Un robo de cine

La estación ferroviaria de Villabona fue el escenario en el que se perpetró lo que podríamos denominar un robo de película. No porque fuera especialmente llamativa la forma de llevarlo a cabo, o porque el ladrón desplegara una habilidad especial, sino simple y llanamente porque los objetos robados fueron dos películas de nombres tan sonoros como Las castigadoras de Broadway y Gallardo y calavera. A todo los hechos saltaron a las páginas de los periódicos El Noroeste y La Voz de Asturias, un 5 de febrero de 1931. Esas fuentes son las que utilizamos para dar forma a este artículo.

Titular de La Voz de Asturias, 5 de febrero de 1931.

Al principio la Compañía del Norte, empresa encargada de la explotación de la línea ferroviaria, no tenía claro si las películas se habían extraviado o si habían sido objeto de un robo, y publicó un anuncio para solicitar la devolución de las cintas si alguien sabía de su paradero. Fue el 26 de enero cuando la policía de Gijón recibió la noticia del robo de las películas, encargándose de la investigación el inspector González Casanave. A los pocos días recibió el soplo de que alguien andaba por Gijón ofreciendo la venta de las películas, lo que fue aprovechado por el inspector y otro agente, para proceder a la detención de un tal Hermógenes Castañón, de 42 años de edad, y como señala La Voz de Asturias «conocido profesional contra lo ajeno».

Después de varias declaraciones titubeantes acerca de si había tenido cómplices o no y sobre el destino de las películas, Castañón terminó confesando haber sido el único autor del robo, aprovechando que el tren se había detenido en la estación de Villabona para hacerse con los seis rollos de Las castigadoras de Broadway y los dos de Gallardo y calavera. Rollos todos ellos que había ocultado en un matorral en las proximidades de Lugo de Llanera. Asimismo, declaró que el industrial gijonés La Osa, iba a ser el destinatario de las cintas.

Programa de mano de la película Las castigadoras de Broadway.

Encaminada la policía hacia el escondite señalado por el caco, por cierto que el valor de lo robado era ni más ni menos que de 42.000 pts de la época, allí estaban únicamente los rollos de una de las películas, sin que la prensa nos informe de cual de las dos se trataba. Eso hizo que los agentes gijoneses se desplazaran en moto a Oviedo para poner el hecho en conocimiento de sus colegas de la capital asturiana al tanto del hecho.

Estos que ya debían de tener a sus sospechosos habituales, apenas si tardaron unas horas con localizar en un chigre de La Manjoya la película que faltaba, además de otra serie de objetos también procedentes de robos. Cuando la prensa nos informa de los hechos, la policía seguía investigando la posible implicación en el hecho del cuñado del ladrón confeso, trabajador del Ferrocarril del Norte, que bien le podría haber dado el soplo sobre el traslado de las películas.

La noticia en La Voz de Asturias del 5 de febrero de 1931.

En cuanto a las películas, Las castigadoras de Broadway es una comedia musical estrenada en 1929 y producida por la Warner, y era una de las primeras películas musicales que se rodaron en color, y en ella se cuenta la historia de tres chicas que intentan conseguir que un millonario patrocine su espectáculo de Broadway. En el año de su estreno fue la película más aclamada por el público norteamericano.

Por su parte, Gallardo y calavera, es igualmente una comedia, romántica en este caso, en la que un joven de la aristocracia londinense y crápula de profesión, se enamora de una chica en un viaje en tren a Biarritz, y después de las idas y venidas típicas de este tipo de argumentos, la cosa termina en boda.

