Prudencio González y la llegada del alumbrado público a la capital municipal

Asistentes al banquete de homenaje llevado a cabo en Cuba en honor de Prudencio González (marcado con la X). Región 25 de abril de 1924.

En mi artículo anterior me detuve en la figura de Alejandro Mon y su relación con el concejo, y las razones por las cuales da nombre a una de las calles de la capital municipal, Posada de Llanera. En esta ocasión, hago lo propio con el personaje que bautiza la principal avenida de la misma población, y que recuerda la memoria de Prudencio González. Vamos a ver cómo la vinculación de este convecino nuestro, cuya familia era y sigue siendo la propietaria del popular comercio Casa Rosa abierto en 1870, con la llegada del primer alumbrado público a Posada, le va a hacer acreedor a ese honor.

El Noroeste, 21 de enero de 1922.

La primera noticia que tenemos de las gestiones que está realizando un particular, cuyo nombre no está autorizado a publicar pero que toda seguridad se trata de nuestro protagonista, la tenemos en la edición de El Noroeste del 21 de enero de 1922, y en ella se muestra el optimismo acerca de la llegada del alumbrado público a Posada, una mejora que «es incuestionable que desde hace ya muchos años, no la capital, sino la mayoría de los pueblos del concejo debiera disfrutar de tan necesario fluido». Sin embargo, por «la apatía de unos y la despreocupación de otros, estamos como los pueblos más incomunicados de España.» Al mismo tiempo, se pide, a las tres grandes industrias asentadas en el concejo, a saber, Cerámicas Guisasola, Fábrica de Explosivos y Sociedad Orueta e Irán explotadora de la mina carbonífera de Santufirme, que colaboren con esta iniciativa.

El Noroeste, 25 de febrero de 1922.

Si en enero se había mantenido en secreto el nombre del impulsor del proyecto, al mes siguiente El Noroeste deja claro que es Prudencio González el principal promotor de la idea, quien recién llegado de La Habana se vio «extrañado de ver llegar la luz á las mismas puertas de Posada (…) creyó conveniente iniciar un movimiento de opinión en este sentido.» El primero contacto lo estableció con la empresa Cerámicas Guisasola, la cual respondió favorablemente y ofreció la posibilidad, de forma gratuita, de continuar la línea desde la ubicación de la empresa en La Venta del Gallo (Cayés).

El Noroeste, 25 de febrero de 1922.

Asimismo, se forma una comisión gestora en la que se integraron los siguientes delegados: Justo Fernández Ablanedo, para Cuba; Crisanto Álvarez Cueto, en Buenos Aires; Eduardo Menéndez López, en México; y José Álvarez Salvador, en los Estados Unidos; con el objetivo de conseguir aportaciones por parte de los emigrantes de Llanera en cada uno de esos países. La comisión estaba presidida por el sacerdote, Ramón Díaz; con Prudencio González como secretario; Froilán Menéndez, tesorero; y los vocales, Fermín Rayón, Eugenio Vázquez, Guillermo Toca, Francisco Virsida, Bernardo Díaz y Bonifacio Rodríguez.

Aunque no se dan detalles pormenorizados, El Noroeste del 24 de mayo de 1922, señala la satisfacción que tienen los miembros de la comisión pro alumbrado de Posada, por los éxitos que se van logrando, hasta el punto de que en su primera reunión, el presidente propone da un voto de gracias a Prudencio González, quien «á más de ser su organizador, llevó á cabo multitud de trabajos que tan franco y lisonjero éxito obtuvieron.» Animados por la buena marcha del proyecto, muestran su voluntad de seguir con la actividad de la comisión, y utilizar parte del dinero recaudado «en mejorar el servicio de aguas y construir un lavadero cubierto, previa aquiescencia de las personas que habían hecho donativos para la luz.» En esa reunión no pudo estar presente el vocal Francisco Virsida, debido a su fallecimiento, y se acordó nombrar a Ramón Rayón, secretario judicial, como vicesecretario de la comisión.

Fragmento del acta del pleno del 9 de agosto de 1922.

Lógicamente, el asunto termina por llegar al pleno municipal, y será en una sesión extraordinaria celebrada el 9 de agosto de 1922, cuando se trate del asunto con la lectura de una carta enviada por la Sociedad Popular Ovetense (SPO), en la que ofrece sus servicios para dotar de alumbrado a la capital municipal, y otra de la Sociedad Hijos de Guisasola facilitando el uso de su red para traer la electricidad hasta Posada. El pleno designa una comisión, integrada por el alcalde, Joaquín Palacio Muñiz, y los concejales, Benjamín Valdés Medio y Marcelino Rodríguez, para entrevistarse con la SPO y con Hijos de Guisasola «y de la entrevista habida, dar cuenta á la Corporación en un día para que esta resuelva lo que estime más procedente.»

Fragmento del acta del peno del 17 de marzo de 1923.

A pesar de que parecía todo estar encarrilado para que el alumbrado público fuera una realidad ya en ese año de 1922, habrá que esperar hasta el año siguiente para encontrar noticias sobre la evolución del proyecto, concretamente hasta un acta de la sesión plenaria del 17 de marzo de 1923. Todos los concejales estuvieron de acuerdo ese día, en «dar toda clase de facilidades a la sociedad empresaria» para instalar el transformador y los postes necesarios, mientras que el coste de las luces correría a cargo de los fondos municipales. Los encargados de trasladar ese ofrecimiento a la SPO fue una comisión integrada por los concejales Eugenio Vázquez y José Rodríguez, y los miembros de la comisión pro alumbrado, Froilán Menéndez y Guillermo Toca. Esa reunión debió de producirse y en ella se concretaría el número de luces a instalar en Posada, ya que en el pleno del 2 de junio se pide a la comisión citada que vuelva a hablar con la empresa con el fin de instalar dos luces más de las concertadas, una «en la plazuela de la casa de D. Primo Álvarez, cartero, y otra en las inmediaciones de la casa de D. Bonifacio Rodríguez.»

La Voz de Asturias, 28 de julio de 1923.

La Voz de Asturias, deja constancia el 28 de julio de 1923, de que la Diputación tiene para informar la concesión solicitada por la Sociedad Popular Ovetense, para hacer una línea de baja tensión en la carretera Lugones-Avilés, con el fin de dar alumbrado a la capital de Llanera, y con ello el proyecto entraba ya en su fase decisiva.

El Progreso, 30 de julio de 1923.

Otro medio de comunicación, esta vez editado en Cuba para la emigración asturiana con informaciones tanto de la isla como de Asturias, como fue El Progreso, nos informa en sus páginas del 30 de julio de 1923, que el proyecto de alumbrado público se había conseguido sin necesidad de recurrir al dinero recolectado por la colonia de naturales de Llanera en la isla caribeña, por lo que la dirección del Club Llanera de La Habana toma la decisión de reservar ese dinero para llevar adelante otro proyecto muy ambicionado por ese colectivo, como era el de dotar a Posada de Llanera de una plaza mercado cubierta, proyecto que finalmente fue una realidad y del que hablaremos en otro momento. Con todo ello, podemos concluir que el año 1923 fue el año en el cual Posada de Llanera, empezó a contar con iluminación eléctrica en su calle principal.

Avenida Prudencio González

Acta del pleno del 17 de noviembre de 1923, en el que se trató la propuesta de Ramón González para poner el nombre de Agustín González a la calle principal de Posada de Llanera.

