La familia Valdés y la Torre de Guyame

La Torre de los Valdés en una imagen de los años 60. Foto Archivo del Ayuntamiento de Llanera.

Como afirma el padre José María Patac en el prólogo del libro de Elviro Martínez, Cartas de Felipe II al general Pedro de Valdés, el origen de la familia Valdés estaría, siguiendo un manuscrito del siglo XVII del archivo del conde de Revillagigedo, en el siglo X, concretamente en uno de los hijos del conde D. Melén González, llamado Gonzalo Meléndez. Este personaje prestaría servicios bélicos con el rey Alfonso X el Sabio, gracias a lo cual conseguiría los señoríos de Busto y el valle del río Ese. “El apellido de esta nobilísima casa se tomó del valle de Esse que, juntando las letras, se llamó de Valdés. Llamóse de Esse por el río que corre serpiando por aquel valle en forma de s”, tal y como explica Luis Alfonso de Carvallo (1571-1635) en su obra Linajes asturianos.

Ese mismo autor nos dice que fue Rodrigo Menéndez de Valdés, a la sazón tercer señor de “las torres de San Cucado” el primero en utilizar el apellido Valdés, y que fue “rico ome” de Alfonso VIII, hasta su fallecimiento en el año 1210, recibiendo cristiana sepultura en el Monasterio de San Vicente de Oviedo. Un hijo suyo, Pedro Menéndez de Valdés, aparece citado en las crónicas de la batalla de las Navas de Tolosa, disputada en 1212, aunque se le cita como Gómez Pérez el Asturiano, y uno de sus vástagos daría origen a la familia Valdés en Andalucía.

El edificio en una imagen de 2019. Foto del autor.

De todos los descendientes de esta familia, merece mención aparte Diego Menéndez de Valdés, apodado «El Valiente», por la defensa que hizo del rey Pedro I durante la guerra que este mantuvo con Enrique II de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso IX, quien utilizaría los señoríos que le había concedido en herencia el magnate asturiano Don Rodrigo Álvarez, para alzarse en contra de su hermanastro al que acabaría por destronar. 

Ante la situación, en 1367, se convocó una reunión en el monasterio ovetense de Santa María de la Vega, para poner en marcha una federación a favor de Pedro I. Esta reunió fue dirigida por la familia Valdés, y a ella acudieron un total de 28 concejos, tanto asturianos como del norte de León. El posicionamiento de la familia Valdés a favor de Pedro I, provocaría que su torre de Guyame fuera destruida y sus campos sembrados de sal, por Enrique como represalia por no haberle dado alojamiento en una ocasión durante la guerra.

Escudos nobiliarios de la familia Valdés, Castilla-León y Quirós. Foto del autor.

En la llamada «Leyenda del perdón», recogida por Luis Alfonso de Carvallo, se cuenta que don Diego consiguió escapar después de ser derrotado en Vega de Poja, en el concejo de Siero, y se refugió en un convento benedictino ovetense, en donde muy pronto destacó su habilidad en el manejo de las armas, lo que hizo que varios hidalgos lo convenciesen para que fuera a participar en un torneo organizado en honor del Enrique. En el transcurso del mismo, Diego Menéndez de Valdés, derrotó el solo a seis campeones franceses que habían derrotado a todos los españoles, y un séptimo pidió clemencia. Entonces el rey, después de pedirle que se descubriera, ya que no sabía de quien se trataba, le concedió el perdón y el privilegio de reconstruir sus torres a un tiro de ballesta de donde había tenido las anteriores. Privilegio que le fue refrendado por Juan II a principios del siglo XV.

A su muerte, don Diego y su mujer, doña Mencía de Nava, fueron enterrados en el monasterio de San Francisco de Oviedo (hoy desaparecido) junto a las gradas del altar mayor, en dos sepulcros con sus respectivas estatuas sostenidas por doce leones, y con los escudos de las familias Valdés y Nava.

La torre de los Valdés 

Detalle de la torre. Foto del autor.

Los orígenes de lo que podemos ver hoy hay que buscarlos en la segunda mitad del siglo XII, momento en el cual García González erigiría las primitivas torres. Posteriormente, en 1262, el rey Alfonso X redacta una carta en la que ordena destruir torres y castillos en Asturias, entre las que se encontraba la de Guyame.

