “Que la obra se principiará inmediatamente que se hallen recursos para su planificación”. Asimismo se deduce que ya se había contactado con algunas personas de la parroquia, algo más pudientes, para ayuda de los gastos y animados “con estos auxilios”, empezaron a dar forma al proyecto.

Portada del proyecto de rehabilitación tras la Guerra Civil.

Otra de las obligaciones contraídas por los vecinos, fue la de “poner a su costa y por su cuenta y riesgo, cuantos materiales se necesiten para la fabricación de la nueva Iglesia y ponerlo en el punto donde se halle la obra”. Para organizar esa entrega tanto el párroco como el vecino, Francisco Rubín de Celis, quedaban facultados para elegir capataces en distintos puntos de la parroquia encargados de que los vecinos de la zona que tuvieran asignada, cumplieran con esa obligación. En el caso de aquellos que carecieran de carro y de ganado para el acarreo de materiales, quedaban obligados a aportar su esfuerzo personal.

Siguiendo con las condiciones pactadas por los vecinos para afrontar la reconstrucción de la iglesia, aquellos vecinos que teniendo carro no acudiera con él para ayudar en los trabajos estaría incurriendo en una multa de 10 reales por cada día de ausencia, mientras que si se tratara de una prestación personal, la multa sería de 4 reales diarios. En ambos casos, el dinero se utilizaría para el pago bien a un carretero bien a un peón, para el “pago y satisfacción á otro operario que sirva en la obra en nombre del rebelde”.


Solicitud hecha por el párroco Rufino Truébano en 1940, al obispado para afrontar las obras de rehabilitación.

En el caso de que el presupuesto asignado, que no se concreta, no llegara para cubrir la totalidad del gasto, la diferencia tendría que ser abonada por los firmantes del acuerdo y por el resto de vecinos de la parroquia, a partes iguales.

Más interesante es la quinta condición, que dice literalmente: “Que para ayuda de la planificación y fabricación de la nueva Iglesia, se aprovecharán de todos los materiales que hoy existen y tiene la antigua, la que se hechará en el suelo”. Eso nos habla del grado de deterioro que tenía el edificio existente y que las obras de reconstrucción, se iban a hacer previo derribo de algunas de sus partes. Actuación que no sabemos hasta qué punto puede haber modificado las proporciones o incluso las dimensiones de la iglesia, que volvería a sufrir, como veremos más adelante, otra reconstrucción importante tras la Guerra Civil.

Otro de los documentos contenidos en el expediente de restauración de San Miguel de Villardeveyo.

Para ejecutar las obras se especifica que “en esta parroquia hay varios Maestros, labrantes, de mampostería y carpintería”, quienes tienen unas minutas de “diez reales el labrante, ocho el mampostero, y otros ocho el carpintero”.

Al año siguiente, abril de 1851, en Posada se firma un nuevo documento gracias al cual sabemos que el coste de las obras iba a ser de 6.360 reales, como mejor oferta recibida, un dinero que  el contratista recibirá en tres pagos, de los cuales 1.000 se entregarán al inicio de la obra, y el resto en dos pagos más según fuera avanzando la obra.

Documentadas asimismo, se encuentran las obras llevadas a cabo en 1884, durante las cuales se colocó el suelo que actualmente se puede ver en el templo, se tapiaron algunos ventanales en el muro norte, y las capillas laterales y la central, serían objeto de reforma, y la que sería la nave sur (en origen se trataría de un templo de tres naves como así lo dejó escrito Bernardo Alonso Ablanedo en 1804, en su Descripción del concejo de Llanera), terminaría por convertirse en el pórtico actual.

Presupuesto de la rehabilitación del templo en 1940.

Si los deterioros de los que tenemos noticia a lo largo del siglo XIX se debieron al paso del tiempo, los sufridos durante la Guerra Civil fueron provocados por la mano del hombre, como se acredita en el expediente 3.505 de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. Un expediente que se inicia el 31 de enero de 1940, con la pertinente petición del secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Oviedo, Rufino Truébano, solicitando ayuda económica al presidente de la Junta Provincial de Regiones Devastadas. Escrito también rubricado por el obispo de la diócesis ovetense.

En este caso, el autor del presupuesto de la obra fue el mismo que ese mismo año haría el referido a la iglesia de san Juan de Ables, es decir, el aparejador, Enrique González Arranz, por un total de 35.353,70 pts. En la memoria que acompaña a este presupuesto, Arranz explica que el templo está construido “a base de la solidez típica en esta clase de construcciones y está exenta de elementos artísticos y ornamentales, como parece fue norma en la construcción de edificios religiosos en este concejo”.

Memoria que acompañaba al presupuesto de la obra.

Asimismo, hace referencia a las obras de 1884 y señala que durante las mismas “se modificó su antigua estructura al ampliarlo bilateralmente a la nave central, sendas edificaciones para atender a las necesidades del culto, abriendo en el muro, mediante pilastras y arcos, comunicación con la nueva capilla”. Dos afirmaciones que parecen desconocer la importancia histórica y artística de la iglesia cuya restauración aspiraba a tener entre las manos, si bien es cierto que hacía ya mucho tiempo que había perdido los elementos más señeros de su origen prerrománico. 

Ejemplo de recibo de las aportaciones económicas, no siempre voluntarias, hechas por los vecinos para la restauración de la iglesia tras el conflicto civil.

En ese mismo año, añade, se “levantó la torre, sobre base rectangular y adosada a la parte anterior del edificio”, a través de la cual se accede a la portada principal de acceso a un templo con una superficie de 337,60 metros cuadrados. “Fue propósito, en parte frustrado, durante el dominio marxista, reducir a cenizas esta Iglesia, para lo cual además de incendiarla intentaron volar sus paredes y apoyos de arcos con dinamita, quedando por tanto destruida toda su cubierta y maderamen y debilitadas sus paredes”, y se mantienen intactas las “paredes del contorno y crujías interiores” a excepción de las “partes en que se provocaron las explosiones en las que se precisa hacer los refuerzos pertinentes”.

Certificado emitido por el secretario municipal accidental.

Como en expedientes que ya hemos visto, el arquitecto de la Comisión de Oviedo de Regiones devastadas, Francisco de Zuvillaga, da el visto bueno al presupuesto en septiembre de 1941, y con todos los informes favorables, el obispo remite, el 17 de octubre de ese mismo año, toda la documentación al Ministro de Justicia. El mismo obispado solicita al párroco de Villardeveyo, Manuel Fanjul Suárez, bajo el reclamo de “urge”, que responda a un cuestionario. Gracias a él sabemos que se habían iniciado las obras dirigidas por Luis López Argüelles, ayudante de minas y fábricas metalúrgicas. 

En el mismo cuestionario se contesta afirmativamente a las preguntas acerca de su estaba construidos los cimiento, levantadas las paredes, la cubierta y los pavimentos, así como si las obras se estaban ejecutando conforme al proyecto. Asimismo, se cifra en 18.670.20 pts la cantidad invertida hasta ese momento en las obras, lo que supone algo más del 50% del presupuesto total de la obra ligeramente superior a las 35.000 pts. 

Cuestionario de avance de las obras.