La iniciativa de bautizar la avenida con el nombre del indiano fue del comerciante de Posada, Ramón González Llosa, cuya petición oficial se discute en el pleno el 17 de noviembre de 1923. «Todos conocéis las gestiones realizadas para conseguir el fin que se proponía y sin desmayar ante los obstáculos que al paso se le presentaban vio colmado el éxito de la empresa emprendida. De corazones nobles y adornados de sentimientos humanitarios es ser agradecidos a los favores que reciben», se decía en el texto presentado por el promotor de denominar como Avenida de Prudencio González, el tramo de la calle principal entre el domicilio de Froilán Menéndez y el suyo propio. La propuesta salió adelante por unanimidad. En ese momento, el homenajeado se encontraba de nuevo en La Habana.

Región, 25 de noviembre de 1923.

Ramón González no se quedó ahí, sino que además abrió una suscripción popular entre los vecinos de Posada, con el fin de costear los rótulos con los que hacer visible el nuevo nombre de una calle que hasta ese momento era más conocida como Avenida de las Huelgas. El encargado de recoger el dinero recaudado era Antonio Menéndez Varela, a la sazón corresponsal en Llanera del periódico El Noroeste. Una suscripción que, sin embargo, no logró el éxito apetecido, como así hizo constar el promotor en una carta enviada a La Voz de Asturias del 27 de diciembre de 1923, «unos por apatía, por diferencia de criterio otros y por indiferencia los más.» En total se hicieron once aportaciones por un importe total de 75 pts, que fueron suficientes al renunciar Francisco López y Ramón Menéndez, a la cantidad que les correspondía por la colocación de las nuevas señales indicativas.

La Voz de Asturias, 27 de diciembre de 1923.

En el pleno del 22 de marzo de 1924, se dio lectura a una carta enviada por Prudencio González agradeciendo el gesto de dar su nombre a la calle, y en el acta de la sesión queda patente el agradecimiento del consistorio hacia el indiano: «Nuevamente la Corporación queda altamente agradecida al benemérito hijo de Llanera, y acuerda que jamás se borre esta memoria en pro de un joven que tantos desvelos ha sufrido por llevar a la práctica obras de vital interés para el concejo. Que se le comunique este acuerdo para satisfacción del mismo.»

Algunos de los asistentes al homenaje tributado en Cuba a Prudencio González. Región 25 de abril de 1924.

Los homenajes no sólo los acabará recibiendo Prudencio González en Llanera, sino que en la propia capital cubana, de la mano del Club Llanera de La Habana, del que era socio, en el conocido como Salón H se organizará un banquete en su honor acompañado por la dirección del club, encabezada por su presidente, José María Martínez, en el transcurso del cual se le nombrará presidente de honor del club.

Alejandro Mon, ministro de Hacienda

Casa Palacio en Vidriera, Bonielles, Llanera.

La idea para este artículo me llegó después de leer un tuit de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), que recordaba que hoy se cumplen 173 años del nacimiento de Alejandro Pidal y Mon (1846-1913), quien fuera presidente de aquella institución, y sobrino del cinco veces ministro de Hacienda, Alejandro Mon y Martínez de la Torre (1801-1882), cuyo cuerpo, junto al de su hijo, está enterrado en una tumba en el interior de la iglesia de San Nicolás de Bonielles y la casa familiar en la localidad de Vidriera (parroquia de Bonielles, municipio de Llanera), se la conoce como Ca Palacio. En la parroquia también reposaron los restos de sus padres, Miguel y Francisca, y de su hermano José Ramón. A la figura de Alejandro Mon es a la que dedicaré este artículo.

Nacido en Oviedo, estudio en la Facultad de Leyes de la universidad asturiana y su vocación política le llevará a enrolarse en las Milicia Nacional, interviniendo en la defensa de la capital asturiana de los ataques del ejército absolutista en junio de 1823, lo que le valdría el destierro y su posible traslado a Andalucía, ya que consta su estancia en Sevilla hacia 1828. Ocho años después, será elegido diputado por Oviedo formando parte de las filas de la Unión Liberal un cargo que irá revalidando elección tras elección hasta su fallecimiento. Retirado de la vida pública, Alfonso XIII lo nombrará senador vitalicio.

Sepultura de Alejandro Mon y su hijo en el interior de la parroquial de Bonielles.

Su dilatada carrera política le llevó a ser ministro de Hacienda en cinco ocasiones, presidente del Consejo de Ministros, embajador en París y ante la Santa Sede, jefe de gobierno durante un breve periodo en 1864, además de ser uno de los fundadores de la Academia de Ciencias Políticas y Morales. A su fallecimiento, en 1882, era propietario de un total de 694 fincas, la mayoría de ellas en Llanera y repartidas por todas las parroquias del concejo, y valoradas en 146.000 pts de la época.

Los constantes vaivenes vividos en la política decimonónica española, le convertirá en uno de los políticos nacionales obligados a exiliarse en Francia, acompañando a la reina María Cristina en 1841. Eso no le impedirá ser, cuatro años después, uno de los ideólogos de la Constitución de 1845, como uno de los representantes del liberalismo moderado. En ese mismo año dio comienzo a una reforma tributaria de la que fue deudora la Hacienda Pública española, hasta los cambios introducidos con la llegada de la democracia a España tras la caída de la dictadura franquista.

Portada del catálogo de la exposición organizada por el Museo de Bellas Artes de Asturias en 2003.

Cinco fueron los puntos clave de la reforma. Así fijó una contribución de inmuebles, que muy bien puede considerarse como el antecedente del actual IBI; una contribución industrial, precursora del IAE; una contribución denominada de Inquilinatos y Consumo; otra figura que gravaba los incrementos de patrimonio (plusvalías), y un impuesto que se fijó para las exportaciones.

Una reforma que afectó sustancialmente a la iglesia católica, ya que una de las medidas fue la supresión del diezmo, a través de la Ley de dotación del culto y del clero. Los objetivos que perseguía esa reforma eran los de unificar el sistema fiscal en todo el territorio nacional, y dejar en manos de la Hacienda Pública el monopolio fiscal del país.

Retrato fotográfico de la Colección Castellano, Biblioteca Nacional de España.

En el periodo en el que estuvo fuera de la política, se dedicó a la actividad empresarial con negocios dentro del sector siderúrgico y ferroviario, además de ayudar a la instalación en Trubia de la Fábrica de Armas, y de asociarse con Pidal y Camposagrado en Duro y Compañía.

Defensor a ultranza de la monarquía borbónica y miembro del Partido Moderado, acompañó a Isabel II al exilio, y por ello recibiría el Toisón de Oro en 1871, condecoración que pudo añadir al Gran Cordón de la Legión de Honor francesa. Y es que siempre mantuvo una especial relación con Francia, al que se exilió en dos ocasiones acompañando a otras tantas regentes, y también en París nacerá su único hijo, nacido de la relación que tuvo con Rita Martínez, una mujer casada con la que tuvo una aventura.

En definitiva, se trató de una figura política a la altura de otros grandes políticos asturianos de su mismo siglo, como fueron Campillo y Cossío, Campomanes, Flórez Estrada, Canga Argüelles o el propio Jovellanos un poco antes. Una figura que en su día dio nombre a la Biblioteca Publica que estaba situada en la calle de la capital municipal que hoy le recuerda

Herminio Álvarez Martínez, un recordman mundial de Lugo de Llanera

Región, 7 de julio de 1931.

Aunque la noticia que publica sobre este hecho el diario Región es confusa, ya que tan pronto califica a Herminio Álvarez Martínez de «campeón del mundo», como de haber batido una marca mundial, lo más probable es que se trate más de lo segundo que de lo primero, sin descartar que en el transcurso de una competición de rango mundial, nuestro convecino no solo alcanzara el campeonato sino que además estableciera una plusmarca mundial.

En las dos informaciones que publica el periódico al respecto, no encontramos datos acerca de las fechas de celebración de la competición, lugar de la misma o procedencia de otros competidores, si bien es cierto que a principios del siglo XX este tipo de competiciones, tanto nacionales como internacionales era bastante habituales.

