Las escuelas del concejo en el siglo XIX (2)

Apertura del acta del pleno municipal del 30 de abril de 1898.

En julio del año pasado escribí un primer artículo dedicado a la situación de las escuelas en el concejo en la siglo XIX, que se puede leer pinchando aquí, y anunciaba un segundo referido al contenido de un informe elaborado por el inspector educativo, Dimas Rojas González, en el año 1898.

Este documento de especial interés para nuestro concejo, lo conocemos gracias a que se leyó en el transcurso de un pleno monográfico sobre el asunto, que se celebró el 30 de abril de ese año, cuyas actas se conservan en el archivo municipal de Llanera. En ese informe se recorre la situación de los centros educativos y del mismo se aprecia claramente el nivel de deficiencia que existía en las mismas.

El inspector quedó muy poco satisfecho de su visita a las escuelas del concejo, como aparece expresado de forma muy clara en el arranque del acta municipal: “Que tan disgustado se halla a causa del nada satisfactorio estado de la casi totalidad de las escuelas del concejo que no puede por menos de significarlo a esta Corporación en primera línea, si bien con harto sentimiento y por obligar a ello el cargo que desempeña”.

Escuelas de Sta. Cruz y de Pruvia.

Empezando por la parroquia que acoge a la capital municipal, Rondiella, el inspector encuentra «deficiencias reglamentarias en los registros» y señala la falta de asistencia de los alumnos en una escuela de grado elemental. En el caso de Arlós, un total de 79 niños y 57 niñas, de los cuales acuden regularmente 70 entre ambos sexos, comparten un espacio de apenas 17 metros cuadrados. Con razón el inspector afirma que es imposible dar clase en esas condiciones, además de encontrar malas las condiciones higiénicas con un aire viciado en el interior. Además, incidió en el aspecto legal de no estar permitida la enseñanza mixta en las escuelas elementales y en las parroquias de más de 800 habitantes, como era el caso, era obligatorio contar con una escuela de niñas. Ante la situación, el inspector decidió enviar para casa a las niñas presentes, un total de 21.

Sin embargo, entiende que “la instrucción de los niños se extiende á la que en la generalidad de las asignaturas del grado elemental y está en buen estado relativamente á las muchas faltas de asistencia”.

Fragmento del acta del 30 de abril de 1898.

En Santa Cruz, parece que el principal problema que observa Dimas Rojas, es la falta de nivel educativo, de tal forma que amenaza al maestro con la jubilación en el caso de que en próxima visita la situación no haya mejorado. Tampoco sale bien parado el docente de Pruvia, quien, en opinión del inspector, no sigue los criterios pedagógicos ni respeta el reglamento. En Lugo aprecia problemas de salubridad y masificación, además de encontrar a niños y niñas compartiendo el mismo espacio, aún habiendo una escuela específicamente para niñas. Claro que esta última tenía unas dimensiones de 3,08 m por 2,08 m. para 56 alumnos (22 niños y 31 niñas), todos ellos respirando un aire insano. Mandó marchar a los niños.

Mejor iban las cosas por Bonielles, gracias a un maestro activo y que «se esfuerza para que los niños aprendan» a pesar de que su titulación es la más básica posible. Todos sus alumnos saben leer, no todos saben escribir y muy pocos tienen conocimientos de aritmética según el inspector. Las escuelas de San Cucufate y de Ables recibirán la visita de la junta, previsiblemente la de Primera Enseñanza, por lo que se deja para esa visita la elaboración del informe sobre su situación, aunque de la primera se dice que está «en estado regular».

Fragmento del acta del 30 de abril de 1898.

En Cayés, Rojas González, encuentra que el maestro cumple «regularmente» con su cometido, mientras que en Ferroñes el docente «es trabajador y sus alumnos obtienen resultados», lo que convierte a su escuela en un centro de atracción de alumnos procedentes de otras parroquias vecinas, lo que demuestra la existencia de una cierta preocupación por parte de las familias de enviar a sus hijos a la escuela en la que podían obtener mejores aprendizajes.