Cuando en San Cucufate cazaron un dragón, o casi

Titular en La Voz de Asturias del 30 de enero de 1926

Hoy un breve artículo para comentar un hecho curioso acontecido en la parroquia de San Cucufate allá por 1926, o sea, hace poco menos de un siglo, y del que se hizo eco La Voz de Asturias en enero de ese año. El caso es que los vecinos de la zona empezaron 1926 con una extraña inquietud debido a la presencia de un «ser extraño» que, según algunos testigos, hacia su acto de aparición en horario nocturno en los aledaños de la «fuente llamada de Sobiña [Soviña]»

Como suele ocurrir con esta clase de relatos, cada uno que lo contaba iba añadiendo características a la aparición. Así, en el artículo periodístico se decía que por los ojos «despedía chispeantes llamas y producía un imponente ruido», descripción que atribuía el periodista a «personas desocupadas», que le daban al «cosu» características propias de un dragón.

Un anónimo redactor que, si bien reconocía no creer en tales cosas ni considerarlo tema adecuado para ser llevado a letras de molde, se veía obligado a hacerlo «a instancias de queridos amigos y lectores que desean su divulgación para patentizar una vez más la incomprensión de determinadas personas».

Sea como fuere, la noticia de semejante aparición fue corriendo por la parroquia, hasta que un valiente, como lo define nuestro cronista aunque deja en la oscuridad la identidad del mismo, decidió formar un grupo para poner fin a la aparición de ser tan enigmático. La convocatoria tuvo éxito, logrando reunir a una treintena de vecinos, aunque en el titular eleva su número a 50, cada uno de ellos pertrechado con su garrote correspondiente, que una cosa es no creer en apariciones, y otra muy distinta, acudir a una cita así sin ir debidamente protegido.

Esos «aguerridos defensores de la tranquilidad pública«, se acercaron con las debidas precauciones a la fuente, donde detectaron la presencia del extraño ser. Suponemos al jefe de la cuadrilla dar la orden de ataque, a la que responderían todos a una, para liarse a garrotazos con la criatura, algo que parece ser que hicieron con especial energía hasta que, en un momento dado «alguien se dio cuenta de que la víctima de la paliza era un muñeco debidamente preparado y un aaaah unánime puso fin a la batalla», según podemos leer en La Voz de Asturias.

De esa forma tan chusca se puso fin a las apariciones de ser tan extraño, y como cierra su artículo el periodista de La Voz de Asturias: «si supiéramos que éramos atendidos nos atreveríamos a pedir una recompensa para aquel que le puso fin con su decisión valerosa».

Para cerrar les dejo la captura con la noticia completa.

Noticia completa tal y como apareció publicada en La Voz de Asturias el 30 de enero de 1926.

El Santofirme se echó al mar

Para Llanera el Picu Santufirme es uno de esos puntos geográficos que, al mismo tiempo, tienen mucho que decir en nuestra historia. No en vano en sus laderas está localizado uno de los cinco castros existentes en el municipio, por allí han aparecido restos romanos, e incluso mucho más antiguos, restos de instrumental del Paleolítico, lo que nos dice que los humanos llevamos pasando por esa zona desde hace milenios. Eso, sin olvidarnos de que es fundamental para entender la historia minera de Llanera en general y de Villabona en particular, y centro de reunión social todos los 1 de mayo, gracias a la jira que durante décadas organizó la asociación de vecinos CAFAMILU y que sigue viva.

Todo eso es bastante conocido, pero lo que ya no lo es tanto, y yo hasta 2009 no lo supe, es que el Santufirme también sirvió para bautizar a un barco, un vapor más exactamente. Esto lo supe gracias a Álvaro Álvarez, aplicado estudioso de todo lo que tiene que ver con la parroquia de Villardeveyo fundamentalmente, y que en ese año 2009 escribió un artículo en la revista del III Encuentro de Amigos y Vecinos de Villardeveyo, motivo por el cual yo publiqué, a mi vez, un artículo en el periódico El Tapín de noviembre de 2009, haciéndome eco del que iba a publicar Álvaro. Con parte de esos datos escribo ahora este artículo más breve que aquel.

El vapor Santofirme en el puerto de Vigo en 1921 cargado de soldados con rumbo a Melilla. Foto del archivo fotográfico de la ciudad de Vigo.

