La fundación del Club Llanera de La Habana

Don Pancho, primer presidente y fundador del Club Llanera de La Habana, con su familia en Cuba. Revista Asturias 23 de agosto de 1918.

Desde que a mediados del siglo XIX se levantaron las restricciones a la emigración y hasta los años 30 del siglo XX, la isla caribeña de Cuba fue uno de los destinos principales de la emigración de nuestros convecinos de Llanera en un volumen ciertamente considerable, ya que nuestro concejo fue uno de los de principal emigración ultramarina de toda la región. Lógicamente, los emigrantes cuando llegan a un nuevo lugar buscan el apoyo de sus compatriotas, y de ahí la formación de sociedades como el famoso Centro Asturiano de La Habana, además de asociarse por los lugares de origen, para así seguir manteniendo, en cierta medida, el contacto con el lugar de nacimiento.

El ejemplo más antiguo que tenemos de organización de los asturianos allende los mares, lo tenemos en México, país en el que la colonia asturiana en 1732, funda un colectivo con el fin de celebrar la fiesta de la Santina en la iglesia conventual de Valvanera. En Cuba, esas asociaciones, con la finalidad de ayudar a aquellos compatriotas a los que no les iban bien las cosas, dieron comienzo en 1877 con la Sociedad Asturiana de Beneficencia de La Habana. En 1892 se inaugura la sede del Centro Asturiano de La Habana.

Natural de Carbayal de Bonielles, don Pancho fue el impulsor del Club Llanera de La Habana.

Nuestros convecinos no tomarán la iniciativa de asociarse hasta que un grupo de naturales del concejo, se reúna un 8 de agosto de 1912 y tome la iniciativa de formar lo que será conocido como Club Llanera de La Habana, cuya presentación en sociedad tendría lugar el 2 de mayo del año siguiente, por medio de una jira celebrada en la finca La Lira en Arroyo Apolo. Su primer presidente y el más longevo en el cargo fue Francisco García Suárez (Carbayal de Bonielles, 1864 – La Habana, 1923), gracias a permanecer al frente de la sociedad entre los años 1912 y 1920.

Menú servido en el banquete de fundación del Club Llanera de La Habana.

La forma de dar a conocer la idea de la asociación fue a través de la prensa, con la publicación de una convocatoria dirigida a todos los naturales de Llanera residentes en La Habana con el objeto de fundar un club o sociedad “que además de servirnos de lazo de unión, nos permitiera iniciar obras beneficiosas en nuestro solar nativo, que demostrase a los de allá, que los que aquí seguíamos teniendo el mismo cariño, la misma devoción, por el lugar donde vimos la luz primera”.

La primera reunión se mantuvo el 8 de agosto de 1912 y una semana más tarde quedaba configurada la directiva encargada de poner en marcha al colectivo, encabezada por Francisco García Suárez, en ese momento vicepresidente del Centro Asturiano, acompañado por José María Martínez Álvarez como vicepresidente, Luis García Suárez en el cargo de tesorero, y con José Suárez Vega en el de secretario, además de un total de 22 vocales.

Integrantes del Club Llanera de La Habana, con su presidente en el centro, en una imagen publicada en la Revista Asturias en 1915.

Para ilustrar la portada del programa de la jira con la que el Club se presentó en sociedad en mayo de 1913, se eligió una imagen del Molinón de Guyame, y el menú consistió en un total de nueve platos, incluido el postre, entre los que había una fabada aderezada con unas morcillas “hechas expresamente en Llanera, para esta jira”, tal y como se dejaba constancia en dicho programa.

Ese mismo día se llevó a cabo la bendición del estandarte del Club, bordado en Oviedo por Carmen Flores, por aquel entonces prometida del futuro presidente, Manuel Menéndez Díaz, en un acto en el que ejerció de madrina Teresa Pujol, esposa de don Pancho, mientras que su hijo Francisco ofició de portaestandarte.