A la vista de esos datos económicos facilitados por el párroco, se considera que el presupuesto original está “desproporcionado”, por lo que se reduce su cuantía a 28.000 pts “cantidad por la que se propone la aprobación”, según consta en el informe emitido por el arquitecto J.M. Díaz en Gijón el 5 de julio de 1942. Unos días después, el 23 de julio, el obispo de Oviedo envía al presidente de la Junta Nacional de Reconstrucción de Templos Parroquiales, con sede en Madrid, una solicitud de subvención para ayudar al desarrollo de las obras de recuperación de la iglesia de Villardeveyo, por importe de 18.000 pts. La recaudación de fondos para financiar las obras de recuperación del tempo, se habían iniciado muy pronto, como demuestra un recibo emitido a nombre de José Álvarez Álvarez, por importe de cinco pesetas “a cuenta del segundo donativo voluntario de 25 pts para ayudar a la reconstrucción del templo de San Miguel de Villardeveyo”. El recibo está firmado por el tesorero, Luis Roza, y lleva fecha de octubre de 1939. En 2002 se volverán a hacer obras de restauración por un importe aproximado de 27.000 €, que afectaron sobre todo a la cubierta.

Información aparecida en La Nueva España sobre las obras de rehabilitación llevadas a cabo en 2002.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: Santiago de Pruvia

Iglesia de Santiago de Pruvia.

Su construcción se data entre los siglos XVI y XVII, primero como capilla de la familia Rodríguez de Pruvia, cuya casa solariega se encuentra muy próxima a ella, y más tarde como iglesia parroquial desde que en 1893 Pruvia adquiriera entidad propia, al producirse su separación de la parroquia de santa María de Lugo, pasando así Llanera a contar con las once entidades parroquiales con las que cuenta en la actualidad.

Portada del proyecto de restauración de la iglesia tras la Guerra Civil.

El aspecto externo de la iglesia se encuentra muy modificado, resultando de mucho mayor interés el interior del templo, donde se conservan dos escudos de la familia Rodríguez a los lados del arco de triunfo, y otro más rematando un camarín con una inscripción que reza: “Esta capilla y retablo y la a ella colateral es de Alonso Rodríguez de Prubia i María Ximénez de Valenzuela su muger que la fundaron e hizie hizieron a su costa i dieron todos los hornamentos dotáronla en trexientos ducados de principal que rescibieron los bezinos de Prubia a cuia cuenta está el manometerlos año de 1619”. De la familia Rodríguez pasará a ser propiedad de los Candamo.

Inscripción que recuerda que fueron Alonso Rodríguez de Pruvia y su mujer, María Jiménez de Valenzuela, los promotores de la iglesia en el año 1619.

Esta iglesia también sufrirá destrucción durante la Guerra Civil, de tal forma que en enero de 1940 se hace la petición de subvención con el fin de volver a reconstruir el edificio. En este caso, el autor del proyecto fue el arquitecto, Francisco Saro, quien planteó una serie de trabajos destinados a revertir “los grandes desperfectos que a continuación reseñamos; destrucción total de las cubiertas, pórtico, tribuna y portería tanto interior como exterior, quedando únicamente en pie los muros y estos con desperfectos”.

Presupuesto para la restauración de la iglesia.

Las obras, señala el arquitecto, iban a estar dirigidas a adaptarse “en lo posible a lo que fue un día iglesia parroquial de Pruvia”, utilizando para ello un sistema constructivo habitual “atendiendo con ello a la fácil ejecución y economía”. El listado de trabajos a realizar incluye “muros de mampostería ordinaria, cubierta entramado de madera con las firmas vistas al interior, tablero de rasilla poblado de teja curva, el Presbiterio con bóveda por arista acusándose los arcos ojivos, en el pórtico soportes de madera con zapatas del mismo material y basas de piedra artificial; el pavimento actual de losas de piedra se encuentra en bastante buen estado exijiendo [sic] solo una pequeña reparación”. 

Detalle de la bóveda en la zona del altar.

El presupuesto previsto para llevar a cabo todos esos trabajos fue de 24.672,67 pts. Era enero de 1941. Desde la oficina técnica de la Comisión de Oviedo de Regiones Devastadas, en febrero del mismo año, tanto el arquitecto Juan Vallaure, como el arquitecto jefe, José Francisco de Zuvillaga, dieron por bueno el presupuesto e informaron favorablemente el expediente de reconstrucción nº 2427. Un mes después, la Comisión da también su visto bueno a esa cantidad y en abril hará lo propio el obispado remitiendo el expediente al Ministro de Justicia.

Memoria del proyecto de restauración.

Eso no fue óbice para que en junio de 1943, el ecónomo Ramón Sampedro Peláez, no tuviera que responder a un cuestionario, a través del cual nos hacemos una idea de lo que habían avanzado, poco, las obras de reconstrucción del templo. Así, sabemos que las paredes de la iglesia se habían aguantado el intento de destrucción, mientras que la cubierta únicamente se había hecho una provisional y todavía no se había actuado sobre la cubierta ni de la sacristía ni del pórtico, en el pavimento aún no se había hecho ninguna actuación, aunque como hemos visto, el informe del arquitecto decía que estaba en bastante buen estado.

Escudo de armas en el interior de la iglesia.

Hasta ese momento la inversión realizada era de 4.875 pts. Esa era la cantidad que contaba con justificación, ya que había otra cantidad que no se especifica en el cuestionario carecía de ella, toda vez que el “constructor Sr. Álvarez Nieto deja mucho que desear en sus procedimientos respecto de su cometido”, frase de la que se deduce el descontento del ecónomo con el responsable de la obra.

Ese cuestionario fue respondido en el mes de junio de 1943 y después de otros documentos de menor entidad resueltos a lo largo de ese año, llegamos a 1950 con las obras aún por terminar, como desvela la carta remitida por Marcelino Ramos Fernández, coadjutor de la parroquia de san Juan el Real de Oviedo y párroco de la de Pruvia, al director general de Regiones Devastadas.

Cuestionario sobre el estado de las obras en 1943.

Una carta en la cual se dan informaciones muy interesantes, al respecto del aspecto original que tenía la iglesia antes del incendio sufrido en 1936. En ella se explica que el retablo del altar mayor “era de madera de caoba traída de América, con algunas imágenes de verdadero valor artístico”, y que el techo estaba cubierto por frescos. El párroco explica que los descendientes de la familia que había patrocinado la construcción en el siglo XVII, están “cooperando en la medida de sus posibilidades a su reconstrucción y culto”. Todos esos argumentos le valen al párroco para tratar de llamar la atención sobre un templo que no es “una de tantas iglesias de aldea sin mérito alguno por lo que es más de lamentar el mal estado en que se encuentra”.

Para llevar a cabo la culminación de las obras, considera insuficiente la subvención concedida por la dirección general por importe de 20.000 pts, por lo que la obra aún no se ha podido finalizar. De hecho la iglesia carece en ese momento, según se recoge en la carta, sin cielo raso “y en un estado de desmantelamiento y desamparo que aleja a los fieles de la asistencia a los Oficios Divinos”, unos fieles a los que no duda en calificar como “aldeanos ignorantes, a los que por desgracia, es necesario atraer además de con la palabra de Dios, con el culto en un ambiente que les mueva a devoción y del que hoy carecen”.

En 1950 las obras seguían sin haber sido terminadas.

Con el fin de poder terminar las obras iniciadas en la nave y la construcción del altar mayor “desde luego más modesto que el anterior”, serían necesarias, según los cálculos del párroco, unas 70.000 pts, sin duda, un presupuesto muy alejado de aquellas algo más de 24.000 pts presupuestadas siete años antes, en 1943.

Esa es toda la información contenida en el expediente. Los visitantes de hoy podemos todavía disfrutar del interior de una iglesia con enorme interés, con los escudos de la familia Rodríguez, el camarín y una hermosa bóveda de crucería, aunque, lamentablemente, ni el retablo ni las pinturas se han conservado.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: San Nicolás de Bonielles

Iglesia de San Nicolás de Bonielles.