En 1393, tras conseguir el perdón real, Diego Menéndez de Valdés recibe la autorización para edificar una torre en el lugar llamado El Pico, próxima a los palacios de la Viña, con “su corral y barrera, y casa, y almena y mando” tal y como se recoge en un albalá de Enrique III, por el cual le permite la finalización de la edificación de “sus torres viejas”, privilegio éste que fue confirmado por Juan II en 1412. Esta alusión a las “torres viejas” hace sospechar a José Luis Avello la existencia de más de una torre, sospecha que ve corroborada por el testimonio de Luis de Valdés “al señalar que la casa de Valdés se encontraba ‘apartada de la vieja (Torre del Pico) a tiro de mosquete’; seguramente pudo haber ocupado la superficie en la que hoy se asienta el llamado Palacio de San Cucao (Villanueva)”.

Parte trasera del edificio. Foto del autor.

Si a todo esto añadimos las sucesivas remodelaciones y obras diversas realizadas en los siglos XIX y XX, no es extraño que lo que nos ha llegado hasta hoy sea un conjunto muy diferente del que debió de haber sido en su origen.

La construcción es del tipo palacial rural, formada por una torre de planta cuadrada, de tres pisos y remate almenado (remate que en fotos antiguas vemos con una cubierta de teja a cuatro aguas), con un cuerpo rectangular adosado en el siglo XIX, de dos plantas y desván, también rematado en almenas. En la fachada este de la torre se conserva una de las ventanas geminadas originales con tres escudos de armas, modelo que se utilizó para construir los vanos de la fábrica neohistoricista. Los escudos están tallados directamente sobre la piedra y son: Valdés, Castilla y León y Bernaldo de Quirós. Las armas de los Valdés que aquí se ven son las más antiguas que se conocen de este linaje. 

La disposición interior no se adapta a los esquemas palaciales tradicionales, sino a las necesidades funcionales para su uso como residencia. 

Imagen de los años 60. Archivo Ayuntamiento de Llanera

Los palacios del siglo XVII en Llanera (y II): Villabona

El Palacio de Villabona en una imagen de los años 60. Foto Archivo del Ayuntamiento de Llanera

Se trata de un edificio construido en dos fases separadas por unos cuarenta años de diferencia, en un solar propiedad de la familia Alonso de Villabona al menos desde finales del siglo XV. En 1615, Toribio Alonso de Villabona y su mujer Quiteria González de Oviedo y Portal fundan el mayorazgo de la casa y en 1619 inician su actividad constructora ordenando levantar en la iglesia de san Miguel de Villardeveyo, la capilla mayor con patronato, asientos, armas y sepulturas, conjunto del que desgraciadamente no se conserva resto alguno.

El matrimonio será el responsable de contratar las primeras obras del futuro palacio que no fueron otras que las de la torre que todavía hoy podemos admirar, en cuyo interior se construyó una capilla, luego convertida en oratorio, dedicada a los Reyes Magos. Eso fue en 1623 y el encargo se otorgó a Juan de Naveda una figura sobre la que merece la pena detener la vista por un momento.

El palacio en los años 60. Foto Archivo del Ayuntamiento de Llanera.

Nacido en San Mamés de Aras (Voto, Cantabria) en torno al año 1590, fallecerá en León en 1638 mientras dirigía las obras de la catedral, Juan de Naveda Sisniega fue discípulo de Juan de Herrera, arquitecto conocido por haber sido el responsable del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, y eso le convertirá en una de las figuras fundamentales en la extensión de los postulados clasicistas por el norte de la península. Naveda llega a Asturias en el año 1621, después de haber estado trabajando en el conjunto ducal de la localidad burgalesa de Lerma, para hacerse cargo de las trazas de las Casas Consistoriales de Oviedo y, a partir de ese año, irá dejando por la región un conjunto de obras notables como es el caso de la Capilla de la Concepción en la torre de La Pedrera (Villaviciosa), la girola de la Catedral de Oviedo, el Palacio de Peón (Villaviciosa) o la rehabilitación del Palacio del obispo Valdés (Gijón).

La torre alberga en su interior la capilla dedicada a los Reyes Magos. Foto del autor.