En la entrevista que le publica el periódico asturiano, Herminio reconoce haber tenido dudas acerca de su rendimiento en el campeonato, al pensar «en los primeros momentos que le agotamiento surgiría por fallo de la columna vertebral, fácil de acusarse con dolores por la posición ininterrumpida del cuerpo.» También reconoce, modestamente, que su intención inicial era la de «permanecer 18 horas solamente escribiendo y he llegado a las veintiuna.»

Entrevista con Herminio Álvarez publicada en Región el 7 de julio de 1931.

Lógicamente, a la finalización de la competición la parte de su cuerpo más resentida fue la de las yemas de los dedos, «pero soporté las molestias porque como yo he de sentar normas cuando se me discuta el campeonato será precisamente una de las condiciones de la prueba no levantarse de la silla, donde se trabaje.» Y es que a lo largo de esas 21 horas de escritura ininterrumpida, el alimento le fue suministrado al mismo tiempo que escribía, la no poder dejar «ni un segundo de pulsar las teclas».

Con la lógica satisfacción por el hecho conseguido, Herminio desvela que no para de recibir felicitaciones, y que al día siguiente iba a ser agasajado con una comida en un establecimiento hostelero de San Cucufate. En ese momento, nuestro convecino vivía en Madrid, donde se dedicaba al estudio, tal y como afirma él mismo en la entrevista, con vistas a encontrar «no tardando un empleo compatible con mis actividades», y reconoce que está encantado de vivir en la capital de España.

Artículo sobre el homenaje tributado a Hermino Álvarez en San Cucufate. Región 11 de julio de 1931.

Cuatro días más tarde, Región publica una nueva información al respecto, y en ella descubrimos que Herminio es natural de Lugo de Llanera, y que el «lunch» con el que fue homenajeado, tuvo lugar en «la casa del señor García de San Cucufate», y el anónimo periodista nos dejó el listado de asistentes, que estuvo formado por «sus íntimos amigos y miembros de la colonia americana, don Luis Álvarez y don Manuel Sánchez, y a su izquierda los jóvenes doctores señores Crabiffosse y González Granda (don José) y como asistentes don Paulino González, Don Aurelio Hevia, don Luis Álvarez, don Ramón Fernández, don José Alonso, don Emilio Cueva, don José González, don José Antonio Álvarez, don Adolfo Requejo, don Laureano Álvarez y este humilde corresponsal y otros más que sentimos no recordar.»

Fue el doctor Crabiffosse el encargado de hacer un discurso en nombre de la comisión organizadora del homenaje, que fue seguido por otras alocuciones a cargo de varios de los asistentes. «Al final todos los oradores fueron aplaudidos, habiéndose deslizado tan simpático homenaje dentro de la mayor armonía», concluye la información del día 11. El 2 de octubre, de nuevo Región, informa del viaje emprendido por Herminio en dirección a Madrid, con el fin de continuar con sus estudios de Magisterio.

Curiosamente, en las mismas páginas, se informa que el facultativo Francisco Crabiffosse, había salido de viaje en dirección a Burdeos y París con el fin de ampliar sus estudios médicos, mientras que otros de los asistentes, Luis Álvarez, había iniciado viaje hacia la localidad guipuzcoana de Cestona.

Región también informó de los viajes De Francisco Crabiffose y Luis Álvarez.

El ayuntamiento investigó a Franco por el cierre de una finca

Casa solariega de La Piniella.

Recientemente saltó a las páginas de los periódicos regionales, que la familia Franco había puesto en venta la propiedad sita en La Piniella (San Cucufate, Llanera, Asturias), por una cantidad muy próxima a los 5 millones de euros. Eso me hizo recordar un episodio más anecdótico que histórico, relacionado con esa propiedad, y que no es otro que la investigación que abrió el Ayuntamiento de Llanera a Franco, en relación con el cierre de una finca próxima en los años 30.

Conocido es que la relación del dictador, Francisco Franco Bahamonde (El Ferrol, 1892 – Madrid, 1975), con el municipio de Llanera, se inició merced a su cortejo con Carmen Polo Martínez-Valdés (Oviedo, 1900 – Madrid, 1988), perteneciente a una familia de rancio abolengo asentada en la parroquia de San Cucufate, con casa solariega en la población de La Piniella. La relación entre ambos dio comienzo en 1917, cuando se conocen e inician un noviazgo durante la estancia del, por aquel entonces, comandante en la guarnición de Oviedo, ciudad en la que terminarían por contraer matrimonio en 1923, tres años antes de convertirse Franco en el general más joven de España.

El Noroeste, 21 de julio de 1926.

En esa casa solariega pasará la pareja su corta luna de miel, además de convertirse en ocasional residencia veraniega durante el periodo de la dictadura franquista. Visitas que, de forma anecdótica, obligaban a los escolares de Posada de Llanera y de San Cucao a ocupar las márgenes de la carretera agitando banderitas al paso de la comitiva. La propiedad es difícilmente visible desde el exterior debido a la frondosidad de la vegetación que la rodea.

Vista de la entrada a la finca desde el exterior de la verja de acceso.

Valga esta introducción para entrar en la materia central de este breve artículo. Corría el mes de febrero de 1932, cuando el día 13 se reúne el Ayuntamiento de Llanera en pleno para tratar, entre otros asuntos del orden del día, una instancia presentada por Francisco Franco, en nombre de su esposa Carmen Polo, solicitando autorización para proceder al cierre de una finca de su propiedad denominada Monte La Cogolla, en la parroquia de San Cucufate, y de 9,5 hectáreas de extensión. Propiedad que “linda por el Oriente con tierras del Marqués de San Esteban y camino; Mediodía, monte común; Poniente, bienes de esta procedencia y Norte castañedo de D. Francisco González Rojo y Dª Victoria González Llana”, tal y como se recoge literalmente en el acta de la sesión plenaria.

Fragmento del acta del pleno del 13 de febrero de 1932.

Ante las dimensiones de la finca y la información facilitada por el concejal Marcelino Rodríguez, quien se hacía eco de los rumores que circulaban entre los vecinos de San Cucufate acerca de la posibilidad de que Franco fuera a cerrar una superficie mayor de la declarada, el alcalde, Severino Coterón, perteneciente al Partido Reformista de Melquiades Álvarez, decide reforzar la Comisión de Policía con dos concejales más, para lo que propone al socialista Agustín González y a Celedonio García para estudiar el asunto. Finalmente, el socialista renunciará a formar parte de esa comisión y será sustituido por Marcelino Rodríguez. Por unanimidad de todos los concejales presentes, se acuerda que la Comisión de Policía reforzada, presidida por el alcalde y asesorada por el secretario municipal, proceda a ver el terreno in situ, ver los lindes y redactar el correspondiente informe.

El asunto volverá al pleno municipal el día 26 de marzo, para dar cuenta del informe elaborado por esa comisión, en el cual se dice que “habiendo examinado y medido los terrenos y vista los títulos de propiedad, puede autorizarse el cierre por el deslinde practicado por ese Ayuntamiento el 25 de noviembre de 1839 y del cual existen los diez finxos o mojones”. Junto a esa autorización para el cierre, se permitió asimismo “la variación del camino que parte del camino que viene de Mazurén a la Casa de la Cogolla.”

Fragmento del acta del pleno del 26 de marzo en la que se autoriza el cierre de la finca, debiendo advertir Franco al contratista que la obra se ajuste por completo a las condiciones establecidas en la autorización.