Carmen Flores, autora del estandarte del Club Llanera.

El club iniciará su andadura con la nada despreciable cifra de 200 socios, y aunque sufrirá una escisión muy pronto con la fundación del Círculo Llanera, en 1923 ambas sociedad se reunificarán de nuevo en una sola. En agosto de ese año se nombra una nueva junta directiva reunificada celebra una reunión y en ella se decide nombrar a Joaquín Ablanedo presidente de la Comisión de Propaganda. Todos unidos bajo la presidencia del natural de Guyame, José María Martínez.

Reproducción de la invitación para participar en el banquete fundacional del club, para la cual se utilizó una imagen del molinón de Guyame

Dejo para próximos artículos desgranar más detalles sobre el Club Llanera de La Habana, sobre la figura de don Pancho y acerca de los proyectos, unos fallidos y otros culminados con éxito, auspiciados por nuestros coterráneos desde la distancia y que hoy son parte de la historia y del paisaje de nuestro concejo.

La familia Valdés y la Torre de Guyame

La Torre de los Valdés en una imagen de los años 60. Foto Archivo del Ayuntamiento de Llanera.

Como afirma el padre José María Patac en el prólogo del libro de Elviro Martínez, Cartas de Felipe II al general Pedro de Valdés, el origen de la familia Valdés estaría, siguiendo un manuscrito del siglo XVII del archivo del conde de Revillagigedo, en el siglo X, concretamente en uno de los hijos del conde D. Melén González, llamado Gonzalo Meléndez. Este personaje prestaría servicios bélicos con el rey Alfonso X el Sabio, gracias a lo cual conseguiría los señoríos de Busto y el valle del río Ese. “El apellido de esta nobilísima casa se tomó del valle de Esse que, juntando las letras, se llamó de Valdés. Llamóse de Esse por el río que corre serpiando por aquel valle en forma de s”, tal y como explica Luis Alfonso de Carvallo (1571-1635) en su obra Linajes asturianos.

Ese mismo autor nos dice que fue Rodrigo Menéndez de Valdés, a la sazón tercer señor de “las torres de San Cucado” el primero en utilizar el apellido Valdés, y que fue “rico ome” de Alfonso VIII, hasta su fallecimiento en el año 1210, recibiendo cristiana sepultura en el Monasterio de San Vicente de Oviedo. Un hijo suyo, Pedro Menéndez de Valdés, aparece citado en las crónicas de la batalla de las Navas de Tolosa, disputada en 1212, aunque se le cita como Gómez Pérez el Asturiano, y uno de sus vástagos daría origen a la familia Valdés en Andalucía.

El edificio en una imagen de 2019. Foto del autor.

De todos los descendientes de esta familia, merece mención aparte Diego Menéndez de Valdés, apodado «El Valiente», por la defensa que hizo del rey Pedro I durante la guerra que este mantuvo con Enrique II de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso IX, quien utilizaría los señoríos que le había concedido en herencia el magnate asturiano Don Rodrigo Álvarez, para alzarse en contra de su hermanastro al que acabaría por destronar. 

Ante la situación, en 1367, se convocó una reunión en el monasterio ovetense de Santa María de la Vega, para poner en marcha una federación a favor de Pedro I. Esta reunió fue dirigida por la familia Valdés, y a ella acudieron un total de 28 concejos, tanto asturianos como del norte de León. El posicionamiento de la familia Valdés a favor de Pedro I, provocaría que su torre de Guyame fuera destruida y sus campos sembrados de sal, por Enrique como represalia por no haberle dado alojamiento en una ocasión durante la guerra.

Escudos nobiliarios de la familia Valdés, Castilla-León y Quirós. Foto del autor.

