Las escuelas del concejo en el siglo XIX (2)

Apertura del acta del pleno municipal del 30 de abril de 1898.

En julio del año pasado escribí un primer artículo dedicado a la situación de las escuelas en el concejo en la siglo XIX, que se puede leer pinchando aquí, y anunciaba un segundo referido al contenido de un informe elaborado por el inspector educativo, Dimas Rojas González, en el año 1898.

Este documento de especial interés para nuestro concejo, lo conocemos gracias a que se leyó en el transcurso de un pleno monográfico sobre el asunto, que se celebró el 30 de abril de ese año, cuyas actas se conservan en el archivo municipal de Llanera. En ese informe se recorre la situación de los centros educativos y del mismo se aprecia claramente el nivel de deficiencia que existía en las mismas.

El inspector quedó muy poco satisfecho de su visita a las escuelas del concejo, como aparece expresado de forma muy clara en el arranque del acta municipal: “Que tan disgustado se halla a causa del nada satisfactorio estado de la casi totalidad de las escuelas del concejo que no puede por menos de significarlo a esta Corporación en primera línea, si bien con harto sentimiento y por obligar a ello el cargo que desempeña”.

Escuelas de Sta. Cruz y de Pruvia.

Empezando por la parroquia que acoge a la capital municipal, Rondiella, el inspector encuentra «deficiencias reglamentarias en los registros» y señala la falta de asistencia de los alumnos en una escuela de grado elemental. En el caso de Arlós, un total de 79 niños y 57 niñas, de los cuales acuden regularmente 70 entre ambos sexos, comparten un espacio de apenas 17 metros cuadrados. Con razón el inspector afirma que es imposible dar clase en esas condiciones, además de encontrar malas las condiciones higiénicas con un aire viciado en el interior. Además, incidió en el aspecto legal de no estar permitida la enseñanza mixta en las escuelas elementales y en las parroquias de más de 800 habitantes, como era el caso, era obligatorio contar con una escuela de niñas. Ante la situación, el inspector decidió enviar para casa a las niñas presentes, un total de 21.

Sin embargo, entiende que “la instrucción de los niños se extiende á la que en la generalidad de las asignaturas del grado elemental y está en buen estado relativamente á las muchas faltas de asistencia”.

Fragmento del acta del 30 de abril de 1898.

En Santa Cruz, parece que el principal problema que observa Dimas Rojas, es la falta de nivel educativo, de tal forma que amenaza al maestro con la jubilación en el caso de que en próxima visita la situación no haya mejorado. Tampoco sale bien parado el docente de Pruvia, quien, en opinión del inspector, no sigue los criterios pedagógicos ni respeta el reglamento. En Lugo aprecia problemas de salubridad y masificación, además de encontrar a niños y niñas compartiendo el mismo espacio, aún habiendo una escuela específicamente para niñas. Claro que esta última tenía unas dimensiones de 3,08 m por 2,08 m. para 56 alumnos (22 niños y 31 niñas), todos ellos respirando un aire insano. Mandó marchar a los niños.

Mejor iban las cosas por Bonielles, gracias a un maestro activo y que «se esfuerza para que los niños aprendan» a pesar de que su titulación es la más básica posible. Todos sus alumnos saben leer, no todos saben escribir y muy pocos tienen conocimientos de aritmética según el inspector. Las escuelas de San Cucufate y de Ables recibirán la visita de la junta, previsiblemente la de Primera Enseñanza, por lo que se deja para esa visita la elaboración del informe sobre su situación, aunque de la primera se dice que está «en estado regular».

Fragmento del acta del 30 de abril de 1898.

En Cayés, Rojas González, encuentra que el maestro cumple «regularmente» con su cometido, mientras que en Ferroñes el docente «es trabajador y sus alumnos obtienen resultados», lo que convierte a su escuela en un centro de atracción de alumnos procedentes de otras parroquias vecinas, lo que demuestra la existencia de una cierta preocupación por parte de las familias de enviar a sus hijos a la escuela en la que podían obtener mejores aprendizajes.

Finalmente, Villardeveyo da la impresión de rozar el desastre más absoluto, ya que a pesar de tener un maestro con formación superior, no había ni organización ni método, tampoco había libros para uso de los alumnos y el material disponible era muy escaso mientras que la asistencia era muy baja. Ante el inspector, el docente explica que se lleva dos meses delicado de salud, disculpa que no impide que sea amonestado por el inspector, quien termina recomendando al ayuntamiento que se lleven a cabo exámenes anuales a todos los alumnos y se vigile la administración del material para evitar abusos.

Al final de la sesión plenaria, el alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, da las gracias al inspector “por lo bien que se enteró de la enseñanza de las escuelas de este término municipal”, y se ofreció, de acuerdo con la junta local a “corregir todas las faltas y cuenta con todos los maestros que si bien hay algunos que no responden á los sacrificios que este Ayuntamiento hace por la enseñanza, sin embargo en su mayoría son celosos”, y se espera que en próximas inspecciones la imagen que se lleve el inspector de las escuelas del concejo, haya mejorado.

Fragmento del acta donde se mencionan las escuelas de Cayés, Ferroñes y Villardeveyo.

Como un préstamo de la familia Polo al ayuntamiento terminó en pleito

Seguramente habrá personas a las que el nombre de Felipe Polo así a bote pronto no le diga muchas cosas, pero si añado el dato de que fue (a su pesar) suegro de Franco, entonces la cosa seguro que cambia un poco y ya ubicamos al personaje, incluso en sus propiedades, por parte de la familia de su mujer, en La Piniella en la parroquia de San Cucufate. Para esta entrada de hoy hay que remontarse a finales del siglo XIX, para seguir la pista de la historia.

Lo primero sería explicar que las finanzas de los ayuntamientos hasta bien entrado el siglo XX, vamos hasta el regreso de la democracia, eran del todo caóticas y los municipios apenas si eran capaces de recaudar lo suficiente para hacer frente a los gastos corrientes. El caso de Llanera, en ese sentido, era paradigmático lastrado como estaba por no tener un sistema eficaz de recaudación y por los altos niveles de contrabando, tal y como podemos leer en diversas actas municipales, y a los que seguramente acabaré por referirme en alguna entrada en este mismo blog.

Así, no era extraño que de cuando en cuando, el ayuntamiento recurriera a solicitar préstamos a particulares o a poner en marcha colectas entre los vecinos a los que se ofrecía un porcentaje de rentabilidad, como si de un préstamo bancario se tratara.

Acta del pleno del 21 de noviembre de 1896.

Para el tema que nos ocupa nos vamos al año 1896, cuando en el pleno del 21 de noviembre, bajo la presidencia del alcalde Ramón García Miranda y Ablanedo (todo un personaje, todo hay que decirlo, y al que también le prestaré una atención especial), se informa a la corporación del recibimiento de una carta firmada por Felipe Polo y Juan Ávila, maridos de las hijas de Ramón Martínez Valdés, Pilar y Ramona, en la que reclaman la cifra de 8.000 pesetas prestadas al ayuntamiento para financiar las obras de la carretera entre San Cucufate y la capital municipal. El pleno decide nombrar una comisión formada por los concejales, José González Solares y Severino López Coto para proceder a la liquidación del préstamo.

Acta del pleno del 21 de noviembre de 1896.