La historia del Santofirme, como fue bautizado, comienza en 1896, cuando en los astilleros británicos de Sunderland, se bota el King Edgar, una nave que tiene casi 93 metros de eslora, 13,24 de manga y 6 de puntal, capaz de transportar hasta 4.400 toneladas repartidas en cuatro bodegas, y que puede alcanzar una velocidad de 9 millas a la hora. Un barco que recalará en el País Vasco donde es bautizado como Elorrio, primero, y como Begoña nº 1 después, pasar a llamarse Santofirme cuando llegue a Asturias y finalizará sus días bajo el nombre de Vicente Figaredo, cuando en 1934 sea desguazado en Bilbao.

Reproducción de la fotografía el Santofirme que incluyó Álvaro Álvarez en su artículo.

A finales de 1919 A finales de 1919, la Sociedad Luis Ibrán Armador, decide afrontar la compra del Santofirme por un precio de 4 millones de pesetas. La fuerte demanda que había de carbón tanto para la industria como para el ferrocarril, explica que se creara la naviera Sociedad Luis Ibrán Armador, que contará con una flota de cuatro buques destinados, fundamentalmente, al transporte de carbón hacia Bilbao y Barcelona.

Al final de su vida útil, el Santofirme-Vicente Figaredo habrá recorrido casi 300.000 millas marinas, en 147 singladuras, en las que se le cargaron y descargaron 540.000 toneladas de mineral, datos todos ellos que aparecen recogidos en el artículo de Álvaro.

Datos estadísticos relativos al vapor Santofirme, publicados por Álvaro Álvarez.

Entre las vicisitudes sufridas por la embarcación, en el año 1924 sufriría una colisión contra un objeto flotante, otra contra el vapor Eugenio Dutrus, además de tener que entrar de urgencia en el puerto de Lisboa por una avería en la máquinas.

Cinco años después, pasará un mes en dique seco para una revisión general que costó 115.000 pesetas de 1929, y dos años después, la tripulación se pondría en huelga para pedir un aumento de salarios, algo que finalmente se conseguiría. Una tripulación formada por casi 40 marineros, la mayoría de ellos asturianos, aunque también contaba con gallegos, cántabros, vascos y un cartagenero, todos ellos al mando del capitán Antonio Casariego.

Artículo de mi autoría publicado en El Tapín en noviembre de 2009.

En 1923 muere Luis Ibrán, y en 1926 Vicente Figaredo forma la Compañía Vicente Figaredo Armador con la flota ya reducida a sólo dos barcos, el Inocencio Figaredo y el Santofirme. Vicente Figaredo fallecerá en 1929, y en 1932 se hace cargo de la naviera Minas de Figaredo con la creación de una sección marítima.

En 1933, cuando ya se denominaba Vicente Figaredo, el buque sufrió una importante vía de agua a la altura de Valencia, cuando estaba en ruta hacia Barcelona con una carga de carbón, avería que obligó a tener que traerlo remolcado hasta el puerto de Bilbao, donde la sociedad marítima de Minas de Figaredo, decidió venderlo para chatarra.

Portada de la revista del III Encuentro de Amigos y Vecinos de Villardeveyo.

“Valorado contablemente el buque en 259.340 pesetas y recuperadas 82.500 como importe de su chatarra, más otras pequeñas compensaciones, la naviera anota en sus cuentas de 1933 una pérdida de 164.083 pesetas”, se dice en el artículo de Álvaro. Triste final para un barco que en su primer año de trabajo dejó un producto bruto de explotación algo superior al millón de pesetas.

Así se puso fin a la historia de un buque que había sido capaz de completar 147 singladuras, en las que habría transportado del orden de 540.000 toneladas de mineral, a puertos como Barcelona, Tarragona, Bilbao, Málaga, Huelva, Cartagena, Sevilla, Almería y Cádiz. En sus viajes de regreso solía llenar sus bodegas con cereal, pirita para las fábricas de explosivos, superfosfatos o ceniza, además de haber contribuido al esfuerzo bélico español en Marruecos, con el transporte de tropas, en dos ocasiones, al puerto de Melilla, como podemos ver en la foto que se muestra al inicio del artículo.