En este caso nos encontramos con el expediente con menos documentación de los cinco que hemos localizado. La iglesia tal y como la conocemos hoy, es fruto de una reconstrucción llevada a cabo en el siglo XIX, para sustituir a la anterior que albergaba la sepultura de la familia Carbajal. Actualmente, y a pesar de la destrucción durante la Guerra Civil, se puede visitar la tumba de Alejandro Mon y Menéndez de la Torre (Oviedo 1801-1881), prototipo del caciquismo decimonónico y por ello fue dardo de las críticas desde las páginas del periódico republicano y anticaciquil, El Noroeste, editado en Gijón y que con el paso de los años serán el órgano oficial del Partido Reformista de Melquiades Álvarez.

Tumbas de los Mon, padre e hijo, en interior de la parroquial de Bonielles.

Según la ficha del Inventario del Patrimonio Arquitectónico de Asturias, se trata de una iglesia del siglo XIX, de tradición barroca, «de nave única, transepto apenas marcado en planta, cabecera de planta cuadrada con dependencias adosadas de menor altura y pórtico a ambos lados. Está realizada en sillar y sillares con mortero en la fachada y sacristías que está a la vista en el lienzo mural, puerta adentellada, con enmarque moldurado y uso de dovelas desplazadas, que se remata con friso liso y tejaroz, y que tiene sobre ella un luneto.»

Portada del proyecto de restauración del templo.

Después de esta digresión y de regreso a lo que nos ocupa en este artículo, fue el aparejador Juan de Mendiolagoitia el responsable de la redacción del proyecto de reconstrucción de la iglesia, con un importe total de 37.902,15 pts. Si bien el presupuesto está fechado en el mes de noviembre de 1939, la memoria que lo acompaña tiene fecha del 30 de noviembre de 1945, sin que conozcamos las razones de un retraso tan considerable.

Memoria firmada por el aparejador Juan de Mendiolagoitia.

En esa memoria el aparejador destaca que la iglesia “era de moderna planta”, y “durante el dominio rojo fue saqueada e incendiada, quedando destruida totalmente la cubierta, así como las puertas, ventanas, el pavimento, la tribuna, el pórtico y la sacristía, amén los altares, imágenes, y demás enseres de la iglesia”. La parte positiva que ve Mendiolagoitia, es que al no haber sido afectada la estructura arquitectónica del edificio, “no es necesario para su reparación la dirección facultativa de arquitecto.”

Presupuesto para la restauración de la iglesia de Bonielles.

En el reparto por partidas, la parte que se iba a llevar una mayor cantidad dentro del presupuesto total, era la cubierta con 337,20 metros cuadrados de superficie, incluyendo bajantes, con 16.875 pts. Le seguía la albañilería, con trabajos de cargas y enlucidos interiores, de las bóvedas y en el cielo raso, además del embaldosado sobre hormigón. El total de la albañilería se cifra en 12.232,34 pts; mientras que la carpintería y la pintura suman 4.294,90 y 3.232,34 pts, respectivamente.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: Santiago de Arlós

Aspecto actual de la parroquial de Arlós.

Independientemente de que su construcción tuviera lugar en el siglo XII o en el XIII, ya que si bien aparece citada en un documento de donación fechado en el año 1151 no falta quien, siguiendo paralelos estilísticos, retrase la fecha de su elevación hasta el siglo XIII, lo cierto es que se trata de una edificación muy antigua y que recibió, a lo largo de los siglos, varias obras que le han asegurado su pervivencia hasta nuestros días, aunque actualmente se encuentre en un estado muy precario que pide a gritos una pronta restauración de importancia.

Vista general de la iglesia de Santiago de Arlós.

Por hacer un resumen muy breve de ello, decir que los libros de fábrica de la iglesia recogen una serie de obras realizadas a lo largo de los siglos XVIII y XX. En 1882 se solicita al Ministerio de Gracia y Justicia permiso para la construcción de una nueva iglesia, lo que hace suponer que el estado de conservación de la misma se encontraba muy al límite y requeriría una actuación decidida para asegurar su viabilidad arquitectónica. Cinco años después, en 1887, se van a llevar a cabo reformas en la nave, y en 1895 se procede al embaldosado de la nave, y en 1902 se añade al conjunto una sacristía en el muro sur de la cabecera.

Portada de la iglesia.

Con ello se modificaba la estructura primigenia de la iglesia, consistente en una sencilla nave rectangular y un ábside de planta cuadrada, siguiendo los esquemas constructivos que se venían desarrollando en la región desde la época de la Monarquía Asturiana, destacando poderosamente la calidad de la talla contenida en los capiteles tanto de la portada como del arco de triunfo, así como en la ventana del ábside y en los canecillos, muchos de ellos perdidos con el paso de los siglos.

En negro la planta original de la iglesia.

En 1999 se hizo otro conjunto de obras entre las que destacaron la separación de los nichos adosados al muro norte de la nave, causantes de graves problemas de humedad en el interior, la apertura del muro oeste del cabildo y la colocación de un tejadillo que rompe dramáticamente las proporciones exteriores del edificio, renovación de la carga exterior y algún trabajo en la cubierta. La viceconsejería de Cultura del Principado de Asturias anunció in situ, la realización de trabajos de consideración a lo largo del año 2018, que iban a servir para asegurar la pervivencia de la auténtica joya del patrimonio monumental del concejo de Llanera, sin que finalmente se llevaran a cabo.

Portada del proyecto de reconstrucción del templo tras la Guerra Civil.

Cuando se hace el repaso a las sucesivas noticias existentes sobre reparaciones en esta iglesia, nunca se hace mención a las llevadas a cabo tras la Guerra Civil, en este caso siguiendo las directrices marcadas por el arquitecto Juan Antonio Miralles, firmante del proyecto de reconstrucción tras los sucesos bélicos.

Fragmento de la carta manuscrita del párroco Ramón Cuesta dirigida al obispo de Oviedo.

En este caso el expediente se inicia con un escrito enviado por el párroco, Ramón Cuesta Junquera, dirigido al obispo de Oviedo, el 15 de marzo de 1945. En el mismo narra con cierto pormenor la destrucción de la iglesia que había tenido lugar en el mes de agosto de 1936, provocada por un incendio de mano de “los marxistas.” Suceso que convirtió en pasto de las llamas “los retablos, imágenes, confesionarios, reclinatorios, techumbre etc.; quedando solo las paredes en estado ruinoso y el pórtico; sin que hasta la fecha háyase recibido ayuda alguna del Estado para reparación de tantos daños.”

Memoria descriptiva del proyecto firmada por el arquitecto Juan Antonio Miralles.

Sin embargo, los vecinos “pobres en su inmensa mayoría”, en palabras del párroco, habían aportado tanto en dinero como en madera, la nada desdeñable cifra de “13.500 pesetas aproximadamente, cantidad insignificante, si se tiene en cuenta el presupuesto total de las obras”, un presupuesto que el arquitecto Miralles había estimado en 49.492,53 pts. De ahí que Cuesta Junquera enviara al obispo el presupuesto para hacer las reparaciones necesarias, para que éste lo hiciera llegar “a donde convenga en orden a conseguir la subvención que a tenor del presupuesto se necesita para realizar las obras” necesarias para que la iglesia pudiera volver a acoger “con decoro los actos del culto.”

Resumen del presupuesto de la obra de restauración.