El ayuntamiento no debió de agilizar mucho las gestiones, habida cuenta de que algo más de un año más tarde, concretamente en enero de 1898, el asunto vuelve de nuevo al pleno municipal, ante la insistencia de Felipe Polo y de Juan de Ávila por resolver el asunto. Tema por lo demás antiguo, ya que según se recoge en el acta del pleno, el préstamo se había hecho en el ya lejano año de 1864.

Así lo pusieron de manifiesto varios exconcejales llamados por el alcalde para aclarar la situación, acordándose de nuevo nombrar una comisión que procediera a la liquidación de las cantidades que se adeudaran «teniendo en cuenta que esos señores deven [sic] satisfacer y dar como cantidades recibidas todas las cantidades que adeudaban como contribuciones de consumos y contingente provincial desde el día del otorgamiento de la Escritura (del préstamo) hasta el día de la liquidación», como se recoge en el acta del pleno del 8 de enero de 1898. En caso de que los herederos no aceptaran este acuerdo, el ayuntamiento iría a los tribunales.

Acta del pleno del 8 de enero de 1898.

Así llegamos al año 1900 y al acta del pleno del 17 de noviembre, en la cual encontramos dos datos relevantes. Uno que el asunto finalmente llegó a juicio y que el préstamo lo había hecho Ramón Martínez Valdés siendo él alcalde de Llanera. En el pleno, los concejales que intervinieron pusieron de manifiesto que «poco o nada se les debe», y fueron los ediles Víctor Rodríguez Ablanedo y Manuel Ablanedo y Álvarez, quienes desvelaron que el dinero prestado por Ramón lo había sido durante su periodo como alcalde, y con la única finalidad de «faborecer [sic] sus propiedades de San Cucufate», de ahí que el ayuntamiento «debe defenderse y no pagar cantidades que no debe».

Por otro lado, desvelan que la casa de La Piniella no pagaba la contribuciones, y ponen el acento en que la mala administración, tanto por parte de la familia como por parte del ayuntamiento, está provocando el aumento de la deuda, y se muestran convencidos de que «si viviesen los padres políticos del los demandantes hijos pertenecientes a una de las principales familias de este concejo, no tolerarían jamás que se llevara este asunto más que al terreno de la amistad.» Antes de la votación, que arrojó un resultado unánime de defender los intereses del ayuntamiento por la vía judicial, el concejal Ramón Martínez Coto, tío de los demandantes, abandonó el Salón de Plenos.

Acta del pleno del 17 de noviembre de 1900.

Las actas de los plenos del Ayuntamiento de Llanera, no nos dan más información al respecto, ni siquiera a través de la prensa hemos podido localizar información acerca de cómo terminó el pleito, pero lo que sí sabemos es que las disputas entre la familia y el ayuntamiento y vecinos de la zona, no terminaron ahí.

Así El Noroeste, el 5 de octubre de 1907, informa de la puesta a disposición judicial del vecino de San Cucufate, Vicente Martínez Díaz, por ser el autor de la extracción de 30 metros cúbicos de tierra de una finca al parecer propiedad de Felipe Polo.

El Noroeste, 5 de octubre de 1907.

Un hecho que es bastante posible que tuviera que ver con la disputa sobre un terreno comunal en la zona, como pone de manifiesto la solicitud que Felipe Polo hace al ayuntamiento, vista en el pleno del 29 de mayo de 1909, en la pide que se proceda al deslinde y se amojone, un terreno en abertal, denominado Los Peñones, que linda con terrenos comunales de la parroquia de San Cucufate, en el término de La Cogolla. El pleno acuerda que el perito municipal, Joaquín Suárez González, y los concejales Víctor Rodríguez Ablanedo, Manuel Alonso Rodríguez y Tomás González Vega, visiten los terrenos en cuestión y fijen el deslinde entre los terrenos.

Acta del pleno del 29 de mayo de 1909.

El asunto quedó zanjado en el mes de junio, en el plenario del día 26, aunque en esta ocasión la finca propiedad de Felipe Polo, recibe el nombre de La Requejada.

Esa solución aprobada por el ayuntamiento en pleno, no fue del gusto de los vecinos de la parroquia, quienes se dirigieron al plenario municipal en el mes de julio, para manifestar su descontento, y acusar a Felipe Polo Flórez, como representante legal de su mujer, Ramona Martínez Valdés, de «tratar de apropiarse de un terreno en el monte común llamado La Cogolla, cuyo monte está exceptuado de la venta á favor de aquel vecindario», de la misma manera que otro particular está tratando de hacer en el mismo monte. Ante la situación, el pleno acuerda dejar el asunto pendiente de resolución a una próxima sesión, aunque el mismo nunca volverá a constar en ningún acta de sesión.

Acta del pleno del 10 de julio de 1909.

Y este no sería la única discrepancia que tendría la familia con el ayuntamiento, como ya vimos el pasado mes de agosto, cuando publicamos el artículo El ayuntamiento investigó a Franco por el cierre de una finca. Fue en 1936.

Unos años antes, en 1926, la iglesia de San Juan el Real de Oviedo, acogía los funerales por Felipe Polo Flórez, cuyos restos fueron luego trasladados al cementerio del Salvador, tal y como podemos leer en el diario Región del 23 de junio.

Región, 23 de junio de 1926.

Cuando en San Cucufate cazaron un dragón, o casi

Titular en La Voz de Asturias del 30 de enero de 1926

Hoy un breve artículo para comentar un hecho curioso acontecido en la parroquia de San Cucufate allá por 1926, o sea, hace poco menos de un siglo, y del que se hizo eco La Voz de Asturias en enero de ese año. El caso es que los vecinos de la zona empezaron 1926 con una extraña inquietud debido a la presencia de un «ser extraño» que, según algunos testigos, hacia su acto de aparición en horario nocturno en los aledaños de la «fuente llamada de Sobiña [Soviña]»

Como suele ocurrir con esta clase de relatos, cada uno que lo contaba iba añadiendo características a la aparición. Así, en el artículo periodístico se decía que por los ojos «despedía chispeantes llamas y producía un imponente ruido», descripción que atribuía el periodista a «personas desocupadas», que le daban al «cosu» características propias de un dragón.

Un anónimo redactor que, si bien reconocía no creer en tales cosas ni considerarlo tema adecuado para ser llevado a letras de molde, se veía obligado a hacerlo «a instancias de queridos amigos y lectores que desean su divulgación para patentizar una vez más la incomprensión de determinadas personas».

Sea como fuere, la noticia de semejante aparición fue corriendo por la parroquia, hasta que un valiente, como lo define nuestro cronista aunque deja en la oscuridad la identidad del mismo, decidió formar un grupo para poner fin a la aparición de ser tan enigmático. La convocatoria tuvo éxito, logrando reunir a una treintena de vecinos, aunque en el titular eleva su número a 50, cada uno de ellos pertrechado con su garrote correspondiente, que una cosa es no creer en apariciones, y otra muy distinta, acudir a una cita así sin ir debidamente protegido.