La fundación del Club Llanera de La Habana

Don Pancho, primer presidente y fundador del Club Llanera de La Habana, con su familia en Cuba. Revista Asturias 23 de agosto de 1918.

Desde que a mediados del siglo XIX se levantaron las restricciones a la emigración y hasta los años 30 del siglo XX, la isla caribeña de Cuba fue uno de los destinos principales de la emigración de nuestros convecinos de Llanera en un volumen ciertamente considerable, ya que nuestro concejo fue uno de los de principal emigración ultramarina de toda la región. Lógicamente, los emigrantes cuando llegan a un nuevo lugar buscan el apoyo de sus compatriotas, y de ahí la formación de sociedades como el famoso Centro Asturiano de La Habana, además de asociarse por los lugares de origen, para así seguir manteniendo, en cierta medida, el contacto con el lugar de nacimiento.

El ejemplo más antiguo que tenemos de organización de los asturianos allende los mares, lo tenemos en México, país en el que la colonia asturiana en 1732, funda un colectivo con el fin de celebrar la fiesta de la Santina en la iglesia conventual de Valvanera. En Cuba, esas asociaciones, con la finalidad de ayudar a aquellos compatriotas a los que no les iban bien las cosas, dieron comienzo en 1877 con la Sociedad Asturiana de Beneficencia de La Habana. En 1892 se inaugura la sede del Centro Asturiano de La Habana.

Natural de Carbayal de Bonielles, don Pancho fue el impulsor del Club Llanera de La Habana.

Nuestros convecinos no tomarán la iniciativa de asociarse hasta que un grupo de naturales del concejo, se reúna un 8 de agosto de 1912 y tome la iniciativa de formar lo que será conocido como Club Llanera de La Habana, cuya presentación en sociedad tendría lugar el 2 de mayo del año siguiente, por medio de una jira celebrada en la finca La Lira en Arroyo Apolo. Su primer presidente y el más longevo en el cargo fue Francisco García Suárez (Carbayal de Bonielles, 1864 – La Habana, 1923), gracias a permanecer al frente de la sociedad entre los años 1912 y 1920.

Menú servido en el banquete de fundación del Club Llanera de La Habana.

La forma de dar a conocer la idea de la asociación fue a través de la prensa, con la publicación de una convocatoria dirigida a todos los naturales de Llanera residentes en La Habana con el objeto de fundar un club o sociedad “que además de servirnos de lazo de unión, nos permitiera iniciar obras beneficiosas en nuestro solar nativo, que demostrase a los de allá, que los que aquí seguíamos teniendo el mismo cariño, la misma devoción, por el lugar donde vimos la luz primera”.

La primera reunión se mantuvo el 8 de agosto de 1912 y una semana más tarde quedaba configurada la directiva encargada de poner en marcha al colectivo, encabezada por Francisco García Suárez, en ese momento vicepresidente del Centro Asturiano, acompañado por José María Martínez Álvarez como vicepresidente, Luis García Suárez en el cargo de tesorero, y con José Suárez Vega en el de secretario, además de un total de 22 vocales.

Integrantes del Club Llanera de La Habana, con su presidente en el centro, en una imagen publicada en la Revista Asturias en 1915.

Para ilustrar la portada del programa de la jira con la que el Club se presentó en sociedad en mayo de 1913, se eligió una imagen del Molinón de Guyame, y el menú consistió en un total de nueve platos, incluido el postre, entre los que había una fabada aderezada con unas morcillas “hechas expresamente en Llanera, para esta jira”, tal y como se dejaba constancia en dicho programa.

Ese mismo día se llevó a cabo la bendición del estandarte del Club, bordado en Oviedo por Carmen Flores, por aquel entonces prometida del futuro presidente, Manuel Menéndez Díaz, en un acto en el que ejerció de madrina Teresa Pujol, esposa de don Pancho, mientras que su hijo Francisco ofició de portaestandarte.