La memoria descriptiva redactada por Miralles, incide en los argumentos del párroco al señalar que la iglesia “fue semidestruida por las hordas marxistas durante nuestra pasada guerra.” La estructura y los muros no fueron los que más sufrieron la acción del fuego, de ahí que en exterior se plantee únicamente la reparación de desconchones de las fachadas, mientras que para el interior se prevé el enlucido y pintado de los muros. Para las sacristías se plantea la colocación de un falso techo y la reparación de las paredes, y para el solado de la iglesia se estudia la colocación de “madera de castaño machiembrado sobre rastreles también de castaño”, mientras que en las sacristías el suelo será de “de baldosa de 20×20 en colores lisos.”

Sin embargo, la obra principal se reserva para la cubierta, en ese momento resuelta de manera provisional “y que necesita una rápida reparación ya que cala al interior completamente los días lluviosos”, según se explica en la memoria descriptiva. También se plantea la reparación de las cubiertas del porche y de las sacristías, y la reconstrucción del coro.

Una vez examinado el proyecto y el presupuesto, el 30 de abril de 1945, la documentación recibe el visto bueno para continuar con el expediente de concesión de la ayuda económica solicitada.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: San Juan de Ables

La iglesia parroquial de San Juan de Ables en una imagen del año 1916.

En el transcurso del alrededor de año y medio que el concejo de Llanera se mantuvo como retaguardia del frente de Oviedo, las iglesias del municipio van a sufrir intentos de destrucción, que les causaron daños de diversa consideración que, una vez finalizada la contienda civil, van a generar la apertura de los correspondientes expedientes de reconstrucción resueltos por la Dirección Regional de Regiones Devastadas y Reparaciones, departamento puesto en marcha por el franquismo con el fin de volver a poner en pie todos aquellos edificios destruidos durante la guerra.

Cinco de esos expedientes los hemos localizado hace ya unos cuantos años, en el Archivo General de la Administración, ubicado en la ciudad madrileña de Alcalá de Henares, todos ellos incoados en los inicios de la década de 1940. Los expedientes, unos más completos que otros, a los que hacemos referencia son los relativos a las iglesias de San Juan de Ables, Santiago de Arlós, San Nicolás de Bonielles, Santiago de Pruvia y San Miguel de Villardeveyo. A ellos dedicaremos los próximos artículos y remitimos al lector interesado en una visión de conjunto, al número 11 de la revista La Piedriquina, editado en el año 2018 en la que firmo un artículo completo sobre este mismo tema.

La parroquial de Ables en una imagen de 2005.

Se trata de un templo parroquial estilísticamente encuadrable dentro del estilo popular que se desarrolla entre los siglos XVII y XIX. La planta de la iglesia se corresponde al modelo de cruz latina, aunque al exterior está oculta por añadidos que se le han ido haciendo al edificio a lo largo del tiempo. Iglesia de buenas proporciones, con coro a los pies de la nave que se separa del altar por medio de un arco de medio punto, y presenta cubierta adintelada en contraposición a las bóvedas de cañón apreciables en los brazos del crucero que remata en una cúpula sencilla. En el aspecto exterior, destaca la espadaña con sendos huecos para acoger la campanas y un magnífico ejemplar de tejo.

Procesión en Ables en el mes de julio de 1924.

Tras la destrucción sufrida durante la Guerra Civil, el expediente de restauración se pone en marcha el 31 de enero de 1940, por medio de un documento firmado por el secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Oviedo, Rufino Truébano, y dirigido al presidente de la Junta Provincial de Regiones Devastadas, solicitando la concesión de la subvención necesaria para proceder a la reconstrucción del templo.

Portada del expediente de restauración de la parroquial de Ables.

El encargado de la redacción del proyecto y elaborar la memoria correspondiente, fue el aparejador, Enrique González Arranz. En ésta última señala que la iglesia es una edificación de “antigua construcción, manifestando aún en la actualidad y en el interior del templo, el cuidado y arte que requieren esta clase de edificaciones.” Un edificio que ocupa una superficie de 441,60 metros cuadrados, y explica las causas del estado de deterioro que se busca financiar a cargo de Regiones Devastadas: “Durante la pasada guerra se intentó destruir este edificio incendiando en su interior montones de madera a puertas cerradas, por cuyo motivo se destruyó el pavimento, la carpintería y gran parte de los techos y cubierta, siendo preciso a su reconstrucción demoler la parte que quedó calcinada: cubierta del pórtico, revestido de las paredes, etc., en la forma que se detalla en los planos y presupuesto que se adjuntan.”

Presupuesto de restauración firmado por el aparejador Enrique González Arranz.

Las obras se presupuestaron en un total de 25.521,61 pesetas, para llevar a cabo una reforma integral desde el tejado (sustitución de la armadura de madera y retejado), sacristías, tribuna (incluyendo los peldaños de acceso), las vidrieras (con herrajes y pintura), y para culminar la obra pintura interior al temple con la aplicación de tres manos. El presupuesto incluía un 5%, es decir, 1.215,35 pesetas de imprevistos.

Las obras irán avanzando, como así queda reflejado en el informe del arquitecto de la Oficina Técnica de la Comisión de Oviedo, de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, José Francisco de Zuvillaga, fechado el 20 de septiembre de 1941, en el que afirma que la iglesia había sufrido “destrucción casi total”, y que en ese momento se encontraba reconstruida “en parte”, y da el visto bueno al presupuesto presentado para su reconstrucción. El 6 de octubre del mismo año, la Comisión de Oviedo, da por bueno el presupuesto, y el día 17 el Obispado de Oviedo envía el expediente al ministro de Justicia.

Informe del 20 de septiembre de 1941.

Sin embargo, la tramitación todavía se alargaría hasta el año siguiente, cuando se le solicita al párroco de Ables, Benjamín Martínez Rodríguez, cumplimentar un cuestionario, en cuyo margen se puede leer: “A devolver consignando los datos que faltan.” En el apartado de observaciones, el párroco de Ables explica que la iglesia “fue destruida quedando sólo las paredes y el campanario. Los vecinos de la parroquia pusieron la cubierta para dedicarla al culto a su espensas [sic]”. En ese momento se habían invertido 2.500 pesetas en la restauración del templo aportadas por los vecinos de la parroquia. Hablamos del 18 de enero de 1942.

Cuestionario sobre el avance de los trabajos de restauración.

Obras llevadas a cabo por Vicente Díaz, y de su puño y letra se conserva un documento justificativo por importe de esas 2.500 pesetas, fechado el 8 de julio de 1942. Dinero que se había empleado en reparar la cubierta, y repartido en 1.000 pts para pagar jornales; de sierra 500 pts; en materiales como cristales, puntas, cerraduras y bisagras, otras 500 pts; mientras que los derechos del constructor de la obra se habían llevado otras 500 pts.

Certificado del número de feligreses con los que contaba la parroquia en 1942.

A la vista de esa justificación, el obispo de Oviedo, Manuel Arce Ochotorena, envía el 23 de julio de 1942, al presidente de la Junta Nacional de reconstrucción de templos parroquiales, una solicitud de subvención por importe de 15.000 pts, y un año después, el 18 de julio de 1943, un arquitecto gijonés redacta otro informe en el cual “vistos los datos consignados en el cuestionario suscrito por el Sr. Párroco, se deduce que existe desproporción entre lo presupuestado y el coste real de las obras, razón que obliga a reducir la cantidad importe de los daños a la cifra alzada de 16.000 pts por la que se propone aprobación.”

Hasta aquí llega la información contenida en el expediente número 3579 de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. La realidad es que de una forma u otra, la iglesia fue restaurada y puesta al servicio de los feligreses de la parroquia.

Fugas de la prisión municipal

Información de la que parece ser la primera fuga de la prisión municipal. El Comercio, 17 de octubre de 1899.