Esos «aguerridos defensores de la tranquilidad pública«, se acercaron con las debidas precauciones a la fuente, donde detectaron la presencia del extraño ser. Suponemos al jefe de la cuadrilla dar la orden de ataque, a la que responderían todos a una, para liarse a garrotazos con la criatura, algo que parece ser que hicieron con especial energía hasta que, en un momento dado «alguien se dio cuenta de que la víctima de la paliza era un muñeco debidamente preparado y un aaaah unánime puso fin a la batalla», según podemos leer en La Voz de Asturias.

De esa forma tan chusca se puso fin a las apariciones de ser tan extraño, y como cierra su artículo el periodista de La Voz de Asturias: «si supiéramos que éramos atendidos nos atreveríamos a pedir una recompensa para aquel que le puso fin con su decisión valerosa».

Para cerrar les dejo la captura con la noticia completa.

Noticia completa tal y como apareció publicada en La Voz de Asturias el 30 de enero de 1926.

La familia Valdés y la Torre de Guyame

La Torre de los Valdés en una imagen de los años 60. Foto Archivo del Ayuntamiento de Llanera.

Como afirma el padre José María Patac en el prólogo del libro de Elviro Martínez, Cartas de Felipe II al general Pedro de Valdés, el origen de la familia Valdés estaría, siguiendo un manuscrito del siglo XVII del archivo del conde de Revillagigedo, en el siglo X, concretamente en uno de los hijos del conde D. Melén González, llamado Gonzalo Meléndez. Este personaje prestaría servicios bélicos con el rey Alfonso X el Sabio, gracias a lo cual conseguiría los señoríos de Busto y el valle del río Ese. “El apellido de esta nobilísima casa se tomó del valle de Esse que, juntando las letras, se llamó de Valdés. Llamóse de Esse por el río que corre serpiando por aquel valle en forma de s”, tal y como explica Luis Alfonso de Carvallo (1571-1635) en su obra Linajes asturianos.

Ese mismo autor nos dice que fue Rodrigo Menéndez de Valdés, a la sazón tercer señor de “las torres de San Cucado” el primero en utilizar el apellido Valdés, y que fue “rico ome” de Alfonso VIII, hasta su fallecimiento en el año 1210, recibiendo cristiana sepultura en el Monasterio de San Vicente de Oviedo. Un hijo suyo, Pedro Menéndez de Valdés, aparece citado en las crónicas de la batalla de las Navas de Tolosa, disputada en 1212, aunque se le cita como Gómez Pérez el Asturiano, y uno de sus vástagos daría origen a la familia Valdés en Andalucía.

El edificio en una imagen de 2019. Foto del autor.

De todos los descendientes de esta familia, merece mención aparte Diego Menéndez de Valdés, apodado «El Valiente», por la defensa que hizo del rey Pedro I durante la guerra que este mantuvo con Enrique II de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso IX, quien utilizaría los señoríos que le había concedido en herencia el magnate asturiano Don Rodrigo Álvarez, para alzarse en contra de su hermanastro al que acabaría por destronar. 

Ante la situación, en 1367, se convocó una reunión en el monasterio ovetense de Santa María de la Vega, para poner en marcha una federación a favor de Pedro I. Esta reunió fue dirigida por la familia Valdés, y a ella acudieron un total de 28 concejos, tanto asturianos como del norte de León. El posicionamiento de la familia Valdés a favor de Pedro I, provocaría que su torre de Guyame fuera destruida y sus campos sembrados de sal, por Enrique como represalia por no haberle dado alojamiento en una ocasión durante la guerra.

Escudos nobiliarios de la familia Valdés, Castilla-León y Quirós. Foto del autor.

En la llamada «Leyenda del perdón», recogida por Luis Alfonso de Carvallo, se cuenta que don Diego consiguió escapar después de ser derrotado en Vega de Poja, en el concejo de Siero, y se refugió en un convento benedictino ovetense, en donde muy pronto destacó su habilidad en el manejo de las armas, lo que hizo que varios hidalgos lo convenciesen para que fuera a participar en un torneo organizado en honor del Enrique. En el transcurso del mismo, Diego Menéndez de Valdés, derrotó el solo a seis campeones franceses que habían derrotado a todos los españoles, y un séptimo pidió clemencia. Entonces el rey, después de pedirle que se descubriera, ya que no sabía de quien se trataba, le concedió el perdón y el privilegio de reconstruir sus torres a un tiro de ballesta de donde había tenido las anteriores. Privilegio que le fue refrendado por Juan II a principios del siglo XV.

A su muerte, don Diego y su mujer, doña Mencía de Nava, fueron enterrados en el monasterio de San Francisco de Oviedo (hoy desaparecido) junto a las gradas del altar mayor, en dos sepulcros con sus respectivas estatuas sostenidas por doce leones, y con los escudos de las familias Valdés y Nava.

La torre de los Valdés 

Detalle de la torre. Foto del autor.

Los orígenes de lo que podemos ver hoy hay que buscarlos en la segunda mitad del siglo XII, momento en el cual García González erigiría las primitivas torres. Posteriormente, en 1262, el rey Alfonso X redacta una carta en la que ordena destruir torres y castillos en Asturias, entre las que se encontraba la de Guyame.

En 1393, tras conseguir el perdón real, Diego Menéndez de Valdés recibe la autorización para edificar una torre en el lugar llamado El Pico, próxima a los palacios de la Viña, con “su corral y barrera, y casa, y almena y mando” tal y como se recoge en un albalá de Enrique III, por el cual le permite la finalización de la edificación de “sus torres viejas”, privilegio éste que fue confirmado por Juan II en 1412. Esta alusión a las “torres viejas” hace sospechar a José Luis Avello la existencia de más de una torre, sospecha que ve corroborada por el testimonio de Luis de Valdés “al señalar que la casa de Valdés se encontraba ‘apartada de la vieja (Torre del Pico) a tiro de mosquete’; seguramente pudo haber ocupado la superficie en la que hoy se asienta el llamado Palacio de San Cucao (Villanueva)”.

Parte trasera del edificio. Foto del autor.

Si a todo esto añadimos las sucesivas remodelaciones y obras diversas realizadas en los siglos XIX y XX, no es extraño que lo que nos ha llegado hasta hoy sea un conjunto muy diferente del que debió de haber sido en su origen.

La construcción es del tipo palacial rural, formada por una torre de planta cuadrada, de tres pisos y remate almenado (remate que en fotos antiguas vemos con una cubierta de teja a cuatro aguas), con un cuerpo rectangular adosado en el siglo XIX, de dos plantas y desván, también rematado en almenas. En la fachada este de la torre se conserva una de las ventanas geminadas originales con tres escudos de armas, modelo que se utilizó para construir los vanos de la fábrica neohistoricista. Los escudos están tallados directamente sobre la piedra y son: Valdés, Castilla y León y Bernaldo de Quirós. Las armas de los Valdés que aquí se ven son las más antiguas que se conocen de este linaje. 

La disposición interior no se adapta a los esquemas palaciales tradicionales, sino a las necesidades funcionales para su uso como residencia. 

Imagen de los años 60. Archivo Ayuntamiento de Llanera

Los palacios del siglo XVII en Llanera (I): Villanueva

El Palacio de Villanueva en una imagen probablemente de los años 60. Archivo Ayuntamiento de Llanera.