Por su parte, el concejal Marcelino Rodríguez deja claro que el contratista que está llevando a cabo el cierre de la finca “ha practicado parte sin sujetarse al informe y propone se le advierta que debe sujetarse a él”. Los concejales de forma unánime respaldan la concesión del permiso municipal para levantar el cierre de la propiedad “de conformidad con el informe emitido por la Comisión y advertir al Sr. Franco que conmine al encargado del cierre para que se ajuste por completo al acuerdo.”

Las condiciones de concesión de la oportuna licencia, incluían dejar con un ancho de cinco metros los caminos de Mazurén a San Cucao, de San Cucao a Saguñera, el de la Casa de la Cogolla a Agüera, y «autorizando la variación del camino que parte del camino que viene de Mazurén a la Casa de la Cogolla, al lindero comunal, con un ancho de dos metros y medio.»

ABC, 12 de junio de 1976.

Una curiosidad final relacionada con la casa de La Piniella, la encontramos en las páginas del ABC del 12 de junio de 1976, en una noticia a página completa firmada por Armando Méndez, escrita con un claro tono nostálgico de las glorias pasadas de una propiedad que “fue escenario de importantes momentos históricos en los últimos cuarenta años”. En ella, citando como fuente “un amigo de los que suelen estar enterados de la vida provincial”, se refiere a una presunta autorización concedida a una “empresa norteamericana especializada en fruticultura” para “emplear cinco hectáreas de prado, inmediatas a la noble casa de la propiedad, para plantar en ellas varios miles de manzanos que con toda seguridad darán un ciento por uno de rendimiento”. Bienvenido míster Marshall.

Llanera y el proyecto de la autopista Oviedo-Gijón

La Época, 15 de agosto de 1927.

Serán dos periódicos madrileños, como eran La Época y El Imparcial, los primeros en hacerse eco de la concesión con carácter condicional por parte del Ministerio de Fomento, al conde de San Antolín de Sotillo, más conocido como el conde de Villabona (Llanera), para la construcción a su costa de una carretera mixta directa de Oviedo a Gijón, pasando por las localidades de Villabona y de Serín, esta última correspondiente al municipio de Gijón, y que llevaría el nombre de Pista Príncipe de Asturias, siguiendo un trazado idéntico por el que varias décadas después seguirá la conocida autopista Y, que enlaza las tres grandes ciudades asturianas, y que no será una realidad hasta el año 1976.

No habrá más noticias en la prensa regional hasta prácticamente dos años después, cuando el ovetense diario Región se haga eco de unas declaraciones del gobernador Caballero, en las que se muestra optimista con este proyecto, especialmente, después de haber negociado con el conde una fórmula de financiación por medio de la cual el Estado garantizaría el 5% de interés al 50% del capital invertido, mientras que la diputación, los ayuntamientos de Oviedo, Gijón, Siero y Llanera, por cuyos territorios pasaría el trazado, garantizarían el 5% del 25% del dinero a invertir, mientras que del 25% restante del capital correspondería íntegramente a la empresa concesionaria.

Región 17 de mayo de 1928.

Para una mayor claridad, el periódico recurre al ejemplo y explica que si el presupuesto de la obra, es un suponer, fuera de 10 millones de pesetas, el Estado garantizaría el 5% de 5 millones, es decir, 250.000 pts anuales; los municipios el 5% de 2,5 millones o, lo que es lo mismo, 125.000 pts al año; y la empresa los 2,5 millones restantes. Con ello, el gobernador Caballero se mostraba convencido de que los bancos iban a acudir raudos y veloces a financiar la obra.

Fragmento del acta del pleno del 19 de mayo de 1928.

Dos días después, el 19 de mayo de 1928, en la sesión plenaria correspondiente del Ayuntamiento de Llanera, se leyó una solicitud enviada por el conde de Villabona, solicitando el apoyo económico municipal al proyecto de «construcción de una carretera-pista directa de Oviedo a Gijón». Una propuesta que es aprobada por unanimidad de todos los concejales, habida cuenta de que su construcción «ha de beneficiar grandemente a Asturias y a este Municipio particularmente y acariciar la idea de apoyarla económicamente.»

Con ese acuerdo plenario como base, el ayuntamiento presidido por Celestino Tresguerres, debió de ir trabajando sobre el apoyo que el proyecto iba a recibir por parte del municipio, aunque no será hasta prácticamente un año más tarde, cuando esa propuesta se sustancie. Eso se hará en el transcurso de una reunión mantenida por el alcalde con el gobernador civil, de la que se hará eco tanto la prensa regional como la nacional de la mano del rotativo madrileño ABC. En sus páginas se resume la reunión, a la que también acudieron los alcaldes de Gijón y de Oviedo, junto con el conde de Villabona, Indalecio Corugedo, Luis Corujo, y el marqués de Aledo, delegado regional de Turismo.

ABC 8 de marzo de 1929.

El alcalde de Llanera ofreció la nada desdeñable cifra, habida cuenta de la precaria situación de las arcas municipales, de 100.000 pesetas, además de la cesión gratuita de los terrenos que fueran de propiedad municipal y necesarios para la construcción de la vía, y la exención de impuestos municipales durante 25 años sobre los solares y las edificaciones que la empresa pudiera llegar a necesitar para culminar la obra. Es decir, se atendían todas las peticiones que el conde había planteado al ayuntamiento.

Cuando ese compromiso llegue al Salón de Plenos, órgano facultado para dar su aprobación definitiva, en el mes de mayo, los concejales no mostraron tan buena disposición como su alcalde, considerando abusivas dos de las tres peticiones del conde. Así, la petición de una subvención de 4.000 pts anuales durante 25 años a fondo perdido, hasta sumar las 100.000 ofrecidas por el alcalde, se consideró lesiva para los intereses municipales, la misma consideración que se dio a la solicitud de la exención fiscal durante 25 años. La única de las tres condiciones que el pleno aceptó, fue la de ceder los terrenos comunales necesarios para facilitar el paso de la autopista.

El Noroeste, 26 de octubre de 1930.

Entre el padrón sufrido en el Salón de Plenos y que a principios de año cayó el régimen de Primo de Rivera, provocando asimismo la caída de los alcaldes nombrados durante ese periodo como había sido Celestino Tresguerres, no es extraño que toda clase de dudas surgieran en torno a este proyecto y, probablemente, de ahí la carta enviada por el concesionario de la obra al nuevo alcalde, Eugenio Vázquez Rodríguez, asegurándole la viabilidad del proyecto e incluso un pronto inicio de las obras: «Tan pronto como se aprueben los presupuestos, donde ya está incluida la subvención de 250.000 pesetas, correspondiente á la primera anualidad de la aportación del Estado, se dará comienzo á los trabajos en las zonas de Gijón y Oviedo.» Este asunto no volverá a tratarse en ninguna sesión plenaria del Ayuntamiento de Llanera.

Eso no convenció al menos al Ayuntamiento de Oviedo, donde el concejal Bonifacio Martín pidió que si las obras no daban comienzo el 1 de enero de 1931, ese consistorio debía de revocar la subvención concedida, sin que se señale el importe de la misma.

El Noroeste, 1 de noviembre de 1930.

Probablemente como un último intento por salvar el proyecto, la Comisión Municipal Permanente del municipio ovetense, tomó el acuerdo de pedir al ministro de Fomento la inclusión de a obra en el Patronato Nacional de Turismo, tal y como informa El Noroeste en el mes de diciembre de 1930.

El Noroeste, 7 de diciembre de 1930.

Como final, y a la vista de que no había manera de arrancar las obras, en el mes de noviembre de 1931, la Comisión de Hacienda tiene la idea de eliminar de su presupuesto una partida dotada con 50.000 pts destinadas a financiar la obra, decisión ante la cual, el anónimo periodista de El Noroeste muestra su disconformidad, por lo que puede suponer poner en serio riesgo la construcción de una vía de comunicación fundamental para la región que, como ya señalé al inicio de este artículo, todavía tardará más de 40 años en ser una realidad.