Al contar Llanera con una sede judicial le correspondía igualmente, tener una dependencia en la que albergar los detenidos por la Guardia Civil, antes de ser juzgados, bien en el juzgado municipal en el caso de delitos menores, bien en el provincial, para delitos más graves, es decir, que el calabozo, seguramente no sería más que eso, era únicamente para estancias de corta duración. Se trataba de una instalación, como veremos, de construcción precaria, y con unas condiciones higiénicas francamente deficientes, como también veremos.

Con este panorama, la primera y escueta noticia que tenemos de una fuga del centro de detención del municipio, la encontramos en las páginas de El Comercio, medio que el 17 de octubre de 1899 se hacía eco de una información publicada en El Diario de Avilés, en la que se decía que Manuel Rodríguez Valdés, alias «Chorín», quien ya se había fugado en el mes de septiembre de la Audiencia de Oviedo durante el traslado desde Avilés custodiado por la Guardia Civil, había hecho lo propio de la cárcel de Llanera, lo cual suponía que había vuelto a ser detenido por la Benemérita dentro del territorio de nuestro municipio, conducido a la capital, Posada, y de ahí volvería a poner pies el polvorosa, sin que sepamos las peripecias posteriores de «Chorín».

En los años 10 del siglo XX volverán a producirse sendas fugas, que pondrán de manifiesto la precariedad del calabozo municipal. En la Revista Asturias del 26 de diciembre de 1915, gracias a la pluma del secretario judicial, Ramón Rayón, leemos que la Guardia Civil del puesto de Posada detenía a Francisco Ortega por conducir una caballería sin la correspondiente guía, siendo sospechoso de haberla robado. Los agentes pusieron a Francisco a disposición judicial internándolo en la cárcel municipal. El presunto cuatrero aprovecharía la noche para «valiéndose de uno de los pies del camastro, empezó a abrir un boquete en la pared, de la parte posterior del edificio, consiguiendo hacer un agujero, por le cual salió fácilmente, logrando así evadirse de la prisión» nos cuenta Rayón, quien también nos dice que fue el empleado municipal, Enrique Rodríguez, la persona que notó su ausencia al dirigirse por la mañana a hablar con el detenido. La Guardia Civil, sin saber en qué dirección podría haberse fugado, se puso tras la pista y ahí termina la información que tenemos del hecho.

Revista Asturias, 11 de junio de 1916.

Más chusca sería la siguiente fuga de la que volvemos a tener noticia gracias a la crónica de Ramón Rayón, publicada en la Revista Asturias el 11 de junio de 1916. Gracias a ella sabemos que varios vecinos de la parroquia de Ables, recelosos ante dos desconocidos que transitaban a pie por ella conduciendo una novilla, decidieron pararles y, de alguna forma, conseguir que uno de ellos confesara que el animal era fruto de un robo que había cometido, ni más ni menos, que en la aldea de Agüerina, en el concejo de Belmonte, es decir, a unos 70 kilómetros de distancia.

Con esa información, los vecinos alertaron a la Guardia Civil procediendo a la detención de los dos sospechosos, Rafael Alonso Martínez, quirosano de Salcedo, quien se autoinculpó como autor de la novilla, y Francisco Pérez y Pérez, quien habría coincidido con el primero en San Cucufate, donde habrían emprendido el camino juntos al dirigirse ambos a Oviedo. Ambos fueron conducidos hasta la cárcel municipal.

Aquí dejo la palabra totalmente a Ramón Rayón y al expresivo párrafo con el que describe el momento de la fuga del ladrón de ganado: «Una vez en la cárcel de Posada, no le gustó al Rafael la topografía del pueblo ni el chalet donde lo hospedaron, pues por la noche se dedicó a trabajar y haciendo un hoyo por debajo de la puerta intermedia entre el depósito y archivo se fugó, sin que se sepa el rumbo pues no se lo comunicó ni al compañero de fatigas, según éste declaró. A la mañana siguiente el Alcalde [es posible que el término ‘alcalde’ sea una errata por ‘alcaide’ en el sentido de responsable del calabozo, dentro del tono chistoso con el que nos narra la noticia. En ese momento el alcalde era José Sala Cadamo], don Enrique Rodríguez Alonso mandó a que se enteraran de cómo habían pasado la noche, encontrándose con la celda completamente transformada y creyó al ver el terreno tan movido que se trataba de un terremoto.»

Lo simpático de la noticia no se quedó ahí, sino que a continuación, Francisco Pérez «(que no se fugó por no darle la gana)», empezó a decir que «era una persona de gran honradez e influencia», cuando la realidad era que era un mendigo de profesión, y que su detención iba a provocar serios disgustos, lo que le vale a Rayón para ironizar: «¡Acaso saldrá España de la neutralidad por tal detención!», en alusión a la postura que nuestro país había adoptado en relación con la Primera Guerra Mundial. La novilla quedó en depósito en la casa de Modesto Vázquez Rodríguez.

El Noroeste, 22 de junio de 1917.

Dentro del contexto de una huelga planteada por los trabajadores de la Fábrica de Explosivos de Cayés, un total de seis mujeres fueron detenidas en sendas redadas por números de la Benemérita, y conducidas al calabozo de Posada donde pasaron 24 horas detenidas antes de ser puestas de nuevo en libertad. Tal y como podemos leer en El Noroeste, todas ellas se quejaron con insistencia de las pésimas condiciones higiénicas existentes en un calabozo «que parece más propio para alojar animales que para pernoctar seres humanos.» Por ello, el cronista del periódico gibones no duda en pedir al alcalde que «se digne ordenar el arreglo y limpieza de dicho local.»

Extracto del acta del pleno del 3 de junio de 1922, en el que se acordó hacer obras en la cárcel municipal.

Una actuación de la que no hay constancia que el consistorio abordara hasta cinco años más tarde, algo que sabemos por el acta del pleno del 3 de junio de 1922, en la cual se acuerda «hacer una pronta reparación en la cárcel municipal, para instalar un camarote, un banco, y cerrar el recipiente para la salud de los detenidos, pues actualmente es insalubre, y se halla en pésimas condiciones el depósito.»

La extensión del alumbrado público (II): Andorcio (Ables) y Lugo de Llanera

Fragmento del acta del pleno del 13 de agosto de 1927, en el que se pidió la llegada del alumbrado a Guyame (San Cucufate)

Cuando llegamos al año 1927, la capital municipal, Posada, además de Cayés, Ables y San Cucufate, son las poblaciones y parroquias que en mayor o menor medida, incluso polémicas mediante, cuentan con alumbrado público en lo que suponía la llegada de uno de los elementos de modernidad que, poco a poco, se iban abriendo paso en el municipio. Así, no es extraño que otras poblaciones empiecen a demandar ese nuevo adelanto tecnológico como fue el caso de Guyame, perteneciente a la parroquia de San Cucufate, cuya petición fue presentada en el pleno municipal del 13 de agosto de 1927, por el concejal de la parroquia, Eloy Álvarez, y el suplente, Leoncio López.

Ellos pidieron a sus compañeros de corporación «se de la debida protección a los vecinos del barrio de Guyame para que puedan disfrutar del fluido eléctrico al igual que los convecinos de S. Cucufate y Ables.» El resto de concejales se muestran de acuerdo con esta petición siempre y cuando «además de la petición antedicha se comprometen a realizar beneficios para que de esta manera la Sociedad Popular [Ovetense] pueda suministrar a dicho pueblo la luz eléctrica.» Carecemos de datos que nos permitan saber cuándo llegó finalmente el fluido eléctrico a esa población.

El Noroeste, 21 de marzo de 1928. Los vecinos de La Venta del Gallo llevan tiempo pidiendo el alumbrado público sin éxito.