Se trata de un edificio magnífico que cuenta con la máxima figura de protección de nuestro patrimonio, al estar catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC) desde el año 1995. Afortunadamente, las obras de consolidación de la ruina llevadas a cabo hace unos años, han venido a frenar un deterioro que parecía irreversible. Se trata de uno de los mejores ejemplos de palacio nobiliario insertado en el medio rural de toda la región y que se nos muestra magnífico aun en su estado ruinoso.

El palacio en una imagen del año 2017. Foto: Daniel Mora.

Construcción patrocinada por una familia Valdés cuya vinculación con Llanera hay que buscarla en el siglo XII, cuando García González levanta las primitivas torres de Guyame, mientras que Pedro Menéndez de Valdés recibe la encomienda del concejo de manos episcopales dos siglos más tarde. Su implicación política hará de los Valdés una de las familias relevantes de la Edad Media asturiana, aunque llegados al siglo XVII la rama de los Valdés que seguía asentada en Llanera ya no tiene el mismo esplendor.

El palacio en el año 2012. Foto propia.

La iniciativa de la construcción del palacio fue debida al impulso del matrimonio formado por Andrés de Valdés, escribano de Llanera, y María Alonso de Quirós, responsables además de la fundación del mayorazgo de Villanueva en 1620, renovado por su nieto Álvaro de Valdés Quirós y Navia Osorio en los años 1709 y 1723. El edificio fue conocido como las Torres Nuevas por contraposición a las torres antiguas en las que la familia había tenido su solar desde los siglos altomedievales.

Vista trasera del palacio en el año 2006. Foto propia.

Nos encontramos ante una edificación inscrita nuevamente dentro de postulados clasicistas, de volúmenes claros con una fachada principal de dos pisos flanqueada por sendas torres de cuatro alturas, separadas por unas sencillas líneas de imposta que se convierten en uno de los escasos elementos decorativos de la construcción, junto con los vanos y los escudos, elementos estos últimos que parece que no formaron parte del palacio hasta el siglo XVIII, otorgándosele esa iniciativa a Álvaro Valdés Quirós. Son los elementos heráldicos de las familias Valdés, Bernaldo de Quirós y Navia-Osorio.

Detalle de la fachada en 2010. Foto propia.

Se trata de un palacio de buenas dimensiones con un esquema constructivo muy similar al que veremos en el Palacio de Villabona. De nuevo volvemos a ver un portalón de entrada de buenas dimensiones, lo que permitía la entrada de carros para facilitar la descarga de su mercancía en alguna de las dos estancias comunicadas con el primer piso de las torres. Sobre la puerta de entrada al palacio tres vanos rectangulares con barandilla de madera nos dicen que ahí estaba el salón.

En las torres, rematadas con mansarda, el ritmo de los vanos es de 1-1-2-3, rectangulares los de mayor tamaño y cuadrados los más pequeños. A la altura del tercer piso el espacio entre ventanales es ocupado por los escudos nobiliarios.

Detalle de una de las torres. Foto propia.

El tono amarillento del sillarejo con el que están construidos los lienzos murales, contrasta de una forma pintoresca con los tonos claros de los sillares bien escuadrados con los que se privilegia a las esquinas y los distintos vanos. La ordenación regular de todos los elementos de la fachada principal, se vuelve cierto desorden cuando rodeamos el edificio y nos encontramos con ventanas de distintos tamaños y de distribución irregular, algunos de ellos con apariencia de no pertenecer a la fábrica primitiva.

Escudo nobiliario en una de las torres. Foto propia.

Los espacios de habitación interiores cuentan con un patio como elemento centralizador, esta vez formado por una docena de columnas de orden toscano, a cuya parte superior se accedía a través de una magnífica escalera de piedra, que se ha convertido en uno de los escasos elementos que aún se conservan en pie. Un patio ligeramente desplazado de lo que sería el centro geométrico del edificio, cerrado con un muro telón que puede hacer sospechar la presencia de una cuarta crujía, tal vez rematada con otro par de torres, lo que daría al palacio una apariencia espectacular.

La capilla estaba dedicada a Ntra. Sñra. de Villanueva. Foto propia.

La importancia dada a la fachada principal se remarca con la construcción de la capilla dedicada a Nuestra Señora de Villanueva, adosada a la torre oeste del conjunto. Una capilla a la que María Alonso de Quirós debía de tener un cariño importante y en su testamento de 1620 dice: “tenemos devoción de reedificar la nuestra hermita de nuestra Señora de Villanueva, que nos tenemos en el lugar de Villanueva, y que en ella se digan las dichas treinta y seis misas”. Contó con capellanía dedicada a san Pedro y san Andrés.

Otro de los escudos nobiliarios que se pueden ver en una de las torres. Foto propia.

Desde el punto de vista constructivo, la capilla es de planta rectangular originalmente cubierta con una bóveda que no se ha conservado, con sendos contrafuertes de buen desarrollo al exterior. Lo que sí se mantiene es el arco de triunfo, formado por dovelas pétreas bien escuadradas, apoyado en sendos capiteles moldurados a su vez sustentados en pilares adosados a las paredes de la capilla. De lo conservado, se observa que los muros contaban con una línea de imposta corrida a la altura de los capiteles del arco de triunfo visible también al exterior. En el frente además de la puerta de acceso, se colocan tres vanos para permitir la iluminación interior.

Arco en el interior de la capilla. Foto propia.

Desde el segundo piso de la torre se podía acceder directamente a una pequeña tribuna, como demuestra la existencia de una puerta hoy tapiada, y los arranques de las vigas de madera que sostendrían esa estructura. Se completa la edificación con una espadaña y una sacristía adosada a la zona del altar.

Patio interior del palacio en una foto de 1985.

El que en su día fuera uno de los mejores palacios del siglo XVII de toda la región, se ha convertido en una sombra de esplendores pasados, de tiempos en los que todo el pueblo de Villanueva se congregaba en su finca para celebrar la fiesta de su patrona.

La extensión del alumbrado público (I): Cayés, San Cucufate y Ables

En los dos artículos anteriores a este, hablábamos, respectivamente, de la llegada del alumbrado público a Posada de Llanera en el año 1923, y de la polémica generada al año siguiente en torno a su coste y si tenía que ser el ayuntamiento quien asumiera el mismo, o tenían que ser los vecinos, tal y como defendían dos concejales que terminó generando una amplia atención mediática y una polémica que se tuvo que zanjar en un pleno municipal, a favor de la continuidad del alumbrado y del pago por parte del ayuntamiento. En este tercer artículo dedicado al mismo asunto eléctrico, veremos como a lo largo de los años 20 y primeros 30, esta mejora tecnológica se irá extendiendo a otros núcleos del municipio, empezando por Cayés y pasando por Ables y San Cucao.

El Noroeste 23 de enero de 1923.

De forma lógica, el primer núcleo en recibir esa mejora tenía que ser la parroquia de Cayés, ya que, como vimos, la línea para traer el fluido hasta Posada partía de Cerámicas Guisasola, fábrica ubicada en la localidad de La Venta del Gallo, dentro de esa parroquia. Así, lo hizo saber el diario gijonés El Noroeste, el 23 de enero de 1923, cuando informa de que «hace unos días ha sido instalada la luz eléctrica en el pueblo de Cayés», a través de la Sociedad Popular Ovetense (SPO) y gracias a la generosidad de la firma Hijos de Guisasola, propietaria de la empresa cerámica. El periodista, se pregunta que ya que ha llegado a Cayés, si no será posible su extensión a la parroquia vecina de Ables.