El Noroeste, 13 de noviembre de 1931.

Llanera en la invasión napoleónica a través de las cartas del general Bonet

Puente de Cayés en la década de 1900.

En el ya lejano año de 1995, Perfecto Rodríguez Fernández, profesor de la Universidad de Oviedo, ya jubilado, publicó en la editorial gijonesa Auseva, un libro titulado «Cartas del general Bonet sobre la Guerra de la Independencia en Asturias (enero-abril de 1810)», en la que recoge varios centenares de cartas escritas por Bonet a sus subordinados durante esos meses, en 24 de las cuales se encuentran referencias al municipio de Llanera, en las cuales se pone de manifiesto la importancia estratégica que tenía el puente de Cayés, en las comunicaciones entre Oviedo y Gijón, pasando por La Venta de Puga, por lo que la presencia de tropas francesas en esos dos puntos va a ser más que regular.

En ese año de 1810, en enero, el general Bonet recibe la orden de Napoleón de dirigirse desde Santander hacia Asturias y tomar Oviedo. Eso fue el día 20 y después de superar la oposición que le pudieron ofrecer las tropas asturianas, el día 31 entraba en la capital asturiana y el 7 de febrero, los franceses hacían lo propio con Gijón, y el 7 de febrero Bonet escribe la primera carta (la número 88 en la recopilación de Perfecto Rodríguez), en la que se menciona una población de nuestro municipio.

Portada del libro escrito por Perfecto Rodríguez Fernández.

Se trata de La Venta de Puga, en la parroquia de Pruvia, muy cerca de la población gijonesa de Veranes, y punto importante en la carretera que une Gijón con Oviedo. En esa carta, Bonet le indica al coronel Cretin, acuartelado en la villa de Jovellanos, que «no se olvide de la compañía que se halla en la Venta de Puga», señal inequívoca de la presencia de tropas imperiales en el solar de Llanera. Unos días más tarde, ante el conocimiento de los movimientos que estaba llevando a cabo el guerrillero apodado El Marquesito, ordenará el envío de tropa a Puga para intentar obtener mayor información al respecto.

Lógicamente, para asegurar la viabilidad de las comunicaciones, los puentes son infraestructuras de gran relevancia, y de ahí que el 14 de febrero, ordene al coronel Gauthier que el batallón del comandante Lustringer envíe un destacamento a Cayés, mientras que una compañía de granaderos del 118 se instalará en el puente de Colloto. Unas tropas que dejarán sentir su presencia también en la parroquia de San Cucufate, hasta donde llegaban las patrullas que Bonet enviaba desde Oviedo, como señala en una carta fechada el 23 de febrero de 1810.

Puente y molino de Cayés en la década de 1910.

La situación inestable en el frente asturiano, hizo que Bonet tuviera abiertas las posibilidades de tener que retirarse hacia Pola de Siero, como así tendría que terminar haciendo, y en otra misiva valoraba la posibilidad de retirarse desde San Cucufate hacia Cayés, puente que como el de Brañes, estaba controlado por sus tropas, y las patrullas entre ambos puntos del municipio de Llanera eran diarias sin encontrar ninguna oposición armada.

En el mes de marzo, el general ordena el despliegue de 30 soldados y un oficial en Cayés, con la misión de proteger el puente colocando un puesto en altura para controlar la posible llegada del enemigo desde la vecina San Cucao. Considera suficiente ese contingente y otros desplegados por zonas próximas «al no estar el enemigo presente en esta parte y no tener más que algunos campesinos para combatir en esa zona». Lo que no va a ser óbice para que en marzo, en una carta enviada al comandante Lustringer, muestre cierta alarma por la presencia de ocho jinetes procedentes, supone él, de Pravia.

La Ponte, Cayés.

Días después, Bonet reforzará la guarnición del puente de Cayés con un total de un centenar de hombres y un oficial, con la misión añadida de hacer reconocimientos diarios hasta San Cucufate. Eran tropas del regimiento 118 y la orden se cursó el 11 de marzo. Sin embargo, una semana más tarde, tal vez por la necesidad de reunir tropas para hacer frente a la amenaza de las tropas asturianas, reduce la necesidad de hombres en Cayés a medio centenar.

Al día siguiente, 19 de marzo, el general Bonet se congratula por la llegada del comandante Lustringer con su batallón, y le ordena enviar al día siguiente por la mañana, la mitad de sus tropas a efectuar un reconocimiento a San Cucufate, mientras que la otra mitad tenía que ocupar las alturas que dominan el puente de Cayés. Unas órdenes que no se cumplieron con exactitud y el general muestra su disgusto con el comandante en una misiva que le remite el día 20 de marzo y el 29, le insiste al coronel Duclos, sobre la necesidad de ubicar un centenar de hombres para proteger el puente cayesino y la aldea de La Corredoria.

La Venta de Puga.

En las últimas cartas en las que se menciona a poblaciones de Llanera, será La Venta de Puga la protagonista, primero para ordenar al coronel Cretin el envío de un destacamento para asegurar la correspondencia. Eso el 31 de marzo, mientras que el 6 de abril ordena el regreso de ese destacamento, que sería relevado, al día siguiente, por otro que permanecería únicamente hasta las nueve de la mañana.

La última de las cartas relacionada con nuestro concejo, está fechada el 23 de abril de 1810, y en ella le pide a Cretin que aumente en una compañía el regimiento 118, hasta La Venta de Puga, punto clave para mantener abierta la ruta de comunicación entre las dos principales ciudades asturianas.

Cuando en Llanera se celebraba la Fiesta del Árbol

El Noroeste 10 de febrero de 1919.

La primera referencia que encontramos relacionada con la Fiesta del Árbol en nuestro concejo, está en las páginas del diario El Noroeste del 10 de febrero de 1919, para criticar que todos los años en el presupuesto municipal se reservan 100 pesetas para organizar esta fiesta, sin que nunca se llegue a celebrar y sin que los vecinos sepan a que otro fin se destina ese dinero. La escueta información señala que la fiesta nunca se ha llegado a organizar.

La Voz de Asturias 15 de marzo de 1924.

No se volverá a insistir con el tema hasta los años 20, concretamente hasta 1924, ya en plena dictadura de Primo de Rivera y con Celestino Tresguerres al frente de la alcaldía, cuando otro periódico, en este caso La Voz de Asturias, se interrogue acerca de lo que ocurre con la Fiesta del Árbol, habida cuenta de que el fallecido delegado gubernativo, Álvarez Bardón, había pedido al ayuntamiento que organizase la fiesta sin que ello se haya llevado a cabo y, a la vista de la pasividad municipal, el firmante del artículo, Antonio, se pregunta si no podrían ser los maestros los encargados de hacerlo. El mismo redactor, también para el diario Región, insistirá unos días después desde esa tribuna, en los mismos argumentos.

En lo referido a la fiesta, en el año 1924 no encontramos más información, y será al año siguiente cuando el municipio se ponga manos a la obra para sacar adelante esta fiesta, y ante la advertencia del nuevo delegado gubernativo, Emilio Rodríguez Solís, de la proximidad de la época del año propicia para la repoblación forestal y con ello la oportunidad para celebrar la Fiesta del Árbol, el ayuntamiento decide convocar un pleno para el 12 de febrero de 1925, a las tres de la tarde, para tratar sobre la organización de esa fiesta par que esta «resulte con la esplendidez debida.»

Acta del pleno del 7 de marzo de 1925.