Al año siguiente, 1928, El Noroeste incluye en sus páginas un ruego al alcalde de Llanera, Celestino G. Tresguerres, recordándole que los vecinos de La Venta del Gallo llevan ya un tiempo largo pidiendo contar con alumbrado público, una petición que para el redactor es lógico que se atienda «porque es un barrio de alguna importancia industrial y máxime teniendo en cuenta que en el límite de Lugones se halla establecido.» Tampoco tenemos constancia de cuando fue finalmente atendida esa demanda.

Región, 17 de junio de 1928. Los vecinos de Andordio (Ables) organizan una romería para festejar la llegada del alumbrado.

Si sabemos fehacientemente, gracias al diario Región del 17 de junio de 1928, que los vecinos de Andorcio, uno de los barrios de la parroquia de Ables, se disponían a celebrar, ese mismo día, domingo, a partir de las cuatro de la tarde, la llegada del fluido eléctrico suministrado por la Sociedad Popular Ovetense (SPO). Para ello, los vecinos organizaron «una romería que será amenizada por varios organillos y la música del país.» En el artículo anterior, veíamos como tanto el barrio alto como el bajo de Ables lograban la llegada de la electridad, y con la incorporación del barrio de Andorcio, la parroquia se ponía en cabeza del municipio en cuanto a la extensión de la electricidad.

Región, 7 de julio de 1928. Se pide mejor mantenimiento del alumbrado en Ables.

Una extensión que no estaba exenta de problemas, por la necesidad de hacer un buen mantenimiento de la instalación, y precisamente desde Ables, un mes después de la celebración llevada a cabo en Andorcio, llegan peticiones, a través de las páginas de Región del 7 de julio de 1928, para que el empleado municipal contratado para hacer el mantenimiento eléctrico cumpla con sus funciones, lo que nos hace sospechar que, lo mismo que vimos en su momento con el alumbrado en la capital municipal, en ese año se empezó a poner de manifiesto el descuido en el mantenimiento de la red.

Fragmento del acta del pleno del 11 de diciembre de 1930. Se acepta la oferta de dos vecinos de Cayés para hacerse cargo del mantenimiento del alumbrado eléctrico en el concejo.

Por una pregunta planteada en el pleno del 11 de diciembre de 1930, por el concejal del Partido Reformista, Severino Coterón, sabemos que el alumbrado con el que contaba el municipio a esa fecha, le costaba al ayuntamiento en torno a las 3.000 pts, por el dato facilitado por el interventor municipal. En ese mismo pleno, se trata de la oferta realizada por dos vecinos de Cayés, Benjamín González Suárez y José González, para hacerse cargo del mantenimiento y encendido de todo el alumbrado público de Llanera «poniendo por su cuenta los materiales, comprometiéndose al recambio de lámparas dentro de las veinticuatro horas en que dejen de lucir y al inmediato arreglo de averías, excepto las de los transformadores y líneas en que la fábrica no consiente toquen más que sus empleados y dejando a su servicio al actual empleado de San Cucufate hasta que vaya a cumplir con sus deberes militares, todo por la cantidad anual de mil trescientas pts.» A la vista de las condiciones, el pleno acuerda que ambos se hagan cargo del servicio a partir del día 1 de enero siguiente.

El Comercio, 14 de junio de 1929. Anuncia la próxima llegada del alumbrado a Lugo. Hubo que esperar hasta 1934.

El siguiente núcleo de población del que se empieza a hablar para recibir el fluido eléctrico será Lugo de Llanera en el año 1929. Esta vez será el diario El Comercio el 14 de junio de ese año, el que dé la noticia de que la SPO y su director e ingeniero, Julio Eguilaz, atendiendo a las peticiones que le estaban llegando desde la población, toma la decisión de «surtir de energía eléctrica el mencionado barrio.» El periódico se muestra optimista en relación a los plazos y aventura que «en fecha próxima se celebrará solemnemente la inauguración del alumbrado.»

Región, 28 de junio de 1929. La Diputación aprobó la petición de la SPO de obras para llevar la electricidad a Lugo y Villabona.

La empresa empieza a hacer los trámites para lograr que Lugo cuente con electricidad, y el diario Región nos informa, el 28 de junio, que la SPO solicita a la Diputación la pertinente autorización para construir una línea alta tensión «desde Lugones a Villabona, con objeto de extender lo servicios de alumbrado y fuerza motriz a los pueblos de Lugo y Villabona.» La burocracia administrativa es como es y no será hasta finales del año siguiente, 1929, cuando la SPO reciba el visto bueno al expediente (Región, 13 de diciembre de 1929).

El Noroeste, 16 de agosto de 1934. Las fiestas de agosto sirvieron para inaugurar el tendido eléctrico en Lugo.

Tampoco eso aceleró la llegada del adelanto tecnológico a la población de Lugo, ya que todavía tendría que esperar otros cinco años para ver su anhelo cumplido. El Noreoste, el 16 de agosto de 1934, nos dice que coincidiendo con la fiesta de Nuestra Señora de La Asunción, se producirá la «inauguración del tendido eléctrico», seguramente de ahí «el entusiasmo indecible que reina, se barrunta tres días grandes para todo el mundo, particularmente para la gente bailadora y la gente menuda.» Una alegría que, como casi siempre, no fue completa ya que al año siguiente, el mismo periódico publicaba un elocuente titular: «La estación en tinieblas», seguido de una no menos incisiva apertura: «Nos referimos á la del Norte, ubicada en Lugo de Llanera. A veces ocurren cosas anormales debido exclusivamente al desdén que llega á apoderarse totalmente de los hombres flojos de espíritu, cuando en realidad, con ‘dar vuelta á la hoja’, se penetra en la normalidad de lo anormal, sin necesidad de ser ningún erudito en geometría…»

El Noroeste, 27 de enero de 1935. A pesar de que la población de Lugo ya contaba con alumbrado, este no había llegado a la estación ferroviaria.

En resumen se refiere a la ausencia de iluminación eléctrica de una estación situada a medio camino entre Lugones y Villabona, con un notable tráfico tanto de personas como de mercancías y, al parecer, iluminada únicamente por un farol de petróleo «que como mocho de la vida antigua cuelga de la pared consumiendo un artículo extranjero.» Lo mismo ocurre en la zona de almacenaje de la estación «que es más bien almacén de trastes viejos que de depósito de mercancías.» La sala de espera está igualmente a oscuras, pero eso sí decorada «con infinidad de letreros del departamento de Sanidad dando reglas para lograr la salubridad pública.»

La extensión del alumbrado público (I): Cayés, San Cucufate y Ables

En los dos artículos anteriores a este, hablábamos, respectivamente, de la llegada del alumbrado público a Posada de Llanera en el año 1923, y de la polémica generada al año siguiente en torno a su coste y si tenía que ser el ayuntamiento quien asumiera el mismo, o tenían que ser los vecinos, tal y como defendían dos concejales que terminó generando una amplia atención mediática y una polémica que se tuvo que zanjar en un pleno municipal, a favor de la continuidad del alumbrado y del pago por parte del ayuntamiento. En este tercer artículo dedicado al mismo asunto eléctrico, veremos como a lo largo de los años 20 y primeros 30, esta mejora tecnológica se irá extendiendo a otros núcleos del municipio, empezando por Cayés y pasando por Ables y San Cucao.

El Noroeste 23 de enero de 1923.