Finalmente, Villardeveyo da la impresión de rozar el desastre más absoluto, ya que a pesar de tener un maestro con formación superior, no había ni organización ni método, tampoco había libros para uso de los alumnos y el material disponible era muy escaso mientras que la asistencia era muy baja. Ante el inspector, el docente explica que se lleva dos meses delicado de salud, disculpa que no impide que sea amonestado por el inspector, quien termina recomendando al ayuntamiento que se lleven a cabo exámenes anuales a todos los alumnos y se vigile la administración del material para evitar abusos.

Al final de la sesión plenaria, el alcalde, Ramón García Miranda y Ablanedo, da las gracias al inspector “por lo bien que se enteró de la enseñanza de las escuelas de este término municipal”, y se ofreció, de acuerdo con la junta local a “corregir todas las faltas y cuenta con todos los maestros que si bien hay algunos que no responden á los sacrificios que este Ayuntamiento hace por la enseñanza, sin embargo en su mayoría son celosos”, y se espera que en próximas inspecciones la imagen que se lleve el inspector de las escuelas del concejo, haya mejorado.

Fragmento del acta donde se mencionan las escuelas de Cayés, Ferroñes y Villardeveyo.

Y los vecinos de Ferroñes se organizaron para celebrar las fiestas

En el lejano año de 1893 cuando los vecinos de la parroquia de santa Eulalia de Ferroñes, dejaron por escrito su voluntad de seguir celebrando las tres fiestas que se venían organizando «desde tiempo inmemorial» en la misma. Eso no es lo excepcional, y sí lo es que se haya conservado y llegado hasta nosotros el documento en el cual el vecindario dejó por escrito la voluntad de que eso fuera así, y se distribuyeran las funciones entre el mayordomo de la iglesia y los vecinos de la parroquia.

Encabezamiento del documento por el que mayordomo y vecinos se reparten las obligaciones en la organización de las fiestas parroquiales. Reproducción del autor.

Gracias a la generosidad de un vecino de una parroquia aledaña, tuve acceso a ese documento que en este momento saco a la luz por vez primera. Está formado por cuatro páginas, de las cuales casi tres son de firmas de vecinos, un total de 60, de las cuales únicamente tres son de mujeres, lo que nos hace deducir que son viudas, ya que en el documento se señala que las firmas son una por familia, lo que también no da una idea del número de casas con las que contaba la parroquia, suponiendo que todas ellas suscribieran el documento, algo que parece perfectamente posible.

El hecho de que los vecinos y el párroco vieran la necesidad de poner por escrito las obligaciones que se contraían para poder seguir adelante con las fiestas, nos hace sospechar igualmente, que la organización de las mismas podía estar pasando por dificultades, precisamente por no estar claras las responsabilidades del mayordomo de la iglesia, por un lado, y de los vecinos, por otro, lo cual podría estar poniendo el riesgo el desarrollo de las tres festividades anuales celebradas en la parroquia desde la noche de los tiempos.

Iglesia parroquial de santa Eulalia de Ferroñes.

Esas festividades, como aparecen reflejadas en el documento, eran las de santa Eulalia «en su día, Frutos el día de San Pedro, y el Sacramento, el segundo domingo de Agosto. En este día habrá dos misas por razón de la mayor solemnidad y número de concurrencia».

Además de asegurar la continuidad de los festejos, la otra intención que lleva a la redacción de este documento, es que organización sea «a la vez menos graboso [sic] al Mayordomo que sea nombrado, y que este no pueda evadirse del compromiso adquirido sin causa justificada á conocimiento de todos los interesados». De ahí la necesidad de dejar claras las obligaciones de ambos. Así, el mayordomo se compromete a la organización de las fiestas, mientras que los vecinos se obligan a sufragarlas económicamente, con una cantidad fija por hogar, de tal forma que si una de las dos partes no cumpliera con su parte del compromiso, ambas «tendrán el derecho de demandarse los unos a los otros, esto es, el Mayordomo para que le paguen y los demás para que cumpla con su cargo, recayendo todos perjuicios sobre el culpable.»