Finalmente, se fijó la fecha del 15 de marzo para celebrar por fin la fiesta, en la capital municipal, concretamente en La Huelga. Con el fin de que la celebración tuviera la vistoridad merecida, el alcalde Tresguerres, en el pleno del 7 de marzo pidió a los concejales su asistencia a la misma y que invitan al mayor número de vecinos posible, para que estuvieran presentes. El concejal, José Alonso Granda, se congratuló de que los niños del municipio fueran los principales protagonistas de la festividad, y se ofreció a donar 100 pesetas para obsequiar a los niños participantes.

Por las páginas de Región del 21 de marzo de 1925, conocemos el programa de ese día de fiesta que se inició a las tres de la tarde, con el desplazamiento de los escolares desde el ayuntamiento hasta La Huelga, donde se había instalado una tribuna para invitados y autoridades. Se inició el acto con la lectura de trabajos alusivos y se cantaron himnos al árbol, a cargo de los escolares de las escuelas públicas. El apartado de discursos corrió a cargo de varios maestros nacionales, el médico titular del concejo, el párroco y el alcalde, mientras que el secretario judicial, Ramón Rayón, leyó una composición en asturiano.

Región 21 de marzo de 1925.

A continuación se procedió a la plantación de 200 plantones de árboles, que recibieron la bendición religiosa, y varias «distinguidas señoritas ayudaron a los celosos maestros» a repartir la merienda entre los niños, con la que finalizó una fiesta que resultó tan «brillante como simpática, mereciendo plácemes todos sus entusiastas organizadores», como recogió Región en su crónica del evento.

Como nunca llueve a gusto de todos, algún desaprensivo rompía el cierre de alambre que protegía la zona repoblada, provocando la entrada del ganado en la zona y la pérdida de muchos de los plantones por la acción de las vacas, tal y como informan las páginas de El Noroeste del 19 de mayo, en una crónica que termina diciendo: «Seguros de que á tales abusos ha de ponerles fin y teniendo en cuenta el interés que demuestra poner el actual Ayuntamiento en la repoblación forestal, es de suponer que se castigue como merecen á los infractores de tales abusos.»

El Noroeste, 19 de mayo de 1925.

El 21 de marzo de 1926 fue la fecha elegida para la celebración de una nueva Fiesta del Árbol, esta vez con la novedad del cambio de escenario al trasladarse la misma desde La Huelga hasta La Mogal, una zona que en ese momento, reunía una amplia extensión de terreno comunal. El mal tiempo fue el invitado incómodo de la jornada, hasta impedir el normal desarrollo de la fiesta. Esta vez la crónica de El Noroeste es más expresiva que las del año anterior, y gracias a ella conocemos los nombres de las niñas que ofrecieron sus discurso a los asistentes.

Ellas fueron las hermanas Ramona y Aurora Álvarez González, de la escuela de Rondiella, dirigida por Francisca López Notario; y Alicia Rodríguez, Regina García y Oliva González, de San Cucufate, dirigida por Purificación López Bernal, junto con «otros niños cuyos nombres sentimos no recordar», escribe el anónimo redactor. Ramón Rayón y los maestros de Ferroñes y Santa Cruz, también se dirigieron a los presentes. En esta edición se plantaron un centenar de árboles y los niños fueron obsequiados con una merienda.

El Noroeste, 24 de marzo de 1926.

De nuevo el mal tiempo fue el protagonista de la edición de 1927, esta vez trasladada al domingo 10 de abril y con cambio de parroquia, al ser Ables la que acogió esta tercera edición de la fiesta, en la que se dieron cita un centenar de personas. La crónica de Región lo deja meridianamente claro: «Fue una lástima que lo desapacible del día desluciera tan simpática y cultural fiesta. Ello fue causa de que no tuviera la brillantez que debiera y por lo tanto resultado fría como el día.»

Los escolares plantaron algunos árboles, y se cantaron los himnos al árbol y a la bandera, trasladándose el grueso de los actos a la escuela de la parroquia, donde se leyeron poesías alusivas al acto por parte de los infantes, y el alcalde Tresguerres hizo un elocuente discurso en el cual «encareció el amor al árbol y puso de manifiesto los innumerables beneficios que aquel reporta a la humanidad, beneficios que por desgracia desconocen muchos.» La consabida merienda puso fin a una fiesta de la que no nos han quedado más rastros en las páginas de los periódicos regionales.

Región 14 de abril de 1927.

En 1928 le tocó el turno de acoger la Fiesta del Árbol a la parroquia de San Cucufate, concretamente el entorno de la iglesia parroquial, donde se celebró el día, desde las cuatro de la tarde, con la presencia de los alumnos de las escuelas públicas, además de los de las Escuelas del Ave María de Coruño, «con sus profesores, Lolita Martínez, Justina Alonso y el joven Arcadio Suárez.» En el atrio de la iglesia, los niños Carlos Pevida, Aurora García y Esther Álvarez, todos de San Cucufate, recitaron poesías.

La Nueva España 27 de marzo de 1928.

La parte más institucional, corrió a cargo del pasionista de la residencia de Mieres padre Fulgencio, y del alcalde Celestino Tresguerres, quien pronunció «un brillante discurso lleno de fervor al niño y al árbol, complaciéndose por tan singular y simpático acto.» A continuación, con la pertinente bendición religiosa, se procedió a la plantación de árboles en el campo de la iglesia. Para finalizar el acto, los niños fueron obsequiados con pastas y naranjas «terminando tan simpática fiesta con el himno a la bandera Salve Patria por las niñas de la escuela de San Cucufate, bajo la dirección de la culta e ilustrada profesora de la misma doña María Luisa Zanón», tal y como se puede leer en las páginas de La Nueva España del 27 de marzo de 1928.

Al año siguiente, los organizadores fijaron la fecha para el 14 de abril y esta vez el tiempo acompañó a una celebración llevada a cabo en la población de Coruño, con un programa de actividades que dio comienzo el día anterior con una verbena con iluminación veneciana, ante el establecimiento de Ángel Rodríguez, en La Venta del Gallo, amenizada con música de gramola y clásica, con suelta de globos de diferentes dimensiones.

Por lo que toca a la fiesta como tal, a ella acudieron los alumnos de las escuelas nacionales de Lugo, Rondiella, San Cucufate, Santa Cruz, Bonielles, Ables, Cayés y del Ave María de Coruño, acompañados por sus maestros y portando las respectivas banderas. El coro de las escuelas del Ave María abrió el acto cantando el himno al árbol, bajo la dirección de su maestra, Soledad Martínez.

Después de proceder a la plantación de un centenar de árboles, los niños José Quirós, José López, José Suárez y Justo Lozano, alumnos de las escuelas del Ave María, y las niñas de Cayés, Rosa Alonso, Margarita Álvarez, Ángeles Fernández y María Paredes, recitaron poesías alusivas a la fiesta. El alcalde, Celestino Tresguerres, cerró los actos institucionales con el tradicional discurso, al término del cual los niños fueron obsequiados con golosinas.

La Fiestona de San Cucao en los años veinte

La Voz de Asturias, 10 de julio de 1923.

Este próximo fin de semana la parroquia de San Cucufate, se prepara para la gran cita festiva del verano, con la celebración de la popular Fiestona, recuperada hace unos años por un grupo de vecinos que primero buscaron recaudar fondos para favorecer la restauración de la iglesia parroquia y que, una vez conseguido ese objetivo, decidieron mantener viva la tradición de organizar una de las fiestas clásicas del verano en Llanera.

La implicación del pueblo para sacar adelante la fiesta, es algo histórico como nos muestra la prensa de los años veinte, como ese primer recorte con el que abro el artículo, sacado de las páginas de La Voz de Asturias del 10 de julio de 1923, en el cual se anuncia que gracias a los indianos de la parroquia, La Fiestona iba a tener un programa de «extraordinaria importancia». Lamentablemente, los medios de comunicación no dieron cuenta del programa festivo que se estaba preparando.