Sin embargo, los vecinos de Ables tendrán que esperar todavía tres años para ver colmadas sus esperanzas de ver llegar el alumbrado público a sus caminos. Así nos lo hace saber La Voz de Asturias el 26 de enero de 1926, cuando informa del desarrollo a buen ritmo de los trabajos para llevar la luz eléctrica por cuenta de la SPO, con la intención de hacerla llegar también a la parroquia aledaña de San Cucufate. Por esa misma crónica, sabemos que otros territorios del concejo estaban demandando la llegada de la electricidad a ellos.

La Voz de Asturias, 26 de enero de 1926.

El hecho de que José Tartiere, conde de Santa Bárbara de Lugones, y gestor de las fábricas de explosivos de Cayés y de Lugones, entre otras muchas cosas, tuviera una propiedad en San Cucufate, fue un elemento que ayudó a la llegada de la luz a esa parroquia. Esa conclusión la extraemos de la lectura del acta del pleno municipal celebrado el 23 de mayo de 1925, y de la moción presentada por el concejal José Alonso Granda que decía lo siguiente: «Que en próxima fecha será instalada la luz eléctrica en la parroquia de San Cucufate; como la instalación ha de ir enclavada en la carretera sería muy necesario establecer seis luces públicas con las que quedaría el pueblo perfectamente adornado. Ruega al propio tiempo que la Corporación haciéndose eco del común sentir de los vecinos de San Cucufate, acuerde consignar en acta un voto de gracias para el Excmo Señor Conde de Santa Bárbara por sus felices gestiones en pro de tan importante mejora.» El resto de la corporación hizo suya la moción aprobada por unanimidad, incluyendo la instalación de seis luces públicas «teniendo en cuenta, tan luego sea un hecho imponer el tributo correspondiente a las personas que les reportan estos beneficios.»

Fragmento del acta del pleno municipal del 23 de mayo de 1925.

La obra no debió de ir tan rápida como esperaba el edil Alonso Granda, casi un año después el diario Región escribía: «La instalación de la luz eléctrica en San Cucufate toca a su fin. Pronto, dentro de muy breves días, lucirá esta en tan simpático pueblecito veraniego.» El vecindario de la parroquia quiere manifestar su agradecimiento a José Tartiere y propone bautizar con el nombre de Avenida José Tartiere la carretera principal que atraviesa el pueblo, a imagen y semejanza de lo que se había hecho en la capital municipal con Prudencio González. Esa información está fechada el 16 de mayo de 1926. Una semana después, la misma noticia, con idéntica redacción, aparecerá en el diario El Comercio. La iniciativa de bautizar al tramo de carretera con el nombre del conde de Santa Bárbara, finalmente nunca se llevará a cabo sin que por ahora, conozcamos las razones para no llevarla a cabo.

Región, 16 de mayo de 1926.

La ansiada inauguración del alumbrado tuvo lugar el sábado 30 de mayo de 1926, haciendo «realidad el suelo dorado de los vecinos de San Cucufate», tal y como escribe Región el día 1 de junio de ese mismo año. En el acto «derrochose en gusto y dinero», siendo el epicentro del festejo la explanada delante de Casa García, donde se instaló «gran número de bombillas de distintos colores, intercalándose varios focos, dando un aspecto sorprendente a la plazuela en la cual el baile y demás festejos celebrados, duraron hasta la una de la madrugada.»

Región, 1 de junio de 1926.

Luego le tocará el turno a la parroquia de Ables, donde el ayuntamiento instalará seis bombillas a petición de los vecinos, nos cuenta El Noroeste el 10 de octubre de 1926, y en marzo del año siguiente, Región mediante, sabemos que la parroquia celebró la llega del alumbrado público a la misma. La celebración se hizo por medio de una «gran romería el domingo último, que estuvo animadísima y se lanzaron a espacio multitud de cohetes.» Algo antes, la electricidad había llegado al barrio de Arriba y ahora sus convecinos del barrio de Abajo se sumaban a ella.

Región, 10 de marzo de 1927.

No acabaron ahí los actos de celebración, toda vez que en el mes de abril de 1927, los vecinos de Ables quisieron agradecer al alcalde, Celestino Tresguerres, la mejora recibida obsequiándole con un «valioso juego de café, verdadera obra de arte, y un hermoso álbum en el que constan los nombres de los vecinos que contribuyeron con su óbolo a tan merecido como justo homenaje de agradecimiento.» Fueron los vecinos Fructuoso Hevia, Vicente Díaz, Enrique Rodríguez y Fructuoso Martínez, los encargados de entregarle el regalo en su casa en el día de su onomástica. Tresguerres agradeció el gesto y «obsequió a los comisionados con pastas y licores.» (Región, 14 de abril de 1927).

Región, 14 de abril de 1927.

Herminio Álvarez Martínez, un recordman mundial de Lugo de Llanera

Región, 7 de julio de 1931.

Aunque la noticia que publica sobre este hecho el diario Región es confusa, ya que tan pronto califica a Herminio Álvarez Martínez de «campeón del mundo», como de haber batido una marca mundial, lo más probable es que se trate más de lo segundo que de lo primero, sin descartar que en el transcurso de una competición de rango mundial, nuestro convecino no solo alcanzara el campeonato sino que además estableciera una plusmarca mundial.

En las dos informaciones que publica el periódico al respecto, no encontramos datos acerca de las fechas de celebración de la competición, lugar de la misma o procedencia de otros competidores, si bien es cierto que a principios del siglo XX este tipo de competiciones, tanto nacionales como internacionales era bastante habituales.

En la entrevista que le publica el periódico asturiano, Herminio reconoce haber tenido dudas acerca de su rendimiento en el campeonato, al pensar «en los primeros momentos que le agotamiento surgiría por fallo de la columna vertebral, fácil de acusarse con dolores por la posición ininterrumpida del cuerpo.» También reconoce, modestamente, que su intención inicial era la de «permanecer 18 horas solamente escribiendo y he llegado a las veintiuna.»

Entrevista con Herminio Álvarez publicada en Región el 7 de julio de 1931.

Lógicamente, a la finalización de la competición la parte de su cuerpo más resentida fue la de las yemas de los dedos, «pero soporté las molestias porque como yo he de sentar normas cuando se me discuta el campeonato será precisamente una de las condiciones de la prueba no levantarse de la silla, donde se trabaje.» Y es que a lo largo de esas 21 horas de escritura ininterrumpida, el alimento le fue suministrado al mismo tiempo que escribía, la no poder dejar «ni un segundo de pulsar las teclas».

Con la lógica satisfacción por el hecho conseguido, Herminio desvela que no para de recibir felicitaciones, y que al día siguiente iba a ser agasajado con una comida en un establecimiento hostelero de San Cucufate. En ese momento, nuestro convecino vivía en Madrid, donde se dedicaba al estudio, tal y como afirma él mismo en la entrevista, con vistas a encontrar «no tardando un empleo compatible con mis actividades», y reconoce que está encantado de vivir en la capital de España.

Artículo sobre el homenaje tributado a Hermino Álvarez en San Cucufate. Región 11 de julio de 1931.