En 1623 el insigne arquitecto dejará perfilados los planos de la capilla del Palacio de Villabona en los que se puede leer de su puño y letra: “Esta es la traza y planta hecha por Juan de Naueda, maestro arquitecto de las obras de Su Magestad, de la hermita que a de haçer Juan Gómez, maestro de cantería, delante de su casa en el lugar de Villabona, concejo de Llanera. De lo qual otorgaron escritura oy, veynte y cinco de septiembre de mil y seiscientos y veynte y tres. Y esta planta y alzado, cosido con ella, quedó en poder del dicho Toribio Alonso de Villabona” (Pedrayes, 1996), y siguen las condiciones que van a regir la construcción entre las que se incluye la fecha tope para la finalización de los trabajos: el primero de octubre de 1624. La piedra necesaria para llevar a cabo la obra tenía que proceder de la cantera gijonesa de Ruedes, según otra de las condiciones fijadas en el acuerdo.

Inscripción inserta en el muro de la torre del palacio. Foto del autor.

Al término de las obras se requirió la presencia de Naveda para solventar el pleito por la tasación de las obras generado entre el comitente y el maestro cantero, Juan Gómez, una valoración fijada finalmente en 2.300 reales. Una construcción inscrita dentro de los parámetros clasicistas definitorios del estilo de Juan de Naveda, un estilo centrado en lo esencial y en potenciar las armonías geométricas entre los distintos elementos que configuran la construcción. En este caso, la capilla se va a cubrir con una bóveda vaída, con pechinas y arcos de medio punto apoyados en pilares sobre una planta de cruz griega. En las pechinas se pueden ver unos tondos con las efigies de san Antonio Abad, san Francisco, san Ignacio y otro santo cuya identificación se ha perdido. En el centro de la bóveda se representa la Cruz de la Victoria.

El edificio visto desde Veyo. Foto del autor.

En la faja que rodea la capilla aparece la siguiente inscripción: “ESTA. CAPYLLA. / HYZYERON. A SV COSTA. TORYBYO ALONSO DE VILLA.BONA SEÑOR DE LA CASSA. DE VILLA.BONA. Y QVYTERYA. GONCALEZ DE OVYEDO Y DEL PORTAL SV. MUG / ER. A HONOR DE LOS TRES SANTOS. REYES. MAGOS. LA DOTARON / CON. DOZE MYSSAS. DE ANYBER / SSARYO. CADA. AÑO. DYCHAS. DENTRO. DE SV OCTABARYO. SOBRE. ESTAS CASSAS QVE ESTAN. DEBAXO DELLA CON SV CERCADO Y A / SYENTO Y VYENES. A ELLA ANEXOS. AÑO. M.DC.XX.V”.

Capilla que contenía un pequeño retablo fechado por Germán Ramallo en 1625 y del que dice que contenía un relieve central con la Adoración de los Magos. En su día, Ramallo todavía pudo ver algunos elementos de un retablo que encontró “desmontado y utilizado como objeto decorativo en sus diversos elementos”. Se conservan “dos tablas, una de gran calidad, con un relieve de la Virgen, el Niño y san José, y otra con la representación de santa Olaya (santa Eulalia)” (Rodríguez, 2007).

Escudo de la familia Alonso de Villabona. Foto del autor.

En la puerta de acceso a la capilla desde el exterior, nos encontramos con una portada románica procedente del antiguo monasterio de Santa Clara, ubicado en Oviedo y hoy sede de la Agencia Tributaria. Esa portada es uno de los pocos elementos conservados de la fábrica románica de un monasterio que en el siglo XVIII sufrió profundas y polémicas modificaciones. En el siglo XIX fue afectado por la desamortización y la parte antigua del monasterio se derribó en 1902, momento en el que se pudo hacer el traslado hasta Villabona.

Inicialmente el conjunto se reconstruyó en la zona de acceso a la finca del palacio, lugar en el que se mantuvo hasta el momento en el que un camión sufrió un accidente a consecuencia del cual la portada se vino abajo. Después de que los restos estuvieran algún tiempo esparcidos por la finca, se decidió su reubicación en la puerta de entrada a la capilla del palacio.

Escudo de la familia Portal en la fachada del palacio. Foto del autor.