Carmen Flores, autora del estandarte del Club Llanera.

El club iniciará su andadura con la nada despreciable cifra de 200 socios, y aunque sufrirá una escisión muy pronto con la fundación del Círculo Llanera, en 1923 ambas sociedad se reunificarán de nuevo en una sola. En agosto de ese año se nombra una nueva junta directiva reunificada celebra una reunión y en ella se decide nombrar a Joaquín Ablanedo presidente de la Comisión de Propaganda. Todos unidos bajo la presidencia del natural de Guyame, José María Martínez.

Reproducción de la invitación para participar en el banquete fundacional del club, para la cual se utilizó una imagen del molinón de Guyame

Dejo para próximos artículos desgranar más detalles sobre el Club Llanera de La Habana, sobre la figura de don Pancho y acerca de los proyectos, unos fallidos y otros culminados con éxito, auspiciados por nuestros coterráneos desde la distancia y que hoy son parte de la historia y del paisaje de nuestro concejo.

El vampiro de Santa Cruz

Titular en el periódico El Noroeste el 24 de abril de 1917

Hace algo más de un siglo ya, cuando un vecino de Santa Cruz saltaba tristemente a la fama periodística, al ser el autor de un crimen de los calificados como horrendos, en Avilés, y que sería recordado como el vampiro de Santa Cruz o de Avilés según se mire su lugar de procedencia o el lugar del crimen, una historia que personas mayores de la parroquia me reconocían que se la contaban sus padres de niños, y a la que nunca hicieron mucho caso al pensar que se trataba de una historia inventada por ellos con el fin de meterles miedo, pero que en realidad nunca había ocurrido algo así.

Como la realidad siempre se empeña en superar a la ficción y a la imaginación de los humanos, la historia resultaba ser cierta. Fue en 1917 cuando el suceso saltó a las páginas de los periódicos con motivo del juicio al que se enfrentó Ramón Cuervo (1891-1917), de mote Ramón de Paulo, por el asesinato en Avilés del niño, Manuel Torres Rodríguez, en Avilés, para luego beber su sangre con el fin de poner fin a una enfermedad, tuberculosis pulmonar, con la que había regresado de su estancia en la isla caribeña de Cuba.

Ramón Cuervo.

Los testimonios en su contra en el juicio, empezaron pro los de un droguero avilesino, que le vendió un frasco de cloroformo, y el de un joven de la calle Galiana, José Rodríguez, de mote Carolo, a quien Ramón había convencido de que lo acompañara a un descampado, y al que dejó marchar al considerar que el chaval «estaba algo raquítico, después de preguntarle si se hallaba enfermo», como se recoge en la información del periódico gijonés.

Sin embargo, el testimonio de mayor peso sería el de la vecina de Grandiella, María Martínez, quien aseguró haber visto al acusado irse con la víctima camino de un monte cercano, y regresar en solitario. La exhaustiva investigación policial, llevó al análisis de la materia fecal del acusado, a cargo del químico Juan Álvarez Casariego y el doctor Covián, quienes concluyeron la presencia de sangre en la misma. En ese punto de la investigación, el acusado seguía negando haber cometido crimen alguno.

Detalle del artículo aparecido en El Noroeste el 24 de abril de 1917.

De nuevo interpelado por el juez Eduardo Prada, el acusado terminó reconociendo que había utilizado una ampolla de cloroformo, con el niño Manuel Torres, a quien había localizado en la zona de La Magdalena y al que llevó con engaños al «monte Arabuya, en donde le aplicó el cloroformo, y después de efectuado, con un cortaplumas que le ocupó el Juzgado, le hizo una ó dos heridas en la yugular, donde aspiró la sangre que brotaba», nos cuenta El Noroeste.