En la llamada «Leyenda del perdón», recogida por Luis Alfonso de Carvallo, se cuenta que don Diego consiguió escapar después de ser derrotado en Vega de Poja, en el concejo de Siero, y se refugió en un convento benedictino ovetense, en donde muy pronto destacó su habilidad en el manejo de las armas, lo que hizo que varios hidalgos lo convenciesen para que fuera a participar en un torneo organizado en honor del Enrique. En el transcurso del mismo, Diego Menéndez de Valdés, derrotó el solo a seis campeones franceses que habían derrotado a todos los españoles, y un séptimo pidió clemencia. Entonces el rey, después de pedirle que se descubriera, ya que no sabía de quien se trataba, le concedió el perdón y el privilegio de reconstruir sus torres a un tiro de ballesta de donde había tenido las anteriores. Privilegio que le fue refrendado por Juan II a principios del siglo XV.

A su muerte, don Diego y su mujer, doña Mencía de Nava, fueron enterrados en el monasterio de San Francisco de Oviedo (hoy desaparecido) junto a las gradas del altar mayor, en dos sepulcros con sus respectivas estatuas sostenidas por doce leones, y con los escudos de las familias Valdés y Nava.

La torre de los Valdés 

Detalle de la torre. Foto del autor.

Los orígenes de lo que podemos ver hoy hay que buscarlos en la segunda mitad del siglo XII, momento en el cual García González erigiría las primitivas torres. Posteriormente, en 1262, el rey Alfonso X redacta una carta en la que ordena destruir torres y castillos en Asturias, entre las que se encontraba la de Guyame.

En 1393, tras conseguir el perdón real, Diego Menéndez de Valdés recibe la autorización para edificar una torre en el lugar llamado El Pico, próxima a los palacios de la Viña, con “su corral y barrera, y casa, y almena y mando” tal y como se recoge en un albalá de Enrique III, por el cual le permite la finalización de la edificación de “sus torres viejas”, privilegio éste que fue confirmado por Juan II en 1412. Esta alusión a las “torres viejas” hace sospechar a José Luis Avello la existencia de más de una torre, sospecha que ve corroborada por el testimonio de Luis de Valdés “al señalar que la casa de Valdés se encontraba ‘apartada de la vieja (Torre del Pico) a tiro de mosquete’; seguramente pudo haber ocupado la superficie en la que hoy se asienta el llamado Palacio de San Cucao (Villanueva)”.

Parte trasera del edificio. Foto del autor.

Si a todo esto añadimos las sucesivas remodelaciones y obras diversas realizadas en los siglos XIX y XX, no es extraño que lo que nos ha llegado hasta hoy sea un conjunto muy diferente del que debió de haber sido en su origen.

La construcción es del tipo palacial rural, formada por una torre de planta cuadrada, de tres pisos y remate almenado (remate que en fotos antiguas vemos con una cubierta de teja a cuatro aguas), con un cuerpo rectangular adosado en el siglo XIX, de dos plantas y desván, también rematado en almenas. En la fachada este de la torre se conserva una de las ventanas geminadas originales con tres escudos de armas, modelo que se utilizó para construir los vanos de la fábrica neohistoricista. Los escudos están tallados directamente sobre la piedra y son: Valdés, Castilla y León y Bernaldo de Quirós. Las armas de los Valdés que aquí se ven son las más antiguas que se conocen de este linaje. 

La disposición interior no se adapta a los esquemas palaciales tradicionales, sino a las necesidades funcionales para su uso como residencia. 

Imagen de los años 60. Archivo Ayuntamiento de Llanera

La extensión del alumbrado público (II): Andorcio (Ables) y Lugo de Llanera

Fragmento del acta del pleno del 13 de agosto de 1927, en el que se pidió la llegada del alumbrado a Guyame (San Cucufate)

Cuando llegamos al año 1927, la capital municipal, Posada, además de Cayés, Ables y San Cucufate, son las poblaciones y parroquias que en mayor o menor medida, incluso polémicas mediante, cuentan con alumbrado público en lo que suponía la llegada de uno de los elementos de modernidad que, poco a poco, se iban abriendo paso en el municipio. Así, no es extraño que otras poblaciones empiecen a demandar ese nuevo adelanto tecnológico como fue el caso de Guyame, perteneciente a la parroquia de San Cucufate, cuya petición fue presentada en el pleno municipal del 13 de agosto de 1927, por el concejal de la parroquia, Eloy Álvarez, y el suplente, Leoncio López.