Esa portada está formada por una serie de sillares bien trabajados que alojan un arco semicircular formado por dovelas sin decorar y un guardapolvo de puntas de diamante. Por comparación con fotografías antiguas, se puede ver que ambos elementos presentan una curvatura más pronunciada de la que tenían originalmente, al mismo tiempo que lo que eran canecillos, bajo el tejaroz, ahora aparecen colocados en sendas esquinas con fines más decorativos que prácticos, mientras que el arco y el guardapolvo apoyan en sendos capiteles, uno con decoración de tipo vegetal, sostenidos en dos columnillas adosadas que no tienen nada que ver con la primitiva fábrica románica. Por encima de esa portada y en el antepecho del segundo de los vanos, encontramos la siguiente inscripción: “ESTA CASA CON / SUS ARMAS FUE TRANSLADADA I INCORPORADA / CON ESTA CAPILLA A EXPENSAS DE LOS SEÑO / RES BALTHASAR DE VBON SUBCESOR DUE / ÑO I POSEEDOR DELLA I DOÑA THERESA DE RI / VERA SV MVGER COMENZOSE ESTA HOBRA AÑO DE 1661 ACABOSE AÑO DE 1669 OÑOS”. 

Vista general del palacio. Foto del autor.

La torre de tres pisos está horadada por dos vanos de buenas dimensiones, ambos rematados en medio punto y clave, de piezas más regulares en el primero, mientras que el superior presenta una mayor irregularidad en el tamaño de los bloques que le dan forma. A su lado se coloca el escudo de la familia Quintana. El último piso, separado del inferior por una línea de imposta resaltada en relación al muro, únicamente está iluminado por dos saeteras rectangulares.

La información ofrecida por la inscripción nos dice que entre la finalización de las obras de la capilla y el inicio de las del palacio propiamente dicho se dejaron pasar casi 40 años, probablemente siguiendo los planos que el propio Juan de Naveda pudo dejar dibujados en su día. En todo caso, la fusión entre una construcción y otra está resuelta con calidad.

Pieza situada en el muro exterior de cierre de la finca del palacio. Foto del autor.

La nota discordante vendría impuesta por la presencia de una segunda torre flanqueando la fachada, que rompería con la proporción general de la construcción en tanto en cuanto estaría desplazada en relación al eje de simetría del resto de elementos constructivos. Esa torre no se ha conservado y, posiblemente, no estaría incluida en el diseño original. La fachada del palacio se organiza de una forma simétrica, con dos pisos, por los tres de la torre, que traslucen al exterior la distribución interior de los espacios de habitación. Así, la parte baja acoge la gran puerta de entrada, flanqueada por dos pequeñas saeteras rematadas en venera, a una suerte de recibidor a cuyos lados se abren sendos espacios probablemente destinados a almacenes, que tiene su traducción al exterior en dos grandes vanos con antepecho y rematados en medio punto.

Esta parte baja tiene su correlato en el piso superior con la ventana que marca la presencia de la zona noble del palacio con el gran salón. Vanos que al contrario de lo que sucedía con los del piso bajo, aparecen ligeramente decorados con unas molduras rectas, a lo que se añade, en los vanos laterales, un alfeizar saliente. El central que sería el correspondiente de forma directa con el salón, se destaca con un pequeño balcón de poco vuelo sobre una cornisa también moldurada. A ambos lados se colocan sendos escudos de las familias Alonso de Villabona y Portal para reforzar el aire noble que caracteriza a toda la construcción.

Posible canecillo románico colocado en el muro de cierre de la finca. Foto del autor.

La presencia de los muros vistos permite apreciar las diferencias en el uso del material según se trate de los paramentos o los vanos y esquinales. Sillarejo de piezas irregulares es el utilizado para los muros, mientras que los elementos que no aparecerían cubiertos por algún tipo de revoco presentan sillares bien escuadrados y de mayor tamaño.

Los espacios internos del palacio se organizan en torno a un patio con cuatro columnas de orden toscano, el orden que el arquitecto renacentista italiano Andrea Palladio (1508-1580) consideraba como el más puro y simple de todos los órdenes arquitectónicos. Columnas sobre las que se levanta un corredor de madera tallado con una estética barroca construido en 1940. En un año indeterminado posterior a la Guerra Civil, se sustituyó el corredor de la fachada sur por una galería acristalada. En los años 20, se trasladó la escalera de acceso al segundo piso originalmente pegada al muro norte de la torre y la capilla.