Cuatro días más tarde, Región publica una nueva información al respecto, y en ella descubrimos que Herminio es natural de Lugo de Llanera, y que el «lunch» con el que fue homenajeado, tuvo lugar en «la casa del señor García de San Cucufate», y el anónimo periodista nos dejó el listado de asistentes, que estuvo formado por «sus íntimos amigos y miembros de la colonia americana, don Luis Álvarez y don Manuel Sánchez, y a su izquierda los jóvenes doctores señores Crabiffosse y González Granda (don José) y como asistentes don Paulino González, Don Aurelio Hevia, don Luis Álvarez, don Ramón Fernández, don José Alonso, don Emilio Cueva, don José González, don José Antonio Álvarez, don Adolfo Requejo, don Laureano Álvarez y este humilde corresponsal y otros más que sentimos no recordar.»

Fue el doctor Crabiffosse el encargado de hacer un discurso en nombre de la comisión organizadora del homenaje, que fue seguido por otras alocuciones a cargo de varios de los asistentes. «Al final todos los oradores fueron aplaudidos, habiéndose deslizado tan simpático homenaje dentro de la mayor armonía», concluye la información del día 11. El 2 de octubre, de nuevo Región, informa del viaje emprendido por Herminio en dirección a Madrid, con el fin de continuar con sus estudios de Magisterio.

Curiosamente, en las mismas páginas, se informa que el facultativo Francisco Crabiffosse, había salido de viaje en dirección a Burdeos y París con el fin de ampliar sus estudios médicos, mientras que otros de los asistentes, Luis Álvarez, había iniciado viaje hacia la localidad guipuzcoana de Cestona.

Región también informó de los viajes De Francisco Crabiffose y Luis Álvarez.

El ayuntamiento investigó a Franco por el cierre de una finca

Casa solariega de La Piniella.

Recientemente saltó a las páginas de los periódicos regionales, que la familia Franco había puesto en venta la propiedad sita en La Piniella (San Cucufate, Llanera, Asturias), por una cantidad muy próxima a los 5 millones de euros. Eso me hizo recordar un episodio más anecdótico que histórico, relacionado con esa propiedad, y que no es otro que la investigación que abrió el Ayuntamiento de Llanera a Franco, en relación con el cierre de una finca próxima en los años 30.

Conocido es que la relación del dictador, Francisco Franco Bahamonde (El Ferrol, 1892 – Madrid, 1975), con el municipio de Llanera, se inició merced a su cortejo con Carmen Polo Martínez-Valdés (Oviedo, 1900 – Madrid, 1988), perteneciente a una familia de rancio abolengo asentada en la parroquia de San Cucufate, con casa solariega en la población de La Piniella. La relación entre ambos dio comienzo en 1917, cuando se conocen e inician un noviazgo durante la estancia del, por aquel entonces, comandante en la guarnición de Oviedo, ciudad en la que terminarían por contraer matrimonio en 1923, tres años antes de convertirse Franco en el general más joven de España.

El Noroeste, 21 de julio de 1926.

En esa casa solariega pasará la pareja su corta luna de miel, además de convertirse en ocasional residencia veraniega durante el periodo de la dictadura franquista. Visitas que, de forma anecdótica, obligaban a los escolares de Posada de Llanera y de San Cucao a ocupar las márgenes de la carretera agitando banderitas al paso de la comitiva. La propiedad es difícilmente visible desde el exterior debido a la frondosidad de la vegetación que la rodea.

Vista de la entrada a la finca desde el exterior de la verja de acceso.

Valga esta introducción para entrar en la materia central de este breve artículo. Corría el mes de febrero de 1932, cuando el día 13 se reúne el Ayuntamiento de Llanera en pleno para tratar, entre otros asuntos del orden del día, una instancia presentada por Francisco Franco, en nombre de su esposa Carmen Polo, solicitando autorización para proceder al cierre de una finca de su propiedad denominada Monte La Cogolla, en la parroquia de San Cucufate, y de 9,5 hectáreas de extensión. Propiedad que “linda por el Oriente con tierras del Marqués de San Esteban y camino; Mediodía, monte común; Poniente, bienes de esta procedencia y Norte castañedo de D. Francisco González Rojo y Dª Victoria González Llana”, tal y como se recoge literalmente en el acta de la sesión plenaria.

Fragmento del acta del pleno del 13 de febrero de 1932.

Ante las dimensiones de la finca y la información facilitada por el concejal Marcelino Rodríguez, quien se hacía eco de los rumores que circulaban entre los vecinos de San Cucufate acerca de la posibilidad de que Franco fuera a cerrar una superficie mayor de la declarada, el alcalde, Severino Coterón, perteneciente al Partido Reformista de Melquiades Álvarez, decide reforzar la Comisión de Policía con dos concejales más, para lo que propone al socialista Agustín González y a Celedonio García para estudiar el asunto. Finalmente, el socialista renunciará a formar parte de esa comisión y será sustituido por Marcelino Rodríguez. Por unanimidad de todos los concejales presentes, se acuerda que la Comisión de Policía reforzada, presidida por el alcalde y asesorada por el secretario municipal, proceda a ver el terreno in situ, ver los lindes y redactar el correspondiente informe.

El asunto volverá al pleno municipal el día 26 de marzo, para dar cuenta del informe elaborado por esa comisión, en el cual se dice que “habiendo examinado y medido los terrenos y vista los títulos de propiedad, puede autorizarse el cierre por el deslinde practicado por ese Ayuntamiento el 25 de noviembre de 1839 y del cual existen los diez finxos o mojones”. Junto a esa autorización para el cierre, se permitió asimismo “la variación del camino que parte del camino que viene de Mazurén a la Casa de la Cogolla.”

Fragmento del acta del pleno del 26 de marzo en la que se autoriza el cierre de la finca, debiendo advertir Franco al contratista que la obra se ajuste por completo a las condiciones establecidas en la autorización.

Por su parte, el concejal Marcelino Rodríguez deja claro que el contratista que está llevando a cabo el cierre de la finca “ha practicado parte sin sujetarse al informe y propone se le advierta que debe sujetarse a él”. Los concejales de forma unánime respaldan la concesión del permiso municipal para levantar el cierre de la propiedad “de conformidad con el informe emitido por la Comisión y advertir al Sr. Franco que conmine al encargado del cierre para que se ajuste por completo al acuerdo.”

Las condiciones de concesión de la oportuna licencia, incluían dejar con un ancho de cinco metros los caminos de Mazurén a San Cucao, de San Cucao a Saguñera, el de la Casa de la Cogolla a Agüera, y «autorizando la variación del camino que parte del camino que viene de Mazurén a la Casa de la Cogolla, al lindero comunal, con un ancho de dos metros y medio.»

ABC, 12 de junio de 1976.

Una curiosidad final relacionada con la casa de La Piniella, la encontramos en las páginas del ABC del 12 de junio de 1976, en una noticia a página completa firmada por Armando Méndez, escrita con un claro tono nostálgico de las glorias pasadas de una propiedad que “fue escenario de importantes momentos históricos en los últimos cuarenta años”. En ella, citando como fuente “un amigo de los que suelen estar enterados de la vida provincial”, se refiere a una presunta autorización concedida a una “empresa norteamericana especializada en fruticultura” para “emplear cinco hectáreas de prado, inmediatas a la noble casa de la propiedad, para plantar en ellas varios miles de manzanos que con toda seguridad darán un ciento por uno de rendimiento”. Bienvenido míster Marshall.