Realizada la fechoría, regresó a la pensión en la que se alojaba para, a la mañana siguiente, salir en dirección a su casa de Santa Cruz, donde fue detenido. Durante el interrogatorio, reconoció que el motivo de su acto criminal había sido la creencia «de que con ello recobraría su salud, y que tal consejo se lo diera un negro de Sagua la Grande (Cuba)».

El Noroeste, 24 de abril de 1917.

En Santa Cruz siempre quedó la duda de si su convecino habría tenido algo que ver en la desaparición de una niña de la parroquia, acontecida unos dos años antes y vecina de la casa de Ramón, una desaparición coincidente en el tiempo con el regreso, ya enfermo, del emigrante de la isla caribeña. Unos rumores a los que desde El Noroeste «no dábamos eco atribuyéndolos á fantasías populares, pero estas van adquiriendo cuerpo, los sacamos á la luz por ser del dominio público y habérsenos asegurado que la autoridad tiene conocimiento de ello y se propone hacer indagaciones para ponerlo en claro».

También Ramón Rayón hará mención al suceso en su periódico artículo que enviaba a la Revista Asturias. En este caso para dar respuesta al corresponsal del periódico ovetense El Carbayón, quien habría insistido en «que el asesino es de Llanera y que en Avilés no hay gente de esa calaña, diré que aquí tampoco existe», y no dudaba en definir a Ramón como «una aberración de la naturaleza».

Revista Asturias, 10 de junio de 1917.

En el mes de abril permanecía en la prisión avilesa, hasta que en mayo un juez decreta su traslado a la prisión de Oviedo y ahí se pierde la pista de Ramón Cuervo. Hay quien afirma que murió en prisión y quien dice que saltó del carro en el que era trasladado a prisión.

En Villabona se mascó la tragedia

Revista Asturias, 22 de junio de 1919

La imagen que presenta hoy en día Villabona dista mucho de la que se podía ver prácticamente hasta los años 70 del siglo XX. Y es que desde que se pusieran en marcha las minas de carbón y se construyera la estación ferroviaria, con conexiones hacia Gijón primero y hacia San Juan de Nieva después, todo ello en la segunda mitad del siglo XIX, la población era tremendamente populosa y el movimiento de personas y mercancías era constante. A los dos aspectos dedicaremos nuestra atención en próximos artículos.

Solo en la explotación minera hubo periodos en los que se superaron los 300 trabajadores, a los que habría que añadir el de los empleados ferroviarios, primero en la Compañía del Norte y luego, en tiempos más próximos a nosotros, vinculados a RENFE. En consonancia con ello, el número de bares, establecimientos de ocio y tiendas de muy diverso tipo, era considerablemente superior al de los tiempos actuales, en los cuales sobreviven dos establecimientos hosteleros, uno en la propia población y otro en el Palacio del conde de San Antolín de Sotillo, a cuya arquitectura ya hemos dedicado un artículo.

Por eso no es en absoluto extraño que vividores de todos los pelajes acudieran al pueblo, especialmente en el día de cobro de los mineros, como se le ocurrió hacer a una compañía de variedades en 1919, generando un suceso que si no terminó en tragedia debió de ser por muy poco. De nuevo Ramón Rayón y sus publicaciones en la Revista Asturias, nos sirven para organizar el relato del acontecimiento.

Imagen de los años 60 de la calle principal de Villabona. Archivo Ayuntamiento de Llanera.

Atraídos por el dinero «caliente» de los mineros que lo habían recibido ese mismo día, llegó hasta Villabona una compañía de cómicos «acompañados de varias señoras de honor perdido», tal y como escribe Rayón «e inauguraron la función teatral». Y lo hicieron en todos los sentidos, estableciendo una entrada de 40 céntimos para poder acceder a la misma, y los criterios de acceso no debían de ser muy estrictos, en cuanto a la edad del público, ya que al parecer «entraron primero varios chiquillos que pagaron».