Declarado en 1982 Monumento Histórico Artístico de carácter nacional, el Palacio de Villabona es hoy en día, sin ningún género de dudas, el mejor ejemplo de arquitectura nobiliaria conservado en el concejo.

Los palacios del siglo XVII en Llanera (I): Villanueva

El Palacio de Villanueva en una imagen probablemente de los años 60. Archivo Ayuntamiento de Llanera.

Se trata de un edificio magnífico que cuenta con la máxima figura de protección de nuestro patrimonio, al estar catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC) desde el año 1995. Afortunadamente, las obras de consolidación de la ruina llevadas a cabo hace unos años, han venido a frenar un deterioro que parecía irreversible. Se trata de uno de los mejores ejemplos de palacio nobiliario insertado en el medio rural de toda la región y que se nos muestra magnífico aun en su estado ruinoso.

El palacio en una imagen del año 2017. Foto: Daniel Mora.

Construcción patrocinada por una familia Valdés cuya vinculación con Llanera hay que buscarla en el siglo XII, cuando García González levanta las primitivas torres de Guyame, mientras que Pedro Menéndez de Valdés recibe la encomienda del concejo de manos episcopales dos siglos más tarde. Su implicación política hará de los Valdés una de las familias relevantes de la Edad Media asturiana, aunque llegados al siglo XVII la rama de los Valdés que seguía asentada en Llanera ya no tiene el mismo esplendor.

El palacio en el año 2012. Foto propia.

La iniciativa de la construcción del palacio fue debida al impulso del matrimonio formado por Andrés de Valdés, escribano de Llanera, y María Alonso de Quirós, responsables además de la fundación del mayorazgo de Villanueva en 1620, renovado por su nieto Álvaro de Valdés Quirós y Navia Osorio en los años 1709 y 1723. El edificio fue conocido como las Torres Nuevas por contraposición a las torres antiguas en las que la familia había tenido su solar desde los siglos altomedievales.

Vista trasera del palacio en el año 2006. Foto propia.

Nos encontramos ante una edificación inscrita nuevamente dentro de postulados clasicistas, de volúmenes claros con una fachada principal de dos pisos flanqueada por sendas torres de cuatro alturas, separadas por unas sencillas líneas de imposta que se convierten en uno de los escasos elementos decorativos de la construcción, junto con los vanos y los escudos, elementos estos últimos que parece que no formaron parte del palacio hasta el siglo XVIII, otorgándosele esa iniciativa a Álvaro Valdés Quirós. Son los elementos heráldicos de las familias Valdés, Bernaldo de Quirós y Navia-Osorio.

Detalle de la fachada en 2010. Foto propia.

Se trata de un palacio de buenas dimensiones con un esquema constructivo muy similar al que veremos en el Palacio de Villabona. De nuevo volvemos a ver un portalón de entrada de buenas dimensiones, lo que permitía la entrada de carros para facilitar la descarga de su mercancía en alguna de las dos estancias comunicadas con el primer piso de las torres. Sobre la puerta de entrada al palacio tres vanos rectangulares con barandilla de madera nos dicen que ahí estaba el salón.

En las torres, rematadas con mansarda, el ritmo de los vanos es de 1-1-2-3, rectangulares los de mayor tamaño y cuadrados los más pequeños. A la altura del tercer piso el espacio entre ventanales es ocupado por los escudos nobiliarios.

Detalle de una de las torres. Foto propia.

El tono amarillento del sillarejo con el que están construidos los lienzos murales, contrasta de una forma pintoresca con los tonos claros de los sillares bien escuadrados con los que se privilegia a las esquinas y los distintos vanos. La ordenación regular de todos los elementos de la fachada principal, se vuelve cierto desorden cuando rodeamos el edificio y nos encontramos con ventanas de distintos tamaños y de distribución irregular, algunos de ellos con apariencia de no pertenecer a la fábrica primitiva.

Escudo nobiliario en una de las torres. Foto propia.

Los espacios de habitación interiores cuentan con un patio como elemento centralizador, esta vez formado por una docena de columnas de orden toscano, a cuya parte superior se accedía a través de una magnífica escalera de piedra, que se ha convertido en uno de los escasos elementos que aún se conservan en pie. Un patio ligeramente desplazado de lo que sería el centro geométrico del edificio, cerrado con un muro telón que puede hacer sospechar la presencia de una cuarta crujía, tal vez rematada con otro par de torres, lo que daría al palacio una apariencia espectacular.