Ellos pidieron a sus compañeros de corporación «se de la debida protección a los vecinos del barrio de Guyame para que puedan disfrutar del fluido eléctrico al igual que los convecinos de S. Cucufate y Ables.» El resto de concejales se muestran de acuerdo con esta petición siempre y cuando «además de la petición antedicha se comprometen a realizar beneficios para que de esta manera la Sociedad Popular [Ovetense] pueda suministrar a dicho pueblo la luz eléctrica.» Carecemos de datos que nos permitan saber cuándo llegó finalmente el fluido eléctrico a esa población.

El Noroeste, 21 de marzo de 1928. Los vecinos de La Venta del Gallo llevan tiempo pidiendo el alumbrado público sin éxito.

Al año siguiente, 1928, El Noroeste incluye en sus páginas un ruego al alcalde de Llanera, Celestino G. Tresguerres, recordándole que los vecinos de La Venta del Gallo llevan ya un tiempo largo pidiendo contar con alumbrado público, una petición que para el redactor es lógico que se atienda «porque es un barrio de alguna importancia industrial y máxime teniendo en cuenta que en el límite de Lugones se halla establecido.» Tampoco tenemos constancia de cuando fue finalmente atendida esa demanda.

Región, 17 de junio de 1928. Los vecinos de Andordio (Ables) organizan una romería para festejar la llegada del alumbrado.

Si sabemos fehacientemente, gracias al diario Región del 17 de junio de 1928, que los vecinos de Andorcio, uno de los barrios de la parroquia de Ables, se disponían a celebrar, ese mismo día, domingo, a partir de las cuatro de la tarde, la llegada del fluido eléctrico suministrado por la Sociedad Popular Ovetense (SPO). Para ello, los vecinos organizaron «una romería que será amenizada por varios organillos y la música del país.» En el artículo anterior, veíamos como tanto el barrio alto como el bajo de Ables lograban la llegada de la electridad, y con la incorporación del barrio de Andorcio, la parroquia se ponía en cabeza del municipio en cuanto a la extensión de la electricidad.

Región, 7 de julio de 1928. Se pide mejor mantenimiento del alumbrado en Ables.

Una extensión que no estaba exenta de problemas, por la necesidad de hacer un buen mantenimiento de la instalación, y precisamente desde Ables, un mes después de la celebración llevada a cabo en Andorcio, llegan peticiones, a través de las páginas de Región del 7 de julio de 1928, para que el empleado municipal contratado para hacer el mantenimiento eléctrico cumpla con sus funciones, lo que nos hace sospechar que, lo mismo que vimos en su momento con el alumbrado en la capital municipal, en ese año se empezó a poner de manifiesto el descuido en el mantenimiento de la red.

Fragmento del acta del pleno del 11 de diciembre de 1930. Se acepta la oferta de dos vecinos de Cayés para hacerse cargo del mantenimiento del alumbrado eléctrico en el concejo.