Otra de las partes del documento. Reproducción del autor.

Con la firma del documento los vecinos se obligaban a aportar 14 reales por casa al año, pagaderas a lo largo del mes de diciembre, dinero que el mayordomo tendría que invertir en la organización de las tres fiestas anuales de la parroquia que referenciamos con anterioridad.

En el texto se señala igualmente que si algún vecino, no estuviera de acuerdo con la firma del acuerdo «ya sea porque le parezca mucho la cantidad en ella señalada o por cual quiera otra circunstancia», tendría que hacerlo «públicamente por ser público el acto de que se trata y a la vez conveniente para saber á que atenerse tanto el Mayordomo como los vecinos», lo que no deja de introducir un fuerte componente de presión social a la que sería muy difícil oponerse.

El párrafo se cierra de una forma no menos expresiva: «Y en el caso de oponerse se excluirán del número de los demás vecinos en el asunto de que se trata los que se tendrán por rebeldes y enemigos de dar culto a Dios». Casi nada.

Detalle de las firmas contenidas en el documento. Reproducción del autor.

El listado de todos los firmantes es el siguiente: José González, José Rodríguez, Manuel García, Ramón González y Díaz, Ramón Rodríguez Rodríguez, Rosendo Rodríguez, Ramón González, José García, José González, José Fernández Morán, Francisco González, Bernardo Rodríguez, Manuel Alonso, Francisco Martínez, Antonio Álvarez, Manuel García, Manuel Martínez y Díaz, Dabiz [sic] Álbarez [sic], Nemesio Martínez, Pedro González, Pedro Suárez, Francisco Suárez, José Rodríguez, Juan García, Ramón González, Ramón (…), José Rodríguez Espina, José García Monte, José Martínez, Manuel Menéndez, María Rodríguez, Agustín Álvarez, Bernardo Martínez, Pedro Rodríguez, Ramón Martínez y Díaz, Francisco Martínez, José (…), Vicente Díaz, José Quintana, Manuel García y Díaz, Ramona Menéndez, José González, Ramón Álvarez y Suárez, José Illanes, Fernando Solís, Josefa Sánchez, José González, Manuel Lorenzo, Ramón García, Emilio Martínez, Juan Suárez, Josefa Álvarez, Celestino Martínez, Faustino González, Segunda (…), José Díaz Braña, José Álvarez Guerra, Francisco Rodríguez, Juan Martínez del Mozo, Bernardo Losa.

El mundo castreño en Llanera

El castro del Pico Cogolla visto desde la calle Alejandro Mon de Posada, durante la nevada de enero de 2006. Foto del autor

En el territorio que hoy define nuestro concejo, nos encontramos con cinco de estos asentamientos, como son el Cantu San Pedro y El Cuetu, en la parroquia de Lugo; Picu Cogolla, en Rondiella; La Coroña, parroquia de Ferroñes; y Peña Menende, en la de Bonielles. Todos ellos fueron catalogados por el erudito de Las Regueras, José Manuel González.

Ninguno de ellos ha sido objeto de ningún estudio riguroso, que nos permita siquiera aventurar su cronología o su contemporaneidad o no, lo que obliga a que cualquier afirmación que se haga al respecto de ellos, se tenga necesariamente que mover dentro del resbaladizo terreno de las hipótesis.

El más destacado de todos ellos, es el Cantu San Pedro, que se eleva unos 25 metros en relación al terreno circundante, lo que le otorga una posición dominante con relación al territorio, predominantemente llano, que lo rodea. A pesar de la presión humana (en parte de la superficie que ocupaba el castro, se encuentra construida una vivienda, mientras que otra parte ha sido cortada limpiamente por las vías del ferrocarril), conserva la estructura mesetaria típica de estos poblados, junto con las laderas en terraza.