La capilla estaba dedicada a Ntra. Sñra. de Villanueva. Foto propia.

La importancia dada a la fachada principal se remarca con la construcción de la capilla dedicada a Nuestra Señora de Villanueva, adosada a la torre oeste del conjunto. Una capilla a la que María Alonso de Quirós debía de tener un cariño importante y en su testamento de 1620 dice: “tenemos devoción de reedificar la nuestra hermita de nuestra Señora de Villanueva, que nos tenemos en el lugar de Villanueva, y que en ella se digan las dichas treinta y seis misas”. Contó con capellanía dedicada a san Pedro y san Andrés.

Otro de los escudos nobiliarios que se pueden ver en una de las torres. Foto propia.

Desde el punto de vista constructivo, la capilla es de planta rectangular originalmente cubierta con una bóveda que no se ha conservado, con sendos contrafuertes de buen desarrollo al exterior. Lo que sí se mantiene es el arco de triunfo, formado por dovelas pétreas bien escuadradas, apoyado en sendos capiteles moldurados a su vez sustentados en pilares adosados a las paredes de la capilla. De lo conservado, se observa que los muros contaban con una línea de imposta corrida a la altura de los capiteles del arco de triunfo visible también al exterior. En el frente además de la puerta de acceso, se colocan tres vanos para permitir la iluminación interior.

Arco en el interior de la capilla. Foto propia.

Desde el segundo piso de la torre se podía acceder directamente a una pequeña tribuna, como demuestra la existencia de una puerta hoy tapiada, y los arranques de las vigas de madera que sostendrían esa estructura. Se completa la edificación con una espadaña y una sacristía adosada a la zona del altar.

Patio interior del palacio en una foto de 1985.

El que en su día fuera uno de los mejores palacios del siglo XVII de toda la región, se ha convertido en una sombra de esplendores pasados, de tiempos en los que todo el pueblo de Villanueva se congregaba en su finca para celebrar la fiesta de su patrona.

Los expedientes de reconstrucción de iglesias tras la Guerra Civil: San Miguel de Villardeveyo

Iglesia de San Miguel de Villardeveyo.

Con este artículo finalizo la serie dedicada a los expedientes de restauración de las iglesias de Llanera, una vez finalizada la Guerra Civil. En este caso le toca poner el cierre a la iglesia parroquial de San Miguel de Villardeveyo.

Del esplendor prerrománico que alguna vez tuvo, únicamente se conserva una celosía situada en la cabecera del templo y que permite fechar el templo entre los siglos IX-X, correspondiendo a este último siglo la primera mención escrita que encontramos del templo, concretamente en una donación del rey Ordoño II a la Catedral de san Salvador de Oviedo. Además de referencias medievales que sitúan su construcción durante el reinado de Alfonso III, quien ocuparía el trono entre los años 866 y 910.

Fragmento de una pieza prerrománica procedente de la parroquial de Villardeveyo, aparecida hace unos años incrustada en la pared de una vivienda durante unas obras de rehabilitación.

En los siglos XVIII y XIX aparece mencionada san Miguel de Villardeveyo por personajes de la relevancia del polígrafo gijonés, Gaspar Melchor de Jovellanos, quien conoció esta iglesia y la incluyó dentro del catálogo der iglesias prerrománicas tardías. Más tarde, en 1845, José María Cuadrado, ve en ella “rasgos de arquitectura godo-romana anterior a la bizantina, usada en Asturias durante los tres primeros siglos de la monarquía de Pelayo”. En 1848, el historiador y político, José Caveda y Nava fechó su construcción en el siglo X, y cuenta como se encontraba en un lamentable estado de conservación incluso con la techumbre derruida, y ya en ese momento señalaba que el único elemento que recordaba a la fábrica prerrománica era una ventana con celosía. 

Celosía prerrománica ubicada en la cabecera de la iglesia.

Ante la mala situación en la que estaba el templo, los vecinos de la parroquia deciden en 1850 ponerse manos a la obra, y convocar una asamblea con el fin de afrontar la restauración del templo parroquial. El acta está fechada un 17 de noviembre y los motivos que llevan a los vecinos a reunirse tienen que ver con la situación de un templo “enteramente arruinado y expuesto a que suceda algún trastorno o desgracia cuando se hallen en Misa popular”.