De forma lógica, el primer núcleo en recibir esa mejora tenía que ser la parroquia de Cayés, ya que, como vimos, la línea para traer el fluido hasta Posada partía de Cerámicas Guisasola, fábrica ubicada en la localidad de La Venta del Gallo, dentro de esa parroquia. Así, lo hizo saber el diario gijonés El Noroeste, el 23 de enero de 1923, cuando informa de que «hace unos días ha sido instalada la luz eléctrica en el pueblo de Cayés», a través de la Sociedad Popular Ovetense (SPO) y gracias a la generosidad de la firma Hijos de Guisasola, propietaria de la empresa cerámica. El periodista, se pregunta que ya que ha llegado a Cayés, si no será posible su extensión a la parroquia vecina de Ables.

Sin embargo, los vecinos de Ables tendrán que esperar todavía tres años para ver colmadas sus esperanzas de ver llegar el alumbrado público a sus caminos. Así nos lo hace saber La Voz de Asturias el 26 de enero de 1926, cuando informa del desarrollo a buen ritmo de los trabajos para llevar la luz eléctrica por cuenta de la SPO, con la intención de hacerla llegar también a la parroquia aledaña de San Cucufate. Por esa misma crónica, sabemos que otros territorios del concejo estaban demandando la llegada de la electricidad a ellos.

La Voz de Asturias, 26 de enero de 1926.

El hecho de que José Tartiere, conde de Santa Bárbara de Lugones, y gestor de las fábricas de explosivos de Cayés y de Lugones, entre otras muchas cosas, tuviera una propiedad en San Cucufate, fue un elemento que ayudó a la llegada de la luz a esa parroquia. Esa conclusión la extraemos de la lectura del acta del pleno municipal celebrado el 23 de mayo de 1925, y de la moción presentada por el concejal José Alonso Granda que decía lo siguiente: «Que en próxima fecha será instalada la luz eléctrica en la parroquia de San Cucufate; como la instalación ha de ir enclavada en la carretera sería muy necesario establecer seis luces públicas con las que quedaría el pueblo perfectamente adornado. Ruega al propio tiempo que la Corporación haciéndose eco del común sentir de los vecinos de San Cucufate, acuerde consignar en acta un voto de gracias para el Excmo Señor Conde de Santa Bárbara por sus felices gestiones en pro de tan importante mejora.» El resto de la corporación hizo suya la moción aprobada por unanimidad, incluyendo la instalación de seis luces públicas «teniendo en cuenta, tan luego sea un hecho imponer el tributo correspondiente a las personas que les reportan estos beneficios.»

Fragmento del acta del pleno municipal del 23 de mayo de 1925.

La obra no debió de ir tan rápida como esperaba el edil Alonso Granda, casi un año después el diario Región escribía: «La instalación de la luz eléctrica en San Cucufate toca a su fin. Pronto, dentro de muy breves días, lucirá esta en tan simpático pueblecito veraniego.» El vecindario de la parroquia quiere manifestar su agradecimiento a José Tartiere y propone bautizar con el nombre de Avenida José Tartiere la carretera principal que atraviesa el pueblo, a imagen y semejanza de lo que se había hecho en la capital municipal con Prudencio González. Esa información está fechada el 16 de mayo de 1926. Una semana después, la misma noticia, con idéntica redacción, aparecerá en el diario El Comercio. La iniciativa de bautizar al tramo de carretera con el nombre del conde de Santa Bárbara, finalmente nunca se llevará a cabo sin que por ahora, conozcamos las razones para no llevarla a cabo.

Región, 16 de mayo de 1926.

La ansiada inauguración del alumbrado tuvo lugar el sábado 30 de mayo de 1926, haciendo «realidad el suelo dorado de los vecinos de San Cucufate», tal y como escribe Región el día 1 de junio de ese mismo año. En el acto «derrochose en gusto y dinero», siendo el epicentro del festejo la explanada delante de Casa García, donde se instaló «gran número de bombillas de distintos colores, intercalándose varios focos, dando un aspecto sorprendente a la plazuela en la cual el baile y demás festejos celebrados, duraron hasta la una de la madrugada.»

Región, 1 de junio de 1926.

Luego le tocará el turno a la parroquia de Ables, donde el ayuntamiento instalará seis bombillas a petición de los vecinos, nos cuenta El Noroeste el 10 de octubre de 1926, y en marzo del año siguiente, Región mediante, sabemos que la parroquia celebró la llega del alumbrado público a la misma. La celebración se hizo por medio de una «gran romería el domingo último, que estuvo animadísima y se lanzaron a espacio multitud de cohetes.» Algo antes, la electricidad había llegado al barrio de Arriba y ahora sus convecinos del barrio de Abajo se sumaban a ella.

Región, 10 de marzo de 1927.

No acabaron ahí los actos de celebración, toda vez que en el mes de abril de 1927, los vecinos de Ables quisieron agradecer al alcalde, Celestino Tresguerres, la mejora recibida obsequiándole con un «valioso juego de café, verdadera obra de arte, y un hermoso álbum en el que constan los nombres de los vecinos que contribuyeron con su óbolo a tan merecido como justo homenaje de agradecimiento.» Fueron los vecinos Fructuoso Hevia, Vicente Díaz, Enrique Rodríguez y Fructuoso Martínez, los encargados de entregarle el regalo en su casa en el día de su onomástica. Tresguerres agradeció el gesto y «obsequió a los comisionados con pastas y licores.» (Región, 14 de abril de 1927).

Región, 14 de abril de 1927.

Las luces de la polémica

El inicio de la polémica. Región 1 de junio de 1924.

En el artículo anterior veíamos como las gestiones realizadas por el indiano Prudencio González, habían conseguido dotar, en 1923, a la capital municipal con alumbrado público, proyecto en el que también se implicó el ayuntamiento y el Club Llanera de La Habana, que le valió a nuestro convecino que desde entonces la calle principal de Posada de Llanera, lleve su nombre. También veíamos como a la hora de dotar a la calle con las pertinentes señales con el nuevo nombre de Avenida Prudencio González, al promotor de la iniciativa, el comerciante Ramón González, le costó encontrar el apoyo económico necesario por parte de los vecinos, unos por desidia y otros por desinterés, como afirmaba La Voz de Asturias.

Tal vez haya que buscar ahí la raíz de la polémica que, de un modo sorprendente visto desde hoy en día, estalló al año siguiente en torno al alumbrado de la capital municipal, en lo que sin duda era un importante adelanto en el municipio y que era muy demandado por las diferentes parroquias del concejo para ellas mismas. Fue el diario Región el primero en vaticinar los nubarrones de la polémica, cuando el 1 de junio de 1924 publica en sus páginas una información bajo el titular «¿Será verdad?» En ella, se hacía eco de la posibilidad de que en la próxima reunión de la Junta Permanente del ayuntamiento, hubiera concejales que pidieran la supresión de la partida presupuestaria reservada para el pago del alumbrado público, y que ascendía a la cantidad de 650 pts.

El anónimo redactor de la noticia, se muestra confiado en que tal propósito no saldría adelante, toda vez que el ayuntamiento tenía firmado un contrato con la Sociedad Popular Ovetense (SPO), por el cual estaba obligado al pago del servicio durante un número determinado de años. A pesar de ello, el periodista no puede evitar dejar la duda en el aire: «¿Será posible que lo que tanto trabajo costó por conseguirlo haya quien pretenda hacerlo desaparecer?», y advierte que «el Pueblo de Posada hará prevalecer sus derechos antes que tal anomalía se cometa.»

La Voz de Asturias 5 de junio de 1924.

