
Ahora que Adif anuncia una inversión de algo más de 18 millones de euros (aunque todavía no se sabe cuándo darán comienzo las obras), para renovar los túneles ferroviarios que permiten la comunicación entre las estaciones de Lugo de Llanera y Villabona, parece un buen momento para echar la vista atrás y ver la importancia que históricamente tienen para el desarrollo industrial de nuestro municipio.
Antes de llegar ahí, comentar que se trata de dos túneles gemelos de 902 y 853 metros respectivamente, y que sufren una alta intensidad de trafico con convoyes de larga y media distancia, así como transporte de mercancías, ademas de la alta velocidad (que en Asturias de momento es cualquier cosa menos eso).
Son túneles vinculados a los tramos ferroviarios destinados a unir Villabona con Gijon (1874), con Avilés (1890) y con San Juan de Nieva (1894). La gestación del núcleo ferroviario de Villabona se encuentra en la ley promulgada el 18 de febrero de 1873. El ingeniero encargado del diseño de las construcciones que darán forma al núcleo fue Salustiano González Regueral.
El conjunto de la estación está siendo objeto de una profunda remodelación para una más que necesaria modernización, pero que deja en una situación aún más precaria si cabe, al edificio histórico de la estación, que se encuentra en una situación agonizante en medio de la indiferencia general.

Todo ello complementado con la línea Pola de Lena-Gijón (1874) y, una década después, con la puesta en marcha de la línea Madrid-Gijón, con estación en Lugo de Llanera, que vio el paso real de Alfonso XII con motivo del viaje inaugural (aquí se puede leer un artículo sobre ello en este mismo espacio).
Una infraestructura al que podemos aplicar la frase del historiador británico, Eric Hobsbawn, cuando decía que «el ferrocarril es hijo de la mina», ya que la presencia de los yacimientos carboníferos de la propia Villabona, y también los de Ferroñes, fueron argumentos de peso para la puesta en marcha de una línea pensada igualmente, para dar salida al carbón de las cuencas asturianas hacia el mar y, por tanto, hacia la exportación.
De hecho, en el periódico madrileño El Heraldo, el 9 de abril de 1845, ya menciona un proyecto de la Compañía del Camino de Hierro del Norte de España para construir un ferrocarril con destino en el puerto de Avilés «hasta encontrarse con las minas de carbón de Ferrones [sic] y con el criadero de San Firme, continuando hacia Oviedo y después de atravesar Mieres, á lo largo del Río hasta León». Incluso, habla ya de la posibilidad de llevar la línea hasta la capital madrileña.

La relevancia económica para el concejo de la consolidación del ferrocarril va a ir en dos direcciones. La primera, en la posibilidad de dar salida a una mayor cantidad de mineral (hay que tener en cuenta que desde el inicio de la explotación carbonífera el mineral se trasladaba en carros tirados por bueyes) y de una forma más rápida y eficiente. Y, la segunda, por la necesidad de suministrar materiales para la construcción de la infraestructura.
Ahí entra en juego la instalación en el concejo de la conocida como Tejería Mecánica, luego Cerámicas Guisasola, que será la responsable de poner en marcha el incipiente proceso de industrialización del municipio, más tarde reforzado con la presencia de la Fábrica de Explosivos. La ubicación de ambas industrias en la parroquia de Cayés, hace de éste emplazamiento el verdadero epicentro industrializador del municipio, condición que conserva hoy en día, aunque más volcado hacia el sector servicios.
Es en 1868 cuando la Tejería Mecánica se pone en marcha, de la mano de Wenceslao Guisasola Larrosa, veterinario e industrial; Marcelino Menéndez de la Cuesta, fotógrafo; y el ingeniero del Ferrocarril del Norte, Martín, en ese momento responsable de las obras ferroviarias en la vía hacia Gijón. Al poco tiempo de arrancar la nueva sociedad, los socios se sortean entre ellos la propiedad, siendo el agraciado Wenceslao Guisasola.

La intención de la nueva empresa era la de aprovechar la riqueza arcillosa de la zona (ya conocida desde la época romana), para fabricar ladrillos para el revestimiento de los túneles que abren paso de Lugo hacia Villabona. Esa primera producción se hace de la mano de tejeros llaniscos. En 1870, se incorpora a la producción la fabricación de ladrillo refractario para la construcción de un horno en el concejo de Quirós. La necesidad de incorporar un nuevo horno para su elaboración, es el causante del sobrenombre con el que será conocida la empresa hasta su desaparición en 1979, La Estufa.