La necesidad de afrontar obras con urgencia, queda acreditada en la primera condición que fijan: “Que la obra se principiará inmediatamente que se hallen recursos para su planificación”. Asimismo se deduce que ya se había contactado con algunas personas de la parroquia, algo más pudientes, para ayuda de los gastos y animados “con estos auxilios”, empezaron a dar forma al proyecto.

Portada del proyecto de rehabilitación tras la Guerra Civil.

Otra de las obligaciones contraídas por los vecinos, fue la de “poner a su costa y por su cuenta y riesgo, cuantos materiales se necesiten para la fabricación de la nueva Iglesia y ponerlo en el punto donde se halle la obra”. Para organizar esa entrega tanto el párroco como el vecino, Francisco Rubín de Celis, quedaban facultados para elegir capataces en distintos puntos de la parroquia encargados de que los vecinos de la zona que tuvieran asignada, cumplieran con esa obligación. En el caso de aquellos que carecieran de carro y de ganado para el acarreo de materiales, quedaban obligados a aportar su esfuerzo personal.

Siguiendo con las condiciones pactadas por los vecinos para afrontar la reconstrucción de la iglesia, aquellos vecinos que teniendo carro no acudiera con él para ayudar en los trabajos estaría incurriendo en una multa de 10 reales por cada día de ausencia, mientras que si se tratara de una prestación personal, la multa sería de 4 reales diarios. En ambos casos, el dinero se utilizaría para el pago bien a un carretero bien a un peón, para el “pago y satisfacción á otro operario que sirva en la obra en nombre del rebelde”.


Solicitud hecha por el párroco Rufino Truébano en 1940, al obispado para afrontar las obras de rehabilitación.

En el caso de que el presupuesto asignado, que no se concreta, no llegara para cubrir la totalidad del gasto, la diferencia tendría que ser abonada por los firmantes del acuerdo y por el resto de vecinos de la parroquia, a partes iguales.

Más interesante es la quinta condición, que dice literalmente: “Que para ayuda de la planificación y fabricación de la nueva Iglesia, se aprovecharán de todos los materiales que hoy existen y tiene la antigua, la que se hechará en el suelo”. Eso nos habla del grado de deterioro que tenía el edificio existente y que las obras de reconstrucción, se iban a hacer previo derribo de algunas de sus partes. Actuación que no sabemos hasta qué punto puede haber modificado las proporciones o incluso las dimensiones de la iglesia, que volvería a sufrir, como veremos más adelante, otra reconstrucción importante tras la Guerra Civil.

Otro de los documentos contenidos en el expediente de restauración de San Miguel de Villardeveyo.

Para ejecutar las obras se especifica que “en esta parroquia hay varios Maestros, labrantes, de mampostería y carpintería”, quienes tienen unas minutas de “diez reales el labrante, ocho el mampostero, y otros ocho el carpintero”.

Al año siguiente, abril de 1851, en Posada se firma un nuevo documento gracias al cual sabemos que el coste de las obras iba a ser de 6.360 reales, como mejor oferta recibida, un dinero que  el contratista recibirá en tres pagos, de los cuales 1.000 se entregarán al inicio de la obra, y el resto en dos pagos más según fuera avanzando la obra.

Documentadas asimismo, se encuentran las obras llevadas a cabo en 1884, durante las cuales se colocó el suelo que actualmente se puede ver en el templo, se tapiaron algunos ventanales en el muro norte, y las capillas laterales y la central, serían objeto de reforma, y la que sería la nave sur (en origen se trataría de un templo de tres naves como así lo dejó escrito Bernardo Alonso Ablanedo en 1804, en su Descripción del concejo de Llanera), terminaría por convertirse en el pórtico actual.

Presupuesto de la rehabilitación del templo en 1940.

Si los deterioros de los que tenemos noticia a lo largo del siglo XIX se debieron al paso del tiempo, los sufridos durante la Guerra Civil fueron provocados por la mano del hombre, como se acredita en el expediente 3.505 de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. Un expediente que se inicia el 31 de enero de 1940, con la pertinente petición del secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Oviedo, Rufino Truébano, solicitando ayuda económica al presidente de la Junta Provincial de Regiones Devastadas. Escrito también rubricado por el obispo de la diócesis ovetense.