Antonio Menéndez, corresponsal de La Voz de Asturias, empieza a informar sobre el tema el 5 de junio, dando cuenta de un pleno extraordinario llevado a cabo el sábado 31 de mayo (en las actas conservadas en el archivo municipal no aparece ningún pleno con esta fecha, con lo que caben dos posibilidades: o bien por algún motivo no se llegó a hacer ese acta, o bien se trató en realidad de una reunión de la Comisión Permanente, ya que de este órgano no se ha conservado ningún acta), en el cual, entre otros asuntos, se trató la propuesta de los ediles Deogracias Ruiz y Fernando Ablanedo, en favor de la supresión del pago del alumbrado público.

El secretario municipal desgranó algunas cuestiones legales que, en su opinión, no harían posible tomar ese acuerdo, empezando por el acuerdo plenario del 17 de marzo de 1923 y terminando, por la existencia de un contrato con la empresa suministradora. Los dos concejales de la polémica «se muestran extrañados de la protesta presentada por el vecindario, que acababan de oír, pues ignoraban que sus propósitos trascendieran a la calle y que pudiera tomarse el acuerdo sin la protesta unánime de los vecinos.» Sin embargo, a pesar de la presión del público asistente al pleno, ambos se mantuvieron firmes en su propuesta.

Será el secretario judicial, Ramón Rayón, quien apunte en la dirección del contrato existente con la SPO como argumento que pareció definitivo, una vez leído el texto públicamente, documento que tanto Ruiz como Ablanedo, afirmaron desconocer y que al proceder a su lectura pareció dejarles convencidos de lo absurdo de su postura contraria al alumbrado público en la capital del concejo. Rayón, en su alocución, había pedido que «por respeto a la persona que tanto trabajó por la traída del fluido eléctrico, y al que el Ayuntamiento anterior quiso testimoniar su agradecimiento, poniendo su nombre a una calle de Posada, no debe ni discutirse el asunto.»

El Noroeste, 14 de junio de 1924.

Sin embargo, la polémica no se quedó ahí, sino que los dos concejales señalados como opositores, enviaron al periódico El Noroeste y publicada el 14 de junio de 1924 (ese mismo día también la publicó La Prensa), una carta que no sirvió más que para avivar la polémica. En ella, ambos ediles rechazan la acusación de querer votar en contra del alumbrado público en Posada de Llanera, sino que su opinión es la de que «debe ser objeto de una exacción que recaiga sobre las personas más directamente beneficiadas en el referido servicio, para que desaparezca la carga de 650 pesetas que gravita sobre un presupuesto débil.» A modo de ejemplo, señalan que en las cuentas municipales se incluyen 3.500 pts para obligaciones sanitarias, «de las cuales se dedicaron mil para la construcción de un puente en Arlós, quedando para el resto del concejo dos mil quinientas pesetas que es necesario distribuir entre más de cien barrios.»

La misma carta con la extensión completa, aparecerá también en las páginas de Región el día 17. Así sabemos que otro de los argumentos de ambos concejales fue el de considerar que Rondiella es una de las parroquias de menor extensión del concejo, y ese gasto de 650 pts solo en alumbrado, les lleva a preguntarse: «¿Dónde está la equidad, la igualdad y la justicia ante la ley? Para regenerar los pueblos es condición precisa alejarse del egoísmo.» Para evitar acusaciones de que detrás de su posición no hay más que rencillas personales, explica que «de los 25 vecinos que lindan con la carretera, 23 son amigos nuestros y apelamos al testimonio de los mismos.» Terminan pidiendo que el ayuntamiento «establezca una contribución especial sobre el alumbrado público (…) y así se completaría la obra de justicia.»

Región, 17 de junio de 1924.

No parece que esos 23 vecinos se sintieran animados por su pretendida amistad con los dos concejales, habida cuenta de que van a ser ellos los firmantes de la réplica, también en forma de carta dividida en diez puntos, aparecida en La Voz de Asturias del día 18 de junio. En el sexto, los firmantes les recuerdan a los concejales, que en el desvío de 1.000 pts hacia el puente de Arlós ellos también estuvieron de acuerdo en su momento, y rechazan que «nuestras apreciaciones, pueden ser equivocadas, pero que nunca son insidiosas ni falsas, como ellos afirman.» En el punto 9º, matizan que en la sesión plenaria convocada para cerrar la cuestión «solo hubo dos votos en contra; los de los señores Alonso y Ruiz.»

La Voz de Asturias, 18 de junio de 1924.

Una semana después, serán los concejales los que recurran a las páginas de La Voz de Asturias del día 25, para continuar con el intercambio epistolar con los vecinos los que replican que ya que parecen dispuestos a colaborar con su propio peculio para hacer llegar la electricidad al resto del municipio, pueden correr con el gasto de su llegada a la capital municipal y eso «más lo agradecería el resto del concejo.» Asimismo, rechazan haber votado en contra en el pleno, habida cuenta que dicha votación no habría tenido lugar y no está claro «que los 25 vecinos de Posada estén exentos de la exacción especial que el Estatuto municipal vigente establece que se imponga sobre las personas especialmente interesadas en determinadas obras.» Finalizan la carta con el siguiente párrafo: «No nos guía tampoco a nosotros el deseo de mortificar por considerarlo impropio de persona bien nacida; es siempre deplorable la ofensa, sin embargo hay quien trata de inferirla sin tener presente que ‘para lanzar injurias, no basta tener elocuencia, es preciso tener crédito’ según ha dicho un gran estadista.»

La Voz de Asturias, 25 de junio de 1924.

Esas afirmaciones iban a tener cumplida respuesta el día 29, de nuevo desde las páginas de La Voz de Asturias que empieza así: «Que es indubitable que lo que pretenden dichos señores con defender lo indefendible, es exhibirse para salir del actual ostracismo en que se encuentran, y por eso no debiéramos concederles el honor de la réplica.» Más adelante, se les pregunta «¿Qué concepto tienen ustedes, si es que tienen alguno, de la equitativa distribución de los fondos públicos? (…) ¿No conciben ustedes que en la provincia habrá parroquias, incluso concejos, que contribuyan al contingente provincial y a pesar de ello pasarán años y años sin beneficiarse con un mal camino vecinal?»

La Voz de Asturias, 29 de junio de 1924.

Todavía habrá sendos intercambios epistolares más en los primeros días del mes de julio, en los que no insistiré por la repetición de argumentos ya conocidos y a estas alturas del intercambio epistolar, probablemente la única forma de ponerle fin era con la discusión del asunto en un pleno municipal, donde todo el mundo se retratara. Así, al pleno del 31 de agosto de 1924 llega un escrito firmado por un grupo de vecinos de Posada, motivado por el rumor de que «algunos Señores Concejales, pretenden privarles del alumbrado público, el cual reporta grandes beneficios no solo a los vecinos, sino también a los transeúntes; y que de llevarse a la práctica irrogaría grandes perjuicios.» La Corporación a la vista del escrito y del acuerdo al que se había llegado en el pleno del 17 de marzo de 1923, «ya la Corporación acordó costear las luces públicas, las de la Consistorial y Juzgado; y que de suprimirse estas sería un atropello, e irrogaría graves perjuicios, acuerda dejar en firme dicho acuerdo y seguir consignando la cantidad suficiente en los presupuestos municipales.»

Fragmento del acta del pleno del 31 de agosto de 1924.

Con esa decisión la polémica terminó por quedar en nada y Posada pudo seguir disfrutando del alumbrado público, al menos mientras las bombillas estuvieron en funcionamiento, porque en el arranque del año 1928, Región publica la noticia de que desde hace varias semanas, el alumbrado público de Posada carece de lámparas casi en su totalidad. Esa situación, denunciada en el mes de enero, en marzo seguía sin resolverse tal y como se puede leer tanto en El Noroeste como en Región, los días 21 y 23 de marzo de 1928.