Villardeveyo asolada por la difteria

En la entrada inmediatamente anterior a esta, me ocupaba de los trámites que se siguieron para la construcción de un nuevo campo santo en la parroquia de Villardeveyo, ante la saturación que estaba sufriendo el antiguo. A esa necesidad tuvo que contribuir de manera determinante la epidemia de difteria que a finales del siglo XIX vino a provocar un incremento de la mortalidad en la parroquia.

Vista de Villabona desde Veyo. Foto del autor.

Para ponernos en contexto, tal y como señala la Organización Mundial de la Salud, la difteria es una enfermedad causada por una bacteria de transmisión aérea o por contacto físico directo, que afecta principalmente a la garganta y vías respiratorias superiores, además de producir una toxina que afecta a otros órganos. Los síntomas principales son dolor de garganta, fiebre baja y glándulas inflamadas en el cuello.

Conocido el enemigo, la primera noticia de la aparición de la enfermedad en la parroquia de Villardeveyo, la encontramos en un acta del pleno municipal celebrado el 19 de septiembre de 1896. En ella se recoge el acuerdo al que llegan los concejales para la compra de una jeringuilla «para inyectar el suero Rox a los diftéricos y entregarla al Médico Municipal». La redacción sucinta del acuerdo no da la impresión de que el municipio se estuviera enfrentando a una epidemia de gran importancia.

Fragmento del acta del pleno del 19 de septiembre de 1896.

Sin embargo, el hecho de que el asunto vuelva a tratarse en varios plenos entre finales de 1898 y abril de 1899, nos dibuja otro panorama y ahí ya sí, se nos traslada la importancia que la enfermedad tiene para una parroquia que, no lo olvidemos, contaba en ese momento con una gran población tanto estable como flotante, habida cuenta del importante número de trabajadores empleados tanto en el ferrocarril como en las minas de Santofirme, lo que les convertía en potenciales focos de expansión de la enfermedad.

Después de que el ayuntamiento llevara desde el mes de agosto sin convocar ni una sola sesión plenaria, la del 10 de diciembre de 1898, se abrí precisamente con la epidemia de difteria que ya llevaba al menos dos años activa. En el pleno, presidido en ese momento por Ramón García Miranda, se dio cuenta a los concejales presentes de una comunicación del médico titular del municipio, Antonio Asúnsolo, a la vista de la extensión que estaba cogiendo la epidemia de difteria que había empezado a propagarse «y estaciona en varias parroquias de este concejo y en particular en la de Villardebeyo».

Acuerdo de la corporación para comprar desinfectante para hacer frente a la epidemia de difteria.
Pleno del 10 de diciembre de 1898.

La preocupación se deja sentir y, a pesar de la mala situación económica del municipio, los concejales acuerdan dedicar una cantidad económica, cuya cuantía no aparece recogida en el acta de la sesión, para «proporcionar medicamentos desinfectantes, con cargo al capítulo de Imprevistos por no haber consignación en el capítulo correspondiente».

La forma en la que el ayuntamiento gestionó la pandemia, provocó que en abril de 1899, concretamente el día 9, se recibiera en el consistorio una comunicación del Gobierno Civil, en la que el gobernador expresaba su sorpresa por no haber sido comunicado el brote de difteria en el concejo, teniendo en cuenta que se había extendido «hasta el punto de producir defunciones que han alcanzado al vecindario».

Ello motiva que el gobernador decida que el Inspector provincial de sanidad visite el concejo para analizar el estado de la enfermedad y redacte un informe al respecto y, una vez vista la extensión de la enfermedad, convocar a la Junta Municipal de Sanidad para tomar todas las medidas necesarias para evitar la propagación de la misma.

La respuesta municipal a este requerimiento, fue la de convocar a la Junta Municipal de Sanidad para el día siguiente, 10 de abril, presidida por el alcalde y con presencia del inspector provincial, Dionisio Cuesta Olay. En esa reunión, la junta acordó facilitar toda la información disponible y colaborar en la visita que el inspector iba a hacer a la parroquia más afectada por la enfermedad.

Fragmento del acta de la Junta Municipal de Sanidad del 10 de abril de 1899.