Llanera en la invasión napoleónica a través de las cartas del general Bonet

Puente de Cayés en la década de 1900.

En el ya lejano año de 1995, Perfecto Rodríguez Fernández, profesor de la Universidad de Oviedo, ya jubilado, publicó en la editorial gijonesa Auseva, un libro titulado «Cartas del general Bonet sobre la Guerra de la Independencia en Asturias (enero-abril de 1810)», en la que recoge varios centenares de cartas escritas por Bonet a sus subordinados durante esos meses, en 24 de las cuales se encuentran referencias al municipio de Llanera, en las cuales se pone de manifiesto la importancia estratégica que tenía el puente de Cayés, en las comunicaciones entre Oviedo y Gijón, pasando por La Venta de Puga, por lo que la presencia de tropas francesas en esos dos puntos va a ser más que regular.

En ese año de 1810, en enero, el general Bonet recibe la orden de Napoleón de dirigirse desde Santander hacia Asturias y tomar Oviedo. Eso fue el día 20 y después de superar la oposición que le pudieron ofrecer las tropas asturianas, el día 31 entraba en la capital asturiana y el 7 de febrero, los franceses hacían lo propio con Gijón, y el 7 de febrero Bonet escribe la primera carta (la número 88 en la recopilación de Perfecto Rodríguez), en la que se menciona una población de nuestro municipio.

Portada del libro escrito por Perfecto Rodríguez Fernández.

Se trata de La Venta de Puga, en la parroquia de Pruvia, muy cerca de la población gijonesa de Veranes, y punto importante en la carretera que une Gijón con Oviedo. En esa carta, Bonet le indica al coronel Cretin, acuartelado en la villa de Jovellanos, que «no se olvide de la compañía que se halla en la Venta de Puga», señal inequívoca de la presencia de tropas imperiales en el solar de Llanera. Unos días más tarde, ante el conocimiento de los movimientos que estaba llevando a cabo el guerrillero apodado El Marquesito, ordenará el envío de tropa a Puga para intentar obtener mayor información al respecto.

Lógicamente, para asegurar la viabilidad de las comunicaciones, los puentes son infraestructuras de gran relevancia, y de ahí que el 14 de febrero, ordene al coronel Gauthier que el batallón del comandante Lustringer envíe un destacamento a Cayés, mientras que una compañía de granaderos del 118 se instalará en el puente de Colloto. Unas tropas que dejarán sentir su presencia también en la parroquia de San Cucufate, hasta donde llegaban las patrullas que Bonet enviaba desde Oviedo, como señala en una carta fechada el 23 de febrero de 1810.

Puente y molino de Cayés en la década de 1910.

La situación inestable en el frente asturiano, hizo que Bonet tuviera abiertas las posibilidades de tener que retirarse hacia Pola de Siero, como así tendría que terminar haciendo, y en otra misiva valoraba la posibilidad de retirarse desde San Cucufate hacia Cayés, puente que como el de Brañes, estaba controlado por sus tropas, y las patrullas entre ambos puntos del municipio de Llanera eran diarias sin encontrar ninguna oposición armada.

En el mes de marzo, el general ordena el despliegue de 30 soldados y un oficial en Cayés, con la misión de proteger el puente colocando un puesto en altura para controlar la posible llegada del enemigo desde la vecina San Cucao. Considera suficiente ese contingente y otros desplegados por zonas próximas «al no estar el enemigo presente en esta parte y no tener más que algunos campesinos para combatir en esa zona». Lo que no va a ser óbice para que en marzo, en una carta enviada al comandante Lustringer, muestre cierta alarma por la presencia de ocho jinetes procedentes, supone él, de Pravia.

La Ponte, Cayés.

Días después, Bonet reforzará la guarnición del puente de Cayés con un total de un centenar de hombres y un oficial, con la misión añadida de hacer reconocimientos diarios hasta San Cucufate. Eran tropas del regimiento 118 y la orden se cursó el 11 de marzo. Sin embargo, una semana más tarde, tal vez por la necesidad de reunir tropas para hacer frente a la amenaza de las tropas asturianas, reduce la necesidad de hombres en Cayés a medio centenar.

Al día siguiente, 19 de marzo, el general Bonet se congratula por la llegada del comandante Lustringer con su batallón, y le ordena enviar al día siguiente por la mañana, la mitad de sus tropas a efectuar un reconocimiento a San Cucufate, mientras que la otra mitad tenía que ocupar las alturas que dominan el puente de Cayés. Unas órdenes que no se cumplieron con exactitud y el general muestra su disgusto con el comandante en una misiva que le remite el día 20 de marzo y el 29, le insiste al coronel Duclos, sobre la necesidad de ubicar un centenar de hombres para proteger el puente cayesino y la aldea de La Corredoria.

La Venta de Puga.

En las últimas cartas en las que se menciona a poblaciones de Llanera, será La Venta de Puga la protagonista, primero para ordenar al coronel Cretin el envío de un destacamento para asegurar la correspondencia. Eso el 31 de marzo, mientras que el 6 de abril ordena el regreso de ese destacamento, que sería relevado, al día siguiente, por otro que permanecería únicamente hasta las nueve de la mañana.

La última de las cartas relacionada con nuestro concejo, está fechada el 23 de abril de 1810, y en ella le pide a Cretin que aumente en una compañía el regimiento 118, hasta La Venta de Puga, punto clave para mantener abierta la ruta de comunicación entre las dos principales ciudades asturianas.

Cuando en Llanera se celebraba la Fiesta del Árbol

El Noroeste 10 de febrero de 1919.

La primera referencia que encontramos relacionada con la Fiesta del Árbol en nuestro concejo, está en las páginas del diario El Noroeste del 10 de febrero de 1919, para criticar que todos los años en el presupuesto municipal se reservan 100 pesetas para organizar esta fiesta, sin que nunca se llegue a celebrar y sin que los vecinos sepan a que otro fin se destina ese dinero. La escueta información señala que la fiesta nunca se ha llegado a organizar.

La Voz de Asturias 15 de marzo de 1924.

No se volverá a insistir con el tema hasta los años 20, concretamente hasta 1924, ya en plena dictadura de Primo de Rivera y con Celestino Tresguerres al frente de la alcaldía, cuando otro periódico, en este caso La Voz de Asturias, se interrogue acerca de lo que ocurre con la Fiesta del Árbol, habida cuenta de que el fallecido delegado gubernativo, Álvarez Bardón, había pedido al ayuntamiento que organizase la fiesta sin que ello se haya llevado a cabo y, a la vista de la pasividad municipal, el firmante del artículo, Antonio, se pregunta si no podrían ser los maestros los encargados de hacerlo. El mismo redactor, también para el diario Región, insistirá unos días después desde esa tribuna, en los mismos argumentos.

En lo referido a la fiesta, en el año 1924 no encontramos más información, y será al año siguiente cuando el municipio se ponga manos a la obra para sacar adelante esta fiesta, y ante la advertencia del nuevo delegado gubernativo, Emilio Rodríguez Solís, de la proximidad de la época del año propicia para la repoblación forestal y con ello la oportunidad para celebrar la Fiesta del Árbol, el ayuntamiento decide convocar un pleno para el 12 de febrero de 1925, a las tres de la tarde, para tratar sobre la organización de esa fiesta par que esta «resulte con la esplendidez debida.»

