
Al contar Llanera con una sede judicial le correspondía igualmente, tener una dependencia en la que albergar los detenidos por la Guardia Civil, antes de ser juzgados, bien en el juzgado municipal en el caso de delitos menores, bien en el provincial, para delitos más graves, es decir, que el calabozo, seguramente no sería más que eso, era únicamente para estancias de corta duración. Se trataba de una instalación, como veremos, de construcción precaria, y con unas condiciones higiénicas francamente deficientes, como también veremos.
Con este panorama, la primera y escueta noticia que tenemos de una fuga del centro de detención del municipio, la encontramos en las páginas de El Comercio, medio que el 17 de octubre de 1899 se hacía eco de una información publicada en El Diario de Avilés, en la que se decía que Manuel Rodríguez Valdés, alias «Chorín», quien ya se había fugado en el mes de septiembre de la Audiencia de Oviedo durante el traslado desde Avilés custodiado por la Guardia Civil, había hecho lo propio de la cárcel de Llanera, lo cual suponía que había vuelto a ser detenido por la Benemérita dentro del territorio de nuestro municipio, conducido a la capital, Posada, y de ahí volvería a poner pies el polvorosa, sin que sepamos las peripecias posteriores de «Chorín».
En los años 10 del siglo XX volverán a producirse sendas fugas, que pondrán de manifiesto la precariedad del calabozo municipal. En la Revista Asturias del 26 de diciembre de 1915, gracias a la pluma del secretario judicial, Ramón Rayón, leemos que la Guardia Civil del puesto de Posada detenía a Francisco Ortega por conducir una caballería sin la correspondiente guía, siendo sospechoso de haberla robado. Los agentes pusieron a Francisco a disposición judicial internándolo en la cárcel municipal. El presunto cuatrero aprovecharía la noche para «valiéndose de uno de los pies del camastro, empezó a abrir un boquete en la pared, de la parte posterior del edificio, consiguiendo hacer un agujero, por le cual salió fácilmente, logrando así evadirse de la prisión» nos cuenta Rayón, quien también nos dice que fue el empleado municipal, Enrique Rodríguez, la persona que notó su ausencia al dirigirse por la mañana a hablar con el detenido. La Guardia Civil, sin saber en qué dirección podría haberse fugado, se puso tras la pista y ahí termina la información que tenemos del hecho.

Más chusca sería la siguiente fuga de la que volvemos a tener noticia gracias a la crónica de Ramón Rayón, publicada en la Revista Asturias el 11 de junio de 1916. Gracias a ella sabemos que varios vecinos de la parroquia de Ables, recelosos ante dos desconocidos que transitaban a pie por ella conduciendo una novilla, decidieron pararles y, de alguna forma, conseguir que uno de ellos confesara que el animal era fruto de un robo que había cometido, ni más ni menos, que en la aldea de Agüerina, en el concejo de Belmonte, es decir, a unos 70 kilómetros de distancia.
Con esa información, los vecinos alertaron a la Guardia Civil procediendo a la detención de los dos sospechosos, Rafael Alonso Martínez, quirosano de Salcedo, quien se autoinculpó como autor de la novilla, y Francisco Pérez y Pérez, quien habría coincidido con el primero en San Cucufate, donde habrían emprendido el camino juntos al dirigirse ambos a Oviedo. Ambos fueron conducidos hasta la cárcel municipal.
Aquí dejo la palabra totalmente a Ramón Rayón y al expresivo párrafo con el que describe el momento de la fuga del ladrón de ganado: «Una vez en la cárcel de Posada, no le gustó al Rafael la topografía del pueblo ni el chalet donde lo hospedaron, pues por la noche se dedicó a trabajar y haciendo un hoyo por debajo de la puerta intermedia entre el depósito y archivo se fugó, sin que se sepa el rumbo pues no se lo comunicó ni al compañero de fatigas, según éste declaró. A la mañana siguiente el Alcalde [es posible que el término ‘alcalde’ sea una errata por ‘alcaide’ en el sentido de responsable del calabozo, dentro del tono chistoso con el que nos narra la noticia. En ese momento el alcalde era José Sala Cadamo], don Enrique Rodríguez Alonso mandó a que se enteraran de cómo habían pasado la noche, encontrándose con la celda completamente transformada y creyó al ver el terreno tan movido que se trataba de un terremoto.»
Lo simpático de la noticia no se quedó ahí, sino que a continuación, Francisco Pérez «(que no se fugó por no darle la gana)», empezó a decir que «era una persona de gran honradez e influencia», cuando la realidad era que era un mendigo de profesión, y que su detención iba a provocar serios disgustos, lo que le vale a Rayón para ironizar: «¡Acaso saldrá España de la neutralidad por tal detención!», en alusión a la postura que nuestro país había adoptado en relación con la Primera Guerra Mundial. La novilla quedó en depósito en la casa de Modesto Vázquez Rodríguez.

Dentro del contexto de una huelga planteada por los trabajadores de la Fábrica de Explosivos de Cayés, un total de seis mujeres fueron detenidas en sendas redadas por números de la Benemérita, y conducidas al calabozo de Posada donde pasaron 24 horas detenidas antes de ser puestas de nuevo en libertad. Tal y como podemos leer en El Noroeste, todas ellas se quejaron con insistencia de las pésimas condiciones higiénicas existentes en un calabozo «que parece más propio para alojar animales que para pernoctar seres humanos.» Por ello, el cronista del periódico gibones no duda en pedir al alcalde que «se digne ordenar el arreglo y limpieza de dicho local.»

Una actuación de la que no hay constancia que el consistorio abordara hasta cinco años más tarde, algo que sabemos por el acta del pleno del 3 de junio de 1922, en la cual se acuerda «hacer una pronta reparación en la cárcel municipal, para instalar un camarote, un banco, y cerrar el recipiente para la salud de los detenidos, pues actualmente es insalubre, y se halla en pésimas condiciones el depósito.»



