En este caso, el autor del presupuesto de la obra fue el mismo que ese mismo año haría el referido a la iglesia de san Juan de Ables, es decir, el aparejador, Enrique González Arranz, por un total de 35.353,70 pts. En la memoria que acompaña a este presupuesto, Arranz explica que el templo está construido “a base de la solidez típica en esta clase de construcciones y está exenta de elementos artísticos y ornamentales, como parece fue norma en la construcción de edificios religiosos en este concejo”.

Memoria que acompañaba al presupuesto de la obra.

Asimismo, hace referencia a las obras de 1884 y señala que durante las mismas “se modificó su antigua estructura al ampliarlo bilateralmente a la nave central, sendas edificaciones para atender a las necesidades del culto, abriendo en el muro, mediante pilastras y arcos, comunicación con la nueva capilla”. Dos afirmaciones que parecen desconocer la importancia histórica y artística de la iglesia cuya restauración aspiraba a tener entre las manos, si bien es cierto que hacía ya mucho tiempo que había perdido los elementos más señeros de su origen prerrománico. 

Ejemplo de recibo de las aportaciones económicas, no siempre voluntarias, hechas por los vecinos para la restauración de la iglesia tras el conflicto civil.

En ese mismo año, añade, se “levantó la torre, sobre base rectangular y adosada a la parte anterior del edificio”, a través de la cual se accede a la portada principal de acceso a un templo con una superficie de 337,60 metros cuadrados. “Fue propósito, en parte frustrado, durante el dominio marxista, reducir a cenizas esta Iglesia, para lo cual además de incendiarla intentaron volar sus paredes y apoyos de arcos con dinamita, quedando por tanto destruida toda su cubierta y maderamen y debilitadas sus paredes”, y se mantienen intactas las “paredes del contorno y crujías interiores” a excepción de las “partes en que se provocaron las explosiones en las que se precisa hacer los refuerzos pertinentes”.

Certificado emitido por el secretario municipal accidental.

Como en expedientes que ya hemos visto, el arquitecto de la Comisión de Oviedo de Regiones devastadas, Francisco de Zuvillaga, da el visto bueno al presupuesto en septiembre de 1941, y con todos los informes favorables, el obispo remite, el 17 de octubre de ese mismo año, toda la documentación al Ministro de Justicia. El mismo obispado solicita al párroco de Villardeveyo, Manuel Fanjul Suárez, bajo el reclamo de “urge”, que responda a un cuestionario. Gracias a él sabemos que se habían iniciado las obras dirigidas por Luis López Argüelles, ayudante de minas y fábricas metalúrgicas. 

En el mismo cuestionario se contesta afirmativamente a las preguntas acerca de su estaba construidos los cimiento, levantadas las paredes, la cubierta y los pavimentos, así como si las obras se estaban ejecutando conforme al proyecto. Asimismo, se cifra en 18.670.20 pts la cantidad invertida hasta ese momento en las obras, lo que supone algo más del 50% del presupuesto total de la obra ligeramente superior a las 35.000 pts. 

Cuestionario de avance de las obras.

A la vista de esos datos económicos facilitados por el párroco, se considera que el presupuesto original está “desproporcionado”, por lo que se reduce su cuantía a 28.000 pts “cantidad por la que se propone la aprobación”, según consta en el informe emitido por el arquitecto J.M. Díaz en Gijón el 5 de julio de 1942. Unos días después, el 23 de julio, el obispo de Oviedo envía al presidente de la Junta Nacional de Reconstrucción de Templos Parroquiales, con sede en Madrid, una solicitud de subvención para ayudar al desarrollo de las obras de recuperación de la iglesia de Villardeveyo, por importe de 18.000 pts. La recaudación de fondos para financiar las obras de recuperación del tempo, se habían iniciado muy pronto, como demuestra un recibo emitido a nombre de José Álvarez Álvarez, por importe de cinco pesetas “a cuenta del segundo donativo voluntario de 25 pts para ayudar a la reconstrucción del templo de San Miguel de Villardeveyo”. El recibo está firmado por el tesorero, Luis Roza, y lleva fecha de octubre de 1939. En 2002 se volverán a hacer obras de restauración por un importe aproximado de 27.000 €, que afectaron sobre todo a la cubierta.

Información aparecida en La Nueva España sobre las obras de rehabilitación llevadas a cabo en 2002.