Sin embargo, con la función ya comenzada, en uno de los establecimientos públicos de la localidad cuyo nombre se nos oculta en la información, se dieron cita allí «innumerables mineros en completo estado de embriaguez, y como pretendían entrar gratis, alegando que el teatro estaba en un establecimiento público.» Lógicamente, la taquillera se opuso a tal pretensión, aunque los mineros no estaban por la labor de abonar la entrada, hasta que en un momento determinado «echaron mano a ésta y al resto de la compañía y no te digo lector lo que allí hubo: de todo menos de moralidad.»

Nos podemos imaginar el tumulto que se organizaría, no queremos ni pensar como terminaría el mobiliario del establecimiento y demás enseres, en medio del cual la compañía tuvo que salir por piernas en dirección a la estación ferroviaria, donde siguió la trifulca y «se dieron de palos, tiros y demás clases de instrumentos que integran esta clase de diversiones», saliendo los cómicos «a cincuenta por hora», una velocidad por otra parte nada desdeñable ya que era la que llegaban a alcanzar los trenes del momento.

El cronista no da cuenta de heridos o fallecidos en la trifulca, por lo que pudiera ser que todo se resolviera con magulladuras y algunos golpes. Rayón no puede evitar ironizar al final de su artículo, al recordar que entre los cómicos había una mujer «que adivinaba todo lo adivinable», y concluye preguntando al lector: «¿Qué te parece del modo de adivinar? ¿No pudo aquella señora saber lo que para ella y sus compañeros les estaba deparado, y así evitar el calvario sufrido?»

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.

Llanera y la epidemia de gripe de 1918

Ahora que nos toca vivir tiempos de reclusión, pandemia de coronavirus mediante, echamos un poco la vista atrás para ver la situación a la que se enfrentó nuestro concejo durante la pandemia de gripe de 1918, llamada «gripe española» al ser la prensa de nuestro país la única que informó del avance de la misma, pero también conocida como «el soldado de Nápoles» o el «mal de moda». En el verano de 1920, este virus gripal desapareció tal y como había venido, no sin antes dejar unos dicen que 50 y otros que 100, millones de fallecidos en todo el mundo.

Una primera noticia de la presencia de gripe en nuestro concejo, la encontramos en las páginas del periódico El Noroeste, del 10 de diciembre de 1905, en las cuales informa de la visita que hizo a Llanera Dionisio Cuesta Olay, a indicación del gobernador, para investigar un posible brote de fiebres tifoideas. Afortunadamente, la noticia no era cierta y lo único reseñable fueron algunos casos de febrículas causadas por la gripe, enfermedad que en ese momento había causado un único fallecido.

Cuando los efectos de la epidemia de gripe se dejen sentir en el concejo, se encontrará con una población que venía sufriendo unas condiciones climáticas difíciles, a las que se venían a unir las subidas de precios en los productos de primera necesidad, provocada por la Primera Guerra Mundial. Así lo pone de manifiesto Ramón Rayón, a la sazón secretario del juzgado municipal de Llanera, en varios artículos publicados en la Revista Asturias editada en La Habana con destino a la colonia asturiana de la isla, pero que también traía a Asturias noticas relacionadas con los emigrados.

Revista Asturias, 14 de marzo de 1915.

En un artículo de Rayón publicado en esa revista en marzo de 1915, ya deja constancia de que los vecinos de Llanera «estamos padeciendo un tiempo crudísimo [sic]», y teme que la constante alza de los precios pueda llegar a desembocar en descontento social entre los obreros, entre los que parece estar detectando síntomas de inquietud.

«Cuando va bien a la liebre va mal al galgo». Rayón incluye ese refrán popular en un artículo de 1916, en el que si bien parece que las cosechas se presentan bien, no se presentan tan bien los precios que el consumidor tiene que pagar, ya que «con la disculpa de la guerra, todos los artículos sin distinción de clases, han subido un ciento por ciento sobre el valor anterior». Volverá a insistir en ello en un artículo del mes de noviembre cuando escriba que a pesar de la buena cosecha «los artículos de mayor consumo se venden a precios fabulosos. Con decir que es por causa de la guerra, se sale de paso; y adelante la explotación.» Por su parte, los sueldos no habían mejorado en absoluto y como consecuencia «todos tenemos la obligación ineludible de gastar aquellos artículos bajo pena de muerte. Fiar no se fía ni al lucero del alba, y he aquí que, marchamos bien de fondos y… ¡trampa adelante!»