Región, 16 de julio de 1924.

La implicación vecinal la volverá a poner de manifiesto Región al año siguiente, 1924, cuando se está preparando un programa con «numerosos atractivos», gracias al trabajo de una comisión de fiestas integrada «por cuatro bellísimas señoritas de la colonia veraniega», que le sirve al cronista para augurar un «rotundo éxito», y aunque anuncia que en los próximos días se daría publicidad al programa, tenemos que irnos a las páginas de La Voz de Asturias para conocer el programa en sus detalles.

La Voz de Asturias, 19 de julio de 1924.

Ciertamente, el programa festivo de ese año fue muy destacado y dio comienzo el sábado con el toque de oración a las doce del mediodía, lanzamiento de palenques de grueso calibre y música del país. Para la noche, se instaló una iluminación veneciana en el parque, donde tendría lugar la romería amenizada por varios organillos y gaitas. Se lanzaron globos al aire y se quemaron fuegos artificiales a cargo de un renombrado pirotécnico vitoriano. Para las ocho, antes de iniciar la verbena, una carroza en la que «irán distinguidas señoritas», para recorrer las principales vías de la población, carroza que, por razones desconocidas, finalmente no pudo salir.

El domingo la diana corría a cargo de la banda de música de Baúro, con comunión general a las ocho de la mañana, seguida de misa cantada «a toda orquesta por los sacerdotes del Arciprestazgo», acompañados por el sonido del armonium. Después de la misa, procesión. Por la tarde, gran romería, carreras de bicicleta, bailes populares y elevación de «globos grotescos». A las cinco de la tarde partido de fútbol entre los equipos de Guyame y Bonielles, que terminaron ganando los primeros por 4-2, llevándose la copa que había ofrecido un indiano de la zona. Por la noche, otra vez música, bailes y elevación de globos grotescos.

Región, 24 de julio de 1924.

Unos días después de la finalización de la fiesta, gracias a Región, sabemos el nombre de las señoritas que corrieron con la organización de las fiestas. Fueron Rosario Alonso, María Teresa Rodríguez, Adela Solares y Carmen Rodríguez, quienes, según el cronista, Antonio, «pueden estar orgullosísimas de la labor realizada pues resultaron las fiestas de lo mejor que en este pueblo se ha conocido».

El Noroeste, 17 de julio de 1926.

Las fiestas de 1926 tuvieron la presencia del futuro dictador Francisco Franco, casado con la vecina de la parroquia, Carmen Polo, quien en la procesión después de la misa del domingo, portó el farol, mientras que el sermón había corrido a cargo del capellán del Regimiento Príncipe, y la misa fue cantada por un coro de seminaristas, mientras que en los festejos se dejó notar una nutrida representación de la colonia americana.

Una comunidad emigrante que se involucraba en la organización de la fiesta de forma directa, y la comisión que preparó las fiestas de 1927, estuvo formada por Gumersindo Solares, Manuel Cuesta y José Arango, quienes, entre otros alicientes, anuncian la presencia de la masa coral La Nocturna, de Lugones, para cantar la misa, aunque finalmente esta formación musical no pudo acudir a la cita con La Fiestona. Además, coincidiendo con los días de fiesta, la escuela de niñas acogía una exposición de trabajos realizados durante el curso. La maestra María Belén Zanón, invita a asistir a la muestra a la Junta Local de Instrucción Primaria, autoridades y vecindario.

Región 24 de julio de 1927.

Si hacemos caso de la crónica publicada en el diario Región, la edición de 1927 fue todo un éxito de asistencia de público, dejando incluso pequeña la capacidad del campo festivo, con personas que acudieron en toda clase de vehículos, incluso a pie, para disfrutar de una verbena que se alargó hasta bien entrada la madrugada el sábado, aunque el domingo a las ocho de la mañana, los vecinos estaban convocados a la misa de comunión. Este año, el encargado de portar el farol en la procesión fue el alcalde, Celestino Tresguerres.

El Noroeste, 18 de julio de 1929.

Para cerrar una referencia a la fiesta de 1929, organizada por una comisión de la que gracias a la prensa conocemos los nombres de sus integrantes: Manolito Rodríguez, Enrique Juan Laguna, Pepe Rodríguez, Prudencio Pérez, María Teresa Rodríguez y Beny y Morena Rodríguez, para una fiesta que ya por aquellos años tenía capacidad para atraer público de otros concejos próximos como Oviedo, Gijón, Avilés y Siero.

Aquellos primeros accidentes de tráfico

La Voz de Asturias, 24 de enero de 1925.

Abro el artículo de hoy con una noticia publicada en La Voz de Asturias en 1925, que nos cuenta como a las entradas y salidas de Lugones y de Posada de Llanera, las autoridades competentes habían decidido colocar unos carteles advirtiendo a los viandantes de la necesidad de estar atentos a los vehículos a motor. Algo que de entrada nos puede parecer sorprendente habida cuenta de lo menguado del parque automovilístico general, las situación pésima de las carreteras del momento que impedían en periodos de mal tiempo, incluso la circulación de carros, y que para nada facilitaban que los automóviles alcanzaran grandes velocidades, pensado esto, claro está, desde nuestra mentalidad de hoy.

Como ejemplo de las velocidades que se alcanzaban por aquellos años, decir que los dos coches oficiales que tuvo el Ayuntamiento de Llanera en la década de los veinte, uno, un Peugeot, tenía como velocidad máxima los 60 kilómetros por hora, y el Fiat modelo 1925 que sustituyó al anterior, llegaba a la friolera de 73 kilómetros por hora, velocidades que en ningún caso se podrían llegar a alcanzar por las carreteras y caminos del concejo.

Revista Asturias, 9 de octubre de 1921.

Eso no es óbice para que en la prensa de esos años se ponga el acento en automovilistas que van «a todo meter», poniendo en riesgo tanto su seguridad como las de los viandantes, tanto, seguramente, por la falta de pericia de los conductores, como de las condiciones de las vías. Eso debió de pasarles a los ocupantes del coche matrícula 1330, cuando volcaron haciendo un trayecto entre Brañes y Llanera, con el resultado de los cuatro viajeros heridos. Ellos eran el propietario del comercio La Violeta, en la población cubana de Camagüey, Joaquín Álvarez, con heridas graves en una pierna; el médico del concejo, José Menéndez Alvaré, con magulladuras por todo el cuerpo; Ramón Fernández Cuesta, con un brazo roto; y el señor Aldingundi (?), alto empleado de la empresa Trasatlántica, con erosiones sin importancia. Ese hecho tuvo lugar el 26 de agosto de 1921, y de él se hicieron eco el periódico El Noroeste y la Revista Asturias.

Si los anteriores tal vez sean los primeros accidentados mientras viajaban en coche por las carreteras del concejo aparecidos en prensa, el vecino de San Cucao, José García Fernández, arrollado por el coche matrícula B 2810 y con heridas leves en un pie como consecuencia, de las que fue atendido en la Casa de Socorro, es factible que sea el primer atropellado de Llanera en aparecer en las páginas de la prensa regional, en este caso en las del periódico Región del 16 de diciembre de 1925.

Región, 13 de enero de 1926.

Al ser las bicicletas un medio de transporte muy habitual por aquellos años, no es extraño que coches y ciclistas entraran en conflicto en las carreteras, como le ocurrió a un vecino de Villardeveyo, de 20 años de edad, y que respondía al nombre de Eugenio González Díaz, quien se vio obligado a ingresar en la Casa de Socorro, después de haberse estrellado contra un camión cuando se dirigía a su domicilio. Según la noticia aparecida en el diario Región el 13 de enero de 1926, el herido evolucionaba favorablemente de sus heridas.