Tal día como hoy, 14 de abril, pero de 1899, tenemos la última noticia sobre la epidemia en un acta de la Junta Municipal de Sanidad. En ella se deja constancia de la visita de Cuesta Olay a Villardeveyo, donde pudo ver como el médico municipal, Antonio Asúnsolo, «había llevado con pericia y oportunidad que reclaman siempre los síntomas funestos de la terrible enfermedad que con el nombre de difteria arrebata la vida a tantos seres inocentes que constituyen el encanto de las familias.»

Los elogios del inspector, si hacemos caso del acta del pleno, no terminaron ahí, sino que «la Junta local de sanidad cumplió con celo y energía todos los preceptos de la higiene y de la salubridad pública», para, a continuación explicar a grandes rasgos las características de la enfermedad y «los procedimientos que la ciencia aconseja en estos casos para combatir el mal y dictó las reglas necesarias para conseguir la profilaxis general y evitar la difusión, el contagio y la epidemia del mismo.»

Parte final del acta de la Junta Municipal de Sanidad del 14 de abril de 1899.

En esa sesión monotemática, el inspector insistió en la necesidad de cumplir con las normas de higiene pública «y no permitir la apertura de la escuela de la parroquia en cuestión durante seis o siete semanas después de haber desaparecido en absoluto la enfermedad», para terminar su alocución a los presentes diciendo que «después de lo expuesto nada tenía que añadir, atendiendo a que estaba cumplida en todas sus manifestaciones la higiene que incumbe al servicio público».

Como ya vimos en la entrada anterior, en ese mismo mes de abril el párroco de Villardeveyo, solicitaba al pleno municipal la concesión de un emplazamiento para levantar un nuevo cementerio parroquial.

Llanera y la epidemia de gripe de 1918

Ahora que nos toca vivir tiempos de reclusión, pandemia de coronavirus mediante, echamos un poco la vista atrás para ver la situación a la que se enfrentó nuestro concejo durante la pandemia de gripe de 1918, llamada «gripe española» al ser la prensa de nuestro país la única que informó del avance de la misma, pero también conocida como «el soldado de Nápoles» o el «mal de moda». En el verano de 1920, este virus gripal desapareció tal y como había venido, no sin antes dejar unos dicen que 50 y otros que 100, millones de fallecidos en todo el mundo.

Una primera noticia de la presencia de gripe en nuestro concejo, la encontramos en las páginas del periódico El Noroeste, del 10 de diciembre de 1905, en las cuales informa de la visita que hizo a Llanera Dionisio Cuesta Olay, a indicación del gobernador, para investigar un posible brote de fiebres tifoideas. Afortunadamente, la noticia no era cierta y lo único reseñable fueron algunos casos de febrículas causadas por la gripe, enfermedad que en ese momento había causado un único fallecido.

Cuando los efectos de la epidemia de gripe se dejen sentir en el concejo, se encontrará con una población que venía sufriendo unas condiciones climáticas difíciles, a las que se venían a unir las subidas de precios en los productos de primera necesidad, provocada por la Primera Guerra Mundial. Así lo pone de manifiesto Ramón Rayón, a la sazón secretario del juzgado municipal de Llanera, en varios artículos publicados en la Revista Asturias editada en La Habana con destino a la colonia asturiana de la isla, pero que también traía a Asturias noticas relacionadas con los emigrados.

Revista Asturias, 14 de marzo de 1915.

En un artículo de Rayón publicado en esa revista en marzo de 1915, ya deja constancia de que los vecinos de Llanera «estamos padeciendo un tiempo crudísimo [sic]», y teme que la constante alza de los precios pueda llegar a desembocar en descontento social entre los obreros, entre los que parece estar detectando síntomas de inquietud.