Acta del pleno del 7 de marzo de 1925.

Finalmente, se fijó la fecha del 15 de marzo para celebrar por fin la fiesta, en la capital municipal, concretamente en La Huelga. Con el fin de que la celebración tuviera la vistoridad merecida, el alcalde Tresguerres, en el pleno del 7 de marzo pidió a los concejales su asistencia a la misma y que invitan al mayor número de vecinos posible, para que estuvieran presentes. El concejal, José Alonso Granda, se congratuló de que los niños del municipio fueran los principales protagonistas de la festividad, y se ofreció a donar 100 pesetas para obsequiar a los niños participantes.

Por las páginas de Región del 21 de marzo de 1925, conocemos el programa de ese día de fiesta que se inició a las tres de la tarde, con el desplazamiento de los escolares desde el ayuntamiento hasta La Huelga, donde se había instalado una tribuna para invitados y autoridades. Se inició el acto con la lectura de trabajos alusivos y se cantaron himnos al árbol, a cargo de los escolares de las escuelas públicas. El apartado de discursos corrió a cargo de varios maestros nacionales, el médico titular del concejo, el párroco y el alcalde, mientras que el secretario judicial, Ramón Rayón, leyó una composición en asturiano.

Región 21 de marzo de 1925.

A continuación se procedió a la plantación de 200 plantones de árboles, que recibieron la bendición religiosa, y varias «distinguidas señoritas ayudaron a los celosos maestros» a repartir la merienda entre los niños, con la que finalizó una fiesta que resultó tan «brillante como simpática, mereciendo plácemes todos sus entusiastas organizadores», como recogió Región en su crónica del evento.

Como nunca llueve a gusto de todos, algún desaprensivo rompía el cierre de alambre que protegía la zona repoblada, provocando la entrada del ganado en la zona y la pérdida de muchos de los plantones por la acción de las vacas, tal y como informan las páginas de El Noroeste del 19 de mayo, en una crónica que termina diciendo: «Seguros de que á tales abusos ha de ponerles fin y teniendo en cuenta el interés que demuestra poner el actual Ayuntamiento en la repoblación forestal, es de suponer que se castigue como merecen á los infractores de tales abusos.»

El Noroeste, 19 de mayo de 1925.

El 21 de marzo de 1926 fue la fecha elegida para la celebración de una nueva Fiesta del Árbol, esta vez con la novedad del cambio de escenario al trasladarse la misma desde La Huelga hasta La Mogal, una zona que en ese momento, reunía una amplia extensión de terreno comunal. El mal tiempo fue el invitado incómodo de la jornada, hasta impedir el normal desarrollo de la fiesta. Esta vez la crónica de El Noroeste es más expresiva que las del año anterior, y gracias a ella conocemos los nombres de las niñas que ofrecieron sus discurso a los asistentes.

Ellas fueron las hermanas Ramona y Aurora Álvarez González, de la escuela de Rondiella, dirigida por Francisca López Notario; y Alicia Rodríguez, Regina García y Oliva González, de San Cucufate, dirigida por Purificación López Bernal, junto con «otros niños cuyos nombres sentimos no recordar», escribe el anónimo redactor. Ramón Rayón y los maestros de Ferroñes y Santa Cruz, también se dirigieron a los presentes. En esta edición se plantaron un centenar de árboles y los niños fueron obsequiados con una merienda.

El Noroeste, 24 de marzo de 1926.

De nuevo el mal tiempo fue el protagonista de la edición de 1927, esta vez trasladada al domingo 10 de abril y con cambio de parroquia, al ser Ables la que acogió esta tercera edición de la fiesta, en la que se dieron cita un centenar de personas. La crónica de Región lo deja meridianamente claro: «Fue una lástima que lo desapacible del día desluciera tan simpática y cultural fiesta. Ello fue causa de que no tuviera la brillantez que debiera y por lo tanto resultado fría como el día.»

Los escolares plantaron algunos árboles, y se cantaron los himnos al árbol y a la bandera, trasladándose el grueso de los actos a la escuela de la parroquia, donde se leyeron poesías alusivas al acto por parte de los infantes, y el alcalde Tresguerres hizo un elocuente discurso en el cual «encareció el amor al árbol y puso de manifiesto los innumerables beneficios que aquel reporta a la humanidad, beneficios que por desgracia desconocen muchos.» La consabida merienda puso fin a una fiesta de la que no nos han quedado más rastros en las páginas de los periódicos regionales.

Región 14 de abril de 1927.

En 1928 le tocó el turno de acoger la Fiesta del Árbol a la parroquia de San Cucufate, concretamente el entorno de la iglesia parroquial, donde se celebró el día, desde las cuatro de la tarde, con la presencia de los alumnos de las escuelas públicas, además de los de las Escuelas del Ave María de Coruño, «con sus profesores, Lolita Martínez, Justina Alonso y el joven Arcadio Suárez.» En el atrio de la iglesia, los niños Carlos Pevida, Aurora García y Esther Álvarez, todos de San Cucufate, recitaron poesías.

La Nueva España 27 de marzo de 1928.

La parte más institucional, corrió a cargo del pasionista de la residencia de Mieres padre Fulgencio, y del alcalde Celestino Tresguerres, quien pronunció «un brillante discurso lleno de fervor al niño y al árbol, complaciéndose por tan singular y simpático acto.» A continuación, con la pertinente bendición religiosa, se procedió a la plantación de árboles en el campo de la iglesia. Para finalizar el acto, los niños fueron obsequiados con pastas y naranjas «terminando tan simpática fiesta con el himno a la bandera Salve Patria por las niñas de la escuela de San Cucufate, bajo la dirección de la culta e ilustrada profesora de la misma doña María Luisa Zanón», tal y como se puede leer en las páginas de La Nueva España del 27 de marzo de 1928.

Al año siguiente, los organizadores fijaron la fecha para el 14 de abril y esta vez el tiempo acompañó a una celebración llevada a cabo en la población de Coruño, con un programa de actividades que dio comienzo el día anterior con una verbena con iluminación veneciana, ante el establecimiento de Ángel Rodríguez, en La Venta del Gallo, amenizada con música de gramola y clásica, con suelta de globos de diferentes dimensiones.

Por lo que toca a la fiesta como tal, a ella acudieron los alumnos de las escuelas nacionales de Lugo, Rondiella, San Cucufate, Santa Cruz, Bonielles, Ables, Cayés y del Ave María de Coruño, acompañados por sus maestros y portando las respectivas banderas. El coro de las escuelas del Ave María abrió el acto cantando el himno al árbol, bajo la dirección de su maestra, Soledad Martínez.

Después de proceder a la plantación de un centenar de árboles, los niños José Quirós, José López, José Suárez y Justo Lozano, alumnos de las escuelas del Ave María, y las niñas de Cayés, Rosa Alonso, Margarita Álvarez, Ángeles Fernández y María Paredes, recitaron poesías alusivas a la fiesta. El alcalde, Celestino Tresguerres, cerró los actos institucionales con el tradicional discurso, al término del cual los niños fueron obsequiados con golosinas.