El Cantu San Pedro. Imagen del año 2005. Foto del autor

Su posición le permite tener una visibilidad de 360º, y mantener contacto visual tanto en El Cuetu, como con el Picu Cogolla, ambos con un aparato defensivo de mayor envergadura, y situados a una mayor altitud. En el caso de El Cuetu, se encuentra a 350 metros de altura, y todavía se puede distinguir un potente foso defensivo con forma de V. Por su parte, el Pico Cogolla, se eleva hasta los 340 metros, y las defensas se concentran en el lado oeste, ya que es el lugar más desguarnecido, formadas por un gran foso de unos 3 metros de ancho.

Todo esto ha hecho pensar a los investigadores, que estos tres recintos podrían estar relacionados entre sí, siendo El Cuetu y el Picu Cogolla, centros de vigilancia, mientras que el Cantu, podría ocupar una posición más relacionada con la producción agrícola y ganadera, funcionando así, como un centro aglutinador de población. Tampoco es descartable, en el estado actual de los conocimientos, que El Cantu fuera de fundación romana, en que se concentraría la población de los otros castros para dar origen al hábitat disperso que conformaría la fisonomía de Lucus Asturum.

Vista panorámica desde la falda del Pico Cogolla. Foto del autor.

De todos los castros de nuestro concejo, el que se encuentra a una mayor altitud relativa, es Peña Menende, que llega hasta los 481 metros, una altura ya considerable para nuestro municipio, en el cual la altura máxima es el Gorfolí con 617 metros. Por su parte, La Coroña, está a 320 metros de altitud, en una ubicación que le da una preeminencia visual sobre el valle de Ferroñes y, en días despejados, hasta el Cantábrico. Este castro es un claro ejemplo de cantera de fortuna, ya que de él se extrajeron materiales para construir el firme de la carretera que pasa por sus cercanías.

Todavía hoy se pueden apreciar vestigios de una probable muralla defensiva.Si seguimos las teorías de J. Camino Mayor, quien hace un promedio de habitantes por hectárea, atribuyendo 200 individuos por hectárea, en el caso del Picu Cogolla, cuya superficie es de 0,5 hectáreas, tendríamos un total de habitantes de 100 individuos, y de 20 en La Coroña, teniendo en cuenta que su superficie total es de 0,1 hectáreas. Lo más probables, teniendo en cuenta la morfología de estos asentamientos, es que el número de residentes fuera aún menor, además de la existencia de construcciones no dedicadas a vivienda, como almacenes o establos, por ejemplo, reducirían aún más el espacio habitable.

Castro de Areñes. Imagen de 2005. Foto del autor.

Sin embargo, hay que tener en cuenta, que los castros no serían las únicas zonas de concentración de población, sino que es perfectamente posible la existencia de un hábitat disperso, con granjas aisladas, o pequeñas aldeas, que, al ser construcciones donde los materiales perecederos sería los predominantes, no han dejado huellas de su existencia, de tal forma que los castros podrían funcionar como lugares centrales, y de articulación de la vida social de estas gentes.

El Pico Cogolla. Foto del autor.

Cuando en Llanera se celebraba la Fiesta del Árbol

El Noroeste 10 de febrero de 1919.

La primera referencia que encontramos relacionada con la Fiesta del Árbol en nuestro concejo, está en las páginas del diario El Noroeste del 10 de febrero de 1919, para criticar que todos los años en el presupuesto municipal se reservan 100 pesetas para organizar esta fiesta, sin que nunca se llegue a celebrar y sin que los vecinos sepan a que otro fin se destina ese dinero. La escueta información señala que la fiesta nunca se ha llegado a organizar.

La Voz de Asturias 15 de marzo de 1924.

No se volverá a insistir con el tema hasta los años 20, concretamente hasta 1924, ya en plena dictadura de Primo de Rivera y con Celestino Tresguerres al frente de la alcaldía, cuando otro periódico, en este caso La Voz de Asturias, se interrogue acerca de lo que ocurre con la Fiesta del Árbol, habida cuenta de que el fallecido delegado gubernativo, Álvarez Bardón, había pedido al ayuntamiento que organizase la fiesta sin que ello se haya llevado a cabo y, a la vista de la pasividad municipal, el firmante del artículo, Antonio, se pregunta si no podrían ser los maestros los encargados de hacerlo. El mismo redactor, también para el diario Región, insistirá unos días después desde esa tribuna, en los mismos argumentos.