Políticos accidentados

De la veintena de sucesos relacionados con accidentes de tráfico acontecidos en el concejo entre los años 1921 y 1934 que tengo recopilados hasta el momento, uno de ellos apareció publicado en las páginas del nacional ABC el 26 de julio de 1929, haciéndose eco del accidente sufrido de madrugada por un grupo de jóvenes que se dirigían a Gijón en automóvil, cuando al pasar por Llanera, se precipitaron por un terraplén resultando fallecido César Miranda y herido, Manuel Díaz.

El Noroeste, 12 de noviembre de 1930.

Pero sin duda los accidentados más famosos en las carreteras de nuestro concejo, fueron los diputados provinciales, Secundino Felgueroso y Mariano Merediz, ambos gijoneses, quienes mientras se dirigían a una sesión del pleno de la Diputación Provincial, a su paso por la capital municipal, sufrieron un avería mecánica causante de una salida de la vía, a la altura de Casa el Ferrador (en la información de El Noroeste aparece como Casa del Herrero), es decir, en plena calle principal de Posada. El conductor del vehículo, chofer habitual de Secundino Felgueroso, salió ileso mientras que los otros dos ocupantes del vehículo resultaron heridos.

En un primer momento fueron auxiliados por otros automovilistas que pasaban por la zona, uno de ellos el abogado, también gijonés, Eduardo Ibaseta, quien se encargó del traslado de los heridos a la villa de Jovellanos en su vehículo. Secundino Felgueroso resultó con fractura de tibia y peroné de la pierna izquierda, luxación del hombro izquierdo, fractura de la muñeca del mismo lado y diferentes contusiones y heridas producidas por la rotura de los cristales del vehículo.

Más suerte tuvo Mariano Merediz, con una simple contusión con derrame en el pie derecho y heridas incisas en mano derecha, además de varias contusiones. El Noroeste informa de que muchas personas pasaron por el domicilio de ambos políticos para interesarse por su estado de salud, y hacía votos por el pronto restablecimiento de ambos.

Una multa y un suceso chusco para terminar

En 1930 tenemos constancia de la primera multa impuesta en Llanera por exceso de velocidad. El «afortunado» fue el conductor del vehículo matrícula O 5118, a quien se le impuso por parte de la alcaldía, una multa de 25 pesetas por ir a una velocidad consideraba como excesiva.

Y el suceso chusco fue el protagonizado por un vecino de Salinas (Castrillón), de nombre Plácido, de 20 años de edad, quien no tuvo mejor idea que, a la altura de Santa Cruz, sacar la cabeza por la ventanilla cuando se estaba cruzando con otro vehículo, a resultado de lo cual sufrió una herida contusa en la región frontal y otra en la parietal derecha y otras erosiones en la cara, calificadas de graves y que obligaron a su ingreso hospitalario en un sanatorio de la capital asturiana. Fue en un mes de julio de 1934.

El Noroeste, 24 de julio de 1934.

Las escuelas del concejo en el siglo XIX (I)

Fragmento del acta del pleno del 12 de enero de 1859 en la que se menciona el reparto entre parroquias de las fanegas de maíz necesarias para atender a los gastos que suponían las escuelas.

En el archivo del Ayuntamiento de Llanera se conservan todas las actas de los plenos municipales desde el 1 de enero de 1859, de forma ininterrumpida hasta el día de hoy. Muy pronto, el 12 de enero de ese año, encontramos la primera mención en un documento público, a la existencia de escuelas en el municipio. Son apenas tres líneas en las que se dice: «Se acordó repartir entre las parroquias del concejo y ayaron de ver de cada una el numº de fanegas de maíz necesario para cubrir las dotaciones de maestros del año actual y más gastos de las escuelas.»

Siendo como es un párrafo escueto nos da una primera noticia acerca de la extensión de la red educativa probablemente por todas las parroquias, y que los gastos generados por esas escuelas, incluidos los sueldos de los maestros, tenían un reflejo en especie. Hay que tener en cuenta, que los lugares utilizados de forma general para impartir las clases eran los atrios de las iglesias, y así va a seguir siendo durante muchas décadas, incluso cuando se empiecen a construir los primeros edificios pensados únicamente con una finalidad educativa.

Acta del pleno extraordinario del 17 de mayo de 1874.

En nuestro caso, a instancias de la Junta Superior de Instrucción Pública de la provincia, el consistorio reunido en sesión extraordinaria, para tratar únicamente el tema de las escuelas, toma la decisión de establecer diez escuelas incompletas en cada una de las parroquias y una elemental completa en la capital municipal. Las primeras tendrían una dotación de 600 reales y los padres, por medio de una cuota, correrían con el sueldo del maestro, dotación que ascendería hasta los 3.300 reales en el caso de la de Posada de Llanera, teniendo el maestro la obligación «de admitir en su Escuela a los niños de las incompletas que hayan recibido los rudimentos en las incompletas y que tengan diez años de edad», tal y como se recoge en el acta citada.

La diferencia entre una escuela completa y una incompleta, se basa en el número de grados que se imparten en cada una de ellas. Así, en una escuela completa se imparten seis grados, recogidos así en la conocida como Ley Moyano, que entró en vigor en 1857. Primer grado: doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada acomodada a los niños; Segundo: Lectura; Tercero: Escritura; Cuarto: Principios de gramática castellana con ejercicios de ortografía; Quinto: Principios de aritmética con el sistema legal de medidas, pesas y monedas; Sexto: Breves nociones de agricultura, industria y comercio, según las localidades. Cuando no se impartían todos los grados, la escuela se consideraba como incompleta y, en el caso de las niñas, recibían las mismas asignaturas, a excepción del Sexto, que era sustituido por «Labores propias de su sexo» (art. 2º y 5º de la Ley Moyano).

Gracias a ese mismo acta municipal del 17 de mayo de 1874, sabemos que Llanera contaba con un total de 12 maestros, solo uno de ellos mujer, para atender a la población escolar de las 11 parroquias en las que está dividido el municipio. Una plantilla de docentes que suponían al concejo un gasto de 3.245 pesetas, más otras 300 en concepto de material, cifra que para un municipio con graves dificultades de tesorería, que arrastrará durante muchos años, suponía una cantidad muy importante y a la que a duras penas podía hacer frente.

Fragmento del acta del 10 de julio de 1874 en la que se afirma que un concejal se apropió de dinero destinado a la construcción de una escuela.

A las dificultades para cumplir con el gasto necesario para sustentar la red escolar del municipio, se venía a sumar en alguna ocasión la avaricia de algún concejal, caso del representante de la parroquia de Santa Cruz, quien se había apropiado de la nada desdeñable cantidad de 5.000 reales destinados a la construcción de una escuela en el municipio. Al descubrirse la fechoría «fue apremiado hasta el embargo.»

A pesar de que los ayuntamientos estaban obligados por ley a incluir en sus presupuestos las cantidades necesarias para abonar los salarios de sus maestros, Llanera, seguramente que al igual que otros muchos, se negó en 1887 a atender una petición de los docentes en ese sentido, habida cuenta de la situación «precaria en que se hallan los fondos municipales en perjuicio de otros gastos de necesidad.» Se acuerda enviar comunicaciones a los alcaldes pedáneos, para que estos hagan saber «á los padres de familia la obligación que tienen de satisfacer las retribuciones á sus respectivos Maestros» y en caso de no hacerlo, se pedirá a los propios maestros que envíen al ayuntamiento una relación con los padres que se nieguen al abono correspondiente «exceptuando de este pago a los pobres ó que deban ser considerados como tales.»

En un próximo artículo veremos un interesante testimonio de un inspector educativo que elaboró un informe sobre la situación de las escuelas del municipio en 1898.