Revista Asturias, 1 de noviembre de 1916.

Rayón también nos deja constancia de que si 1916 se despidió con mal tiempo, el año nuevo no iba a ser menos y empezaba incluso peor, y en el mes de junio ya tenemos noticia de la aparición de una epidemia en el concejo, en este caso de viruela. La noticia la encontramos en un acta del pleno del 30 de junio de 1917, en la cual, de una manera muy escueta, se dice que la epidemia le cuesta al ayuntamiento 400 pesetas, según la minuto que el médico Federico Gil Arévalo pasó a la corporación, en concepto de vacunación general de la población contra esa enfermedad.

Acta del pleno del 30 de junio de 1917.

En 1918, finalmente la gripe llegará al concejo creando una «grave situación epidémica», tal y como se reconoce en el acta del pleno del 28 de septiembre de ese año, y ante la cual el cura de Cayés no tuvo mejor idea de que sacar la figura de san Roque en procesión, para pedir el fin de la epidemia, actuación que es criticada desde las páginas del periódico El Noroeste del 12 de noviembre.

El Noroeste, 12 de noviembre de 1918.

Una pandemia que en diciembre de ese mismo año ya había causado 204 muertos en Llanera, a tenor del recuento llevado a cabo por Ramón Rayón, y cuyos nombres, niños excluidos, dejó recogidos en un artículo en la Revista Asturias que empezaba así: «Hoy me limito  a contaros, con gran pesar de mi alma, el número de personas que a partir de veintiocho de septiembre al día de la fecha, murieron de la moda, pues así llaman a esta epidemia terrible, o “Soldado de Nápoles”; este militar hizo él sólo en un mes más víctimas que hubo en la guerra sin emplear lo que en esta se denominan “artes”. No he de consignar nada más que el nombre de las personas mayores, omitiendo el de los niños, pero el número de fallecidos fué en totalidad el de doscientos cuatro.»

Parte del listado de fallecidos por la gripe de 1918, publicado por Ramón Rayón en la Revista Asturias en el número del 23 de diciembre de 1918.

Una epidemia que además de la lógica consternación por los vecinos fallecidos, trajo también un mal momento a las maltrechas arcas municipales, que se encontraron sin capacidad para hacer frente a los gastos médicos generados, tal y como se pone de manifiesto en el pleno del 18 de enero de 1919. En ella escuetamente se dice que «con motivo de la epidemia se ocasionaron gastos y que que como no existe consignación en el presupuesto, se acuerda que se satisfagan del Capítulo de imprevistos previos justificantes que lo acrediten». Únicamente el concejal Severino Coterón Menéndez, quien llegará a ser alcalde del concejo en 1931, votó en contra de la propuesta planteada por el alcalde.

Ese mismo año la gripe volverá a reaparecer en el concejo, aunque afortunadamente de una forma más leve que el año anterior, lo que no excluyó que hubiera casas en las que «están atacados todos los individuos; y tiene que acudir algún vecino a prestar asistencia; pero sucede que aquel adquiere la enfermedad y la lleva a su domicilio», aunque los fallecimientos causados por este rebrote no parecen haber alcanzado ni de lejos, los del año anterior.

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.

Eso venía a complicar aún más la existencia a unos vecinos que estaban pasando viviendo una primavera aún peor que el invierno, climatológicamente hablando, causando retraso en las cosechas, por la presencia de «nieves, granizos, hielos, vientos y lluvias; en fin, la primavera no pudo portarse peor.» Rayón redacta este artículo en un tono pesimista: «Aquí no impera más que el dolor: todo son enfermedades, lo mismo en las personas que en los animales».

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.