«Cuando va bien a la liebre va mal al galgo». Rayón incluye ese refrán popular en un artículo de 1916, en el que si bien parece que las cosechas se presentan bien, no se presentan tan bien los precios que el consumidor tiene que pagar, ya que «con la disculpa de la guerra, todos los artículos sin distinción de clases, han subido un ciento por ciento sobre el valor anterior». Volverá a insistir en ello en un artículo del mes de noviembre cuando escriba que a pesar de la buena cosecha «los artículos de mayor consumo se venden a precios fabulosos. Con decir que es por causa de la guerra, se sale de paso; y adelante la explotación.» Por su parte, los sueldos no habían mejorado en absoluto y como consecuencia «todos tenemos la obligación ineludible de gastar aquellos artículos bajo pena de muerte. Fiar no se fía ni al lucero del alba, y he aquí que, marchamos bien de fondos y… ¡trampa adelante!»

Revista Asturias, 1 de noviembre de 1916.

Rayón también nos deja constancia de que si 1916 se despidió con mal tiempo, el año nuevo no iba a ser menos y empezaba incluso peor, y en el mes de junio ya tenemos noticia de la aparición de una epidemia en el concejo, en este caso de viruela. La noticia la encontramos en un acta del pleno del 30 de junio de 1917, en la cual, de una manera muy escueta, se dice que la epidemia le cuesta al ayuntamiento 400 pesetas, según la minuto que el médico Federico Gil Arévalo pasó a la corporación, en concepto de vacunación general de la población contra esa enfermedad.

Acta del pleno del 30 de junio de 1917.

En 1918, finalmente la gripe llegará al concejo creando una «grave situación epidémica», tal y como se reconoce en el acta del pleno del 28 de septiembre de ese año, y ante la cual el cura de Cayés no tuvo mejor idea de que sacar la figura de san Roque en procesión, para pedir el fin de la epidemia, actuación que es criticada desde las páginas del periódico El Noroeste del 12 de noviembre.

El Noroeste, 12 de noviembre de 1918.

Una pandemia que en diciembre de ese mismo año ya había causado 204 muertos en Llanera, a tenor del recuento llevado a cabo por Ramón Rayón, y cuyos nombres, niños excluidos, dejó recogidos en un artículo en la Revista Asturias que empezaba así: «Hoy me limito  a contaros, con gran pesar de mi alma, el número de personas que a partir de veintiocho de septiembre al día de la fecha, murieron de la moda, pues así llaman a esta epidemia terrible, o “Soldado de Nápoles”; este militar hizo él sólo en un mes más víctimas que hubo en la guerra sin emplear lo que en esta se denominan “artes”. No he de consignar nada más que el nombre de las personas mayores, omitiendo el de los niños, pero el número de fallecidos fué en totalidad el de doscientos cuatro.»

Parte del listado de fallecidos por la gripe de 1918, publicado por Ramón Rayón en la Revista Asturias en el número del 23 de diciembre de 1918.

Una epidemia que además de la lógica consternación por los vecinos fallecidos, trajo también un mal momento a las maltrechas arcas municipales, que se encontraron sin capacidad para hacer frente a los gastos médicos generados, tal y como se pone de manifiesto en el pleno del 18 de enero de 1919. En ella escuetamente se dice que «con motivo de la epidemia se ocasionaron gastos y que que como no existe consignación en el presupuesto, se acuerda que se satisfagan del Capítulo de imprevistos previos justificantes que lo acrediten». Únicamente el concejal Severino Coterón Menéndez, quien llegará a ser alcalde del concejo en 1931, votó en contra de la propuesta planteada por el alcalde.

Ese mismo año la gripe volverá a reaparecer en el concejo, aunque afortunadamente de una forma más leve que el año anterior, lo que no excluyó que hubiera casas en las que «están atacados todos los individuos; y tiene que acudir algún vecino a prestar asistencia; pero sucede que aquel adquiere la enfermedad y la lleva a su domicilio», aunque los fallecimientos causados por este rebrote no parecen haber alcanzado ni de lejos, los del año anterior.

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.

Eso venía a complicar aún más la existencia a unos vecinos que estaban pasando viviendo una primavera aún peor que el invierno, climatológicamente hablando, causando retraso en las cosechas, por la presencia de «nieves, granizos, hielos, vientos y lluvias; en fin, la primavera no pudo portarse peor.» Rayón redacta este artículo en un tono pesimista: «Aquí no impera más que el dolor: todo son enfermedades, lo mismo en las personas que en los animales».

Revista Asturias, 22 de junio de 1919.