En lo referido a la fiesta, en el año 1924 no encontramos más información, y será al año siguiente cuando el municipio se ponga manos a la obra para sacar adelante esta fiesta, y ante la advertencia del nuevo delegado gubernativo, Emilio Rodríguez Solís, de la proximidad de la época del año propicia para la repoblación forestal y con ello la oportunidad para celebrar la Fiesta del Árbol, el ayuntamiento decide convocar un pleno para el 12 de febrero de 1925, a las tres de la tarde, para tratar sobre la organización de esa fiesta par que esta «resulte con la esplendidez debida.»

Acta del pleno del 7 de marzo de 1925.

Finalmente, se fijó la fecha del 15 de marzo para celebrar por fin la fiesta, en la capital municipal, concretamente en La Huelga. Con el fin de que la celebración tuviera la vistoridad merecida, el alcalde Tresguerres, en el pleno del 7 de marzo pidió a los concejales su asistencia a la misma y que invitan al mayor número de vecinos posible, para que estuvieran presentes. El concejal, José Alonso Granda, se congratuló de que los niños del municipio fueran los principales protagonistas de la festividad, y se ofreció a donar 100 pesetas para obsequiar a los niños participantes.

Por las páginas de Región del 21 de marzo de 1925, conocemos el programa de ese día de fiesta que se inició a las tres de la tarde, con el desplazamiento de los escolares desde el ayuntamiento hasta La Huelga, donde se había instalado una tribuna para invitados y autoridades. Se inició el acto con la lectura de trabajos alusivos y se cantaron himnos al árbol, a cargo de los escolares de las escuelas públicas. El apartado de discursos corrió a cargo de varios maestros nacionales, el médico titular del concejo, el párroco y el alcalde, mientras que el secretario judicial, Ramón Rayón, leyó una composición en asturiano.

Región 21 de marzo de 1925.

A continuación se procedió a la plantación de 200 plantones de árboles, que recibieron la bendición religiosa, y varias «distinguidas señoritas ayudaron a los celosos maestros» a repartir la merienda entre los niños, con la que finalizó una fiesta que resultó tan «brillante como simpática, mereciendo plácemes todos sus entusiastas organizadores», como recogió Región en su crónica del evento.

Como nunca llueve a gusto de todos, algún desaprensivo rompía el cierre de alambre que protegía la zona repoblada, provocando la entrada del ganado en la zona y la pérdida de muchos de los plantones por la acción de las vacas, tal y como informan las páginas de El Noroeste del 19 de mayo, en una crónica que termina diciendo: «Seguros de que á tales abusos ha de ponerles fin y teniendo en cuenta el interés que demuestra poner el actual Ayuntamiento en la repoblación forestal, es de suponer que se castigue como merecen á los infractores de tales abusos.»

El Noroeste, 19 de mayo de 1925.

El 21 de marzo de 1926 fue la fecha elegida para la celebración de una nueva Fiesta del Árbol, esta vez con la novedad del cambio de escenario al trasladarse la misma desde La Huelga hasta La Mogal, una zona que en ese momento, reunía una amplia extensión de terreno comunal. El mal tiempo fue el invitado incómodo de la jornada, hasta impedir el normal desarrollo de la fiesta. Esta vez la crónica de El Noroeste es más expresiva que las del año anterior, y gracias a ella conocemos los nombres de las niñas que ofrecieron sus discurso a los asistentes.

Ellas fueron las hermanas Ramona y Aurora Álvarez González, de la escuela de Rondiella, dirigida por Francisca López Notario; y Alicia Rodríguez, Regina García y Oliva González, de San Cucufate, dirigida por Purificación López Bernal, junto con «otros niños cuyos nombres sentimos no recordar», escribe el anónimo redactor. Ramón Rayón y los maestros de Ferroñes y Santa Cruz, también se dirigieron a los presentes. En esta edición se plantaron un centenar de árboles y los niños fueron obsequiados con una merienda.