Por una pregunta planteada en el pleno del 11 de diciembre de 1930, por el concejal del Partido Reformista, Severino Coterón, sabemos que el alumbrado con el que contaba el municipio a esa fecha, le costaba al ayuntamiento en torno a las 3.000 pts, por el dato facilitado por el interventor municipal. En ese mismo pleno, se trata de la oferta realizada por dos vecinos de Cayés, Benjamín González Suárez y José González, para hacerse cargo del mantenimiento y encendido de todo el alumbrado público de Llanera «poniendo por su cuenta los materiales, comprometiéndose al recambio de lámparas dentro de las veinticuatro horas en que dejen de lucir y al inmediato arreglo de averías, excepto las de los transformadores y líneas en que la fábrica no consiente toquen más que sus empleados y dejando a su servicio al actual empleado de San Cucufate hasta que vaya a cumplir con sus deberes militares, todo por la cantidad anual de mil trescientas pts.» A la vista de las condiciones, el pleno acuerda que ambos se hagan cargo del servicio a partir del día 1 de enero siguiente.

El Comercio, 14 de junio de 1929. Anuncia la próxima llegada del alumbrado a Lugo. Hubo que esperar hasta 1934.

El siguiente núcleo de población del que se empieza a hablar para recibir el fluido eléctrico será Lugo de Llanera en el año 1929. Esta vez será el diario El Comercio el 14 de junio de ese año, el que dé la noticia de que la SPO y su director e ingeniero, Julio Eguilaz, atendiendo a las peticiones que le estaban llegando desde la población, toma la decisión de «surtir de energía eléctrica el mencionado barrio.» El periódico se muestra optimista en relación a los plazos y aventura que «en fecha próxima se celebrará solemnemente la inauguración del alumbrado.»

Región, 28 de junio de 1929. La Diputación aprobó la petición de la SPO de obras para llevar la electricidad a Lugo y Villabona.

La empresa empieza a hacer los trámites para lograr que Lugo cuente con electricidad, y el diario Región nos informa, el 28 de junio, que la SPO solicita a la Diputación la pertinente autorización para construir una línea alta tensión «desde Lugones a Villabona, con objeto de extender lo servicios de alumbrado y fuerza motriz a los pueblos de Lugo y Villabona.» La burocracia administrativa es como es y no será hasta finales del año siguiente, 1929, cuando la SPO reciba el visto bueno al expediente (Región, 13 de diciembre de 1929).

El Noroeste, 16 de agosto de 1934. Las fiestas de agosto sirvieron para inaugurar el tendido eléctrico en Lugo.

Tampoco eso aceleró la llegada del adelanto tecnológico a la población de Lugo, ya que todavía tendría que esperar otros cinco años para ver su anhelo cumplido. El Noreoste, el 16 de agosto de 1934, nos dice que coincidiendo con la fiesta de Nuestra Señora de La Asunción, se producirá la «inauguración del tendido eléctrico», seguramente de ahí «el entusiasmo indecible que reina, se barrunta tres días grandes para todo el mundo, particularmente para la gente bailadora y la gente menuda.» Una alegría que, como casi siempre, no fue completa ya que al año siguiente, el mismo periódico publicaba un elocuente titular: «La estación en tinieblas», seguido de una no menos incisiva apertura: «Nos referimos á la del Norte, ubicada en Lugo de Llanera. A veces ocurren cosas anormales debido exclusivamente al desdén que llega á apoderarse totalmente de los hombres flojos de espíritu, cuando en realidad, con ‘dar vuelta á la hoja’, se penetra en la normalidad de lo anormal, sin necesidad de ser ningún erudito en geometría…»

El Noroeste, 27 de enero de 1935. A pesar de que la población de Lugo ya contaba con alumbrado, este no había llegado a la estación ferroviaria.

En resumen se refiere a la ausencia de iluminación eléctrica de una estación situada a medio camino entre Lugones y Villabona, con un notable tráfico tanto de personas como de mercancías y, al parecer, iluminada únicamente por un farol de petróleo «que como mocho de la vida antigua cuelga de la pared consumiendo un artículo extranjero.» Lo mismo ocurre en la zona de almacenaje de la estación «que es más bien almacén de trastes viejos que de depósito de mercancías.» La sala de espera está igualmente a oscuras, pero eso sí decorada «con infinidad de letreros del departamento de Sanidad dando reglas para lograr la salubridad pública.»