El Noroeste, 24 de marzo de 1926.

De nuevo el mal tiempo fue el protagonista de la edición de 1927, esta vez trasladada al domingo 10 de abril y con cambio de parroquia, al ser Ables la que acogió esta tercera edición de la fiesta, en la que se dieron cita un centenar de personas. La crónica de Región lo deja meridianamente claro: «Fue una lástima que lo desapacible del día desluciera tan simpática y cultural fiesta. Ello fue causa de que no tuviera la brillantez que debiera y por lo tanto resultado fría como el día.»

Los escolares plantaron algunos árboles, y se cantaron los himnos al árbol y a la bandera, trasladándose el grueso de los actos a la escuela de la parroquia, donde se leyeron poesías alusivas al acto por parte de los infantes, y el alcalde Tresguerres hizo un elocuente discurso en el cual «encareció el amor al árbol y puso de manifiesto los innumerables beneficios que aquel reporta a la humanidad, beneficios que por desgracia desconocen muchos.» La consabida merienda puso fin a una fiesta de la que no nos han quedado más rastros en las páginas de los periódicos regionales.

Región 14 de abril de 1927.

En 1928 le tocó el turno de acoger la Fiesta del Árbol a la parroquia de San Cucufate, concretamente el entorno de la iglesia parroquial, donde se celebró el día, desde las cuatro de la tarde, con la presencia de los alumnos de las escuelas públicas, además de los de las Escuelas del Ave María de Coruño, «con sus profesores, Lolita Martínez, Justina Alonso y el joven Arcadio Suárez.» En el atrio de la iglesia, los niños Carlos Pevida, Aurora García y Esther Álvarez, todos de San Cucufate, recitaron poesías.

La Nueva España 27 de marzo de 1928.

La parte más institucional, corrió a cargo del pasionista de la residencia de Mieres padre Fulgencio, y del alcalde Celestino Tresguerres, quien pronunció «un brillante discurso lleno de fervor al niño y al árbol, complaciéndose por tan singular y simpático acto.» A continuación, con la pertinente bendición religiosa, se procedió a la plantación de árboles en el campo de la iglesia. Para finalizar el acto, los niños fueron obsequiados con pastas y naranjas «terminando tan simpática fiesta con el himno a la bandera Salve Patria por las niñas de la escuela de San Cucufate, bajo la dirección de la culta e ilustrada profesora de la misma doña María Luisa Zanón», tal y como se puede leer en las páginas de La Nueva España del 27 de marzo de 1928.

Al año siguiente, los organizadores fijaron la fecha para el 14 de abril y esta vez el tiempo acompañó a una celebración llevada a cabo en la población de Coruño, con un programa de actividades que dio comienzo el día anterior con una verbena con iluminación veneciana, ante el establecimiento de Ángel Rodríguez, en La Venta del Gallo, amenizada con música de gramola y clásica, con suelta de globos de diferentes dimensiones.

Por lo que toca a la fiesta como tal, a ella acudieron los alumnos de las escuelas nacionales de Lugo, Rondiella, San Cucufate, Santa Cruz, Bonielles, Ables, Cayés y del Ave María de Coruño, acompañados por sus maestros y portando las respectivas banderas. El coro de las escuelas del Ave María abrió el acto cantando el himno al árbol, bajo la dirección de su maestra, Soledad Martínez.

Después de proceder a la plantación de un centenar de árboles, los niños José Quirós, José López, José Suárez y Justo Lozano, alumnos de las escuelas del Ave María, y las niñas de Cayés, Rosa Alonso, Margarita Álvarez, Ángeles Fernández y María Paredes, recitaron poesías alusivas a la fiesta. El alcalde, Celestino Tresguerres, cerró los actos institucionales con el tradicional discurso, al término del cual los niños fueron obsequiados con golosinas.